“El vencedor está solo” Cap. 2 Paulo Coelho

7.22 horas

Se despierta a las 7.22 de la mañana. Era mucho más temprano de lo que le pedía el cuerpo, pero todavía no se ha adaptado a la diferencia horaria entre Moscú y París; si estuviera en su despacho,

ya habría tenido al menos dos o tres reuniones con sus subordinados, y se estaría preparando para almorzar con algún nuevo cliente.

Pero allí tiene otra tarea: encontrar a alguien y sacrificarlo en nombre del amor. Necesita una víctima para que Ewa pueda entender el mensaje por la mañana.

Se ducha, baja a desayunar a un restaurante con casi todas las mesas vacías y va a pasear por la Croisette, el bulevar donde están los principales hoteles de lujo. No hay tráfico: parte de la calle está cortada y sólo pueden pasar los coches con autorización.

La otra parte está vacía, porque incluso la gente que vive en la ciudad todavía se está preparando para ir al trabajo.

No alberga resentimientos; ya ha superado la fase más difícil, cuando no podía dormir por culpa del sufrimiento y el odio que sentía. Hoy día puede entender la actitud de Ewa: al fin y al cabo, la monogamia es un mito que se ha impuesto al ser humano. Ha leído mucho sobre el tema: no se trata de un exceso de hormonas ni de vanidad, sino de una configuración genética que se encuentra prácticamente en todas las especies.

Las investigaciones no se equivocan: los científicos que hicieron pruebas de paternidad a pájaros, monos o zorros descubrieron que el hecho de que estas especies desarrollen una relación social muy parecida al matrimonio no significa necesariamente que sean fieles. En el 70 por ciento de los casos, la cría es bastarda. Igor conserva en la memoria un párrafo de David Barash, profesor de psicología de la Universidad de Washington, en Seattle: «Dicen que sólo los cisnes son fieles, pero incluso eso

es mentira. La única especie de la naturaleza que no comete adulterio es la ameba (Diplozoon paradoxum). La pareja se conoce cuando todavía es joven, y sus cuerpos se funden en un único organismo. Todo el resto traiciona.»

Es por eso por lo que no puede acusar a Ewa de nada: sólo ha seguido un instinto propio de la raza humana. Pero como fue educada según convenciones sociales que no respetan la naturaleza, en este momento debe de sentirse culpable, seguro que cree que él ya no la quiere, que no la va a perdonar. Al contrario; está dispuesto a todo, incluso a mandarle mensajes que destruirán universos y mundos de otras personas, sólo para que entienda que no solamente será bienvenida, sino que enterrará el pasado sin hacerle ni una sola pregunta.

Mientras pasea, Igor se encuentra a una chica que coloca su mercancía en la acera, frente a un banco, piezas de bisutería artesanales de gusto discutible.

Sí, ella es el sacrificio. Ella es el mensaje que debe enviar, y que sin duda será entendido en cuanto llegue a su destino. Antes de acercarse, la contempla con ternura; ella no sabe que dentro de un rato, si todo sale bien, su alma estará vagando por las nubes, libre para siempre de ese trabajo estúpido que jamás le permitirá realizar sus sueños.

—¿Cuánto valen? —pregunta en un francés fluido.

—¿Cuál quiere?

—Todas.

La chica, que no debe de tener más de veinte años, sonríe.

—No es la primera vez que me lo proponen. La siguiente frase será: «¿Quieres dar un paseo conmigo? Eres demasiado bonita para estar aquí, vendiendo estas cosas. Soy…»

—… no, no soy. No trabajo en el cine. Y no te voy a convertir en actriz ni a cambiarte la vida. Tampoco me interesa lo que vendes. Todo lo que necesito es hablar, y podemos hacerlo aquí mismo.

La chica mira hacia otro lado.

—Son mis padres los que hacen este trabajo, y estoy orgullosa de lo que hago. Algún día pasará alguien y reconocerá el valor de estas piezas. Por favor, siga adelante, no le será difícil encontrar a alguien que escuche lo que tenga que decir.

Igor saca un fajo de billetes del bolsillo y lo pone gentilmente al lado de ella.

—Perdóname la grosería. Sólo lo he dicho para que bajaras el precio. Mucho gusto, me llamo Igor Malev. Llegué ayer de Moscú y aún estoy confuso por la diferencia horaria.

