Los Novísimos latinoamericanos

Por Juan M. Candal
¿Por qué leer a los nuevos autores? ¿Quiénes son? ¿Qué novelas, cuentos, poemas, están conociendo su forma mediados por esta realidad que es la nuestra?. Develamos en esta nota los nuevos nombre de la literatura latinoamericana.
Ver:
Los clásicos latinoamericanos tienen nombre y apellido, y es un plantel que varía según cada lector, pero sabemos que ciertos autores son inevitables, acaso Borges y Cortázar en Argentina, pero también Vargas Llosa en Perú, García Márquez desde Colombia, Carlos Fuentes adoptado por México, Onetti allá en Uruguay… Y esto sin mencionar a la legión de apellidos que formaría una hipotética segunda línea, que puede incluir a Bioy Casares, Mujica Laínez, Sábato, Arlt, pero también a Bolaño, Benedetti, Juan Rulfo, y, en fin, agréguese el clásico de turno que se considere menester.

Entonces, habiendo tantos nombres de probada celebridad, tantos libros festejados -o incluso despreciados, en un debate dialéctico interminable que ha alcanzado alguna vez al mismo Aleph o a la famosa Rayuela-, ¿por qué leer a los nuevos autores, esos apellidos todavía pequeños, que incluso parecen elitistas porque no se han tomado el trabajo de convertirse en populares y consagrados?

“El viento es un rastrillo, una polea, una palanca, el viento sabe, alisa el mapa, corre por todas partes y siempre es forastero, se acerca, toma forma, dibuja un cinturón en torno a Wandernburgo, se deja caer, planea entre los tejados, desnuda chimeneas, despierta farolas, araña muros, se desliza silbando, revuelve la nieve, se posa en los umbrales, llama a las puertas, el viento rueda, ronda, callejea, se dirige hacia la plaza, en la plaza del Mercado no hay nadie, el empedrado resbala, los puestos navideños están sin terminar, de la fuente barroca mana casi una escarcha, el viento la sacude y la desprende, de pronto vira, acelera, remonta como una rampa, se encarama en la torre, el suelo empequeñece, los aleros vibran, la torre no se inmuta (…)” -“El viajero del siglo”, Andrés Neuman

Tal vez en la cita anterior –que es incompleta, ya que la diatriba sobre el viento continúa por dos páginas más antes de chocar con un punto-, se encuentre una pista. Los valores estéticos, estilísticos y conceptuales de los clásicos son formativos, son parte de nuestra Cultura Académica (idea que poco le habría gustado al revoltoso de Cortázar), y se han ganado a fuerza de buena literatura su espacio en las bibliotecas de toda América Latina, por no decir, del mundo entero.

Pero son también parte de un tiempo, un tiempo que las ha formado, que las ha informado, que las ha apresurado y que ha sido contexto más allá del valor imperecedero de la obra. Podemos leer Cien Años de Soledad hoy sin pensar en los años sesenta, aunque es del todo probable que García Márquez haya sido transitado por ese corte en el tiempo, su tiempo, mientras la escribía; dicho de otro modo: el libro puede desprenderse de su contexto y también nosotros, pero el autor no. Incluso cuando más universales en sus temáticas y sus técnicas, los escritores son escritores de su tiempo. Es la obra la que los trasciende.

Cabe preguntarse entonces, ¿quiénes son los escritores de este tiempo? ¿Qué novelas, cuentos, poemas, están conociendo su forma mediados por esta realidad que es la tuya y también la mía? Tal vez con estas dos preguntas comienza a transitarse el camino hacia la nueva literatura latinoamericana.

Ciertamente, está lleno de estos señores, la mayoría tiene más de treinta y menos de cuarenta, y son los escritores que han hecho letra sus obsesiones y sus pasiones, que se forman también de la misma materia que los nuestros, pues pertenecen a este corte en tiempo y espacio. Y, la buena noticia, es que algunos escriben verdaderamente bien.

“Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien, Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones (…)” -“Delirio”, Laura Restrepo

Laura Restrepo (Colombia, 1950) tiene más años sobre los hombros que encima de la pluma. Su estilo es contundente, definitivo. En Delirio (novela, 2004), se cuenta la peripecia de un marido, Aguilar, que luego de un viaje de trabajo de unos pocos días vuelve a su casa para encontrar que su mujer, Agustina, ha enloquecido inexplicablemente durante su ausencia. El argumento se dispara con la angustia del hombre que busca el modo de contactar con su esposa. Pero esta línea narrativa despierta otras que son tan importantes al relato como la primera: la historia de la locura ancestral en la familia de la mujer, lo que aconteció mientras él no estaba ese fin de semana, que incluye a su vez una historia paralela centrada en los “perpetradores” del evento que derivó en el estado de Agustina, y las peculiaridades de la relación de la mujer con su hermano menor cuando niños.

