La Bitácora de Caín; Berne Ayalá

La Bitácora de Caín

  • Cain

La Bitácora de Caín: 2006, Letras Prohibidas. Novela cuyo tema central es la conspiración para asesinar a Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez. La trama contiene como a sus grandes protagonistas a las estructuras del Vaticano, la CIA, el Ejército de El Salvador, los Grandes empresarios y terratenientes, familias acaudaladas y escuadrones de la muerte, juntos en un plan que la historia oficial no ha querido enunciar en sus dimensiones totales, no al menos hasta hoy, como lo ha hecho el escritor Berne Ayalá en su novela. Una novela compleja en su estructura, donde la yuxtaposición de personajes, lugares, tiempos y diálogos, le dan a la historia la estructura que se corresponde con un hecho político sumamente polémico. Es la primera narración que se ocupa del tema en forma directa y desenfadada, una novela que pone en remojo a las estructuras e instituciones que hasta hoy han guardado silencio en el caso del crimen del Arzobispo de San Salvador.

1. la nave del olvido.

El sol de la tarde de marzo apagaría su brillo cual si se tratara de un vulgar bombillo de veinticinco bujías a punto de estallar, y sería entonces, en un intervalo de tiempo imposible de medir, que el Golf de color rojo se estacionaría debajo de un árbol de capulín al que se le habían caído las hojas y de cuya sombra apenas quedaban unos cuantos chiriviscos secos que simulaban un animal rastrero extraviado entre los pasos extenuados de la urbanidad. Al frente se observaría una capilla, clavada en el final de una calle repleta de agujeros y promontorios de basura que el fin de semana había dejado como prueba del descanso de los trabajadores del ayuntamiento. Los caracteres de una consigna socialista sobrevivirían debajo de dos manos de pintura de color hueso puestas sobre la pared de una pequeña tienda a la que sólo le quedarían unos cuantos huevos, tres o cuatro duras piezas de pan, bebidas gaseosas, varias tiras de chucherías que colgarían de un tendedero hecho de alambre de amarre y una mujer vieja que luciría dormida y sepultada por una enredadera de moscas en una mecedora de mimbre agujereada del asiento y el espaldar. Black, que así se hace llamar en la edición final de la cinta, es el que viaja en el asiento del copiloto. Lleva puesta una gorra de lino color azul y lentes oscuros Ray-Ban, chamarra negra de cuero gamusino, zapatillas de tacón cubano, cabellos negros bien recortados, bigotes y barba de montañés. Un cigarro que ahora mismo hace brillar la brasa entre sus labios grises rompe la forma de su rostro y le envuelve la mirada en un rumor ácido que él mismo relame en cada chupete. Gari, que conduce el auto, lleva puesta una gorra de pana tipo gallega, de color café, su rostro de mestizo, sin un pelo, la mirada hueca, pálida, pero atiborrada de tic, con una tela menuda de arrugas alrededor de los ojos. Su obligación es atender el mecanismo del vehículo para no perder el control en ningún caso fortuito de desventaja con el enemigo, tal y como se decía en el manual de operaciones tácticas de la Sección. No pude dormir, se quejó Gari mientras se restregaba los ojos con el puño cerrado de su mano derecha. Le ponés mucha mente al asunto. No, es que la mera neta, se me revuelven los pelos. Y eso, no me digás que estás cagado, dijo Black. Gari no tuvo tiempo de responderle porque al parecer no se trataba de una pregunta. Te gustaría ser el que estuviera en este asiento, esperando que la cosa reviente, que llegue la hora, ah, Gari. Pues, la verdad, no. No tengás pena, decilo, que querer ciertas babosadas no es ningún pecado. Sólo me mata la curiosidad por saber qué se siente estar de ese lado, y cómo es que calculó la distancia hasta donde hay que dejar el carro. Sabés bien que las curiosidades y el nerviosismo son enemigos silenciosos, estamos aquí dejando que el tiempo corra, eso es todo, preocupate de ver las mentiras de tu reloj. Ya quisiera sosegarme, pero uno dice: hoy no le hago caso a la mente, pero con poquito está uno hasta con hipo. Pensá en alguna mujer de la vida alegre. Las mujeres de la vida alegre no tienen nada que ver en esto, Black. Las mujeres, y más las mujeres de la vida alegre, tienen que ver en todo, pendejito, en todo. Usted me está tratando de joder la vida. Yo, y por qué, qué voy a ganar con eso. No sé, a lo mejor para averiguar cómo ando. Y vos creés que voy a venir sentado en este carro feo, arriesgando el pellejo para preguntarte un par de mierdas, no, cómo vas a creer, yo, qué interés puedo tener en tu cochina vida. Usted es como la otra gente, como el Heidi, como Levi, como el Careloco Vila, o ese pendejo del Nica, cautelosos, pero siempre están metidos en todos lados, averiguando la vida y el milagro de la gente. Es para pasar el tiempo, Gari, para no aburrirnos. No me gusta que se metan conmigo. Bueno, dijo Black con desdeño, vamos a tomar en cuenta tus derechos humanos, y mordió el filtro del cigarro, no vaya a ser que te de un patatús. Gari buscó entre los bosquejos de la cuadra siguiente una señal de tránsito en un intento por sacudirse la incomodidad, y cuando estaba seguro que seguiría sin doblar, le volvió a decir, pero sin mirarlo: No me gusta que se metan conmigo, Black.

