Carlos Fuentes: sus palabras finales?

Un mural con el rostro de Carlos Fuentes / GETTY IMAGES

Sesenta y seis. Esos son los años que estuvo atrapado Carlos Fuentes por la verdadera pasión de la literatura. Sesenta y seis años que hay entre el descubrimiento que hizo de El conde de Montecristo, a la edad de 17 años, y la escritura de sus dos últimos libros: Personas y Federico en su balcón que dejó a los 83 años, antes de morir el 15 de mayo. El primero son unas memorias sobre los personajes que conoció y el segundo una novela en la que salda cuentas con Nietzsche.

No es solo el legado póstumo de uno de los escritores e intelectuales más relevantes del mundo hispanohablante del último medio siglo. “El significado de Federico en su balcón”, explica Pilar Reyes, editora de Alfaguara que publicará la novela a finales de año, “es que Fuentes nunca pensó que fuera el último. Pero ahora cobra una gran dimensión simbólica. Resume dos aspectos: el Fuentes ciudadano y el literario e intelectual. Es una reflexión sobre el poder y la decisión moral en las pequeñas cosas de la vida. Una especie de combate entre lo público o el poder que incide en la vida de todos y las decisiones pequeñas y privados”.

La novela empieza envuelta en la luz donde se encuentran la noche y el día, una “aurora lenta y despiadada”. Lo vive Dante Loredano, trasunto de Fuentes, que ve cómo en el balcón de al lado un hombre mira la noche “con un vasto sentimiento de ausencia”. Asomado a esa calle literaria de una ciudad que afronta una revolución social contra la oligarquía del poder económico y social, Carlos Fuentes traza el círculo de su vida.

Federico en su balcón

Carlos Fuentes

A VALENTÍN FUSTER, MÉDICO.

I De la paz el arcángel divino

Federico (1)

Lo conocí por casualidad. Era una noche más que caliente, pegajosa, enojosa, inquieta. Una de esas noches que no alivian el calor del día, sino que lo aumentan. Como si el día acumulase, hora tras hora, su propia temperatura sólo para soltarla, toda junta, al morir la tarde, entregársela, como una novia plomiza y mancillada, a la larga noche.

Salí de mi cuarto sin ventilación, esperando que el balcón me acordase un mínimo de frescura. Nada. La noche externa era más oscura que la interna. A pesar de todo, me dije, estar al aire libre pasada la medianoche es, acaso psicológicamente, más amable que encontrarse encerrado sobre una cama húmeda con el espectro de mi propio sudor; una almohada arrojada al piso; muebles de invierno; tapetes ralos; paredes cubiertas de un papel risible, pues mostraba escenas de Navidad y un Santaclós muerto de risa. No había baño. Una bacinica sonriente, un aguamanil con jarrón de agua –vacío–. Toallas viejas. Un jabón con grietas arrugado por los años.

Y el balcón.

Salí decidido a recibir un aire, si no fresco, al menos distinto del horno inmóvil de la recámara.

Salí y me distraje.

Y es que en el balcón de al lado, un hombre se apoyaba en el barandal y miraba intensamente a la gran avenida, despoblada a esta hora. Lo miré, con menos intensidad que su visión nocturna. No me devolvió la mirada ¿Quién sabe? Unas espesas cejas caían sobre sus párpados. ¿Qué decía? Unos bigotes largos y tupidos ocultaban su boca. Sólo que entre ambos –cejas, bigote– aparecía una desnudez que al principio juzgué impúdica, como si el solo hecho de ser áreas limpias las hiciese tan desnudas como un par de nalgas al aire. Lo limpio de ese rostro cubierto de cejas y bigotes conducía a una idea perversa de lo lampiño como lo impuro, sólo por ser distinto de la norma, pues la abundancia de cejas y bigote parecían, en este hombre, ser la regla.

Sólo que al verlo allí, en el balcón vecino, mirando a la noche con un vasto sentimiento de ausencia, sentí que mi primera impresión, como toda primera impresión, era falsa. Aún más: yo difamaba a este hombre; lo difamaba porque me atrevía a caracterizarlo sin conocerlo. Deducía de un par de signos externos lo que el hombre interno era. Mi vecino. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su ocupación? ¿Su estado civil? ¿Casado, soltero, viudo? ¿Tenía hijos? ¿Tenía amantes? ¿Qué lengua era la suya? ¿Qué había hecho para ser memorable? ¿O se resignaba, como la mayoría de todos, al olvido? ¿Se dejaba llevar por un cómodo anonimato de la cuna a la tumba, sin ninguna pretensión de durar o ser recordado? ¿O era este ser humano, mi vecino, portador de una vida secreta, valiosa por ser secreta, no manoseable por el mundo? ¿Una vida propia vestida de anonimato pero portadora, en su seno, de algo tan precioso, que mostrarlo lo disolvería?

Pensaba en mi vecino. En realidad, pensaba en mí mismo. Si estas preguntas venían a mi ánimo, ¿se referían al pensativo y ausente vecino? ¿O eran las preguntas sobre mí mismo que me hacía a mí mismo? Y de ser así, ¿por qué ahora, sólo ahora, en la distante compañía del hombre próximo, me hacía preguntas sobre él que en verdad era una manera de cuestionarme a mí mismo?