—Mi nombre es Olivia —dice la chica, fingiendo creerse la mentira.

Sin pedirle permiso, se sienta a su lado en el banco. Ella se aparta un poco.

—¿De qué quiere hablar?

—Coge los billetes primero.

Olivia duda, pero tras echar un vistazo alrededor, se da cuenta de que no tiene razón alguna para sentir miedo. Los coches empiezan a circular por el carril abierto, algunos jóvenes se dirigen a la playa, una pareja de ancianos se aproxima por la acera.

Mete el dinero en el bolsillo sin contarlo; la vida le ha dado la experiencia necesaria como para saber que es suficiente.

—Gracias por aceptar mi regalo —responde el ruso—. ¿De qué quiero hablar? En verdad, de nada muy importante.

—Debe de estar aquí por alguna razón. Nadie visita Cannes en una época en la que la ciudad resulta insoportable para sus habitantes y también para los turistas.

Igor mira el mar, y enciende un cigarrillo.

—Fumar es malo.

Él ignora el comentario.

—¿Para ti cuál es el sentido de la vida? —pregunta.

—Amar.

Olivia sonríe. Es una manera perfecta de comenzar el día, hablando de cosas más profundas que el precio de cada pieza de artesanía, o de la manera en que se viste la gente.

—¿Y para usted cuál es?

—Sí, amar. Pero un día pensé que también era importante tener el dinero suficiente para demostrarles a mis padres que era capaz de vencer. Lo he conseguido y hoy se sienten orgullosos de mí. Encontré a la mujer perfecta, formé una familia, me habría gustado tener hijos, honrar y temer a Dios. Sin embargo, los hijos no llegaron.

Olivia pensó que sería muy indiscreto preguntar por qué. El hombre, de unos cuarenta años, que habla en un perfecto francés, continúa:

—Pensamos en adoptar a un niño. Estuvimos dos o tres años pensándolo. Pero la vida empezó a complicarse: viajes, fiestas, reuniones, negocios…

—Cuando se sentó usted aquí para hablar, pensé que sería otro de esos millonarios excéntricos en busca de una aventura. Pero me alegra hablar sobre estas cosas.

—¿Piensas en tu futuro?

—Sí, y creo que mis sueños son los mismos que los suyos. Por supuesto, deseo tener hijos…

Hizo una pausa. No quería herir al compañero que había aparecido de una forma tan inesperada.

—… si es posible, claro. A veces, Dios tiene otros planes. Él parece no haber prestado atención a su respuesta.

—¿Al festival sólo vienen millonarios? —dice.

—Millonarios, gente que piensa que lo es, o gente que quiere serlo. Durante estos días, esta parte de la ciudad parece un hospicio, todos se comportan como si fueran importantes, salvo la gente que realmente lo es; ésos son más amables: no tienen que demostrarle nada a nadie. No siempre compran lo que tengo para vender, pero al menos sonríen, dicen algo agradable y me miran con respeto. Y usted, ¿qué está haciendo aquí?

—Dios creó el mundo en seis días, pero ¿qué es el mundo?

Es aquello que tú o yo vemos. Cada vez que alguien muere se destruye una parte del universo. Todo lo que ese ser humano ha sentido, probado y contemplado desaparece con él, de la misma manera que las lágrimas desaparecen con la lluvia.

—«Como lágrimas en la lluvia»… Vi una película en la que decían esa frase. No recuerdo cuál.

—No he venido para llorar. He venido para enviar mensajes a la mujer que amo, y para eso, tengo que aniquilar algunos universos o mundos.

En vez de asustarse con el comentario, Olivia se ríe. Realmente, ese hombre guapo, bien vestido, que habla francés fluidamente, no parece tener nada de loco. Estaba harta de oír siempre los mismos comentarios: eres muy guapa, podrías vivir mejor, cuál es el precio de esto, cuánto vale aquello, es carísimo, voy a dar una vuelta y vuelvo más tarde (lo que nunca sucedía, por supuesto), etc. Al menos, el ruso tenía sentido del humor.

—¿Y por qué destruir el mundo?

—Para reconstruir el mío.

Olivia puede intentar consolar a la persona que está a su lado, pero tiene miedo de oír la famosa frase: «Me gustaría que le dieses sentido a mi vida», con lo que se acabaría la conversación, ya que ella tenía otros planes para el futuro. Además, sería absurdo por su parte tratar de enseñarle a un hombre mayor que ella y de más éxito cómo superar sus dificultades.

