Entrevista Luis Landero

“Las novelas no admiten héroes, se han refugiado todos en los ‘best sellers”

El monólogo tragicómico de un pícaro ingenuo que repasa su vida en una clínica llena las páginas de Retrato de un hombre inmaduro.

El esritor Luis Landero

DOCUMENTO (PDF – 87,27Kb) – 26-10-2009

 

Luis Landero está contento. Y no porque publique su sexta novela, Retrato de un hombre inmaduro (Tusquets), sino porque Paco Bezerra, un antiguo alumno suyo de la Escuela de Arte Dramático, acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura dramática. “Un tío majísimo. Y muy pesado, como todo el mundo al que le gusta la literatura”, dice con una carcajada. Landero lleva ya dos años jubilado, pero durante décadas convivió con una diatriba que invade a los lectores que son también escritores y profesores y no, como subraya él mismo, “a los ingenieros de caminos canales y puertos”: poner de acuerdo a los tres en sus lecturas. Así, hay autores, como Joyce, que le interesan mucho al escritor y algo menos al lector y al profesor. A éstos, además, les gusta Galdós, pero al escritor no tanto. Y lo mismo pasa con Hermann Hesse, que atrajo al lector en su adolescencia y luego sólo interesó al profesor “por solidaridad con sus alumnos”. ¿Algún título que concilie a los tres? “Crimen y castigo. A mis alumnos de tercero de bachillerato les costaba entrar, pero luego les gustaba mucho”. Dice Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) que el profesor era el más difícil de contentar porque dependía también del gusto de los estudiantes. La jubilación ha terminado con el problema -ya sólo discuten dos- y en la mesa del salón de su casa madrileña, a un paso de la glorieta de Bilbao, reposa El día D (Crítica), de Antony Beevor.

En un cajón del estudio, Landero conserva desordenado el manuscrito -corregido con tinta de cinco colores diferentes- de Retrato de un hombre inmaduro, un bosque de cuadernos con el logotipo de empresas de medicamentos, folios de letra apretada y tarjetas de invitación aprovechadas por la cara limpia. En la habitación del hospital en el que está ingresado, el protagonista de la novela hace balance de su vida. Y, lo dice él mismo, no le salen las cuentas. El resultado es el monólogo tragicómico de un ser desorientado y sin atributos, una mezcla de Quijote, Sancho, Lázaro de Tormes y soldado Svejk; un sabio que no entiende nada, como un actor en una película dirigida por Kafka con guión de Witold Gombrowicz; un nómada con vocación de sedentario, un rijoso romántico, un hombre ejemplar capaz de las mayores bajezas.

“Los mimbres del libro son autobiográficos, pero el cesto no. Hay cosas mías, sí, pero ¿de dónde va a sacar uno sus cosas si no?”, dice Landero de un relato en primera persona construido a partir de la angustia terminal de un pícaro ingenuo que sabe que pocos negocios hay tan edificantes como el de “la buena conciencia cuando se asocia con la fantasía”.

PREGUNTA. ¿En estos tiempos dan mejor resultado literario los antihéroes que los héroes?

RESPUESTA. Es que ya, ¿qué héroes hay? Sólo quedan en la literatura testimonial. Primo Levi, por ejemplo. Siempre fuera de la ficción. La palabra héroe está descatalogada. Las novelas ya no admiten héroes, se han refugiado todos en los best sellers. Pero tampoco me gusta la palabra antihéroe. Somos un poco de todo, como un guiso. Y quiero pensar que dentro de cada cual siempre hay un margen para pequeñas heroicidades.

P. También su novela es un guiso, ¿no? Mucha comedia, un poco de tragedia…

R. Ésa es mi manera de ver el mundo. Todo lo que escribo tiene ese sabor agridulce. Pensé incluso en usar la palabra tragicomedia en el título, lo que pasa es que está ya muy gastada, pero algo de eso tiene.

P. ¿Es difícil equilibrar las dos cosas?

R. Uno tiene siempre que bordear dos amenazas: ser sentimental sin ser cursi y ser dramático sin ser patético. ¿La clave? El humor, que ayuda a no traspasar ni la línea sentimental ni la dramática. El humor y el drama están unidos de un modo espontáneo. Eso es muy antiguo. Y detrás de todo eso acecha el absurdo, que es el verdadero fondo sobre el que se proyecta todo.

P. Pero su protagonista hace cosas absurdas de forma muy racional.

R. Eso viene de Kafka, que es el primero que hace cosas absurdas de un modo racional. Y de Buster Keaton. De Kafka nace el humor moderno, porque antes de él no hay nadie que escriba de forma seria para contar algo que no lo es. La prosa de Kafka es como la cara de Buster Keaton. Tiene algo de juez y de rabino. Y todo eso al servicio de un contenido absurdo. De ese desnivel nace la risa.

P. “Todo se arregla con historias”, según el narrador, que adora el silencio pero no para de hablar. ¿Les pasa eso a los escritores?

R. Hay una incontinencia verbal en toda la sociedad y en todos nosotros, sí. Es todo como una fiesta en la que las palabras son monedas sin valor. Yo amo el silencio, y en esto la novela es autobiográfica, pero a la vez soy muy charlatán.