Mis preguntas fueron sorprendidas por el amanecer. De la noche que evadí en mi recámara, salí a una aurora que duraba más en mi memoria que en mi imaginación. ¿Era más breve que mi recuerdo? ¿Era más duradera que mi imaginación? Hubiese querido comunicarle estas preguntas, que no tenían respuesta solitaria, a mi vecino. La luz se avecinaba. Precedía al día. No lo aseguraba. Tuve, por un instante, la sensación de vivir un amanecer interminable en el que ni la noche ni el día volvían a manifestarse. Sólo ocurría esta incierta hora, que yo sabía pasajera, convertida en eternidad.

La jornada se avecinaba, renovada y ajena a nosotros. Vivos o muertos, estuviésemos o no aquí, despoblada la tierra y suficiente a su retorno eterno. Nada en el mundo salvo el mundo mismo. Ignoro si la tierra dejada a su propio circular, pensaría en sí misma, sabría que era “tierra”, entendería que era parte de un sistema planetario, y si el universo mismo dudaría entre ser infinito, idea inconcebible, sin principio ni fin. Otra realidad. La realidad.

Que en este momento era yo con mi vecino el bigotón, mirando el amanecer.

El eterno amanecer. La noción me llenó de pavor. Si el día no llegaba aunque la noche hubiese terminado, ¿en qué limbo de las horas quedaríamos suspensos para siempre? Quedaríamos. Mi vecino y yo. Quise adivinar su mirada, imprevisible debajo de las tupidas cejas. ¿Cerraba los ojos, dormitaba acaso, ajeno a mi presencia aguda aunque inquisitiva? O miraba, como yo, esta aurora lenta y despiadada. Sin piedad: ajena a nuestras vidas. Desinteresada en nuestra necesidad de contar con noche y día a fin de arreglar… ¿Qué cosa? ¿Necesitamos de verdad día y noche para despertar o asearnos, desayunar, salir al trabajo, frecuentar colegas y amigos, almorzar por segunda vez, leer, mirar al mundo, tener amores físicos, cenar, dormir? La vuelta impenitente –imperturbable– de nuestras vidas, dictada por un ciclo en todo ajeno a nuestros propósitos, en todo indiferente a nuestras actividades (o falta de ellas).

¿Tendría, yo, el valor de despojarme de horarios, funciones, deseos y someterme a un amanecer sin fin que me liberase de cualquier ocupación? Quizás así sería el paraíso: una aurora interminable que nos eximiese de toda obligación. Aunque, mirando al hombre silencioso en el balcón de al lado, imaginé que así, también, sería el infierno: un amanecer jamás concluido. Liberación. O esclavitud. Vivir para siempre en el amanecer del mundo. Cautiverio. O liberación. Ser un ave que sólo vive un día. O un águila eterna que vuela sin destino buscando lo que ya no existe: el día para volar, la noche para desaparecer. Ni siquiera un meteoro, a esta hora temprana, para hacernos creer que todo, muy pronto, se moverá…

Él me miró desde su balcón. Medio metro entre el suyo y el mío.

Me miró como se puede mirar a un extraño. Descubriendo, de súbito, a un reconocido. Quiero decir que el hombre mi vecino me miró primero como a un desconocido. Enseguida, descubrió una semejanza. Sus ojos me dijeron que si no me conocía, reconocía en mí una identidad olvidada. Yo hice un esfuerzo, no demasiado penoso.

¿Dónde había visto antes a este hombre?

¿Por qué me parecía tan familiar este desconocido? ¿Tan reconocible, por lo visto, como yo a él?

¿Ya leíste la prensa? –me preguntó de repente–.

No –le conteste, un poco sorprendido por el tuteo más que por la pregunta misma–.

Aarón Azar –dijo entonces, como si recordase lo previsible–.

¿Qué…? –exclamé o pregunté, no sé…–.

¿Lo mataron? ¿Logró huir? ¿Está escondido? ¿Lo escondieron? –las preguntas de mi vecino se disparaban como balas–.

No sé… –fue mi débil excusa–.

Por lo menos, ¿sabes si Dios ha muerto? –concluyó antes de retirarse del balcón–. ¿Qué sabes?

Nada ¿Cómo te llamas?

Federico. Federico Nietzsche.

Murió Ernesto Sabato

El fallecimiento se produjo en su casa de Santos Lugares. Notable autor y ensayista, escribió “El túnel” y “Sobre héroes y tumbas”, entre otras obras clave. Fue titular de la Conadep tras el regreso de la democracia. En 1984 había recibido el Premio Cervantes, el más importante de la literatura en español.

La literatura argentina despide a uno de sus íconos populares. El escritor Ernesto Sábado murió esta madrugada a los 99 años en su casa de Santos Lugares. Autor de “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” y “Abaddón el exterminador”, entre otras obras, también fue uno de los rostros emblemáticos del regreso democrático, al encabezar la Conadep.

 El fallecimiento fue confirmado por su colaboradora, Elvira González Fraga. “Hace quince días tuvo una bronquitis“, contó en diálogo con Radio Mitre. “Estaba sufriendo hace tiempo, pero todavía pasaba algunos momentos buenos, principalmente cuando escuchaba música“, le contó al canal de cable Todo Noticias.

Según informaron allegados, el velatorio se realizará a partir de las 17 en el club Defensores de Santos Lugares. Allí, Sabato disfrutaba por las mañanas de encendidas partidas de dominó.

Testigo y paradigma de su tiempo, la figura de Sabato adquirió una dimensión diferente luego de la dictadura militar con su labor al frente de la Conadep (Comisión Nacional de Desaparición de Personas).