La única salida era intentar saber más sobre su vida. Después de todo, él le había pagado —y bien— por su tiempo.

—¿Cómo pretende hacerlo?

—¿Sabes algo sobre los sapos?

—¿Sapos?

Él continúa:

—Varios estudios biológicos demuestran que si metemos un sapo en un recipiente con la misma agua de su charca, permanece inmóvil mientras calentamos el líquido. El sapo no reacciona ante el aumento gradual de la temperatura ni los cambios de ambiente; muere cuando el agua hierve, hinchado y feliz.

»Sin embargo, si metemos otro sapo en ese recipiente con el agua ya hirviendo, salta inmediatamente fuera. Medio cocido, aunque vivo.

Olivia no entiende muy bien qué tiene eso que ver con la destrucción del mundo. Igor prosigue:

—Yo me he comportado como un sapo hervido. No me di cuenta de los cambios. Pensaba que todo iba bien, que los problemas se solucionarían, que sólo era una cuestión de tiempo.

Estuve a punto de morir porque perdí lo más importante de mi vida: en vez de reaccionar, me quedé flotando, apático, en el agua que se calentaba minuto a minuto.

Olivia se arma de valor y hace la pregunta:

—¿Qué perdió?

—En realidad, no lo perdí; hay momentos en los que la vida separa a determinadas personas sólo para que entiendan lo importante que son la una para la otra. Digamos que anoche vi a mi mujer con otro hombre. Sé que ella desea volver, que aún me ama, pero no tiene el valor para dar ese paso. Hay sapos hervidos que todavía piensan que lo fundamental es la obediencia, no la competencia: manda el que puede, y obedece el que tiene juicio.

Y en todo eso, ¿dónde está la verdad? Es mejor salir medio chamuscado de una situación, pero vivo y listo para reaccionar.

»Y estoy seguro de que tú puedes ayudarme en esa tarea.

Olivia piensa qué le pasa por la cabeza al hombre que está a su lado. ¿Cómo alguien podía abandonar a una persona que parecía tan interesante, capaz de hablar sobre cosas que ella nunca había oído? En fin, el amor no tiene lógica; a pesar de su corta edad, lo sabe. Su novio, por ejemplo, es capaz de hacer cosas brutales, de vez en cuando le pega sin motivo, y aun así ella no puede pasar un día entero lejos de él.

¿De qué estaban hablando? De sapos. De que ella podía ayudarlo. Obviamente, no puede, así que es mejor cambiar de tema.

—¿Cómo pretende destruir el mundo?

Igor señala el único carril libre de la Croisette.

—Supongamos que no quiero que vayas a una fiesta, pero no puedo decírtelo directamente. Si esperara a la hora del atasco y detuviera un coche en mitad de esta calle, al cabo de diez minutos toda la avenida frente a la playa estaría colapsada. Los conductores pensarían: «Debe de haber habido un accidente», y tendrían algo de paciencia. Al cabo de quince minutos, la policía llegaría con una grúa para remolcar el coche.

—Eso ya ha sucedido cientos de veces.

—Sí, pero antes yo habría salido del coche y habría esparcido clavos y objetos cortantes por el suelo. Con mucho cuidado, sin que nadie se diera cuenta. Habría tenido la paciencia necesaria para pintar todos esos objetos de negro, para que se confundieran con el asfalto. En el momento en que la grúa se acercara, se le pincharían las ruedas. Y entonces tendríamos dos problemas, el embotellamiento llegaría ya a las afueras de esta pequeña ciudad, donde posiblemente vives tú.

—Una idea muy creativa, pero como máximo iba a conseguir que me retrasara una hora.

Esta vez fue Igor el que sonrió.

—Bueno, podría reflexionar durante algunas horas sobre cómo prolongar el problema: cuando la gente se acercara a ayudar, por ejemplo, yo lanzaría una pequeña bomba lacrimógena debajo de la grúa. Todos se asustarían. Me metería en el coche fingiendo desesperación y pondría en marcha el motor, al mismo tiempo que dejaba caer un poco de la carga del mechero en la tapicería del coche y prendía fuego. Tendría tiempo de salir y contemplar la escena: el coche ardiendo poco a poco, el fuego llegando al depósito del combustible, la explosión, que alcanza al vehículo de atrás…, la reacción en cadena. Todo eso utilizando un coche, unos clavos, una bomba lacrimógena que se puede comprar en cualquier tienda, un pequeño bote de gas para recargar mecheros…

Igor saca un tubo de ensayo del bolsillo con un poco de líquido dentro.

