CRÍTICA: Un viaje por la historia humana de la barbarie

José Ortega y gasset

La guerra civil española ha devenido con el tiempo en un motivo literario. Un género que no pocos escritores de nuestro país han convertido en argumento en novelas y cuentos. Ello ocurre así, para ser extremadamente sucinto, desde Arturo Barea, Ramón Sender y Joan Sales hasta Juan Eduardo Zúñiga, el Juan Iturralde de la muchas veces injustamente olvidada Días de llamas y Javier Cercas. De la misma manera que la posguerra española ha dejado también la marca de otro motivo literario. Y si me apuran, el periodo de la República dejó títulos que bien podrían configurar otro género, como es el caso del estremecedor Campos de almendros de Max Aub. La nueva novela de José Ovejero, La comedia salvaje, entra dentro del territorio de las novelas españolas sobre la Guerra Civil. Pero déjeme el lector que me apresure a hacer un distingo. Una cosa es escribir sobre este motivo y otra, además de hacerlo, es indicar un camino nuevo o renovado de representación. Algunas de las novelas que he mencionado más arriba lo han hecho. Y hay infinidad de las que apenas podríamos resumir su argumento. La comedia salvaje pertenece a la categoría de las que hacen valer tanto lo que cuentan como su sorprendente método de plasmación narrativa.

En su contraportada se dice (con absoluta validez) que en la novela de José Ovejero resuenan las voces de Cervantes, Valle-Inclán y la del novelista norteamericano Kurt Vonnegut. Antes hagamos un somero paseo por la novela. Benjamín es un joven estudiante de teología que se encuentra inmerso en plena guerra civil española y al que se le hace un insólito encargo: contactar con Ortega y Gasset para que encabece un gobierno republicano. En su camino se encuentra con Julia, víctima directa del fratricidio. Ambos, en pos del egregio filósofo, inician su tortuoso camino. Veamos las estrategias narrativas. De Cervantes es clara su filiación metaliteraria, la compulsión narradora de sus personajes y el punto de vista sofisticado y múltiple (la novela que leemos está narrada en tercera persona, pero a su vez es el relato que Benjamín, ya anciano, le hace desde su relojería madrileña a un cliente), incluida una quema de libros. De Valle-Inclán hereda el autor de Vidas ajenas su dibujo hiperbólico, las siluetas y las acciones deformadas (hay en la novela una clara mención a los espejos valleinclanescos) en aras de la maquinaria estética sobre la que se apoya toda esta historia. Y queda Kurt Vonnegut. Bien, digamos que es autor de una de las novelas de guerra más logradas de las que se escribieron en Estados Unidos: me refiero a Matadero 5. Vonnegut es quien mejor logró mezclar parodia, novela picaresca y relato de aventuras. Y quien mejor, con este método, registró la necedad y el absurdo humanos. ¿Qué pudo tomar Ovejero de este autor, amén de esos tres elementos que enumeré? Pues esa sensación de que todo lo que ocurre en La comedia salvaje, todo lo que ven y experimentan Benjamín y Julia, es un viaje por la historia humana de la barbarie, un infernal viaje por todas las guerras, las pasadas y las que vendrán. La novela de Ovejero nos regala escenas inolvidables: cito la del vendedor de ropa interior que muere aplastado por los escombros que produce un bombardeo, que muere haciendo lo que más le gusta: hablar. O la del inventor. O la de Benjamín, Julia y un perro, protegiéndose los tres de la intemperie y también de la tristeza del mundo. Y escenas de hilaridad y sutil humor, como la de los voluntarios latinoamericanos que vienen a conquistar España. Sólo una duda que les podría asaltar a los lectores: sale un brigadista escocés, hincha del Rangers, que se alista por equivocación. Esta pequeña irreverencia, por supuesto, no tiene nada que ver, por ejemplo, con las injustas palabras con que Camilo José Cela se refirió a los brigadistas en la dedicatoria de una de sus novelas. Pero fueron muchos los poetas británicos veinteañeros (a lo mejor algunos, hinchas del Rangers) que dejaron sus vidas en España por una causa, equivocada o no.

La comedia salvaje es también una peregrinación espiritual en la línea dantesca del término (y de su título). Y para terminar: una de las escenas más conmovedoras de esta logradísima novela es para este crítico cuando Benjamín y Julia bailan un bolero. Recordará seguramente el lector una escena de igual temperatura emocional cuando unos personajes bailan un pasodoble en Soldados de Salamina.

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