Lejos de asumir un rol incontrastable, el autor de la trilogía de novelas “El Túnel” (1948), “Sobre héroes y tumbas” (1961) y “Abbadón el exterminador” (1974) fue un escritor y un ser humano polémico, cruzado por sus propias contradicciones, presentes en algunos de sus personajes literarios.

“Nunca me he considerado un escritor profesional, de los que publican una novela al año. Por el contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que había escrito a la mañana“, declaró una y otra vez para referirse a esa obra que marcó las generaciones del 60 y 70 y se desdibujó cuando sus ojos comenzaron a fallar, para ser reemplazada por la pintura.

Sus escritos finales, que incluyen memorias y crónicas de la vejez, constituyen su postrera despedida con la escritura, más allá de algún destello vital como la conmovedora confesión de amor a su colaboradora Elvira Fernández Fraga, hoy al frente de la fundación que lleva su nombre.

Su figura recobró fuerza como portavoz de valores añorados por una sociedad atravesada primero por la dictadura militar y luego por el neoliberalismo de los 90. Su mensaje se concentró en los jóvenes: “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía -dijo- serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.

Sabato había nacido el 24 de junio de 1911 en la ciudad bonaerense de Rojas. Iba a ser homenajeado mañana en la Feria del Libro por el Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires, ya que este año iba a cumplir 100 años.

Durante su larga trayectoria, por solicitud del entonces presidente Raúl Alfonsín presidió entre 1983 y 1984 la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), cuya investigación, plasmada en el libro Nunca Más, abrió las puertas para el juicio a las juntas militares.

Sabato en 1984 recibió el premio Miguel de Cervantes, máximo galardón literario concedido a los escritores de habla hispana, por lo cual fue el segundo escritor argentino en recibir este premio, luego de Jorge Luis Borges en 1979.

En 1975, Sabato obtuvo el premio de Consagración Nacional de la Argentina y un año más tarde se le concedió el premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia, por Abaddón el exterminador.

 Luego, en 1977 Italia le otorgó el premio Medici y al año siguiente le otorgaron la Gran Cruz al mérito civil en España, y en 1979 fue distinguido en Francia como Comandante de la Legión de Honor.

Toda su obra

Novelas

El túnel (1948)
Sobre héroes y tumbas (1961)
Abaddón el exterminador (1974)

Ensayos

Uno y el universo (1945, junto a Ben Molar y Julio de Caro)
Hombres y engranajes (1951)
Heterodoxia (1953)
El caso Sabato. Torturas y libertad de prensa. Carta abierta al general Aramburu (1956)
El otro rostro del peronismo (1956)
El escritor y sus fantasmas (1963)
Tango, discusión y clave (1963)
Romance de la muerte de Juan Lavalle. Cantar de Gesta (1966)
Significado de Pedro Henríquez Ureña (1967)
Aproximación a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre (1968)
La cultura en la encrucijada nacional (1973)
Diálogos con Jorge Luis Borges (1976)
Apologías y rechazos (1979)
Los libros y su misión en la liberación e integración de la América Latina (1979)
Entre la letra y la sangre (1988)
Antes del Fin (1998)
La Resistencia (2000)
España en los diarios de mi vejez (2004)

Juan Gabriel Vásquez gana el Premio Alfaguara 2011

Juan Gabriel Vásquez

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.- CRISTÓBAL MANUEL

Premio Alfaguara de novela 2011. La historia de un premio literario

VIDEO – GRUPO SANTILLANA – 21-03-2011

- GRUPO SANTILLANA

Foto

Fragmento del ‘El ruido de las cosas al caer’, de Juan Gabriel Vásquez

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El Premio Alfaguara ha recaído este año en uno de los jóvenes autores en lengua española cuya obra más unanimidad ha despertado en los últimos tiempos: el colombiano afincado en Barcelona Juan Gabriel Vásquez. Nacido en Bogotá en 1973, Vásquez ha obtenido el galardón por El ruido de las cosas al caer, una novela que el jurado ha presentado como “un negro balance de una época de terror y violencia”, en una capital colombiana “descrita como un territorio literario lleno de significaciones”. Para ese balance, el novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la “exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder”. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.

“Un premio como este me sirve para mantenerme firme en mi idea de la literatura”, ha señalado el galardonado por videoconferencia. El jurado de la XIV edición del Premio Alfaguara -dotado con 175.000 dólares (133.306 euros)- ha estado presidido por Bernardo Atxaga y compuesto por el escritor venezolano Gustavo Guerrero, la librera madrileña Lola Larumbe (de la librería Rafael Alberti), la actriz Candela Peña, la narradora y directora de la Casa de América de Madrid Imma Turbau, y Juan González, Director Global de Contenidos de Ediciones Generales de España y América.

Juan Gabriel Vásquez, que amplió estudios en París antes de instalarse en Barcelona en 1999, había publicado dos novelas de (extrema) juventud cuando dio a conocer su obra madura (publicada íntegramente en Alfaguara) con el libro de relatos Los amantes de Todos los Santos (2001). Le seguirían las dos novelas que le han consagrado como uno de los grandes escritores de su generación: Los informantes (2004) e Historia secreta de Costaguana (2007). Si las versiones originales cosecharon los elogios de escritores como Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Javier Cercas o Enrique Vila-Matas, sus traducciones fueron ponderadas por, entre otros, John Banville y Colm Toibin. Vásquez es también autor de la brillante recopilación de ensayos sobre literatura El arte de la distorsión (2009).