Daniel Alarcón (Perú, 1977) ha publicado a la fecha sólo una novela, Radio Ciudad Perdida (2007) y dos volúmenes de cuentos. La novela sigue cosechando premios y distinciones en distintos países del mundo, y narra la historia de un país devastado por el enfrentamiento entre las guerrillas y las Fuerzas Armadas del Estado. Alarcón deja que el país permanezca en el anonimato, aunque cualquier lector podrá hacer las vinculaciones pertinentes (aunque innecesarias a nivel argumental). Norma es la voz del programa “Radio Ciudad Perdida”, en el cual se busca reencontrar a familias separadas por la guerra interna. Con una arquitectura estructural que se mueve en tiempo y espacio en todas las direcciones y a gusto, la novela conforma un universo con gusto distópico, pero la ambientación latinoamericana le presta su desorden, su caos, su falta de memoria y su solemnidad desarropada.

Andrés Neuman
(Argentina, 1977) parece ir en buen camino a consagrarse como el gran escritor argentino de su generación. Con apenas 33 años ha publicado más de una decena de libros, entre ellos cuatro novelas, tres volúmenes de cuentos, otros tantos poemarios y un libro de ensayos. Su novela El viajero del siglo ganó el Premio de Novela Alfaguara 2009. Durante la presentación del libro en Buenos Aires, el autor dijo haber estado interesado en amalgamar las técnicas literarias del siglo XXI con la intensidad de los argumentos de la novela decimonónica. Neuman se refería al desprecio actual por las grandes premisas de otrora: hoy en día casi parece insultante que un autor desarrolle un argumento de grandes aventuras, de romances góticos o manifestaciones mefistofélicas. En su laureada novela, Neuman cuenta las desventuras de Hans, un traductor que está siempre en movimiento –siempre entre ciudades-, que recae en Wandernburgo, una ciudad alguna vez albergada entre Sajonia y Prusia. Allí conocerá a Sophie, de quien se enamora al asistir a una suerte de club literario y filosófico en el que participan todo tipo de personajes interesantes, incluido el acaudalado prometido de Sophie. En ese momento, El viajero del siglo se transforma en una novela de ideas, los intercambios son jugosos e informativos, se retoma a grandes pensadores, compositores y literatos, y finalmente desemboca en la historia de un enamoramiento que parece condenado desde el principio.

Estos son solo tres ejemplos claros, contundentes, distintos entre sí y diferentes a la generación literaria que los precede. Pero existen muchos más nombres que tímidamente asoman en el panorama literario actual: la turbulenta prosa de Gustavo Nielsen –una voz completamente distinta a todo lo que se escribe y se ha escrito en la Argentina-; la narrativa pura de Santiago Roncagliolo –escritor peruano que, más allá del mote de “autor comercial” que algunos le han endilgado, lleva el thriller y la sitcom al formato de novela-; la ironía ácida pero infinitamente lúcida del mexicano Xavier Velasco (¿quién más podría titular un libro de cuentos “El materialismo histérico”?). Y la lista es larga: aquí en Argentina se encuentran con relativa facilidad: los experimentos de Juan Terranova -no siempre logrados- con El pornógrafo (novela escrita a modo de charla por internet entre dos noctámbulos) y Los amigos soviéticos; los cuentos ominosos y tan cinematográficos de Samanta Schweblin; la narración realista y siempre tierna de Pedro Mairal; el gusto por la prosa refinada y los cuentos inclasificables de Oliverio Coelho. El listado continúa.

“¿Qué es La Maja Barata? Si a usted le fuera dado tenerla entre sus manos ahora mismo y no pusiera su atención en mis palabras, podría pensar: Pues… son unos cassettes. O tal vez observara el paquete por el dorso y en tal caso creyera que es un libro. Pero la verdadera paz de espíritu es mucho más que libros y cassettes. Por eso yo les digo que La Maja Barata no es propiamente un libro, ni tampoco una mera cinta magnetofónica, sino el novedoso método cósmico-gnóstico-filosófico que hace uso de las más modernas técnicas audiovisuales para así transmitir y transmutar los profundos conocimientos que le darán esa satisfacción vital que tanto se merece, todo de una manera simple y programada.” -“El materialismo histérico”, Xavier Velasco

El declive que ha sufrido el interés por la literatura tiene incidencia directa en la ausencia de rutilantes grandes nombres del panorama literario actual. Están las coronas de otros tiempos y las sillas vacías, pero los escritores siguen escribiendo, y son los autores de nuestro tiempo, quienes vierten lo que se ha llamado inconsciente colectivo de esta época en novelas y cuentos, y están llenos de ideas y quieren ser leídos por sus pares, por nosotros, por los lectores contemporáneos.

