CRÍTICA: LIBROS – Ensayo “Sables y utopías”

Vargas Llosa reivindica el derecho de América Latina a no oficiar de simple teatro experimental. Su libro Sables y utopías desencadena el magnetismo voraz de las mejores intrigas.


Sables y utopías recoge una selección de artículos, cartas, ensayos y conferencias de Mario Vagas Llosa sobre América Latina. Se trata de escritos publicados a lo largo de cuatro décadas, aunque en algunos casos de difícil acceso. Pero esta circunstancia no convierte el volumen en un añadido redundante de la obra de Vargas Llosa, sino que la confección de los capítulos y la ordenación de los textos dentro de ellos consiguen un efecto inesperado y sorprendente: el conjunto no sólo se deja abordar como un ensayo unitario, sino que despierta la curiosidad de los razonamientos bien trabados y desencadena el magnetismo voraz de las mejores intrigas. Una de las razones sólo cabe achacarla a la honestidad intelectual de Vargas Llosa: aunque los textos se refieren a la realidad latinoamericana y son tan diversos como ésta en su intención y sus temas, la trayectoria política de la que van dando noticia en filigrana no es sólo la de un continente, sino también la del propio autor. Algo que no hubiera sido posible si, amparándose en sus posiciones actuales, Vargas Llosa hubiera excluido los escritos más lejanos en los que dio el apoyo, aunque con lúcidas reservas, a algunos de los regímenes de los que hoy abomina, como el castrismo.

El volumen se cierra con una evocación, muchas veces emocionada, de algunos de los más originales escritores y artistas de América Latina, como Borges, Cortázar, Paz, Donoso, Cabrera Infante, Lezama Lima, Botero, Frida Kahlo o Fernando de Szyslo. También con una entusiasta reseña de Cien años de soledad. Esta incursión en el arte y las letras latinoamericanas no obedece, en absoluto, a una concesión obligada del ensayista Vargas Llosa al autor de novelas capitales del siglo XX, como Conversación en La Catedral. Antes por el contrario, es en ese capítulo, en esa evocación de algunos de sus amigos, donde probablemente hay que buscar el origen de sus actitudes cívicas. La minuciosa atención que presta el creador de ficciones a la manera original en que otros autores entienden la literatura y el arte se prolonga, necesariamente, en la que dedica el ensayista, el intelectual comprometido, a la realidad de América Latina. A tal punto que la libertad de creación que admira en ellos se convierte en la medida desde la que juzgar los regímenes políticos. Según queda patente en Sables y utopías -un título con el que Vargas Llosa ilustra la falsedad de la opción entre las quimeras revolucionarias y las asonadas militares a las que se ha enfrentado el continente-, su ruptura con los líderes o los regímenes que inicialmente saludó con entusiasmo tiene siempre el mismo preámbulo: la decepción que le provoca la persecución de los escritores y las cortapisas a la circulación de la información y la expresión de las ideas.

Por lo que se refiere a los juicios políticos, no es en la firme condena de los espadones donde Vargas Llosa se distancia de los intelectuales de izquierda, dentro y fuera de América Latina. Es en el repudio de los regímenes y de los movimientos revolucionarios que, invocando la inexcusable necesidad de la justicia social, que el propio Vargas Llosa reconoce, niegan las libertades del individuo o se sirven de métodos que desprecian la vida humana. La visión de América Latina contra la que carga Vargas Llosa una y otra vez en Sables y utopías es aquella que la convierte en encrucijada de dos fantasías simétricas. Una, la de los propios latinoamericanos que buscan en las utopías europeas del siglo XIX -a las que ahora hay que sumar, además, las utopías indigenistas- el remedio para los males del continente, y otra, la de los propios europeos, que encuentran en América Latina una especie de territorio virgen para realizar los sueños que son inviables o que fracasaron en sus propios países. Vargas Llosa reivindica, en último extremo, el derecho del continente a no oficiar de simple teatro, de simple retorta, para los experimentos sociales. Como afirma en el artículo que dio lugar a su sonada polémica con Günter Grass, recogido en el volumen, los latinoamericanos no son seres aparte, incapacitados por ningún condicionante genético, histórico o social para vivir en democracia.

Vargas Llosa se define a sí mismo como “contradictor por temperamento y vocación”, una actitud a la que debe, sin duda, las mejores páginas de esta selección y de toda su obra, como también al hecho de que sus posiciones se apoyen, según él mismo confiesa, en la observación y no la ideología. En ningún momento a lo largo de Sables y utopías se desdice de este punto de partida, salvo, quizá, en los ensayos más teóricos que incluye el volumen, como ‘El liberalismo entre dos milenios’ y ‘Confesiones de un liberal’. Y es en el primero de ellos donde tal vez se aprecia con mayor nitidez una cierta renuncia, una sutil concesión a la ideología, cuando habla de “la desconfianza tenaz hacia la libertad como solución para los problemas humanos” que experimentan “sectores de izquierda, de centro y de derecha”. Aunque parezca lo contrario, flaco favor se presta a la libertad considerándola como solución, puesto que se corre el riesgo de convertir en pragmático, en utilitario, el compromiso con ella, dependiendo de que, en efecto, sea eficaz o no para resolver los problemas. Entendida, en cambio, como condición, como requisito inexcusable de cualquier régimen político, su defensa se convierte en un innegociable imperativo moral, desde el que es posible la condena de las dictaduras, de todas las dictaduras, según defiende con toda razón Vargas Llosa, incluso de las raras que han conseguido resolver alguna vez los problemas humanos o, al menos, algunos de ellos.

Es probable que la concepción de la libertad como solución, y no como condición, sea la causa remota de que, en ocasiones, Vargas Llosa incurra al hablar de la izquierda, sobre todo de la izquierda europea, en aquello mismo de lo que se defiende con incontestables argumentos en su polémica con Mario Benedetti, también incluida en Sables y utopías. Como Vargas Llosa al ser atacado por condenar atinadamente la dictadura de Cuba o la deriva autoritaria del chavismo, muchos intelectuales de izquierda en Europa deben “dedicar mucho tiempo, tinta y paciencia a aclarar” lo que no son, “y a rectificar las tergiversaciones y caricaturas” que se les atribuyen, también por parte de Vargas Llosa. Por ejemplo, la de ser tildados de antiamericanos por oponerse a la guerra de Irak o de antisemitas por criticar los castigos colectivos que Israel inflige a los palestinos, o, incluso, de verse afiliados a la fuerza entre los admiradores de las extravagancias indumentarias, y no sólo, de Evo Morales.

Sables y utopías ofrece, en suma, el inmenso placer de coincidir en muchas ocasiones con los juicios de uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo. Pero también el placer, aún mayor, de contradecirlo. Seguramente por una vocación y un temperamento aprendido, entre otros, de Vargas Llosa.

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