Novela de Sergio Vila-Sanjuán; Una heredera de Barcelona


La cubierta del libro

La cubierta del libro /   DESTINO

Sinopsis

En la Barcelona de 1920 un joven abogado y periodista monárquico entra en relación con personajes muy diversos: una cabaretera agredida que no dice todo lo que sabe; un líder sindical que vacila entre el pactismo y la violencia; un general recién llegado a la ciudad para imponer el orden sin contemplaciones, y una bella y adinerada condesa decidida a mantener su independencia…

De la mano de Pablo Vilar nos desplazamos desde las grutas de los miserables en Montjuïc a las fiestas de alta sociedad en el Ritz o el Laberinto de Horta; y de las comunidades anarquistas a los juzgados donde se imparte, o se demora, la justicia. La memoria, hoy casi perdida, del mundo monárquico catalán de la época entra en contraste con la cultura alternativa de impronta ácrata. Y mientras la ciudad roza su cénit, también Pablo teme que su juventud se esfume con el vendaval que se avecina.

Inspirada en hechos y figuras reales, y en documentos del archivo familiar del autor, la novela Una heredera de Barcelona propone una mirada diferente sobre un periodo complejo y deslumbrante.
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HAN DICHO
Una lectura irresistible que explora todo el abanico de una sociedad, un tiempo y una ciudad fascinantes
Carlos Ruiz Zafón

Un retrato impecable, fotografiado en tonos sepia, de la Barcelona elegante, pistolera y turbulenta de los años 20
Arturo Pérez-Reverte
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FICHA:
Una heredera de Barcelona
Novela de Sergio Vila-Sanjuán
Publica: Editorial Destino, 22 febrero 2010


El autor

Sergio Vila-Sanjuán (Barcelona, 1957) pertenece a una familia de escritores y periodistas barceloneses. Licenciado en Historia, se dedica desde 1977 al periodismo cultural. En 1987 se incorpora a La Vanguardia, donde es actualmente es coordinador del suplemento Cultura|s.

Especialista en el mundo del libro y en información literaria, es autor de los ensayos Pasando página. Autores y editores en la España democrática (2003) y Guia de la Fira de Frankfurt per a catalans no del tot informats (2007), y del volumen recopilatorio Crónicas culturales (2004). Editó, con Sergi Doria, Passejades per la Barcelona literaria (2005).

Fue comisario del Año del Libro y la Lectura de Barcelona 2005 y ha organizado exposiciones antológicas de pintura como Realismo de vanguardia (1997) o Realismo en Cataluña (1999).


CAPÍTULO PRIMERO

De todos los casos sorprendentes en los que tuve que intervenir durante los años que mediaron entre 1919 y 1922, el primero que sacudió mi vida fue el asalto sufrido por la artista de cabaret María Nilo.

Faltaban pocos días para Navidad cuando esta joven de nariz respingona y carácter enérgico llamó una mañana temprano a la puerta de mi bufete y, tras entrar como un tornado, pidió que le representara y ya no calló en ningún momento. Vestida con un abrigo de terciopelo de lana verde oscuro con cuello de piel, que no quiso quitarse pero sí se abrió mostrando el vestido de tafetán azul, iba cubierta de joyas, y aunque muy maquillada mostraba profundas ojeras y unos hematomas en las mejillas.

-Han abusado de mi confianza. ¡Y casi me asesinan! –me soltó.

La hice sentar, ordené un poco los papeles de mi mesa, encendí un habano y la animé a que continuara, mientras le quitaba el capuchón a mi pluma Waterman disponiéndome a tomar notas. Y pasó a explicarme una historia más bien confusa.

Sebastiana Togores Gomila, también conocida como María Nilo o María la Mallorquina, actuaba desde hace meses, con éxito, en el café concert Alcázar Español de Barcelona. En este local había trabado amistad con tres clientes asiduos, un francés conocido como Albert Blum y dos griegos llamados David Missam y Abraham Zaccar.