Son muy recomendables las antologías de cuentos El futuro no es nuestro (Diego Trelles Paz, ant.), que incluye una veintena de relatos de varios de los autores latinoamericanos más prometedores del momento, y La joven guardia (Maximiliano Tomás, ant.) que compila otros tantos cuentos de escritores argentinos jóvenes y de primer nivel.

¿Por qué leer a los nuevos autores? Porque son nuestros contemporáneos, pero son también el legado de la una literatura que se nutrió con los García Márquez, Borges, Fuentes, pero no terminó con ellos, y este es el sucedáneo, aquí están los libros que continúan la senda de la literatura, esa fuerza abstracta que sigue manifestándose, con el paso del tiempo (con el paso del viento, según la cita anterior a Neuman), renovando sus nombres y apostando siempre al talento.

Como anexo, una lista para buscar en la librería:

-Alarcón, Daniel – Radio Ciudad Perdida (Alfaguara, 2007)

-Cohelo, Oliverio – Parte doméstico (Emecé, 2009)

-Mairal, Pedro – Salvatierra (Emecé, 2008)

-Neuman, Andrés – El viajero del siglo (Alfaguara, 2009)

-Nielsen, Gustavo – Playa quemada (Interzona, 2006)

-Restrepo, Laura – Delirio (Alfaguara, 2004)

-Roncagliolo, Santiago – Crecer es un oficio triste (El cobre, 2003)

-Schweblin, Samanta – Pájaros en la boca (Emecé, 2009)

-Terranova, Juan – Los amigos soviéticos (Mondadori, 2009)

-Tomás, Maximiliano (antologador) – La joven guardia (Norma, 2005)

-Trelles Paz, Diego (antologador) – El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009)

-Velasco, Xavier – El materialismo histérico (Alfaguara, 2005)

Publicado en Leedor el 2-02-2010

Los clásicos latinoamericanos tienen nombre y apellido, y es un plantel que varía según cada lector, pero sabemos que ciertos autores son inevitables, acaso Borges y Cortázar en Argentina, pero también Vargas Llosa en Perú, García Márquez desde Colombia, Carlos Fuentes adoptado por México, Onetti allá en Uruguay… Y esto sin mencionar a la legión de apellidos que formaría una hipotética segunda línea, que puede incluir a Bioy Casares, Mujica Laínez, Sábato, Arlt, pero también a Bolaño, Benedetti, Juan Rulfo, y, en fin, agréguese el clásico de turno que se considere menester.

Entonces, habiendo tantos nombres de probada celebridad, tantos libros festejados -o incluso despreciados, en un debate dialéctico interminable que ha alcanzado alguna vez al mismo Aleph o a la famosa Rayuela-, ¿por qué leer a los nuevos autores, esos apellidos todavía pequeños, que incluso parecen elitistas porque no se han tomado el trabajo de convertirse en populares y consagrados?

“El viento es un rastrillo, una polea, una palanca, el viento sabe, alisa el mapa, corre por todas partes y siempre es forastero, se acerca, toma forma, dibuja un cinturón en torno a Wandernburgo, se deja caer, planea entre los tejados, desnuda chimeneas, despierta farolas, araña muros, se desliza silbando, revuelve la nieve, se posa en los umbrales, llama a las puertas, el viento rueda, ronda, callejea, se dirige hacia la plaza, en la plaza del Mercado no hay nadie, el empedrado resbala, los puestos navideños están sin terminar, de la fuente barroca mana casi una escarcha, el viento la sacude y la desprende, de pronto vira, acelera, remonta como una rampa, se encarama en la torre, el suelo empequeñece, los aleros vibran, la torre no se inmuta (…)” -“El viajero del siglo”, Andrés Neuman

Tal vez en la cita anterior –que es incompleta, ya que la diatriba sobre el viento continúa por dos páginas más antes de chocar con un punto-, se encuentre una pista. Los valores estéticos, estilísticos y conceptuales de los clásicos son formativos, son parte de nuestra Cultura Académica (idea que poco le habría gustado al revoltoso de Cortázar), y se han ganado a fuerza de buena literatura su espacio en las bibliotecas de toda América Latina, por no decir, del mundo entero.