—… del mismo tamaño que esto. Es lo que debería haber hecho cuando vi que Ewa iba a marcharse. Retrasar su decisión, hacer que lo pensara un poco más, que midiera las consecuencias.

Cuando la gente reflexiona sobre las decisiones que tiene que tomar, normalmente acaba desistiendo; hay que tener mucho valor para dar determinados pasos.

»Pero fui orgulloso, pensé que era temporal, que se daría cuenta. Estoy seguro de que ahora está arrepentida, y desea volver. Pero para eso es necesario que yo destruya algunos mundos.

Su expresión ha cambiado, y a Olivia ya no le hace ninguna gracia la historia. Se levanta.

—Bueno, tengo que trabajar.

—Pero te he pagado para que me escucharas. He pagado suficiente por todo tu día de trabajo.

Ella mete la mano en el bolsillo para sacar lo que le había dado y en ese momento ve la pistola apuntando a su cara.

—Siéntate.

Su primer impulso fue correr. La pareja de ancianos se acercaba lentamente.

—No corras —dice él, como si pudiera leer sus pensamientos.

—No tengo la menor intención de disparar, si te sientas y me escuchas hasta el final. Si no haces nada, sino simplemente me obedeces, te juro que no dispararé.

Por la cabeza de Olivia desfilan rápidamente una serie de alternativas: correr en zigzag era la primera de ellas, pero se da cuenta de que le tiemblan las piernas.

—Siéntate —repite el hombre—. No te dispararé si haces lo que te digo. Te lo prometo.

Sí. Sería una locura disparar esa arma en una mañana soleada, con coches pasando por la calle, gente yendo a la playa, con el tráfico cada vez más denso, más gente que anda por la acera. Es mejor hacer lo que le dice el hombre, simplemente porque no puede reaccionar de otra forma; está al borde del desmayo.

Obedece. Ahora tiene que convencerlo de que no supone una amenaza para ella, escuchar sus lamentos de marido abandonado, prometer que no ha visto nada y, en cuanto aparezca un policía haciendo su ronda habitual, arrojarse al suelo y pedir ayuda.

—Sé exactamente lo que sientes —la voz del hombre intenta calmarla—. Los síntomas del miedo son los mismos desde siempre.

Era así cuando los seres humanos se enfrentaban a los animales salvajes, y sigue siendo así hoy en día: la sangre desaparece de la cara y de la epidermis, protegiendo el cuerpo y evitando el sangrado, de ahí la sensación de palidez. Los intestinos se aflojan y lo sueltan todo para evitar que sustancias tóxicas contaminen el organismo. El cuerpo rechaza moverse en un primer momento para no provocar a la fiera, evitar que ataque ante cualquier movimiento sospechoso.

«Todo esto es un sueño», piensa Olivia. Se acuerda de sus padres, de que en realidad deberían estar ahí esa mañana, pero se habían pasado la noche trabajando en la bisutería porque el día iba a ser movido. Hace algunas horas estaba haciendo el amor con su novio, el que creía que era el hombre de su vida, aunque a veces abusase de ella. Ambos tuvieron un orgasmo simultáneo, lo que no sucedía desde hacía mucho tiempo. Después de desayunar, decidió no ducharse como siempre porque se sentía libre, llena de energía, contenta con la vida.

«No, esto no está sucediendo. Mejor mostrar calma.»

—Vamos a hablar. Ha comprado usted toda la mercancía, y vamos a hablar. No me he levantado para marcharme.

Él apoya discretamente el cañón del arma en las costillas de la chica. La pareja de ancianos pasa por su lado, mirándolos, sin percatarse de nada. Ahí está la hija del portugués, como siempre intentando impresionar a los hombres con sus cejas tupidas y su sonrisa infantil. No era la primera vez que la veían con un extraño, que por su ropa parecía ser rico.

Olivia los mira fijamente, como si su mirada pudiera decir algo. El hombre que está a su lado dice con voz alegre:

—¡Buenos días!

La pareja se aparta sin pronunciar palabra; no suelen hablar con extraños, ni saludar a las vendedoras ambulantes.