Los tres hombres y la muchacha habían salido algunos días a pasear por la ciudad, e incluso en una ocasión realizaron una excursión marítima juntos, en una lancha que los dos griegos alquilaron en el puerto.

-Me trataban muy bien y eran simpáticos –explicó-. Y se comportaban con toda educación y respeto. Si tenían segundas intenciones las llevaban con delicadeza. Albert Blum llevaba la iniciativa, los otros hablaban poco. Me dijo que eran viajantes de tejidos de lujo, y que estaban en la ciudad para una prolongada estancia de negocios. ¿Me da fuego?

Me apresuré a encender su cigarrillo.

-Me gusta su despacho. Tiene un aire… solvente –pontificó bruscamente con su voz ronca, tras repasar el mobiliario y las cuatro paredes, mi título enmarcado, la orla con las fotografías de los licenciados de mi promoción, la pequeña marina pintada por Ricardo Urgell en tonos oscuros.

-Gracias. Siga explicando.

Una noche la invitaron a cenar en el Alcázar Español y antes de dirigirse al local donde María trabajaba, se ofrecieron a llevarla al hotel París, en el que se alojaba Blum. Le dijeron que iban a regalarle un corte de vestido especial que para ella habían encargado a una de sus sucursales europeas.

-Y llegados al cuarto los tres hombres, súbita y traidoramente, ¡se arrojaron sobre mí! Blum me tapó la boca con algodón mientras David Misan me apretaba el cuello hasta ahogarme, y Abraham Zuccar me sujetaba las piernas –observé que la cantante perdía el resuello a medida que avanzaba su evocación-. Los tres me golpeaban y me rasgaban la ropa. ¡Primero pensé que querían violarme, después me di cuenta de que iban a matarme!

La vedette hizo un brevísimo alto en su explicación. Se había levantado y se movía por el despacho de forma un poco sincopada, dando vueltas y jugueteando descuidadamente con distintos objetos, moviendo el cenicero o abriendo y cerrando la cajita de plata con caramelos que siempre tenía preparada en una mesita cantonera.

Había apagado a medio consumir el primer cigarrillo y sacado otro, que le dejé aguantar un tiempo entre los dedos antes de aproximarle la cerilla.

-¿Y qué ocurrió? –pregunté.

-¡Pues que comprendí que tenía que defenderme con todas mis fuerzas y me puse a luchar! Me desasí del que me tapaba la boca, escupí como pude el algodón y le pegué un mordisco en la mano hasta que el hueso me quedó clavado entre los dientes. Después me puse a chillar. Me moví como una loca, como si sufriera una epilepsia. ¡Por suerte pude alcanzar y derribar el palanganero de al lado de la cama, con su cubo para el agua, que montó un estrépito de mil demonios! Entonces oi golpes en la puerta y me desmayé –concluyó enjuagándose una lágrima.

Tomó aire, sacudió la cabeza como si volviera a la realidad y siguió con su historia, levantándose y sentándose a intervalos irregulares. El mero hecho de contemplarla me estaba dejando agotado.

-Ese ruido –dijo- fue mi salvación.

Al oírlo los responsables del Hotel París se alarmaron e intentaron en vano entrar en la habitación, al tiempo que avisaban a unos policías que en aquel momento patrullaban por la calle Cardenal Casañas. Ellos fueron los que tiraron la puerta abajo. Cuando María Nilo se repuso, los agresores habían sido detenidos y llevados a comisaría.

Un policía le tomó declaración sin demasiadas delicadezas, y luego un par de encargados la acompañaron hasta su hotel. Pasó una semana en cama, colapsada y reponiéndose de los golpes, hasta que pidió un teléfono y llamó al actor Ernesto Vilches, que fue quien dio mi nombre a aquella combativa y acelerada muchacha.

Ernesto Vilches, el primer cultivador del arte de Talía del que me hice realmente amigo.