Pero son también parte de un tiempo, un tiempo que las ha formado, que las ha informado, que las ha apresurado y que ha sido contexto más allá del valor imperecedero de la obra. Podemos leer Cien Años de Soledad hoy sin pensar en los años sesenta, aunque es del todo probable que García Márquez haya sido transitado por ese corte en el tiempo, su tiempo, mientras la escribía; dicho de otro modo: el libro puede desprenderse de su contexto y también nosotros, pero el autor no. Incluso cuando más universales en sus temáticas y sus técnicas, los escritores son escritores de su tiempo. Es la obra la que los trasciende.

Cabe preguntarse entonces, ¿quiénes son los escritores de este tiempo? ¿Qué novelas, cuentos, poemas, están conociendo su forma mediados por esta realidad que es la tuya y también la mía? Tal vez con estas dos preguntas comienza a transitarse el camino hacia la nueva literatura latinoamericana.

Ciertamente, está lleno de estos señores, la mayoría tiene más de treinta y menos de cuarenta, y son los escritores que han hecho letra sus obsesiones y sus pasiones, que se forman también de la misma materia que los nuestros, pues pertenecen a este corte en tiempo y espacio. Y, la buena noticia, es que algunos escriben verdaderamente bien.

“Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien, Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones (…)” -“Delirio”, Laura Restrepo

Laura Restrepo (Colombia, 1950) tiene más años sobre los hombros que encima de la pluma. Su estilo es contundente, definitivo. En Delirio (novela, 2004), se cuenta la peripecia de un marido, Aguilar, que luego de un viaje de trabajo de unos pocos días vuelve a su casa para encontrar que su mujer, Agustina, ha enloquecido inexplicablemente durante su ausencia. El argumento se dispara con la angustia del hombre que busca el modo de contactar con su esposa. Pero esta línea narrativa despierta otras que son tan importantes al relato como la primera: la historia de la locura ancestral en la familia de la mujer, lo que aconteció mientras él no estaba ese fin de semana, que incluye a su vez una historia paralela centrada en los “perpetradores” del evento que derivó en el estado de Agustina, y las peculiaridades de la relación de la mujer con su hermano menor cuando niños.

Daniel Alarcón (Perú, 1977) ha publicado a la fecha sólo una novela, Radio Ciudad Perdida (2007) y dos volúmenes de cuentos. La novela sigue cosechando premios y distinciones en distintos países del mundo, y narra la historia de un país devastado por el enfrentamiento entre las guerrillas y las Fuerzas Armadas del Estado. Alarcón deja que el país permanezca en el anonimato, aunque cualquier lector podrá hacer las vinculaciones pertinentes (aunque innecesarias a nivel argumental). Norma es la voz del programa “Radio Ciudad Perdida”, en el cual se busca reencontrar a familias separadas por la guerra interna. Con una arquitectura estructural que se mueve en tiempo y espacio en todas las direcciones y a gusto, la novela conforma un universo con gusto distópico, pero la ambientación latinoamericana le presta su desorden, su caos, su falta de memoria y su solemnidad desarropada.

Andrés Neuman
(Argentina, 1977) parece ir en buen camino a consagrarse como el gran escritor argentino de su generación. Con apenas 33 años ha publicado más de una decena de libros, entre ellos cuatro novelas, tres volúmenes de cuentos, otros tantos poemarios y un libro de ensayos. Su novela El viajero del siglo ganó el Premio de Novela Alfaguara 2009. Durante la presentación del libro en Buenos Aires, el autor dijo haber estado interesado en amalgamar las técnicas literarias del siglo XXI con la intensidad de los argumentos de la novela decimonónica. Neuman se refería al desprecio actual por las grandes premisas de otrora: hoy en día casi parece insultante que un autor desarrolle un argumento de grandes aventuras, de romances góticos o manifestaciones mefistofélicas. En su laureada novela, Neuman cuenta las desventuras de Hans, un traductor que está siempre en movimiento –siempre entre ciudades-, que recae en Wandernburgo, una ciudad alguna vez albergada entre Sajonia y Prusia. Allí conocerá a Sophie, de quien se enamora al asistir a una suerte de club literario y filosófico en el que participan todo tipo de personajes interesantes, incluido el acaudalado prometido de Sophie. En ese momento, El viajero del siglo se transforma en una novela de ideas, los intercambios son jugosos e informativos, se retoma a grandes pensadores, compositores y literatos, y finalmente desemboca en la historia de un enamoramiento que parece condenado desde el principio.

