Festival Hay

El pasado y el presente de América Latina marcan el cierre del Festival Hay

Mario Vargas LLosa, durante su participación en la cita literaria

Escritores en la cocina

Algo así como el encuentro de la familia Bach y la familia Mozart en un mismo escenario. Así describió ayer el periodista Daniel Samper Pizano lo que sucedió en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena de Indias durante la clausura del Festival Hay. Los Bach, pongamos, eran los 14 miembros de una banda de vallenato vestidos de blanco impoluto (y entre ellos, el “rey de reyes”, algo así como el líder de la liga de campeón de “acordeoneros” colombianos). Mozart, por su parte, sería Leandro Díaz, él sólo todo un capítulo en la historia de la música popular de Latinoamérica y famoso sobre todo por dos cosas: 1) por la canción Matilde Lina, una especie de himno oficioso de Colombia. 2) porque García Márquez uso parte de la letra de su canción La reina coronada como epígrafe para El amor en los tiempos del cólera.

Como señaló Samper en un impagable espectáculo que fue conferencia, coloquio, concierto y charla de cafetín y que merecería salir, tal cual, de gira, Díaz es el penúltimo eslabón de una literatura popular que empezó con los juglares de la Edad Media. “Ayer tuve una reunión / con la pena y el olvido. / Después de la discusión / la pena perdió conmigo”, dice una de sus letras. Octogenario, algo sordo y ayudado por su hijo, cantante, Díaz desgranó ayer su vida de ciego de nacimiento con 15 vástagos y dos mujeres (a la vez) mientras los “Bach del Caribe” ilustraban con música cada recuerdo de este maestro del doble sentido: de los tiempos en que aprovechaba su condición de invidente para hacerse el adivino con las chicas a los días en que cobraba cinco pesos por mencionar a alguien en una letra pasando.

Doscientos años de soledad

Así se cerró la 5ª edición del Festival Hay de Caragena de Indias, cuya última jornada estuvo, después de días hablando de Darwin, el cine, Obama o el Muro de Berlín, protagonizada por el presente y el pasado de Latinoamérica. Si del presente se ocuparon Michael Reid (The Economist) y Jon Lee Anderson (The New Yorker), del pasado se ocuparon los historiadores Germán Mejía, Jordi Canal e Inés Quintero. Y el pasado este año es un número redondo: el bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos. Quintero -autora de La criolla principal, un ensayo biográfico sobre María Antonio Bolívar, la hermana monárquica del libertador y toda una piedra en el zapato de sus idólatras- introdujo el coloquio ilustrando el tinte que la efemérides puede cobrar en cada país a través de los lemas elegidos por sus comisiones oficiales: “200 años más Colombia”, “200 años de orgullo mexicano”, “200 años combatiendo imperios” (Venezuela).

Si Canal lamentó que el Gobierno español no tenga “demasiado interés por América Latina”, el colombiano Germán Mejía recordó que la imagen del pasado no la construyen los historiadores sino la televisión y que lo importante es que no se rompa la cadena entre los encargados de interpretar la historia y los responsables de difundirla en las escuelas. Por su parte, la venezolana Inés Quintero avisó contra la manipulación ideológica del pasado para que nada chirríe en los discursos políticos del presente. Como muestra, el “imposible casamiento” entre Marx y Bolívar por parte de Hugo Chávez, empeñado en hacer de éste un precursor del “socialismo del siglo XXI”, extraño título para un hijo de la oligarquía colonial que nunca fue, por cierto, demasiado simpático a los ojos del propio autor de El Capital, que le dedicó una breve biografía de encargo. Para Quintero, además, “si en América Latina ha habido una revolución, ésa fue la Independencia”. Y no porque abriera un capítulo nuevo en una historia de estatuas y exaltación patriótica sino porque supuso “una opción por la república” en un tiempo marcado por el absolutismo monárquico como receta universal: “República es ciudadanía, igualdad y derechos, algo que no se construye de la noche a la mañana. La prueba es que todavía está en construcción”.

Escritores en la cocina

La jornada de clausura del Festival Hay de Cartagena de Indias empezó con Mario Vargas Llosa hablando de esa mezcla de tardío descubrimiento de América e impulso a la globalización de su literatura que supuso el boom de los años sesenta. Un día antes, su presentador, Juan Cruz, que acaba de publicar Egos revueltos (Tusquets, Premio Comillas de Memorias), había afirmado que ese boom tenía ahora mucho de boomerang porque lejos de ser una explosión ya apagada no fue más que la primera piedra de un cambio radical en la cultura que se expresa en español. Un viaje cuyo camino siguen hoy los escritores más jóvenes y que en parte iniciaron los republicanos españoles que se exiliaron en América tras la Guerra Civil. Maestros de los maestros de hoy.

Es posible que en pocos sitios los egos de los escritores estén más revueltos que en un festival como el Hay, aunque, será por el calor o por el aire acondicionado, sin consecuencias graves para la salud de nadie. Muchos de los participantes, además, hablaron de los proyectos que tienen entre manos: Jon Lee Anderson, del reportaje sobre Haití que acaba de entregar a The New Yorker; Judith Thurman -especialista en “vanidades humanas”, autora de La nariz de Cleopatra (Duomo) y biógrafa de Colette y Karen Blixen, del que prepara sobre la performer Marina Abramovich; Luis García Montero sobre su próximo poemario, Consideraciones, del que leyó tres poemas; Vargas Llosa sobre su nueva novela, a partir de la vida de un amigo de Joseph Conrad que denunció la barbarie colonial en el Congo; e Ian McEwan y sobre la que publicará el mes que viene en el Reino Unido: Solar.

Si en Sábado (Anagrama) se ocupó de la Guerra de Irak, en ésta el autor británico reflexiona sobre el cambio climático. Todo empezó en un viaje al Ártico y con una imagen que más tarde se convirtió en relato, como siempre le pasa. Durante aquel viaje el desorden fue creciendo día a día en una habitación en la que guardaban parte del material al tiempo que las conversaciones de los tripulantes daban vueltas una y otra vez en torno al calentamiento global. Visto el caos, contó McEwan, le asaltó una pregunta: “Si no somos capaces de mantener en orden una simple habitación, ¿seremos capaces de arreglar el planeta?”

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