La variedad de mis intereses ha hecho que, si por una parte mi vida no puede calificarse de aburrida, a veces me ha resultado difícil casar los distintos ámbitos por los que me he ido moviendo. Llámenle dispersión o simple resistencia al encasillamiento, a la que he intentado dotar de una mínima línea de coherencia interna.

El amor indesmayable de que fui objeto como hijo único de mis padres tras la pérdida de mi hermana menor me insufló seguridad para dedicarme desde muy joven a profundizar en mis convicciones. Así entré en el activismo político como militante de las Juventudes Monárquicas, lo que me permitió conocer a una selecta representación de las fuerzas vivas catalanas primero, y después españolas, en aquellos años de tensión y de asentamiento entre mil vicisitudes del reinado de don Alfonso XIII.

Estudié la carrera de Derecho en Barcelona primero y después en Madrid. Allí los contactos políticos fruto de mi precoz militancia empezaron a dar sus frutos: el eminente político Eduardo Dato, líder del partido conservador, varias veces ministro de la Corona y futuro presidente del Gobierno español, me brindó la oportunidad de trabajar en el bufete que mantenía abierto para su práctica privada como abogado. Dato fue el gran reformista y legislador social español de principios de siglo, a él se debían la Ley de Accidentes del Trabajo de 1900 y otras iniciativas legislativas para regular el trabajo de mujeres y niños, mitigar la mendicidad infantil y proteger a los desdichados que la practicaban, establecer el retiro obrero… Estar a su lado constituyó una oportunidad que no desaproveché.

Desde mi adolescencia disfrutaba escribiendo. A los catorce años llevé mi primer artículo a un diario de noche, Las Noticias, que lo publicó. Era un comentario acerca de un científico que había descubierto el sistema para pesar el cerebro humano de los vivos. Me pagaron un duro. Al salir de la redacción la Rambla barcelonesa me pareció pequeña, porque estaba convencido de que iba a comerme el mundo. Le di el duro a mi madre y ella, a cambio, me regaló cinco. Bastante años más tarde, ya desaparecidos mis progenitores, encontré en un cajón de la cómoda de mi madre una moneda primorosamente envuelta en un papel donde había escrito “Primer duro que con la literatura ha ganado mi hijo Pablo”.

Trabajé luego en distintas redacciones: en el mismo Las Noticias y en El Noticiero Universal, en Barcelona, o en La Época y Prensa Gráfica, en la capital del reino… Cubrí fiestas y funerales y redacté desde artículos de fondo y entrevistas, hasta, cada vez más, editoriales y crónicas políticas de cierto compromiso. Todo el mundo estaba pluriempleado por aquel entonces en los diarios, que pagaban unos sueldos escasos: algunos compatibilizaban la vida redaccional con trabajos en editoriales o en la administración, otros ejercían los menesteres más variopintos. Yo la compaginé primero con mis estudios y luego, durante algunos años, con la práctica de la abogacía, aunque siempre pedí que me reservaran un espacio para la crítica teatral.

Siendo yo en realidad tan de orden, políticamente conservador, espiritualmente católico a ultranza (“soy un monárquico impenitente y un católico penitente”, suelo decir), aunque, eso sí, con un alto concepto de la justicia social y en lo humano, liberal hasta la médula; siendo yo tan de orden, digo, el mundo de la farándula siempre ha representado para mí el contrapeso de imaginación, bohemia, fantasía y todo aquello que constituye el picante de la vida, tan necesario si sabemos ajustar bien las dosis absorbidas.

Y fue ejerciendo la crítica teatral como conocí a Ernesto Vilches, actor elegante y exquisitamente educado, bohemio de frac y guante blanco, favorito de Benavente, los Quintero, Linares Rivas y mil autores más.