Hasta el momento han obtenido el Premio Alfaguara de Novela: Caracol Beach de Eliseo Alberto y Margarita, está linda la mar de Sergio Ramírez (ambos ganadores de la primera edición), Son de Mar de Manuel Vicent, Últimas noticias del paraíso de Clara Sánchez, La piel del cielo de Elena Poniatowska, El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez, Diablo Guardián de Xavier Velasco, Delirio de Laura Restrepo, El turno del escriba de Graciela Montes y Ema Wolf, Abril rojo de Santiago Roncagliolo, Mira si yo te querré de Luis Leante, Chiquita de Antonio Orlando Rodríguez, El viajero del siglo de Andrés Neuman y El arte de la resurrección, de Hernán Rivera Letelier.

Difusión intercontinental

Todos ellos tuvieron una difusión intercontinental y presentaron sus obras en casi todos los países de habla hispana a lo largo del año de promoción. El éxito de sus obras se ha reflejado también en las traducciones contratadas a otras lenguas y en el interés que ha mostrado el cine en algunas de ellas, como la película Son de Mar, dirigida por Bigas Luna y basada en la novela homónima de Manuel Vicent.

 

Adiós a María Elena Walsh

Tras un sentido velatorio en Sadaic, los restos de la autora fueron depositados en un panteón del cementerio de la Chacarita. Los versos de “Como la cigarra” y “Manuelita” fueron cantados por las decenas de personas que se acercaron.


Algunos versos de dos de sus canciones emblemáticas, “Como la cigarra” y “Manuelita”, fueron el apropiado marco de la despedida, en la garganta de decenas de personas conmovidas. Los restos de María Elena Walsh fueron depositados este mediodía en el cementerio de la Chacarita.

El cuerpo de la genial autora fue velado hasta la medianoche de ayer y durante un breve lapso esta mañana en el edificio de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic), en Lavalle 1547. Luego fue llevado al panteón de la entidad en la Chacarita.

Abuelos con sus nietos, padres con sus hijos, escritores, músicos, compositores, actores, intelectuales y dirigentes políticos se acercaron a despedirse.

Estuvieron por ejemplo la primera “Doña Disparate” de la TV argentina, Lydia Lamaison, quien ingresó al edificio de Sadaic y dejó unas flores. También pasaron la cantora de tangos Amelita Baltar, Pipo Pescador, China Zorrila, el conductor infantil Topa, Fabián Matus -hijo de Mercedes Sosa- y los dirigentes políticos María José Lubertino y Felipe Solá.

A última hora pasó la presidenta Cristina Kirchner, quien había enviado una ofrenda floral al comenzar la tarde.

María Elena Walsh

Cristina Kirchner, junto a la escritora María Elena Walsh

La presidenta argentina recibió a la autora infantil en su despacho de la Casa Rosada en 2008- France Press

En los patios de todas las escuelas argentinas se ha escuchado, y se escucha todavía, a miles de niños cantándole a la tortuga Manuelita: “Manuelita vivía en Pehuajó, pero un día se marchó. Nadie supo bien por qué, a Paris ella se fue, un poquito caminando y otro poquitito a pie”. María Elena Walsh, la autora de esa canción infantil y de una extraordinaria producción literaria tanto para niños como para adultos, murió este lunes en Buenos Aires, a los 80 años de edad, tras padecer una larga y dolorosa enfermedad que la obligó a ir en silla de ruedas los últimos años de su vida. Walsh estaba considerada como uno de los verdaderos mitos de la literatura argentina y era venerada y admirada por toda una sociedad que supo conectar, a todas las edades, con sus obras teatrales y musicales. Walsh, vinculada tanto a la literatura y a la vida intelectual argentina como al espectáculo y la farándula, vivía desde hace años con la fotógrafa Sara Facio. Sus restos serán velados en la sede de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores.

“María Elena cambió la literatura infantil en toda América Latina, cambió la manera de ver la infancia y de mirar a los niños, con una actitud nada condescendiente, sino respetuosa e inteligente”, explica María Fernanda Maquieira, que editó su obra completa, tanto infantil como para adultos, en Alfaguara. “Sus textos infantiles tenían una calidad literaria extraordinaria, y era capaz de combinar la literatura clásica y la popular como nadie”. Su obra se alejó del tono moralizante de los cuentos de la época y abrió un mundo nuevo de imaginación y juego, más relacionado con la Alicia de Carroll que con la literatura tradicional argentina. Algunos de sus personajes, como la Tortuga Manuelita (que tiene un monumento en Pehuajó, un pueblo cercano a Buenos Aires), Doña Disparate o Dailan Kifki están ya incorporados a los libros de texto de media América Latina.

María Elena Walsh nació en Ramos Mejía, una localidad de la provincia de Buenos Aires en 1930, hija de una argentina y de un irlandés, empleado de los ferrocarriles y pianista aficionado. Estudió Bellas Artes y se dedicó muy tempranamente al teatro y a la canción, tanto como compositora como cantautora. Su primera obra escrita fue un libro de poemas, que publicó con 17 años y que fue elogiado por Juan Ramón Jiménez y por Jorge Luis Borges. A principios de los 50, formó dúo con la folclorista Leda Valladares, con quien se marchó a París. Regresaron en 1956 y Walsh se metió de lleno en el mundo de la farándula y de la televisión, donde fue siempre muy querida y admirada por sus fabulosos espectáculos. Juguemos en el mundo, creado en 1968, supuso un verdadero acontecimiento que influyó no solo en la canción argentina sino en todo el mundo cultural latinoamericano. Sus canciones figuraron en el repertorio de Mercedes Sosa y de otros muchos intérpretes de todo el continente.

