Más de 600.000 personas acuden a la cita con los libros en Guadalajara

La escena se desarrolla en una peluquería de Ciudad Juárez: un mando de la policía está cortándose el pelo junto a su esposa. Dos tipos irrumpen en el local. Al agente sólo le da tiempo de ver por el espejo, como si se tratara de un gran televisor, la retransmisión en directo de su propio asesinato…

Lo anterior no es el principio de una novela de Élmer Mendoza. O, al menos, no todavía. Sucedió hace unas horas, en la ciudad más violenta de México. Al tiempo, en Guadalajara, miles de personas -la mayoría muy jóvenes- seguían con devoción las últimas horas de la Feria Internacional del Libro (FIL). Durante los últimos días, las dos ciudades han representado fielmente las dos realidades que conviven en México. En la ciudad fronteriza, los carteles del narcotráfico han seguido asesinando a un ritmo de siete muertos diarios, los empresarios han denunciado que hasta el Ejército los extorsiona y el tejido social ya no es más que un trapo hecho jirones. En la capital de Jalisco, sin embargo, da la cara con fuerza otro país muy distinto.

Tan sólo con echar un vistazo a los últimos meses se constata que México sigue siendo -o lo es cada día más- un referente de la cultura en español. En mayo, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana fue otorgado al poeta mexicano José Emilio Pacheco. A principios de junio, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias. Y hace tan sólo unos días, otra vez Pacheco tuvo la alegría de saber -él y todos los que le quieren en México- que también el Premio Cervantes se engrandecerá con su nombre. Algún malintencionado podría objetar: sí, pero todos esos premios tienen cierto aroma de alcanfor, son concedidos a instituciones o escritores que proceden de otra época. Nada más lejos de la realidad.

Lo importante de la Feria de Guadalajara, lo que deja a todos “zurimbos, patidifusos y turulatos” (así dijo sentirse Pacheco tras la concesión del Cervantes), es la edad tan temprana de quienes llenan los pasillos de la FIL, de muchas de las más de 600.000 personas que se pasaron durante los últimos días por aquí para extasiarse con la palabra fluida de Mario Vargas Llosa, para reírse con las ocurrencias de José Emilio Pacheco, para venerar a Carlos Fuentes y a Carlos Monsiváis, para disfrutar con las ocurrencias y la buena escritura de Juan Villoro, con los poemas de Luis García Montero y de Manuel Rivas, con los últimos cuentos de Elena Poniatowska… Y, no por otra cosa, sabedoras de que el futuro está aquí, las principales editoriales, y también las que algún día lo quieren ser, apuestan por Guadalajara y desembarcan con todo. Jorge Herralde quiso celebrar también aquí los 40 años de Anagrama, Beatriz de Moura se congratuló de que al premio de novela de Tusquets -dado a conocer también aquí- se presentaran 612 manuscritos de toda América Latina, y Santillana vivió la emoción íntima de ver nacer -también aquí- un premio de ensayo sostenido por la memoria de Isabel Polanco…

Y no se trata sólo de percepciones. Ni la crisis, que está golpeando México con especial dureza, se ha hecho notar, según algunos editores consultados. Una vieja canción del andaluz Carlos Cano decía: “Granada vive en sí misma tan prisionera que sólo tiene salida por las estrellas”. Desde aquí, espantados por las noticias que llegan de Ciudad Juárez, pero reconfortados por el amor de los jóvenes a la poesía, no sería exagerado añadir que, hoy por hoy, México sólo tiene salida por la cultura.

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