Tras licenciarme, yo había abierto un bufete en Barcelona donde llevaba todo tipo de casos, incluídos los que me llegaban a través del turno de oficio, con especial dedicación al derecho penal. Una tarde había venido a verme Vilches acompañado de mi amigo Blasco, el empresario del Teatro Goya donde el actor había logrado muchos de sus triunfos. Venía a solicitarme una gestión peregrina. Había atracado en el puerto barcelonés un carguero de nacionalidad china, y a poco de amarrar se produjo una reyerta entre marineros. Como consecuencia había muerto el contramaestre, apuñalado por un gambucero del barco. La historia había sido ampliamente difundida en la prensa. Lo que quería Vilches es que le ayudara a hablar con el asesino encarcelado, ya que preparaba el papel principal de una obra de ambiente chino y quería documentarse a fondo. Me pedía que le acompañara a la cárcel para conocerlo.

Los presidios de aquella época, si uno conocía a las personas adecuadas, presentaban un funcionamiento casi familiar. El director del penal, don Luis Oteyza y Luca de Tena, accedió a la petición y puso a nuestra disposición un locutorio. Durante una hora Vilches y el chino encarcelado mantuvieron un intenso encuentro. Según me contó más tarde el actor, el marinero le había tomado por el juez instructor de la causa, y había desplegado toda su mímica para, ante la imposibilidad de comunicarse hablando, explicarle lo que había ocurrido en la algarada que causó la muerte de su contramaestre. “Era justo lo que necesitaba”, me dijo Vilches: un arsenal de gestos y expresiones que podría recrear minuciosamente en el futuro. Así fue como nació su composición de Wu-Li-Chang, protagonista de la obra homónima de Harold Owen y Harry Vernon sobre un hombre culto y poderoso que obligado por la tradición de su país sacrifica a su propia hija, enamorada de un occidental, y que con tanto éxito llevó por los escenarios de España y América. Y así nació una amistad que me llevaría a representarle en algunos casos, como el que enfrentó con una acusación de estafa a la dirección del Teatro del Centro, de Madrid, y que tan controvertido resultó. Pero esa es otra historia que algún día explicaré.

Vilches, pues, era quien me enviaba a María Nilo. Y dada la fama de donjuán del actor, no era difícil suponer el vínculo que les unía. Por eso la joven vedette puntualizó en seguida:

-No piense mal, no hay nada entre nosotros. Don Ernesto ha sido un padre para mí, él es de Tarragona, como yo, y cuando vine a Barcelona le pedí que me ayudara a introducirme en el mundo del espectáculo. Y lo hizo: me llevó a ver a su amiga la artista Marta Oliver a la Gran Peña de la calle San Pablo, que me sacó del hambre y me puso a cantar ligerita de ropa por siete pesetas diarias. Me fue bien, me salieron contratos en Sevilla y Madrid y hace unos meses he vuelto como primera cantante al Alcázar Español.

El Alcázar Español, en la calle Unión del Raval, era el centro de lo que entonces se llamaba “sicalipsis”: un local que ofrecía canciones picantes, música ligera –que interpretaba una orquestina como podía- y generosas porciones de carne femenina envuelta en mallas de seda para consumo de juerguistas, entre vaharadas de humo y un griterío obsceno y agobiante. Con flamenco en los intermedios, manzanilla y mojama para entretener el hambre y aguardiente para reventarla definitivamente. Se decía que las camareras del local ofrecían servicios complementarios a los clientes que podían permitírselo. De allí habían salido figuras como la mítica canzonetista Raquel Meller, que ahora ya volaba en escenarios de más altura como El Dorado. Aunque era un local popular también lo frecuentaban no pocos de los burgueses de mi ciudad de los que tienen debilidades canallas y no esconden sino que se enorgullecen de su “nostalgie de la boue”.

El Alcázar Español arrastraba su propia historia negra. En los primeros meses de la Primera Guerra Mundial una de las artistas, Benita Pérez, había sido tiroteada en pleno escenario por su novio, quien después de haberle sacado todo su dinero, pretendía que ella se vendiese además los muebles de su casa para darle el beneficio. Puesto que la cantante se negó, el individuo se presentó durante su actuación y le disparó. Por una herida en el brazo derecho que requirió catorce días de asistencia facultativa, le cayeron al tal Ramón seis meses y un día de prisión correccional, tras apreciársele la atenuante de arrebato y obcecación. Fue uno de los procesos que seguí durante mis últimos años de estudiante.

