‘El vencedor está solo’, de Paulo Coelho Cap. 1

Paulo Coelho. | Foto: Idoya Maté

3.17 horas

La pistola Beretta Px4 compacta es un poco más grande que un
teléfono móvil, pesa alrededor de setecientos gramos y puede
disparar diez tiros. Pequeña, ligera, incapaz de dejar una marca
visible en el bolsillo que la lleva, el pequeño calibre tiene una
enorme ventaja: en vez de atravesar el cuerpo de la víctima,
la bala va golpeando los huesos y revienta todo lo que encuentra
en su trayectoria.
Evidentemente, las probabilidades de sobrevivir a un tiro de
ese calibre también son altas; hay miles de casos en los que ninguna
arteria vital resulta dañada, y a la víctima le da tiempo a
reaccionar y desarmar al agresor. Pero si la persona que dispara
tiene experiencia, puede escoger entre una muerte rápida —apuntando
entre los ojos o al corazón— o algo más lento, colocando
el cañón del arma en un determinado ángulo junto a las costillas
y apretando el gatillo. Al ser alcanzado, el individuo en
cuestión tarda algún tiempo en percatarse de que está herido de
muerte, e intenta contraatacar, huir, pedir ayuda. Ésa es la gran
ventaja: tiene tiempo suficiente para ver quién quiere matarlo,
mientras va perdiendo la fuerza poco a poco hasta caer al suelo,
sin sangrar demasiado, sin entender muy bien por qué le está
pasando eso.
Está lejos de ser una arma ideal para los entendidos en el
tema: «Es mucho más apropiada para las mujeres que para los espias

7.22 horas

Se despierta a las 7.22 de la mañana. Era mucho más temprano
de lo que le pedía el cuerpo, pero todavía no se ha adaptado a
la diferencia horaria entre Moscú y París; si estuviera en su despacho,
ya habría tenido al menos dos o tres reuniones con sus
subordinados, y se estaría preparando para almorzar con algún
nuevo cliente.
Pero allí tiene otra tarea: encontrar a alguien y sacrificarlo
en nombre del amor. Necesita una víctima para que Ewa pueda
entender el mensaje por la mañana.
Se ducha, baja a desayunar a un restaurante con casi todas
las mesas vacías y va a pasear por la Croisette, el bulevar donde
están los principales hoteles de lujo. No hay tráfico: parte de la
calle está cortada y sólo pueden pasar los coches con autorización.
La otra parte está vacía, porque incluso la gente que vive
en la ciudad todavía se está preparando para ir al trabajo.
No alberga resentimientos; ya ha superado la fase más difícil,
cuando no podía dormir por culpa del sufrimiento y el
odio que sentía. Hoy día puede entender la actitud de Ewa:
al fin y al cabo, la monogamia es un mito que se ha impuesto
al ser humano. Ha leído mucho sobre el tema: no se trata
de un exceso de hormonas ni de vanidad, sino de una configuración
genética que se encuentra prácticamente en todas
las especies.
espías», le dice alguien del servicio secreto inglés a James Bond
en la primera película de la serie, mientras le confisca su vieja
pistola y le entrega un nuevo modelo. Pero eso era sólo para los
profesionales, por supuesto, porque para lo que él pretendía no
había nada mejor.
Compró su Beretta en el mercado negro, por lo que será imposible
identificar el arma. Tiene cinco balas en el cargador,
aunque sólo pretende utilizar una, en cuya punta ha grabado
una «X» con una lima de uñas. De ese modo, al ser disparada y
alcanzar algo sólido, se romperá en cuatro fragmentos.
Pero sólo empleará la Beretta en última instancia. Tiene
otros métodos para aniquilar un mundo, destruir un universo, y
con toda seguridad ella entenderá el mensaje en cuanto encuentren
a la primera víctima. Sabrá que lo ha hecho en nombre
del amor, que no está resentido, y que aceptará que vuelva
sin hacer preguntas sobre lo sucedido en los dos últimos años.
Espera que seis meses de planificación den resultado, pero no
lo sabrá hasta la mañana siguiente. Ése es su plan: dejar que las
Furias, antiguas figuras de la mitología griega, desciendan con sus
alas negras sobre ese paisaje blanco y azul plagado de diamantes,
Botox y coches veloces absolutamente inútiles, ya que sólo tienen
capacidad para dos pasajeros. Sueños de poder, éxito, fama y dinero;
todo eso puede verse interrumpido de un momento a otro
con los pequeños artefactos que ha llevado consigo.
Podría haber subido ya a su cuarto, porque la escena que esperaba
tuvo lugar a las 23:11 horas, aunque estaba preparado
para aguardar más tiempo. El hombre entró acompañado de la
hermosa mujer, ambos vestidos de etiqueta, para otra de esas
fiestas de gala que se celebran todas las noches después de las
cenas importantes, más concurridas que el estreno de cualquier
película presentada en el festival.