“María Elena Walsh era una intelectual, librepensadora, comprometida con su tiempo, pero si hubiera que resaltar un solo rasgo de su carácter yo hablaría de su formidable sentido del humor, su ironía y su delicadeza”, asegura Maquieria. La cantante Susana Rinaldi explicó su admiración por la escritora: “María Elena formó a muchas generaciones en una percepción determinada de la sociedad gracias a sus libros y canciones. Ella siempre guardaba una distancia de respeto con los nenes. Le impresionaba la naturaleza humana”.

“Fue un ser libre que hizo lo que quiso en cada época de su vida y nunca lo que se esperaba de ella”, aseguró a EL PAÍS el escritor Leopoldo Brizuela, con quien mantuvo una gran amistad. Brizuela resaltó su actitud valiente durante la dictadura militar (sus canciones fueron prohibidas y ella publicó un artículo que se hizo famoso en el que acusaba al gobierno de pretender convertir “uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un jardín de infantes”) y su decidido compromiso con el feminismo en una época en la que no era nada frecuente expresarse con esa libertad.

“Walsh, que fue una ferviente y temprana admiradora de Jorge Luis Borges, es muy parecida a él, en el sentido de que representa muy bien a la clase media argentina de principios de siglo y que, como él, fue capaz de conectar corrientes culturales muy diversas”, explico Brizuela.. “Hasta el final mantuvo una formidable voracidad lectora”, explicó María Fernanda Maquieira. En una de sus últimas entrevistas, en el diario Clarín, mostró su enfado por la pobreza de lenguaje que apreciaba cada vez más en los niños y realizó una encendida defensa de la educación infantil. “Además en la literatura, muchos escritores deciden escribir más sencillamente, tal vez imitando la pobreza de los chicos, cosa que a mi no me gusta, aunque respeto a quien lo quiera hacer”. “La vida es muy triste sin diccionarios”, sentenció, con visible irritación. Ayer, prácticamente todos los canales difundieron, una y otra vez, sus canciones más famosas: “La leche tiene frío y la abrigaré. Le pondré un sobretodo mío, largo hasta los pies”.

 

 

25 años sin Juan Rulfo

Juan Rulfo dejó un legado literario breve pero contundente. archivo/La Opinión

MÉXICO, D.F. (EFE).— La vida del escritor mexicano Juan Rulfo se apagó hace 25 años, un 7 de enero, con un legado literario breve pero contundente a más no poder, Pedro Páramo y El llano en llamas, alabados por las letras hispanas.

“Se le molesta siempre preguntándole cuándo tendrá otro libro. Es un error. […] Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida”, valoraba Gabriel García Márquez en una cita recogida en una nota conmemorativa por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) con motivo del ani-versario.

El escritor, nacido en el estado de Jalisco en 1916, en plena Revolución, conflicto cuyas promesas incumplidas al México rural retrataría mejor que nadie en los cuentos de El llano en llamas, en 1953. Dos años después alumbraría la Comala de Pedro Páramo.

Desde entonces, de la pluma de Rulfo solo salieron guiones de cine y reseñas, lo que no le impidió pasar a la historia como uno de los nombres dorados de la literatura de México e Iberoamé-rica.

Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Carlos Fuentes, Günter Grass y Susan Sontag, además del ya mencionado Nobel García Márquez, han sido algunos de los escritores que han elogiado y analizado la obra de Rulfo, traducida a una multiplicidad de idiomas.

El maestro Rulfo dejó asimismo una cantidad ingente de fotografías, otra de las artes que cultivó desde la década de los 30, sobre todo del medio rural que después retrató en sus páginas.

Pasó sus últimos 20 años dedicado a su trabajo en el Instituto Nacional Indigenista de México, a cargo de la edición de una importante colección de antropología contemporánea y antigua de México, en respuesta a una de sus vocaciones.

Falleció en Ciudad de México, hace 25 años. En 2010 se editó Juan Rulfo: otras miradas, donde los grandes nombres de la literatura internacional reflexionaban sobre el autor.

Vargas Llosa: después del Nobel

El escritor, en la rueda de prensa en Madrid. | AfpEl escritor, en la rueda de prensa en Madrid. | Afp

Luis Alemany | Madrid

Los mismos flashes, los mismos “Oh, es Mario”, la misma mujer (Patricia) que se escabulle, el mismo trato cordial pero muy formal… Y una novela nueva, ‘El sueño del celta’ [Lea un extracto], ya en las librerías. 500.000 ejemplares de primera edición, 22 traducciones encargadas… Los que ya han podido leer sus páginas dicen que parece un ‘crossover’ anglosajón, no muy experimental en las formas.

Así es Mario Vargas Llosa, su vida y su literatura, tras el premio Nobel.

El Nobel

‘Mi sueño es que mis libros se leyeran como yo leí los libros que me cambiaron la vida’

- “El sueño secreto, mío y de todos los escritores, creo, es que mis libros se leyeran como yo leí los libros que me cambiaron la vida. Ese ha sido mi sueño y nunca sabré si se hará realidad”.

- “El Nobel ha sido una sorpresa total, un reconocimiento muy grato, pero mi vida ha cambiado completamente. Una revolución”.