P. Sin embargo, en esa especie de teoría personal que incluyó en

Entre líneas decía que las palabras se gastan sólo cuando se habla superficialmente de las cosas.

R. Hay que tener cuidado con las teorías, pero sí es verdad que a veces vamos a buscar nuestro mundo en lugares ajenos a nosotros cuando lo que hay que hacer es partir de lo concreto. Cuando uno habla de lo concreto es cuando las palabras tienen un aire de frescura. Lo pierden cuando o hablamos en abstracto o de cosas leídas. Cuando tratamos de algo personal, aunque sea un libro que hemos digerido bien, la retórica se disuelve en la sintaxis y tiene algo de verdad, de vida. Lo importante de un libro es que tenga vida. Vale más un insecto vivo que un tigre disecado.

P. ¿Lo personal tiene un límite? Su hombre inmaduro se ríe de los que quieren conocerse a sí mismos.

R. Es que todo esto de la identidad y de conocerse a sí mismo me enoja.

P. ¿Por qué?

R. Me parece mucho más interesante el mundo. Uno es un espectador, no puede estar todo el rato mirándose el ombligo. Se pierde la vida. Además, uno es lo que mira, cómo recibe y hace suyo el mundo exterior. Todo lo que cuenta la novela está sacado de personajes de este barrio. El Maracaná está ahí, en la esquina. Te lo puedo enseñar si quieres. Las tres rosas, la pastelería, está ahí mismo también. Todavía no la han vendido. Todo está fantaseado pero ahí están.

P. ¿Hasta qué punto las reflexiones del narrador son también las suyas?

R. Al principio uno tira de la novela, pero luego es la novela la que tira de uno. Y en ese momento, que es el mejor, ya no hace falta que le prestes al personaje tus ideas. Tiene las suyas propias. En esta novela me iba guiando por temas: la doble conciencia, el amor, la realidad objetiva y la imaginaria, el lenguaje… Eso sí, aspiro a que todas las reflexiones que haya sean ideas contadas, no ideas en estado puro, que para eso es una novela, no un ensayo. Temáticamente hay un fondo. Los temas son los que van unificando el relato. Son una guía dentro de la incertidumbre de ese mundo en el que uno iba entrando a tientas, al hilo de las cosas que se me iban ocurriendo.

P. En esta novela las historias se van sucediendo como si no hubiera un esquema previo. No sé si es usted de los que se sientan a escribir “a lo que salga” o de los que lo tienen ya todo en la cabeza cuando se ponen.

R. En las novelas anteriores sí tenía un esquema previo, en ésta no. Es la primera vez que he escrito con una libertad compositiva que no me había permitido antes. Yo soy flaubertiano, me gusta saber de dónde a dónde voy, aunque al calor de la escritura es donde aparece lo más interesante. Hace mucho tiempo que quería escribir una novela dejándome llevar. Tenía una cierta idea, siempre se tiene, pero trabajé como se rellenan los crucigramas, al azar, dejando incluso casillas en blanco. En eso sí es distinta, es la que he escrito con más libertad.

P. ¿Y con menos esfuerzo?

R. También. Y en poco tiempo. Tengo la sensación de que se ha escrito sola. Yo mismo me preocupaba. Decía: si sale tan fácil no puede estar bien. Dice un personaje de Shakespeare que las cosas las solemos hacer con más esfuerzo que deleite. A la hora de escribir eso también ocurre, pero esta novela ha sido puro deleite. Han sido ocho meses de felicidad. Lo que haya salido no lo sé.

P. ¿Duda?

R. Cuando empieza estás eufórico. Al principio me gustaba mucho. Luego me empezó a gustar por las mañanas, pero por las tardes no. Luego me entraron las dudas algunas mañanas. En fin, llega un momento en que no sabes juzgarte a ti mismo.

P. ¿Existe la novela perfecta?

R. Las cosas pequeñas -un poema, una canción- pueden ser perfectas, pero una novela larga perfecta es insoportable. Las cosas largas tienen el encanto de la imperfección, y en está novela lo he descubierto especialmente. Lo que se pierde en perfección se gana en humanidad y en encanto, el encanto de lo que no aspira a ser perfecto porque la vida tampoco es así.

P. Una vida imperfecta para personas inmaduras, como su protagonista.

R. Él además está muy desorientado, aunque tiene todos los referentes a su disposición. Pero le pasa como a Groucho Marx: “Tengo estos principios, pero si no le gustan tengo otros”.

P. ¿Quería retratar esta época?

R. En absoluto. Eso sería escapar de lo concreto. Si hay alguna resonancia ya no es competencia mía. Yo quería mostrar lo que es la vida. ¿Quién no ha deseado la muerte de alguien alguna vez, aunque fuera de niño? Dentro de nosotros hay un asesino en potencia, pero también un santo. Según las circunstancias. Piensa en la ex Yugoslavia. Personas que han convivido sin problemas se convierten en enemigos radicales. Por las circunstancias y porque hay una naturaleza brutal dentro de nosotros que no está ni apaciguada ni civilizada.

Retrato de un hombre inmaduro. Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2009. 240 páginas. 17 euros. Se publica el próximo 4 de noviembre.

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