Habían tardado veinte minutos en llegar hasta ese lugar. Las calles no estaban copadas de autos porque la ciudad todavía podía ser considerada, al menos en este tema, un lugar tranquilo donde las palomas se daban el lujo de cagarse a la orilla de los pies de los transeúntes sin que esto le preocupara a nadie, una época en la cual se juntaban los autos en dos avenidas y sobraba persona que cediera el paso al otro porque no habían muchas señales de tránsito ni prisa por llegar y el resto de los espacios quedaban libres para los que preferían caminar o montar en bicicleta. Desplazarse no requería de muchos movimientos, sin embargo, los agujeros abundantes en el pavimento y la distancia que había desde el hotel, los había entretenido, pero eran cosas menudas que ya estaban contempladas dentro del plan de movimiento. Mientras avanzaban iban chequeando los posibles puntos de retorno a la base, considerando el tiempo del repliegue, las rutas alternas y, en el caso de Gari, el marcador del tanque del combustible, porque, aunque lo llevaba full, una de las reglas era no perder de vista la aguja por algún desperfecto o avería en el tanque, regla de oro, de acuerdo al manual de la Sección. El vehículo es la mejor arma, sin ella resultaría difícil salir del lugar, le recalcó el capitán Vicente Espinosa, alias Sangre de Cuilio, así es que abuzado. Siempre se debe estudiar la retirada pues nunca se está seguro por dónde se ha de volver, si es que se vuelve, normas de estricto cumplimiento y de estudio obligatorio. Black era de poco hablar, no le interesaba cruzar palabra con un pinche motorista de la chingada, pero la cosa se estaba poniendo aburrida y como no era de palo, algo debía de sentir, aunque no fuese capaz de decírselo a nadie, ni a su propio espejo porque no tenía complejo de madrastra malvada. Qué fue lo que te trajo a la Sección, preguntó. El hambre, contestó Gari sin voltearlo a ver. El cumplimiento de su deber como motorista lo llevaba a poner la mirada sobre su acompañante sólo en los breves instantes en que el auto se detenía o disminuía la velocidad hasta cinco kilómetros por hora. El hambre es de cualquier hombre pero no todos somos ladrones de carteras. Son palabras, dijo Gari con insatisfacción, los señoritos tienen apetito, nosotros, hambre. Hablás de la manera en que lo hacen esos piricuacos hijos de puta. Gari disminuyó la velocidad y lo volvió a ver con disgusto. Y eso qué. Quequé. Qué insinúa. Black escurrió entre sus barbas negras y espesas el chorro aguado y raquítico de una sonrisa de desprecio mientras observaba las sombras achicharradas de un viejo edificio que nunca fue terminado, con los ladrillos de calavera desnudos, sepultado en matorrales y desperdicios humanos que hacían destilar olores espantosos. Detuvo el ojo que le educó el doctor Guillermo Regalo de Dios en una de las varillas de hierro torcido que saltaban hacia fuera, ahí colgaba un rótulo doblado y enmohecido que decía: SE VENDE. Gari estaba picado, y eso lo sabía Black; para qué le estaba tocando el tema de los milicos, a cuenta de qué, si los hombres entramos a la Sección, cuando no somos oficiales, por el hambre. Black, como si le estuviera leyendo los pensamientos le dijo: Estás violando la cláusula número uno del manual, no perder la paciencia, jamás, hay que tener cuero de garrobo, y yo no estoy pintado, vengo de donde asustan. Bueno, pero yo sé también de esas babosadas, soy uno de los más leales, por qué cree usted que mi capitán me mandó con usted a manejarle este carro viejo de la gran puta, estoy con él desde hace mucho tiempo, me las he visto en muchas, sabe; sé lo que es el diablo por eso no me gusta que me vean como usted me mira. Yo sólo tengo una forma de mirar y no hago distingos con nadie; lo que pasa es que sos como todos esos militares de fila, un acomplejado de mierda. Sin