Igor ignoró a la mujer y utilizó una de las manos para acercarse
a la cara un periódico francés —la revista rusa podría levantar
sospechas— para que ella no pudiera verlo. Sin embargo,
era una preocupación innecesaria: ella nunca miraba a su
alrededor, como hacen siempre las que se creen reinas del
mundo. Están ahí para brillar y evitan fijarse en lo que los demás
llevan, porque, dependiendo del número de diamantes y
de la exclusividad de la ropa ajena, dará lugar a depresión, malhumor
y sentimiento de inferioridad, aunque su propia ropa y
sus accesorios hayan costado una fortuna.
Su acompañante, bien vestido y de cabello plateado, se acercó
al bar y pidió champán, aperitivo necesario antes de una noche
que promete muchos contactos, buena música y unas excelentes
vistas de la playa y de los yates amarrados en el puerto.
Observó que trató a la camarera con respeto. Le dijo «gracias»
cuando le sirvió las copas. Le dejó una buena propina.
Los tres se conocían. Igor sintió una inmensa alegría cuando
la adrenalina empezó a mezclarse con su sangre; al día siguiente
iba a hacer que ella se enterase de su presencia allí. En
un momento dado, se encontrarían.

Y sólo Dios sabía el resultado de ese encuentro. Igor, católico
ortodoxo, había hecho una promesa y un juramento en una iglesia
de Moscú, ante las reliquias de santa Magdalena, que permanecerían
en la capital rusa durante una semana para que los fieles
pudieran adorarlas. Pasó casi cinco horas en la fila y, al acercarse,
estaba convencido de que todo era una invención de los sacerdotes.
Pero no quería correr el riesgo de faltar a su palabra. Le pidió
que lo protegiese, que le permitiese alcanzar su objetivo sin mucho
sacrificio. Y le prometió un icono de oro que le entregaría a un famoso
pintor que vivía en un monasterio de Novosibirsk cuando
todo acabara y pudiera volver a poner los pies en su tierra natal.

A las tres de la mañana, el bar del hotel Martínez huele a tabaco
y a sudor. Aunque Jimmy ya haya acabado de tocar el
piano (Jimmy lleva un zapato de cada color) y la camarera esté
extremadamente cansada, la gente que está allí se resiste a marcharse.
Hay que quedarse ahí, al menos durante una hora más,
durante toda la noche, ¡hasta que suceda algo!
Después de todo, ya hace cuatro días que empezó el Festival
de Cine de Cannes y todavía no ha pasado nada. En mesas diferentes,
el pensamiento es el mismo: encontrarse con el Poder.
Las mujeres bonitas esperan que un productor se enamore de
ellas y les dé un papel importante en su próxima película. Hay
algunos actores hablando entre sí, riendo y fingiendo que nada
de eso les importa, pero siempre con un ojo en la puerta.
Alguien llegará.
Alguien tiene que llegar. Los nuevos directores, con muchas
ideas en la cabeza, currículums con vídeos universitarios, lecturas
exhaustivas de tesis sobre fotografía y guiones, esperan un
golpe de suerte; alguien que al volver de una fiesta busque una
mesa vacía, pida un café, encienda un cigarrillo, esté cansado
de ir siempre a los mismos sitios y esté abierto a una nueva
aventura.
Cuánta ingenuidad.
Si eso sucediera, lo último que a esa persona le gustaría es oír
hablar del nuevo «proyecto que nadie ha hecho todavía», pero la
desesperación puede engañar al desesperado. Los poderosos
que entran de vez en cuando sólo echan un vistazo y suben a sus
habitaciones. No están preocupados. Saben que no tienen nada
que temer. La Superclase no perdona traiciones, todos conocen
sus límites; no han llegado a donde están tras pisotear a todos
los demás, aunque eso sea lo que cuenta la leyenda. Además, si
hay algo imprevisto e importante que descubrir, ya sea en el
mundo del cine, de la música o de la moda, se hará a través de
investigaciones, no en los bares de hotel.