- “Da la sensación de que la gente lo considera muy importante. El acoso periodístico no tiene límite. El departamento en el que estábamos viviendo en Nueva York, por ejemplo, se llenó de gente desconocida para mí. Cómo llegaron allí, no lo sé, pero desde entonces, mis horarios han volado por los aires, duermo dos o tres horas al día, cuando duermo. Pero lo que me tranquiliza es saber que es transitorio. Siento un desequilibrio con el que no me siento cómodo. Pero bueno, no me estoy quejando”.

¿Se apagará su voz tras el premio

- “Ningún peligro. Me encontrará la muerte con la pluma en la mano”.

Su héroe, Roger Casement

‘Casement fue quien le dijo a Leopoldo II que lo de las colonias era mucho peor que el canibalismo’

- “Conocí a Casement a través de Joseph Conrad. Conrad fue lleno de ilusiones a un país que, gracias a la publicidad de bondadoso que se había dado Leopoldo II de Bélgica, se iba a incorporar a la civilización. Y allí se encuentra a Casement que le dice que de eso nada, que la barbarie es mucho peor que antes. Mucho peor que el canibalismo… El efecto que le causa lo que ve es de tal naturaleza que Conrad enferma, cancela su contrato, escapa a Inglaterra y escribe ‘El corazón de las tinieblas’, un libro sobre cómo el hombre civilizado se convierte en un bárbaro”.

- “El caso de Casement es un caso trágico. Fue una de las grandes figuras sociales y una de las más olvidadas. En el Congo, sólo encontré una persona que tuviera una muy vaga idea de quién fue Casement. Y no creo que haya habido una sola persona en Europa que haya hecho tanto contra los crímenes perpetrados en el Congo”.

El nacionalismo

Casement es un héroe antieuropeo y nacionalista, una extrañeza para Vargas Llosa:

‘El nacionalismo Es una plaga que ha llenado de sangre la Historia. Nuestro subdesarrollo en América Latina procede del nacionalismo’

- “Hay un momento en el que el nacionalismo es una valencia positiva: en los países ocupados, víctimas de potencias coloniales. Buscar la liberación hace del nacionalismo una ideología de signo positivo. Lo que hizo Casement por Irlanda es positivo. Me identifico con él, lo hubiera apoyado. Pero incluso en ese momento, el nacionalismo arrastra a un momento de violencia y se ve en su caso. Casement se radicaliza, justifica la violencia, hace afirmaciones sectarias e injustas empujado por una fuerza discriminatoria, si se escarba, racista. Es una plaga que ha llenado de sangre la Historia. Nuestro subdesarrollo en América Latina procede del nacionalismo.

Lo que ha aprendido con la novela

- “Una de las enseñanzas de lo que significó la vida de Roger Casement es que, cuando desaparece toda forma de legalidad, brota la barbarie, la crueldad. Casement fue uno de los primeros europeos que comprendió lo que el colonialismo representaba. Vio en lo que se convertía la Europa civilizada, la de la legalidad, la civilidad, las buenas maneras… En un mundo de monstruosas crueldades. Su enorme mérito es haberlo comentado con lujo de detalles”.

- “Su vida acabó mal. Denunció la explotación en la Amazonia, abrazó el nacionalismo irlandés y, por ello, fue encarcelado por el Reino Unido por traición a la patria y le acabaron por atribuir unos diarios sexuales bastante embarazosos”.

- “Casement era maniáticamente educado, se burlaban de su prurito en el tratamiento. No decía una palabrota. Mi impresión es que, cuando estaba solo, soltaba los frenos, podía, mentalmente, gozar. Son sus fantasías sexuales privadas. Eso nos recuerda que los héroes no nacen con una marca de perfección en la frente. Uno puede ser un héroe en un campo y un ser humano con los desvaríos de los seres humanos. Y eso no lo empequeñece”

América

[Un periodista mexicano preguntó a Vargas Llosa si las victorias de los republicanos en EEUU y de Dilma Roussef en Brasil quiere decir que hay dos Américas: la del sur, de izquierdas; y la del norte de derechas. Vargas Llosa no estuvo de acuerdo]:

-

‘Los héroes no nacen con una marca de perfección en la frente’

“El caso de América Latina hay que hacer una matización. La diferencia importante es la que hay entre Gobiernos democráticos y Gobiernos que no lo son. Entre los democráticos, hay gobiernos de izquierdas y de derechas. Eso ya es un adelanto sobre el pasado, cuando no había izquierdas ni derechas democráticas. Y también hay gobiernos que no son democráticos: dictaduras como la de Cuba, gobiernos que se dirigen hacia la dictadura como Venezuela, Gobiernos a los que conducen al autoritarismo como los de Nicaragua y Bolivia… Pero creo que América Latina va en la buena dirección. Y en EEUU, la democracia está arraigada.

- “El revés del Partido Demócrata [en EEUU] no pone en peligro nada. Además, los resultados son menos dramáticos de lo que se esperaba. El voto de castigo ha sido menor de lo que se esperaba. En realidad, en EEUU hay un debate muy interesante que no se entiende bien desde el exterior: decidir si las políticas sociales deben ser canalizados por el estado o por la sociedad civil. Hay una desconfianza al estado”.

- “Roussef, tengo la impresión, la política del presidente Lula, que en política interna ha sido excelente: la clase media crece, la pobreza disminuye… Mi esperanza es que la política internacional mejore. Que haya menos complacencia con las dictaduras. El caso de Argentina es muy trágico. Un país próspero y desarrollado que se ha ido subdesarrollando por razones políticas sin que hubiera un motivo exterior. Eso tiene un nombre, el peronismo, que sin embargo sigue siendo muy popular en Argentina y que ha sustituido la palabra política. Mientras Argentina no deje atrás esa experiencia, Argentina no va a despegar”.

