El espíritu del centauro

Primo Levi entró en el campo de concentración de Auschwitz en diciembre de 1944. Tenía 24 años, había estudiado Químicas a pesar de las leyes raciales de Mussolini que prohibían a los judíos el acceso a estudios superiores y había formado parte brevemente de un grupo partisano. En el vagón de mercancías donde fue trasladado a Auschwitz viajaban hacinadas 45 personas. De ellas sobrevivieron 4. Fue el vagón más afortunado de los 12 que formaban el convoy. A los dos días de su ingreso en el campo de concentración, de los 650 judíos italianos que habían entrado en aquel tren quedaban poco más de cien. Levi resistió los diez meses de cautiverio gracias a la azarosa fortuna, a sus conocimientos básicos de alemán, a su profesión de químico y a una necesidad que reveló ser tan urgente y violenta como encontrar comida: hablar a los demás, hacer que los demás supiesen contar.

“Cuando estaba en el campo de concentración tenía siempre el mismo sueño: soñaba que regresaba, que volvía con mi familia y les contaba, pero no me escuchaban (…) Era comparable al sueño de Tántalo, en el que éste casi come, llega a acercar el alimento a la boca pero no logra morderlo. Es el sueño de una necesidad primaria, la necesidad de comer y beber. Así era la necesidad de contar”, declaró Levi años después.

A su regreso a Italia, Levi habló de lo vivido a su familia, a sus amigos, a la que sería su mujer. Contaba de viva voz lo que pronto serían sus libros: sus memorias del Holocausto, sus relatos, sus poemas, sus novelas, sus ensayos… Auschwitz lo había convertido en escritor. Él se definía como parte de “los tatuados”, “los marcados”. Aquella expresión no sólo hacía referencia al número azul grabado en su brazo izquierdo: 174517. Con la misma violencia y de forma indeleble le habían señalado como judío a él, que formaba parte de una familia de hebreos asimilados y no religiosos. “Me han marcado como se estampa una plancha de hierro, ya soy judío: me han cosido la estrella de David y no sólo en la ropa”. De la misma forma le encadenaron a las palabras. “La experiencia del lager me obligó a escribir”, decía. Auschwitz reveló ser una escuela tan atroz como aguda sobre la naturaleza humana y el mundo.

El judío Levi escribió sus memorias sobre el Holocausto, una trilogía que se ha convertido en un documento esencial. No es posible comprender la realidad de los campos de concentración nazis sin leer Si esto es un hombre (1947), La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). Tres libros poderosos, austeros y reflexivos. “He asumido deliberadamente el lenguaje tranquilo y sobrio del testigo, no el lamento de la víctima ni la voz airada de quien busca venganza”, declaró. Tras la publicación de Si esto es un hombre transcurrieron casi dos décadas de silencio, provocado por el escaso interés que suscitó el libro. La pesadilla recurrente de Levi en la que los demás se negaban a escucharle se había hecho realidad. Pero a partir de la publicación de La tregua, un Primo Levi ya reconocido se volcó en la escritura hasta su muerte, en 1987. Ahora se publican sus Cuentos Completos, una buena oportunidad para seguir escuchándole contar.

El volumen, que edita El Aleph, reúne los cinco libros de relatos que escribió el autor italiano: Historias naturales (1966), Defecto de forma (1971), El sistema periódico (1975), Lilit y otros relatos (1981) y Última Navidad de guerra (2000). Todos habían sido publicados ya en España, excepto dos relatos que permanecían inéditos en castellano. Marco Belpoliti, autor del prólogo, señala que Levi fue, ante todo, un escritor de cuentos. Incluso los dos primeros libros de su famosa trilogía sobre el Holocausto están estructurados en forma de relatos. La lectura de sus cuentos revela a un escritor dotado de una inquietante fantasía, pero al mismo tiempo profundamente arraigado en la realidad. Un narrador híbrido: realista y fantástico, científico y delirante, vital y fatalista… Un ser mezclado, nada que ver con el sueño perverso de las razas puras. Un verdadero centauro, como a él le gustaba definir a los hombres.

Entre sus relatos más hermosos figuran aquellos que hablan de especies mezcladas: mujeres fecundadas por polen, jóvenes a quienes les crecen alas… Ahí están, entre otros, ‘Disfilaxis’, ‘La gran mutación’ o ‘Quaestio de Centauros’, donde plantea una segunda creación: “¿Por qué el delfín es parecido a un pez y, sin embargo, pare y amamanta a sus crías? Porque es hijo de un atún y de una vaca. Y las tortugas son hijas de un sapo y de un peñasco. Y los murciélagos, de una lechuza y de un ratón. Y las conchas, de un caracol y de un canto rodado. Y los hipopótamos, de una yegua y de un río (…) ¿Y de qué otra manera, como no fuera a duras penas, se podría explicar la desmesurada mole de las grandes ballenas, de los leviatanes? Sus huesos leñosos, su piel aceitosa y negra y su aliento abrasador son el testimonio vivo de un matrimonio venerable, del abrazo voraz del mismo fango primordial cuando abarcó la quilla femenina del arca (…)”.

Los Cuentos Completos reflejan el amplio abanico de intereses de Levi. Hay cuentos sobre Auschwitz, por supuesto, donde vuelven a aparecer personajes de los que ya había hablado en su trilogía. Pero hay, sobre todo, cuentos de ciencia-ficción, fantásticos, costumbristas, de corte más ensayístico, biográficos, políticos… Hay historias breves, ingeniosas, a veces clarividentes, donde Levi describe inventos estrafalarios -un Versificador, un Turboconfesor aprobado por la Iglesia o una máquina para medir la belleza-, junto a otros que el tiempo ha traído a nuestras vidas: la clonación, cascos que permiten acceder a la realidad virtual

Todos contienen el espíritu de centauro del escritor: la viva curiosidad por el funcionamiento del mundo, la capacidad de observación y su claridad estructural de científico y, al mismo tiempo, la lucidez y la sabiduría que adquirió en Auschwitz. El resultado son relatos que hablan de una realidad más compleja y extraordinaria que la que percibimos los demás. En el lager, Levi fue testigo de cómo la racionalidad extrema se convierte en la más pura irracionalidad, de cómo el estricto cumplimiento de normas y leyes da como resultado el absurdo. Preguntado por sus historias fantásticas, él declaraba: “No son historias de ciencia-ficción, si por ciencia-ficción se entiende ‘futurismo’, la fantasía futurista barata. Estas historias son más posibles que muchas otras”. Él sabía bien de lo que hablaba.

Gran parte de los relatos fueron publicados por Levi en periódicos antes de ser reunidos en libros. Que el lector no busque un orden temático ni cronológico y, sobre todo, que no busque mensajes, tal como indica el propio autor: “Suplico al lector que no busque mensajes. Es un término que detesto, pues me atribuye ropajes que no son míos, sino que de hecho pertenecen a un tipo humano de quien desconfío: el profeta, el visionario. No soy nada de eso; soy un hombre normal con buena memoria que cayó en un torbellino y salió de él más por suerte que por virtud, y que desde entonces ha conservado una cierta curiosidad sobre los torbellinos grandes y pequeños, metafóricos y actuales”.

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