Ahora la Superclase está haciendo el amor con la chica que
ha conseguido colarse en la fiesta y está dispuesta a todo. Desmaquillándose,
observando las arrugas, pensando que ya le toca
una nueva cirugía plástica. Buscando en la red lo que dicen las
noticias sobre el reciente anuncio que ha hecho durante el día.
Tomando la inevitable pastilla para dormir, y el té que promete
adelgazar sin demasiado esfuerzo. Eligiendo en la hoja del
menú lo que desea para desayunar en la habitación y colgándola
en la puerta, junto al cartel de «No molestar». La Superclase
está cerrando los ojos y pensando: «Espero quedarme dormido
pronto, mañana tengo una reunión antes de las diez.»
Pero en el bar del Martínez todos saben que los poderosos
están allí. Y si están allí, hay una oportunidad.
No se les pasa por la cabeza que el Poder sólo habla con el
Poder. Que tienen que verse de vez en cuando, beber y comer
juntos, asistir a grandes fiestas, alimentar la fantasía de que el
mundo del lujo y el glamour es accesible a todos los que tienen
el suficiente coraje para perseverar en una idea. Evitar guerras
cuando no son rentables y estimular la agresividad entre países
o compañías, cuando presienten que pueden reportarles más
poder y más dinero. Fingir que son felices, aunque sean prisioneros
de su propio éxito. Seguir luchando para aumentar su riqueza
y su influencia, aunque ya sean enormes, porque la vanidad
de la Superclase es competir consigo misma y ver quién
está en lo más alto.
En el mundo ideal, el Poder hablaría con actores, directores,
estilistas y escritores que en este momento tienen los ojos enrojecidos
de cansancio, que están pensando cómo van a volver a
sus habitaciones alquiladas en ciudades apartadas, para al día
siguiente empezar de nuevo el maratón de peticiones, de posibilidades
de reuniones, de disponibilidad. En el mundo real, a
estas horas el Poder está encerrado en su habitación, comprobando
el correo electrónico, quejándose de que las fiestas siem-

pre son iguales, de que la joya de su amiga era más grande que
la suya, que el yate que se ha comprado su competidor tiene una
decoración única, ¿cómo es posible? Igor no tiene con quien
hablar, pero tampoco le interesa. El vencedor está solo.
Igor, el exitoso dueño y presidente de una compañía telefónica
en Rusia. Reservó con un año de antelación la mejor suite
del Martínez (que obliga a todo el mundo a pagar al menos
doce días de estancia, independientemente del tiempo que se
vaya a quedar), llegó esta tarde en un jet privado, se dio una ducha
y bajó con la esperanza de ver una única y sencilla escena.
Durante algún tiempo se vio importunado por actrices, actores,
directores, pero tenía una respuesta ideal para todos:
—Don’t speak English, sorry. Polish.
O:
—Don’t speak French, sorry. Mexican.
Alguien intentó decir algunas palabras en español, pero Igor
tenía un segundo recurso. Anotar números en un cuaderno,
para no parecer ni periodista (que les interesa a todos), ni nadie
ligado a la industria de las películas. A su lado, una revista de
economía en ruso (al fin y al cabo, la mayoría no sabe distinguir
el ruso del polaco ni del español) con la foto de un ejecutivo
poco atractivo en la portada.
Los que frecuentan el bar piensan que entienden bien el
género humano, dejan a Igor en paz, pensando que debe de ser
uno de esos millonarios que sólo van a Cannes a ver si encuentran
una novia. Después de que una quinta persona se siente a
su mesa y pida un agua mineral alegando que «no hay otra silla
vacía», corre el rumor, ya todos saben que el hombre solitario
no pertenece a la industria del cine ni de la moda, y lo dejan de
lado como si fuera «perfume».
«Perfume» es la jerga que utilizan las actrices (o «starlets»,
como se las denomina en el Festival): es fácil cambiar de marca,
y muchas veces pueden ser verdaderos tesoros. Los «perfumes»