Gabriel García Márquez: Yo no vengo a decir un discurso

 

Gabriel García Márquez

A Gabriel García Márquez no le gusta hablar en público y mucho menos dar discursos. Y cuando lo ha hecho ha sido empujado por las circunstancias o por el cariño a un amigo. Algunas de esas intervenciones son conocidas y otras no tanto por el gran público que ahora podrá acceder a esa memoria oral del Nobel colombiano en el volumen Yo no vengo a decir un discurso, que editará Mondadori el 29 de octubre. El título corresponde a una de las frases que García Márquez pronunció en su primer discurso con 17 años. Como adelanto, Babelia publica hoy en ELPAIS.com la estructura y temas de dicha antología y algunos fragmentos, especialmente del titulado América Latina existe, que la revista cultural del diario publicará completo este sábado 23 de octubre.

Se trata de uno de los textos más comprometidos y clarificadores de la visión de García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927) sobre su continente. Lo pronunció en la isla de Contadora (Panamá) en 1995 cuando algunos países latinoamericanos crearon un grupo que buscaba analizar y proponer soluciones a la situación compleja que atravesaba el continente en todos los aspectos. Las palabras allí pronunciadas por el autor de El coronel no tiene quien le escriba y El otoño del patriarca es un resumen de su preocupación por su continente, al que siempre ha mirado desde dentro y desde fuera. Ha pensado el origen y las circunstancias de su tierra y del destino que ha corrido. Quince años después la situación no ha cambiado mucho. Y ese pasado y esa realidad la ha contado García Márquez a través de su imaginación convirtiendo esas historias locales en arte literario universal. Este texto América Latina existe es una especie de continuación del discurso que pronunció en Estocolmo 1982 cuando recibió el Nóbel de Literatura: La soledad de América Latina, también incluido en este volumen.

Yo no vengo a decir un discurso reúne 22 intervenciones públicas y conferencias de García Márquez donde ha abordado todos los temas: literarios, políticos, sociales, artísticos o ecológicos. La primera de ellas pronunciada en 1944, con 17 años, en la despedida a la clase un año superior a la suya, en la “nevera” del Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, en mitad de los Andes y lejos de su costa caribeña. En ella, el autor de cuentos como El ahogado más hermoso del mundo hace una breve aproximación sobre lo que es la amistad, pero, sobre todo, invita a compartir entre todos el “doloroso instante de la despedida”. Con unas cuantas pinceladas describe a los compañeros de quienes dice que “todos van en busca de la luz impulsados por un mismo ideal”

Así, García Márquez fue escuchado antes que leído. Tras esta intervención de 1944, el libro trae los siguientes discursos: Cómo comencé a escribir (reproducido por el diario El Espectador de Bogotá en 1972 y que ha servido de material a sus biógrafos y estudiosos); también está la pieza titulada Por ustedes, cuando recibió en Caracas, en 1972, el II Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por Cien años de soledad; sus reflexiones sobre el futuro en Palabras para un nuevo milenio que compartió en La Habana durante el II Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, en 1985; su preocupación por el medio ambiente queda reflejada en Una alianza ecológica de América Latina, en Guadalajara (México), en 1991; no faltan sus homenajes a amigos como Álvaro Mutis, Belisario Betancur y Julio Cortázar; su pasión por el reporterismo queda patente en Periodismo: el mejor oficio del mundo, durante al LII Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Los Ángeles en 1996; no falta su provocador discurso de 1997 en el I Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas, México: Botella al mar para el dios de las palabras; sobre Colombia habló en La patria amada aunque distante, en Medellín en 2003; y, claro, el discurso que dio en Cartagena de Indias en 2007 con motivo del IV Congreso Internacional de la Lengua Española donde se le rindió homenaje por sus ochenta años: Un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano. Todas estas piezas han sido revisadas por el autor y corregidas de manera mínima.

Son 22 textos que conforman una biblioteca y memoria oral de Gabriel García Márquez. De 66 años de escritura de un clásico de la literatura universal que antes que empezar a ser leído fue escuchado, y del que Babelia avanza hoy un fragmento elacionado con la preocupación que siente por América Latina.

Mario Vargas Llosa se encuentra con su destino

J. ERNESTO AYALA-DIP

Escritores latinoamericanos

Resulta cuando menos curioso que el mejor libro que se escribió sobre la personalidad y obra del premio Nobel Gabriel García Márquez, lo haya escrito el flamante hoy también premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Hablamos de García Márquez: historia de un deicidio. Simetrías del azar y de la alta estética narrativa. Alguna vez dijo el gran escritor peruano que los únicos límites de la novela realista son la realidad, “que no tiene límites”

Dicha sentencia tenía que ver con una de las características esenciales de su novela La ciudad y los perros (1963), obra con la que el escritor adquiere su consagración y prestigio internacionales. Y con motivo de este mismo título agregó entonces que la realidad supone la existencia de las pesadillas de Kafka, el empeño psicológico hecho prodigio verbal de Proust, el orbe mítico de Carpentier, las empecinadas y tortuosas búsquedas de Dostoiesvsky, la luminosa objetividad de Hemingway. Vargas Llosa escribió muchas novelas. Algunas de ellas ya forman parte de lo mejor que se escribió en castellano. Como la citada La ciudad y los perros, donde se juntan la representación de un habla popular, inmediata, con el uso exacto del monólogo interior.

