Miguel Delibes I

OBITUARIO

El castellano conciso

por VIRGINIA HERNÁNDEZ

FotoEl novelista y académico, en su biblioteca. | Efe

«Con afecto. Miguel Delibes». Directa, sin florituras inútiles. Como sus libros. Esa fue la dedicatoria que el escritor vallisoletano firmó para nuestros lectores en la última Feria del Libro de Madrid. Una sola palabra que decía mucho del maestro, del castellano recio que siempre fue y que retrató como nadie una tierra poco dada a los excesos. Del novelista que fotografió la vida rural cuando todavía no estaba condenada a la desaparición. Miguel Delibes cumplió los 89 el pasado octubre, pero no tenía ganas de hacerlo («Doy mi vida por vivida»). Arropado por su siete hijos y sus nietos que, como él decía, nunca le habían fallado, echaba de menos a su esposa, Ángeles Castro, a la que perdió 35 años atrás, y poder enhebrar de nuevo una gran novela: «La imposibilidad de concentración seca mi cerebro», reconocía sin circunloquios.

Se despidió con ‘El hereje’ (1998) y, bromas de la vida, el día que terminó la última página, el médico le diagnosticó un cáncer de colon que le obligó a pasar varias veces por el quirófano y a renunciar a su pasión. A reconocerse que ya era viejo («yo entiendo que la medicina ha prolongado nuestra vida, pero no nos ha facilitado una buena razón para seguir viviendo»). Pero su adiós ya estaba anunciado: su discurso del Premio Cervantes cuatro años antes ya marcaba la línea que pensaba seguir: «El arco que se abrió para mí al obtener el Premio Nadal se cierra ahora, en 1994, al recibir de manos de Su Majestad el Premio Cervantes».

El Nadal, que había inaugurado su amiga Carmen Laforet en 1945 con la revolucionaria ‘Nada’, inició sus pasos como escritor al galardonar ‘La sombra del ciprés es alargada’ (1947), una novela pesimista, que le dio muchas satisfacciones como autor, aunque su preferida era ‘Viejas historias de Castilla la Vieja’ (1964). Delibes aseguraba en una entrevista: «Mi tristeza esencial no es ninguna novedad. Decir al lector que yo viví las penas de ‘La sombra del ciprés…’ desde los seis o siete años le dará pie para pensar que de crío tampoco fui la alegría de la huerta». Tercero de ocho hijos, acudió el Colegio La Salle de Valladolid y completó Comercio y Derecho y los estudios de Periodismo en la Escuela Oficial de Madrid. Con 26 años obtuvo la cátedra de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de su ciudad, de la que fue director su padre, Adolfo Delibes.

Antes, a los 21, había comenzado a colaborar como caricaturista y redactor con ‘El Norte de Castilla’, diario del que fue director entre 1958 y 1963. El Periodismo le dejó la virtud de decir mucho con pocas palabras: «Me enseñó a valorar la humanidad de la noticia. Y como trabajé en una época en la que los periódicos tenían dos hojas, aprendí a economizar las palabras, a decir muchas cosas en poco espacio». En 1950 publicó ‘El camino’, probablemente una de sus novelas más conocidas. Ya al frente del periódico escribió ‘La hoja roja’ (1959) y ‘Las ratas’ (1963). En las tres novelas se aprecia un respeto casi reverencial a la naturaleza que le acompañaría siempre, incluso obtuvo en 2008 el ‘Honoris Causa’ por la facultad de Biología de Salamanca. La censura le apartó del mando del periódico: «Dimití porque el señor Fraga quiso imponerme un subdirector que hiciera las veces de director y, en consecuencia, me controlara. No pude aceptarlo».

Después llegó ‘Cinco horas con Mario’ (1966), el monólogo que inmortalizó Lola Herrera sobre los escenarios; fue elegido académico de la RAE, en la que ingresó en 1975; escribió ‘El disputado voto del señor Cayo’ (1978), ‘Los santos inocentes’ (1981), obtuvo el Príncipe de Asturias (1982), compartido con Gonzalo Torrente Ballester, el Nacional de las Letras en 1991, el Cervantes en 1993… Una carrera plagada de éxitos de quien se describió a sí mismo en una ocasión como «un chopo alto y solitario, puntiseco, dominando un mar de surcos con los trigos apuntados».

Apasionado de la caza —lo heredó de su padre— y amante del cine, en sus últimos años echaba de menos sentarse en una butaca de pasillo acompañado del acomodador y su linterna. «El cine en casa en un sucédaneo», aseguraba, y su sordera no le dejaba distinguir en las salas entre diálogo y música. Tuvo muchas oportunidades de ver sus novelas en pantalla y tenía sus preferencias: «Ha habido de todo: grandes películas como ‘Los santos inocentes’, de Camus; buenas películas como ‘El señor Cayo’, de Giménez Rico; malas e infames películas, como ‘La sombra del ciprés es alargada’, de Alcoriza».

Se confesaba de centroizquierda y cristiano convencido y su sueño era ver una justicia divina que el mundo no mostraba: «Espero que Cristo cumpla su palabra y ella nos traiga una paz y una justicia perdurables a los que tanto las hemos predicado. Para mí eso podía ser una forma de vida eterna». Apartado en su casa debido a la enfermedad y la vejez, Delibes no se olvidó de la actualidad y denunció los peligros del cambio climático, los desmanes de George Bush al negarse a firmar el Protocolo de Kioto, los sueldos descabellados de los futbolistas, la ambición de poder de los políticos… Escritor, periodista, en definitiva, una mente verdaderamente lúcida.

Miguel Delibes falleció el 12 de marzo de 2010 en Valladolid, a los 89 años.

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