—Sí, vamos a hablar —el ruso rompió el silencio—. No voy a hacer nada de eso con el tráfico, sólo era un ejemplo. Mi mujer sabrá que estoy aquí en cuanto empiece a recibir los mensajes.

No voy a hacer lo más obvio, que es intentar encontrarla: necesito que venga hasta mí.

He ahí una salida.

—Puedo darle los mensajes, si usted quiere —propone Olivia—.

Basta con que me diga en qué hotel se hospeda.

El hombre se ríe.

—Tienes el mismo vicio que toda la gente de tu edad: creerte más astuta que el resto de los seres humanos. En el momento en que te marcharas de aquí, irías inmediatamente a la policía.

Se le heló la sangre. ¿Iban a quedarse entonces todo el día en aquel banco? ¿Dispararía de todos modos, ya que ella le había visto la cara?

—Ha dicho que no iba a disparar.

—Lo prometí y no voy a hacerlo, si te portas como alguien más adulto, que respeta mi inteligencia.

Sí, tiene razón. Ser más adulta es hablar un poco de sí misma.

Quién sabe, aprovecharse de la compasión que siempre alberga la mente de un loco. Contarle que ella vive una situación semejante, aunque no sea verdad.

Un muchacho con un iPod pasa corriendo. Ni siquiera se toma la molestia de mirar en su dirección.

—Vivo con un hombre que hace que mi vida sea un infierno, pero aun así no puedo librarme de él.

La expresión en los ojos de Igor cambia.

Olivia piensa que ha encontrado el modo de salir de la trampa.

«Sé inteligente. No te ofrezcas, intenta pensar en la mujer del hombre que está a tu lado. »Trata de parecer sincera.»

—Me separó de mis amigos. Es celoso, aunque tiene a todas las mujeres que desea. Critica todo lo que hago, dice que no tengo ambición.

Controla el poco dinero que gano en la venta de bisutería.

El hombre guarda silencio, mirando al mar. La calle se llena de gente; ¿qué sucedería si simplemente se levantara y huyera? ¿Sería capaz de disparar? ¿El arma es de verdad?

Pero Olivia sabe que ha tocado un tema que parece relajarlo. Mejor no correr el riesgo de cometer una locura (recuerda la mirada y la voz de hace unos minutos).

—Aun así, no soy capaz de dejarlo. Aunque apareciese el mejor, el más rico y generoso ser humano sobre la faz de la Tierra, no cambiaría a mi novio por nada. No soy masoquista, no me produce placer que me humillen constantemente, pero lo amo. Notó que el cañón del arma presionaba sus costillas otra vez. Debía de haber dicho algo inconveniente.

—Yo no soy igual de canalla que tu novio —su voz era de odio—. He trabajado mucho para construir todo lo que tengo. He trabajado duro, recibido muchos golpes, sobrevivido a todos ellos, he luchado con honestidad, aunque a veces he tenido que ser duro e implacable.

»Siempre he sido un buen cristiano. Tengo amigos influyentes, y nunca he sido ingrato. En fin, he hecho lo correcto.

»Nunca he destruido a nadie en mi camino. Siempre que pude estimulé a mi mujer para que hiciera lo que quería, y el resultado fue éste: ahora estoy solo. Sí, maté a seres humanos durante una guerra estúpida, pero no perdí el sentido de la realidad.

No soy un veterano de guerra traumatizado que entra en un restaurante y dispara su ametralladora a diestro y siniestro. No soy un terrorista. Podría pensar que la vida ha sido injusta conmigo, que me ha robado lo más importante: el amor. Pero hay otras mujeres, y el dolor del amor siempre pasa. Tengo que hacer algo, me he cansado de ser un sapo que se estaba cociendo poco a poco.

—Si sabe que hay otras mujeres, si sabe que el dolor pasa, ¿entonces por qué sufrir tanto? Sí, se estaba comportando como una adulta, sorprendida por la calma con la que intentaba controlar al loco que estaba a su lado.

Él pareció vacilar.

—No sé responder a eso. Tal vez porque ya me han abandonado muchas veces. Tal vez porque necesito demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz. Tal vez porque he mentido y no hay otras mujeres; sólo una. Tengo un plan.

—¿Cuál es ese plan?

—Ya te lo he dicho. Destruir algunos mundos, hasta que ella se dé cuenta de que es importante para mí, de que soy capaz de correr cualquier riesgo para que vuelva.