son abordados los dos últimos días del festival si no consiguen
encontrar nada interesante en la industria del cine. Así pues, ese
hombre extraño, con pinta de rico, puede esperar. Todas saben
que es mejor salir de ahí con un novio (que se puede convertir
en productor de cine) que ir al siguiente evento, repitiendo
siempre el mismo ritual: beber, sonreír (sobre todo sonreír), fingir
que no está mirando a nadie, mientras el corazón late acelerado,
los minutos en el reloj pasan de prisa, las noches de gala
todavía no se han acabado, no las han invitado, pero ellos sí.
Ya saben lo que van a decir los «perfumes», porque es siempre
lo mismo, pero fingen que se lo creen:
a) «Puedo cambiarte la vida.»
b) «A muchas mujeres les gustaría estar en tu lugar.»
c) «Por ahora todavía eres joven, pero piensa en el futuro.
Es el momento de hacer una inversión a largo plazo.»
d) «Estoy casado, pero mi mujer…» (Aquí la frase puede tener
diferentes finales: «está enferma», «juró suicidarse si
la dejo»…)
e) «Eres una princesa y mereces ser tratada como tal. Sin
saberlo, te estaba esperando. No creo en las casualidades,
y me parece que deberíamos darle una oportunidad
a esta relación.»
La conversación no varía. Lo que varía es obtener la mayor
cantidad de regalos posible (a poder ser, joyas, que se pueden
vender), que las inviten a algunas fiestas en algunos yates, conseguir
el mayor número de tarjetas de visita, encontrar el modo de
que las inviten a las carreras de Fórmula 1, a las que acude el mismo
tipo de gente y en las que puede surgir la gran oportunidad.
«Perfume» también es la palabra que utilizan los jóvenes actores
para referirse a las viejas millonarias, con cirugía y Botox,
más inteligentes que los hombres. Ellas nunca pierden el tiempo: también llegan en los últimos días, y saben que todo el poder
de seducción está en el dinero.
Los «perfumes» masculinos se equivocan: creen que las largas
piernas y los rostros juveniles se han dejado seducir y que
pueden manipularlos a su antojo. Los «perfumes» femeninos
confían en el poder de sus brillantes, sólo en eso.
Igor no conoce ninguno de esos detalles: es su primera vez
allí. Y acaba de confirmar, para su sorpresa, que nadie parece demasiado
interesado en el cine, salvo la gente de ese bar. Hojeó algunas
revistas, abrió el sobre en el que su compañía había metido
las invitaciones para las fiestas más importantes, pero ninguna de
ellas mencionaba ni un solo estreno. Antes de desembarcar en
Francia, intentó averiguar qué películas competían. Le costó mucho
conseguir esa información, hasta que un amigo le comentó:
—Olvida las películas. Cannes es un festival de moda.
Moda. ¿Qué tienen en la cabeza? ¿Acaso creen que moda
es eso que cambia con cada estación del año? ¿Han llegado
desde todos los rincones del mundo para mostrar sus vestidos,
sus joyas y su colección de zapatos? No saben lo que significa.
La «moda» no es más que una forma de decir «pertenezco a tu
mundo», «utilizo el mismo uniforme que tu ejército, no dispares
en esta dirección».
Desde que grupos de hombres y mujeres empezaron a convivir
en las cavernas, la moda es la única manera de decir algo
que todo el mundo entienda, incluso sin conocerse: nos ves –
timos de la misma manera, pertenezco a tu misma tribu, nos
unimos contra los más débiles y así sobrevivimos.
Pero ahí hay gente que piensa que la «moda» lo es todo.
Cada seis meses se gastan una fortuna para cambiar un peque-