Estos son solo tres ejemplos claros, contundentes, distintos entre sí y diferentes a la generación literaria que los precede. Pero existen muchos más nombres que tímidamente asoman en el panorama literario actual: la turbulenta prosa de Gustavo Nielsen –una voz completamente distinta a todo lo que se escribe y se ha escrito en la Argentina-; la narrativa pura de Santiago Roncagliolo –escritor peruano que, más allá del mote de “autor comercial” que algunos le han endilgado, lleva el thriller y la sitcom al formato de novela-; la ironía ácida pero infinitamente lúcida del mexicano Xavier Velasco (¿quién más podría titular un libro de cuentos “El materialismo histérico”?). Y la lista es larga: aquí en Argentina se encuentran con relativa facilidad: los experimentos de Juan Terranova -no siempre logrados- con El pornógrafo (novela escrita a modo de charla por internet entre dos noctámbulos) y Los amigos soviéticos; los cuentos ominosos y tan cinematográficos de Samanta Schweblin; la narración realista y siempre tierna de Pedro Mairal; el gusto por la prosa refinada y los cuentos inclasificables de Oliverio Coelho. El listado continúa.

“¿Qué es La Maja Barata? Si a usted le fuera dado tenerla entre sus manos ahora mismo y no pusiera su atención en mis palabras, podría pensar: Pues… son unos cassettes. O tal vez observara el paquete por el dorso y en tal caso creyera que es un libro. Pero la verdadera paz de espíritu es mucho más que libros y cassettes. Por eso yo les digo que La Maja Barata no es propiamente un libro, ni tampoco una mera cinta magnetofónica, sino el novedoso método cósmico-gnóstico-filosófico que hace uso de las más modernas técnicas audiovisuales para así transmitir y transmutar los profundos conocimientos que le darán esa satisfacción vital que tanto se merece, todo de una manera simple y programada.” -“El materialismo histérico”, Xavier Velasco

El declive que ha sufrido el interés por la literatura tiene incidencia directa en la ausencia de rutilantes grandes nombres del panorama literario actual. Están las coronas de otros tiempos y las sillas vacías, pero los escritores siguen escribiendo, y son los autores de nuestro tiempo, quienes vierten lo que se ha llamado inconsciente colectivo de esta época en novelas y cuentos, y están llenos de ideas y quieren ser leídos por sus pares, por nosotros, por los lectores contemporáneos.

Son muy recomendables las antologías de cuentos El futuro no es nuestro (Diego Trelles Paz, ant.), que incluye una veintena de relatos de varios de los autores latinoamericanos más prometedores del momento, y La joven guardia (Maximiliano Tomás, ant.) que compila otros tantos cuentos de escritores argentinos jóvenes y de primer nivel.

¿Por qué leer a los nuevos autores? Porque son nuestros contemporáneos, pero son también el legado de la una literatura que se nutrió con los García Márquez, Borges, Fuentes, pero no terminó con ellos, y este es el sucedáneo, aquí están los libros que continúan la senda de la literatura, esa fuerza abstracta que sigue manifestándose, con el paso del tiempo (con el paso del viento, según la cita anterior a Neuman), renovando sus nombres y apostando siempre al talento.

Como anexo, una lista para buscar en la librería:

-Alarcón, Daniel – Radio Ciudad Perdida (Alfaguara, 2007)

-Cohelo, Oliverio – Parte doméstico (Emecé, 2009)

-Mairal, Pedro – Salvatierra (Emecé, 2008)

-Neuman, Andrés – El viajero del siglo (Alfaguara, 2009)

-Nielsen, Gustavo – Playa quemada (Interzona, 2006)

-Restrepo, Laura – Delirio (Alfaguara, 2004)

-Roncagliolo, Santiago – Crecer es un oficio triste (El cobre, 2003)

-Schweblin, Samanta – Pájaros en la boca (Emecé, 2009)

-Terranova, Juan – Los amigos soviéticos (Mondadori, 2009)

-Tomás, Maximiliano (antologador) – La joven guardia (Norma, 2005)

-Trelles Paz, Diego (antologador) – El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009)

-Velasco, Xavier – El materialismo histérico (Alfaguara, 2005)

Publicado en Leedor el 2-02-2010

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1 comentario

  1. mjohanny9 said,

    noviembre 24, 2012 a 11:14 am

    Les recomiendo que busquen en YouTube un video que se llama El Tercer Secreto de Fátima que fue creado por vaticanocatolico.com. También en la página web tienen artículos que explican cómo la Biblia prueba las enseñanzas de la Iglesia católica, la necesidad del sacramento del bautismo para la salvación, los dogmas del Magisterio infalible de la Iglesia católica. Además explican qué le ha ocurrido a la Iglesia católica después del Vaticano II, cómo estamos viviendo la Gran Apostasía profetizada en la Sagrada Escritura y en las profecías católicas. El link del video es el siguiente: El Tercer Secreto de Fátima y el Fin del Mundo


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