¡La policía!

Ambos vieron que se acercaba un coche patrulla.

—Disculpa —dijo el hombre—. Me gustaría hablar un poco más, la vida tampoco es justa contigo.

Olivia entiende la sentencia de muerte. Y como no tiene nada que perder, intenta levantarse otra vez. Sin embargo, la mano del extranjero toca su hombro derecho, como si la abrazara con cariño.

El Samozashchita Bez Oruzhiya, o sambo, como se lo conoce entre los rusos, es el arte de matar rápidamente con las manos sin que la víctima se dé cuenta de lo que está sucediendo.

Se desarrolló a lo largo de los siglos, cuando los pueblos o tribus tenían que enfrentarse a invasores sin ayuda de ninguna arma. Fue muy utilizado por el aparato soviético para eliminar a cualquiera sin dejar rastro. Intentaron introducirla como arte marcial en las Olimpiadas de 1980 en Moscú, pero fue descartada por ser demasiado peligrosa, a pesar de todos los esfuerzos de los comunistas de entonces para incluir en los Juegos un deporte que sólo ellos sabían practicar. Finalmente, en 1985 se convirtió en deporte olímpico.

Perfecto. Así, sólo algunas personas conocen sus golpes. El pulgar derecho de Igor presiona la yugular de Olivia, la sangre deja de llegar al cerebro. Al mismo tiempo, su otra mano presiona un punto determinado cerca de las axilas, lo que provoca la parálisis de los músculos. No hay contracciones; sólo es cuestión de esperar un par de minutos.

Olivia parece haberse quedado dormida en sus brazos. El coche de policía cruza por detrás de ellos, usando el carril preferente que está cerrado al tráfico. Ni siquiera ven a la pareja abrazada; tienen otras cosas de las que preocuparse esa mañana: deben hacer todo lo posible para que la circulación no se vea interrumpida, una tarea absolutamente imposible de cumplir al pie de la letra. Acaban de recibir una llamada por radio, parece ser que un millonario borracho ha chocado con su limusina a tres kilómetros de allí.

Sin retirar el brazo que sujeta a la chica, Igor se agacha y utiliza la otra mano para recoger el paño que hay delante del banco, en el que se exponen todos esos objetos de mal gusto. Dobla la tela con agilidad, haciendo una almohada improvisada.

Cuando ve que no hay nadie cerca, con sumo cuidado acuesta el cuerpo inerte en el banco. La chica parece dormir; en sus sueños, debía de estar recordando un hermoso día, o teniendo pesadillas con su novio violento.

Sólo la pareja de ancianos los había visto juntos. En caso de que se descubriese el crimen —lo que Igor pensaba que era difícil porque no había marcas visibles— lo describirían ante la policía como alguien rubio o moreno, más viejo o más joven de lo que realmente era. No existía la menor razón para preocuparse, la gente nunca presta atención a lo que ocurre en el mundo.

Antes de marcharse le dio un beso en la frente a la Bella Durmiente y murmuró:

—Como ves, he cumplido mi promesa: no he disparado.

Después de dar algunos pasos empezó a sentir un terrible dolor de cabeza. Era normal: la sangre estaba inundando el cerebro, una reacción absolutamente aceptable para alguien que acaba de salir de un estado de extrema tensión.

A pesar del dolor de cabeza, estaba feliz. Sí, lo había conseguido.

Sí, era capaz. Y estaba más feliz todavía porque había liberado el alma de ese cuerpo frágil, de ese espíritu incapaz de reaccionar ante los abusos de un cobarde. Si esa relación enfermiza hubiera continuado, pronto la chica estaría deprimida y ansiosa, perdería la autoestima y sería cada vez más dependiente del poder de su novio.

Nada de eso le había sucedido a Ewa. Ella siempre había sido capaz de tomar sus propias decisiones, le había dado su apoyo moral y material cuando decidió abrir su tienda de alta costura, era libre de viajar cuando y cuanto quisiese. Había sido un hombre, un marido ejemplar. Y aun así, ella había cometido un error: no había sabido entender su amor, como tampoco había entendido su perdón. Pero esperaba que recibiera los mensajes. Después de todo, el día que ella había decidido marcharse, él le dijo que destruiría mundos para que volviera.

Coge el móvil recién comprado, de tarjeta, que ha cargado con el menor saldo posible, y escribe un mensaje.

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