ño detalle y seguir en la exclusiva tribu de los ricos. Si visitaran
Silicon Valley, donde los multimillonarios dueños de empresas
informáticas llevan relojes de plástico y pantalones rotos, se darían
cuenta de que el mundo ya no es el mismo. Todos parecen
tener el mismo nivel social, nadie presta la menor atención al
tamaño de un diamante, la marca de una corbata, el modelo de
cartera de cuero. Es más, no hay corbatas ni carteras de cuero
en esa región del mundo, pero cerca de allí está Hollywood, una
máquina relativamente más poderosa —aunque decadente— que
todavía es capaz de hacer que los ingenuos crean en los vestidos
de alta costura, en los collares de esmeraldas, en las limusinas
gigantes. Y cómo sigue apareciendo en las revistas, ¿a quién le
interesa destruir una empresa de billones de dólares de publicidad,
venta de objetos inútiles, cambios de tendencias innecesarios,
fabricación de las mismas cremas con etiquetas diferentes?
Ridículos. Igor no puede esconder su desprecio hacia aquéllos
cuyas decisiones influyen en la vida de millones de hombres
y mujeres trabajadores, honestos, que llevan su día a día con
dignidad porque tienen salud, un lugar en el que vivir, y el amor
de su familia.
Perversos. Cuando todo parece estar en orden, cuando la familia
se reúne alrededor de la mesa para cenar, el fantasma de
la Superclase aparece, vendiendo sueños imposibles: lujo, belleza,
poder. Y la familia se desarraiga.
El padre pasa horas en vela haciendo horas extra para poder
comprarle el último modelo de zapatillas deportivas a su hijo y
que así no se vea marginado en el colegio. La esposa llora en silencio
porque sus amigas llevan ropa de marca y ella no tiene
dinero. Los adolescentes, en vez de conocer los verdaderos valores
de la fe y la esperanza, sueñan con convertirse en artistas.
Las chicas de los pueblos pierden su propia identidad, empiezan
a considerar la idea de trasladarse a la gran ciudad y aceptar
cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, con tal de

conseguir una determinada joya. Un mundo que debería caminar
en dirección a la justicia pasa a girar en torno a lo material,
que al cabo de seis meses ya no sirve para nada, hay que renovarlo,
lo que hace que se siga manteniendo en la cima del mundo
a esas criaturas despreciables que ahora se encuentran en
Cannes.
Pero Igor no se deja influenciar por ese poder destructivo.
Continúa con uno de los trabajos más envidiables que existen.
Sigue ganando mucho más dinero al día del que podría gastar
en un año, aunque decidiera permitirse todos los placeres posibles,
legales o ilegales. No le resulta difícil seducir a una mujer,
incluso antes de que ella sepa si es o no un hombre rico (ya ha
probado muchas veces, y siempre le ha dado resultado). Acaba
de cumplir cuarenta años, está en plena forma, se ha hecho el
chequeo anual y no le han encontrado ningún problema de salud.
No tiene deudas. No necesita llevar una determinada marca
de ropa, frecuentar dicho restaurante, pasar las vacaciones
en la playa a la que «va todo el mundo», ni comprar un modelo
de reloj sólo porque un determinado deportista de éxito lo recomienda.
Puede firmar importantes contratos con un boli de
unos cuantos céntimos, usar chaquetas cómodas y elegantes,
hechas a mano en una pequeña tienda al lado de su despacho,
sin ninguna etiqueta visible. Puede hacer lo que quiera sin tener
que demostrarle a nadie que es rico, que tiene un trabajo interesante
y que le entusiasma lo que hace.
Tal vez ése sea el problema: siempre se entusiasma con lo
que hace. Está convencido de que ésa es la razón por la que la
mujer que horas antes entró en el bar no está sentada a su mesa.
Intenta seguir pensando, matando el tiempo. Le pide a Kristelle
otro trago. Sabe el nombre de la camarera porque hace una
hora, cuando el movimiento era menor —la gente estaba cenando—, le pidió un whisky y ella comentó que parecía triste, que debería
comer algo y levantar el ánimo. Agradeció la preocupación
y se alegró de que a alguien le importara su estado anímico.
Tal vez sea él el único que sabe cómo se llama la persona
que le está sirviendo; el resto quieren saber el nombre —y a ser
posible, también el cargo— de la gente que está sentada a las mesas
y en los sillones.
Trata de seguir pensando, pero ya pasan de las tres de la mañana,
y la hermosa mujer y el hombre educado —por cierto, muy
parecido físicamente a él— no han vuelto a aparecer. Puede que
se hayan ido directamente a la habitación y estén haciendo el
amor, puede que todavía estén bebiendo champán en uno de los
yates en los que la fiesta empieza cuando todas las demás se están
acabando. Puede que estén acostados, leyendo revistas, sin
mirarse el uno al otro. Eso no importa. Igor está solo, cansado,
necesita dormir.

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