Yo por supuesto ni frecuentaba el Alcázar Español ni comentaba en mis críticas sus espectáculos, si es que así podían llamarse. Me extrañaba sin embargo que una artista bregada en tan duro y sórdido ambiente fuera lo bastante cándida como para dejarse acompañar por toda Barcelona por tres hombres desconocidos para ella y aún peor, encerrarse con los tres en una habitación de hotel, y así lo dije a María Nilo.

-Se sorprendería –replicó- de lo blando que tenemos el corazón las artistas. Fijese en mí: apenas conocí a mi madre, me educaron, si así puede llamarse lo que hicieron conmigo, unos parientes que me odiaban y que a los doce años me pusieron a trabajar de criada. Me he abierto camino a codazos con mi talento para el cante y el baile y con mi palmito, y gracias a la ayuda de alguna persona de buen corazón como Vilches. Así que cuando alguien se acerca y nos dice unas palabras bonitas, nos trata bien, nos lleva de paseo sin intentar propasarse a las primeras de cambio, nos hace regalos… Una se siente relajada. ¿Quién va a negarse a que la mimen un poco? En fin, ahora la experiencia me demuestra que quizás de quien hay que desconfiar es precisamente de los que no se propasan.

-¿En ningún momento sospechó que aquellos hombres pudieran ser peligrosos?

-Como le dije, de los tres hombres fue el francés el que llevó la iniciativa. Se franqueó mucho conmigo. Cuando salíamos me hablaba mucho de su infancia, aseguraba ser hijo ilegítimo de un gran industrial que apenas se había ocupado de él y siempre le había despreciado. Estaba como consumido por una rabia interior, tenía muchas ínfulas y aseguraba que algún día sería más importante y famoso que el hombre que le había engendrado. Los otros dos le secundaban, eran como su séquito. Quizás sospeché algo el día del paseo en barca por el puerto. Se lanzaban unas miradas un tanto extrañas y cuchicheaban entre sí. Pero ahí quedó todo.

-¿Intimó usted con sus agresores? Me refiero, y perdone, en el sentido bíblico del término.

Tomó aire antes de contestar con un tono enfático de gran autenticidad:

-Nunca.

-¿Y qué espera de mí, señora Nilo?

-En primer lugar que se entere de lo que ocurrió exactamente aquella noche; después que me evite el contacto con la policía, que pese a que me salvaron, a las cantantes de café concert nos tratan como si fuéramos prostitutas, y lo digo con todo cariño a las prostitutas, la mayoría de las cuales son mucho mejores que los policías. Por último quisiera que lleve a la cárcel a los canallas que me engañaron. El mal rato que he pasado alguien lo va a pagar.

¿Creí en aquel momento a María Nilo? Solo hasta cierto punto. Aunque ella era una máquina de hablar, dejaba más de un cabo suelto en su relato y yo no acababa de entender como había podido mostrarse tan confiada respecto a aquellos tipos dudosos. Sin embargo varias razones me movieron a aceptar su encargo. Siempre he admirado a la gente que sabe superar la adversidad de sus orígenes y elevarse socialmente, siempre que no sea a costa de pisar a otros, y en este sentido ella constituía un claro ejemplo de determinación. Además María, aunque exagerada y llamativa, era una mujer muy guapa, una morena de rompe y rasga que no podía dejar a nadie indiferente. El magnetismo que debía haber desarrollado en el escenario la acompañaba en la vida fuera de las tablas. Por último, tengo debilidad –estrictamente platónica, no se me entienda mal- por las actrices: aquella mujer desamparada y a la vez claramente dotada de una fuerza interior irresistible me provocaba simpatía y una cierta ternura. Acepté el caso.

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