Onetti por Vargas Llosa

Frente a Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa encarna el otro extremo de la imagen literaria. Uno, el uruguayo, fue un escritor obsesivo, monomaníaco, difuso, entreverado. El mundo de Onetti es uno solo, autárquico; es una ciudad y, si acaso, una provincia imaginaria: Santa María, habitada por un puñado de seres tan idiosincrásicos que eligieron a uno de los suyos como Dios. Quien lea las principales novelas onettianas (El pozo, La vida breve, Los adioses, El astillero, Juntacadáveres) sabe que, al menos, tras ellas se puede cerrar la puerta y quedarse absolutamente solo. Otro, el peruano, ha hecho de la novela un panorama distinguido por las perspectivas nítidas. Novelas complejas las de Vargas Llosa pero siempre inteligibles y a ratos hasta didácticas: como las líneas de Nazca, pueden leerse desde lo alto. Enorme mundo, en competencia con el tamaño de nuestro mundo real (cualquier cosa que esto signifique), el recorrido, desde La Casa Verde (1966) hasta Travesuras de la niña mala (2006), por Vargas Llosa. Viajamos, con él, de las utopías campesinas a las ensoñaciones artísticas y políticas, del Amazonas a París, de la prehistoria a las grandes ciudades multiculturales del siglo XX, de la conspiración revolucionaria a la novela del dictador, de Lima la horrible al mundo sentimental de la radio, del retablo histórico a la novela erótica.

En El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Alfaguara, 2008), Vargas Llosa (1936) ha decidido encontrarse con Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), haciendo de estas conferencias un libro más de los que ha dedicado a interrogar a sus maestros (de Gabriel García Márquez a Victor Hugo, pasando por Gustave Flaubert y José María Arguedas). Cultivando el paralelo, El viaje a la ficción da comienzo en el escenario mental más distante que pueda pensarse en relación al refinado y crapuloso pasaje onettiano. Vargas Llosa se remonta a la horda prehistórica, a la novedad absoluta del lenguaje y rememora un episodio propiamente primigenio, originado cuando en 1958 entró en contacto, gracias a un matrimonio de lingüistas misioneros, con la pequeña comunidad indígena de los machiguengas, en la Amazonía peruana. Vargas Llosa fue testigo de una aparición verbal, el relato autóctono que da vida a “El hablador”, un mítico bardo indígena que concentraba y narraba todas las mitologías, leyendas y habladurías de los machiguengas dispersos. De ese personaje poco se sabe y casi nada se dice de él en los tratados etnográficos. Vargas Llosa, que le dedicó El hablador (1987), es sospechoso de habérselo inventado. Al hablador, en fin, Vargas Llosa lo ha elegido, diríamos en México, como un nahual antropomórfico o para decirlo a la antigüita, como un ángel de la guarda.

¿Qué tiene que ver Onetti con todo esto? Mucho, según leemos en El viaje a la ficción. A Vargas Llosa le obsesionan las relaciones entre la verdad y la ficción, el tema filosófico que podría ser la divisa de toda su obra crítica y novelesca. En alguna medida, Vargas Llosa sigue siendo un sartreano: la ficción –la verdad de las mentiras– ocupa en su obra el sitio necesario y paradójico que ocupaba la libertad en el existencialismo del medio siglo. Onetti, también, pareciera provenir de ese mundo, pero El pozo (1939) es apenas posterior a La náusea y anterior a El extranjero, las novelas de Sartre y Camus con las que se le relaciona. Si la libertad, como lo cree Vargas Llosa, necesita de la ficción, Onetti no sólo es el hablador transformado en escribidor, sino el gran libertario. Antes que él –y eso es lo que nos recuerda, primero que nada, El viaje a la ficción– no era posible imaginarse a la novela moderna de América Latina.

Vargas Llosa va, con Onetti, de libro en libro (prefiere, por ejemplo, La vida breve sobre El astillero) y cuenta entre sus obras maestras un puñado de cuentos, entre los que destaca “Bienvenido, Bob” y “El infierno tan temido”. Compara a Onetti con sus maestros, el basto y extraño y a su manera extraordinario Robert Artl, con Borges (más que una influencia una compañía y un contraste para Onetti) y con William Faulkner, de cuya Yoknapatawpha Santa María se diferencia por un aspecto nada menor. Mientras que al condado imaginario de Faulkner lo condena su pasado (la tradición), Santa María, la de Onetti, vive en un presente perpetuo que tornaría inocua la noción de decadencia (sin historia no hay decadencia) asociada a su destino. Se figura Vargas Llosa a Onetti como una estrella vespertina que acompañó la ruina de Uruguay pero se empecina, sobre todo, en la técnica del novelista, en el entramado de El astillero (1961) lo mismo que en el proceso de disolución tan propio de Cuando entonces (1979) y Cuando ya no importe (1993), sus últimas novelas. Subraya la originalidad del narrador-personaje en Onetti, “un protagonista o un testigo que revela, oculta o descoloca los datos con sabiduría para despertar la expectativa, relativizar la anécdota”, volviéndolo, gracias a la incertidumbre y a la ambigüedad, en guardián de una historia que la mayoría de las veces es un secreto para el lector.

Se hace responsable Vargas Llosa, en El viaje a la ficción, de algunas de las cosas que se han dicho sobre la complicidad que hubo de establecerse entre él y Onetti, uno, casado con la literatura, el otro, manteniéndola como amante. Recuerda Vargas Llosa a Onetti, quien informado de que La casa verde había ganado el Premio Rómulo Gallegos en 1966, dejando a Juntacadáveres como finalista, habría dicho –pues ambas novelas tenían al prostíbulo como escenario– “es que el burdel de Mario tiene orquesta y el mío no”.

Es imposible, a su vez, pensar en personalidades más excluyentes que las de Onetti y Vargas Llosa. La fama lo presenta a uno permanentemente acostado, bebiendo whisky y leyendo novelas policíacas, en apariencia aterrado por el mundo y refugiado en la depresión, más o menos apolítico hasta que la dictadura uruguaya lo vejó, haciendo de su inocencia el símbolo de los torturados y de los desaparecidos. Ese es Onetti, mientras que Vargas Llosa ha sido, desde el éxito de La ciudad y los perros (1963), el “intelectual público” (la expresión es de origen anglosajón, la redundancia, significativa) por antonomasia: escritor profesional, periodista incansable, candidato presidencial, académico de la lengua, el incómodo y siempre escuchado (y denostado) liberal que habla español. Onetti –lo cual lo convierte a estas alturas del siglo XXI en un marciano– sólo dio una conferencia en toda su vida, mientras que Vargas Llosa ha impartido todas las cátedras. Es difícil imaginar a Vargas Llosa en reposo. Es improbable concebir a Onetti en movimiento.

Publicado previamente en El Ángel de Reforma

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