mi buen oficio no estaría usted aquí. A Black no le gustó la insinuación, pero trató de no ser evidente, porque el enojo es, como ya se lo había dado a entender, una debilidad inaceptable en los hombres de la Sección; cada cosa que se hace es porque así ha de ser; los sentimientos, cualquiera que sean, son muestras de debilidad, y se le vino a la mente una de sus sesiones de instrucción: El color de la sangre no es rojo, había dicho el asesor gringo, todos miraron la mesa donde quedó la mancha del torturado, es negra, les aseguró; los alumnos asintieron. Todos tenemos algo que hacer en la vida, para unos es poco, para otros mucho, continuó mientras limpiaba los dientes con la lengua, con lo que producía un rechiflo cuando el aire partía la hendidura de sus labios, y los colores, terminó diciendo, son meras especulaciones que algunas veces matan. Se cortó el recuerdo cuando el auto se detuvo en una bocacalle de la Colonia La Rábida. De un poste de aluminio pendía una señal agujereada por disparos de arma de fuego donde todavía se distinguían las letras de la palabra ALTO. Muy cerca del cuartel de la Primera Brigada de Infantería, a dos cuadras de allí, se observaba un par de vehículos blindados que eran custodiados por media docena de soldados, dos o tres estaban sentados al filo de la cuneta, limpiando sus armas o tomando el rancho, algunas latas de arroz con pollo eran la evidencia gastronómica. En la esquina de la derecha se escuchaba una canción de José José, música de cuarteto en un rincón, al lado de los sanitarios, mientras un borracho cantaba parado sobre una silla que tenía una pata encima de una corcholata de cerveza como recurso para guardar el equilibrio. Arriba de la puerta, sobre la pared, había un anuncio con el dibujo de un semoviente caricaturizado: dos patas cubiertas con un delantal rosado, las pestañas colochas, los cuernos bronceados, era blanco con manchas negras, las patas delanteras simulaban las manos sosteniendo un azafate, debajo de los cascos traseros había una leyenda que decía: La Pata de la Vaca, Bar y Restaurante. A esos soldados muelas les va a tocar que dormir debajo de las mesas porque así como están los agarra el toque de queda, dijo Black, y vio el reloj. Y lo peor de todo, sabe, retumbó la voz de Gari, que con tantos años al servicio de la Fuerza Armada, ahora me toque que andar escondiendo el culo de la misma gente con la que he luchado, eso no se vale, no se vale. Las palabras quejosas no eran la pasión de Black, pero ni modo, algo tenía que escuchar para no caer vencido por el aburrimiento de un trabajo que estaba destinado a dos tiempos: esperar y jalar. Este es el oficio más delicado y más sucio de todos, Gari, pero alguien tiene que hacerlo. Esa mierda de la Junta de Gobierno es la que nos tiene jodidos, dice mi capitán que los altos mandos están infiltrados por piricuacos y que lo mejor es salirse y buscar otros rumbos, por eso lo seguí; llevo una semana de no dormir, no he visto a la familia, y las noches en esa maldita finca me tienen bien jodido, esos frijoles agrios y llenos de gorgojos, las tortillas frías como las patas de un muerto, Black. Somos la esperanza de este país, dijo Black, pero no se lo creyó ni él mismo. Y el hambre, preguntó Gari. Ni modo, hay que comer mierda de vez en cuando. No todos comemos mierda, Black. Y dale. Demuéstreme lo contrario. Esperate un rato más y te lo demuestro, pero con una condición. Cuál, dijo Gari mecánicamente. Me vas a hacer los mandados hasta que me muera. No chingue, Black. Entonces. Entonces qué. Cerrá el pico, que esta mierda no es comida de hocicones. Entró primera. Un estornudo y al tiempo que aceleró para cambiar a segunda, el borracho se desgalilló bañado en lágrimas: espera un poco, un poquito más, para llevarte mi felicidad.

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