Juan Marsé

El escritor y Premio Cervantes Juan Marsé, en un bar de Barcelona. | Domènec Umbert

El escritor y Premio Cervantes Juan Marsé, en un bar de Barcelona. | Domènec Umbert

  • Lumen reedita ‘El embrujo de Shanghai’

Álvaro Cortina | Madrid

[foto de la noticia]

“Helmut Kruger se hace ahora llamar Omar Meiningen y regenta un club nocturno, el Yellow Sky Club, y algunos burdeles. Me informé: huyó a Sudamérica antes de que terminara la guerra, vivió en Argentina y en Chile traficando con armas y después saltó a Shanghai.”

Es un extracto de la novela ‘El embrujo de Shanghai’ (Lumen), de Juan Marsé. No obstante, el arranque muestra una barriada descascarillada de Barcelona, que sufre un escape de gas. El autor es uno de esos escritores que escriben bonito, desde la primera hasta la última frase. Hila aquí el exotismo de Shanghai con el aguafuerte inhospitalario de la posguerra, aquella que envolvió y constituyó a Pijoaparte o a las primas Nuria y Montse o al coral telar de ‘Si te dicen que caí’. A cuenta de esta última novela, Dionisio Ridruejo dejó dicho:

“Acude a un recurso muy inteligente: las “aventis”, que es como el más imaginativo de los niños/testigo llama a sus relatos que no son mentiras, sino interpretaciones o recomposiones (a la luz de una lógica imaginativa más coherente que la de la realidad) de lo que podrían ser o haber sido las cosas que sólo se han contemplado a medias, como tras la fisura de un tabique”. Este comentario de 1974 se ajusta también a ‘El embrujo…’, del 93.

Así, aquí se encuentra un desdén y una sospecha, y una fascinación, inasible, esquiva. El protagonista, aprendiz de joyero (como fue el propio Marsé) se encapricha de una niña a la que observa bailar con una almohada cogida detrás de los cristales. Susana (así se llama), tísica, enferma del pulmón izquierdo, tiene esa decadencia física femenina y juvenil que enamora a Hans Castorp cuando ve a la señorita Chauchat en las alturas de Davos. La elegancia de la enfermedad, que podrían decir Mann y Marsé.

Se entiende que Erice quisiera dirigir esta película, por este padre ausente en tiempos de silencio, por la fascinación del cine. El mismo título homenajea a Sternberg. La trama paralela al costumbrismo y a las fachadas leprosas sería una “aventis”. Contada en el tiempo detenido del presente, con las luces huidizas de un muelle chino en blanco y negro, con la vuelta de tuerca de Edgar Wallace, en espacios como ‘El loto azul’ de Hergé. Kim es el protagonista (el padre ausente), su suerte corre a trompicones por las callejas.

Lo mismo que el niño, que escucha la historia del cuentista Forcat, y que después deambula con el capitán Blay, personaje de intermitente y extraño protagonismo. En la película de Trueba, Fernando Fernán Gómez lo ajusta a su medida pelirroja y a su arrebato palabrón.

“Cuando por fin se decidió a salir a la calle había perdido 30 kilos de peso, una guerra y dos hijos, el respeto de su mujer y, según todas las apariencias, buena parte del poco seso que siempre tuvo”.

El escritor Juan MarséEl escritor Juan Marsé

Es un relato triste, incrédulo, sale el sueño de sus dársenas hacia el blanco y negro de los cines, pero su madeja va tramando decepciones, las organiza, y las condensa. Los ojos de una joven oriental y el tamiz del humo de un cigarro con boquilla, la niña enferma de un pulmón, que baila sola por las tardes, y que recibe a un médico cada dos semanas. El capitán Blay, que no es el Faigin de Oliver Twist sino el viejo que enciende a la canalla y que sentencia en los bares.

Relato de formación

Esta novela, plantea explícitamente la coordenada clave de todo relato de formación (Stendhal, el mentado Dickens, Baroja): “El escenario vital de mi infancia se fue convirtiendo poco a poco en un paisaje moral”. El estadio moral y las pesquisas iniciáticas conducen hacia eso interior que llaman subjetividad, que es un descubrimiento. Y un trauma, que ya dijo Cioran que todo pensamiento es producto de una carencia.

Helmut Kruger, el nazi huido que busca Kim, como alternativa a la calle de las Camelias, con su escape de gas, al incipiente paisaje ético que circunda a la primera persona. Los apuntes psicológicos demuestran muchas tablas. Cuando Kim va a matar cree ver en unos ojos esa resignación que tenía el Asterión borgiano (“-¿Lo creerás, Ariadna? – dijo Teseo -. El minotauro apenas se defendió”), y eso emociona. Pero al final todo es triste y sórdido. “El Denis” tiene una sonrisa rota que delata oscuros afanes y un luto amargo.

Literatura y memoria se hacen una moral y también un campo estético (y carencial). Escribe Marsé: “Uno crece hacia el pasado en busca de su primer deslumbramiento.” Marsé, que siempre escribe bonito, hace música con sus frases largas. Y su tiento y su virtud están en su poderosa evocación por las pantallas de la memoria, veraces en el acabado formal de su mentira deslumbrante.


‘El embrujo de Shanghai’, de Juan Marsé. Lumen, 2009. 19, 90 euros. 302 páginas.

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