Estoy seguro que los lectores del escritor se dividen entre los que prefieren Conversación en la Catedral (1971) y los que se quedan con La guerra del fin del mundo (1981). Aunque bien pudiera haber un tercer grupo que se quedara con las dos. Como un servidor. En ambas novelas se reflejan dos maneras diferentes de enfrentarse al hecho literario. En la primera, proyecto totalizante, las corruptelas políticas peruanas (más un puntilloso detalle de perversiones) en el marco de un gran despliegue de recursos narrativos; en la segunda, con un cambio de mapa geográfico e histórico, una reinterpretación libresca de Os sertoes, del escritor brasileño Euclides da Cunha, y una poderosa metáfora de los fanatismos ideológicos y religiosos de la sociedad contemporánea. Mario Vargas Llosa se alimenta de fuentes estrictamente literarias. Fuentes decimonónicas. Flaubert garantiza el respeto por la frase, los tiempos verbales exactos para generar la sensación de tiempo íntimo, histórico y novelístico. Y Víctor Hugo, la función ética, la escritura titánica.

La versatilidad de Vargas Llosa es encomiable. Como lo demuestra Elogio de la madrasta (1988), una verdadera ofrenda a lo mejor de la literatura erótica. Su riqueza conceptual alcanza estratos sociales, psicológicos; en el nivel de las estrategias narrativas son estudiados y aplicados con precisión quirúrgica el espacio, el tiempo, las voces narradoras y puntos de vistas. Todo en pos de su máxima literaria: la verdad de las mentiras.

Ensaya la novela de misterio policiaco insertada en el espacio del terrorismo político del Perú de los años noventa: Lituma en los Andes (1993): una novela amarga si se atiende su desilusión por las proclamas políticas cuando conducen al sectarismo y a la deshumanización de los medios empleados para alcanzar unos fines no menos inconfesables. La fiesta del Chivo (2000), probablemente una de las mejores novelas sobre dictadores que se escribió en castellano. Soy un admirador incondicional de sus dos últimas novelas: El paraíso de la otra Esquina (2003) y Travesuras de la niña mala (2006).

En la primera convergen algunas de las pasiones literarias de Vargas Llosa: la gran novela decimonónica, el trazo naturalista, el esbozo entre folletinesco y melodramático, la fascinación histórica y la trascendencia moral. Y en la segunda descuella la capacidad del autor para crear una heroína de tanto calado irónico como humano. Las ideas políticas de Mario Vargas Llosa, su defensa de ciertas políticas neoliberales pueden que no lo hagan demasiado simpático a mucha gente. Podríamos decir, como Marx decía de Balzac, que el autor de La casa verde es políticamente conservador pero en el terreno del arte de la ficción es progresista. Yo tampoco comparto muchas opiniones de Vargas Llosa sobre muchas cosas en las que se siente obligado a opinar. Pero en la concepción que tiene de la novela y, a través de ésta, de la realidad, siempre estoy y estaré de acuerdo con él. Pero, vaya, me dejaba otra joya literaria, La tía Julia y el Escribidor (1977). La combinación perfecta de alta literatura y una deslumbrante simulación de literatura popular, además de un inestimable ejercicio de literatura autobiográfica.

*Crítico literario

La edición crítica desvela el ‘idioma secreto’ de la novela ‘Tres tristes tigres’

  • Contiene apéndices con los cortes de la censura franquista

Efe | Madrid

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En 1967 Guillermo Cabrera Infante publicó su novela ‘Tres tristes tigres’, uno de los hitos del ‘boom’ latinoamericano. Ahora, los profesores Enrico Mario Santí y Nivia Montenegro han preparado una edición crítica de esta gran obra que refleja como ninguna otra la cultura popular cubana de los 50.

Publicada por Cátedra, dentro de su prestigiosa colección ‘Letras Hispánicas’, la nueva edición de ‘Tres tristes tigres’ recuerda las numerosas vicisitudes por las que pasó esta obra y contiene sendos apéndices con los cortes de la censura franquista y los que el propio autor realizó en el ‘Bound Manuscript’ de Princeton.

Santí y Montenegro son cubanos exiliados en Estados Unidos desde hace más de 40 años y están casados. Según Santí, ‘Tres tristes tigres’, es “un monumento de juegos de palabra” que está escrita en ‘cubano’, por lo que “era indispensable facilitar un aparato filológico que permitiese entender muchos giros“.

“Lo sorprendente de esta obra es que, a pesar de ese ‘idioma secreto’ de la novela, siempre ha sido un éxito de ventas y un libro favorito dentro del ‘boom’ de la novela latinoamericana, en el que hubo otros títulos monumentales desde el punto de vista de la experimentación lingüística y de la forma”. Su publicación coincide con la de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.

Para este libro, Montenegro y Santí han partido de la edición conmemorativa que en 1997 publicó Seix Barral y que ya incluía los textos cortados por la censura franquista “por sus referencias políticas y sexuales”, aunque, a diferencia de aquella, en la de Cátedra sí se señalan los fragmentos suprimidos.

‘Tres tristes tigres’ es una obra compleja y, para facilitar su comprensión, los preparadores tratan de captar la significación del libro “en cuanto a documento arqueológico de esa cima de la cultura popular que fueron los años 50 en Cuba”.

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