Esos oscuros señores ortodoxos: El Vaticano condena otra vez a Saramago tras su muerte

Le acusa de “populismo extremista” y le define como “ideólogo antirreligioso”

Las gafas y la maquina de escribir

José Saramago

FOTOS – ADRIEL PERDOMO –

Las gafas y la maquina de escribir. La vieja máquina de José Saramago y sus gafas en la sala a la que da nombre en la Fundación César Manrique de Lanzarote, con motivo de una exposición dedicada a su obra.- ADRIEL PERDOMO

Ni elogio fúnebre ni nota necrológica neutra. Fiel a su historia, el Vaticano ha dedicado hoy a José Saramago, fallecido el viernes a los 87 años en Lanzarote, un ataque denigratorio, una condena de un tono casi sarcástico, que suena casi a celebración por la muerte de uno de los intelectuales que más lúcidamente ha condenado los abusos cometidos en nombre de la religión y la hipocresía y contradicciones de la Iglesia de Roma.

El artículo dedicado al autor de ‘Memorial del convento’ por el diario oficial de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, se titula La omnipotencia (relativa) del narrador, está firmado por Claudio Toscani y mezcla reflexiones sobre su tarea de intelectual de izquierdas con descalificaciones del tipo “populista extremista”.

La pieza subraya la “ideología antirreligiosa” de Saramago, a quien define como “un hombre y un intelectual de ninguna capacidad metafísica, (y que vivió) agarrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico, alias marxismo”. Para añadir: “Colocándose lúcidamente de la parte de la cizaña en el evangélico campo de trigo, (Saramago) se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, olvidando el recuerdo de los ‘gulag’, de las purgas, de los genocidios, de los ‘samizdat’ (panfletos de la Rusia soviética) culturales y religiosos”.

Por lo que respecta a la religión, continúa la nota, “uncida como estuvo siempre su mente por una desestabilizadora banalización de lo sagrado y por un materialismo libertario que cuanto más avanzaba en los años más se radicalizaba, Saramago no dejó nunca de sostener una simplificación teológica inquietante: si Dios está en el origen de todo, él es la causa de todo efecto y el efecto de toda causa”.

La estocada posterior es durísima. “Un populista extremista como él, que se hacía cargo del porqué de los males del mundo, habría debido antes que nada aplicar el problema a todas las estructuras humanas erróneas, desde las histórico-políticas a las socioeconómicas, en vez de saltar al detestado plano metafísico y culpar, de manera demasiado cómoda y carente de cualquier otra consideración, a un Dios en el que nunca creyó debido a su omnipotencia, a su omnisciencia, a su omnipresencia”.

El artículo critica de modo especial la novela ‘El Evangelio según Jesucristo’, con la cual, dice L’Osservatore Romano, el Premio Nobel de Literatura lanzó “un reto a la memoria del cristianismo de la cual no se sabe qué se puede salvar si, entre otras cosas, Cristo es hijo de un padre imperturbable que lo manda al sacrificio, que parece entenderse mejor con Satanás que con los hombres, y que domina el Universo con poder pero sin misericordia”.

“Irreverencias aparte”, concluye la pieza, “la esterilidad lógica, antes que teológica, de tales asuntos narrativos no produce la buscada deconstrucción ontológica, sino que se retuerce en una parcialidad dialéctica tan evidente como para impedirle alcanzar cualquier objetivo creíble”.

Por qué la gente quería tanto a Saramago

Cientos de personas aguardan en la plaza del municipio lisboeta para acceder hasta el sitio en el que se halla su cuerpo.

José Saramago está expuesto desde esta tarde en el salón noble del Ayuntamiento de Lisboa, la ciudad en la que se hizo escritor. Cientos de personas aguardan en la plaza del municipio a que les toque el turno que les permite acceder hasta el sitio en el que se halla su cuerpo ya sin vida, su semblante noble y adusto, sosegado aún más por la sombra sutil de la muerte. Hay gente de todos los sectores, profesionales, obreros, campesinos como los de su origen, poetas, periodistas, gentes venidas desde distintos lugares de Portugal o de España, cronistas que le han seguido el rastro, familiares, gente que se cruzó con él alguna vez en la presentación de un libro o en un mitin. ¿Por qué le quieren tanto? Su editor, Zeferino Coelho, me dijo esta mañana, con lágrimas en los ojos, que le querían porque representaba, en el siglo XX y aún más allá, “un monumento portugués, como Pesoa”.

Cree el editor que Saramago “concibió un mundo, que le representa y nos representa”. En ese mundo el autor de El año de la muerte de Ricardo Reis reinventó los mitos civiles de Portugal a la altura del maestro de los heterónimos, Fernando Pesoa. Y, además, nunca se dejó intimidar por los convencionalismos del poder.

¿Es un monumento pues? Se lo pregunté a un gran folclorista, cantante, intelectual y hombre de izquierdas, Carlos do Carmo, confundido entre los que acudieron a contemplar de cerca el rostro sin vida de José Saramago, su amigo. Dijo Carlos do Carmo “yo diría que Saramago es excepcionalmente un extramonumento portugués. Yo tengo 70 años”, siguió diciendo do Carmo, “y es la primera vez que veo en mi vida un reconocimiento popular a alguien tan peculiar como Saramago”.

Un amigo

Carlos do Carmo nunca había visto en su vida “a alguien que fuera tan querido, que le gustara tanto, a todo el mundo y sobre todo a la gente muy sencilla”. Le pregunté por qué. “Ah, vaya preguntándolo por ahí. Lo cierto es que todo el mundo ha aprendido de él. Yo he sido su amigo, era mi amigo, era uno de los amigos de mi vida, y muchas veces he aprendido de José, hasta el último instante”. Le pregunté al ilustre folclorista qué había aprendido de Samarago. “La paciencia. Su paciencia era inagotable, y yo creo que la paciencia proviene de la nobleza. Y además tenía un humor muy particular, que la gente no conocía. Y era una persona muy generosa. Son muchas cosas que aprender de una sola persona”.

Quería añadir algo más Carlos do Carmo. Y lo hizo, a media voz dentro del salón noble del municipio. Quiero destacar su similitud con Jacques Brel. Como el cantante, José mostró siempre una total intolerancia hacia la mediocridad. Eso me encantaba”. Cerca de él, Zeferino Coelho nos dijo al oído: “Saramago decía que lo peor de la muerte es que estás y de pronto no estás. Él estará siempre con esta gente que le viene a ver”. Su biógrafo, Fernando Gómez Aguilera, director de la Fundación César Manrique y creador de la exposición sobre la vida y la obra de Saramago, estaba allí, de pie, frente a su amigo muerto. Había venido en el avión militar que fletó el Gobierno portugués. Tuvo esta reflexión poética sobre el regreso de Saramago a su patria: “Fue a Lanzarote en una balsa de piedra y vuelva a Portugal entre las nubes del aire”.

Su amigo Javier Pérez Royo, catedrático sevillano, se mostraba extrañado ante un silencio: “¿Por qué no están diciendo ustedes estos días que la mejor novela de Saramago, la más consistente entre sus metáforas, la que demostró para siempre su gran categoría de novelista, la gran novela de Lisboa es El año de la muerte de Ricardo Reis?”. Pues ya está dicho. Por cierto, esta novela, El año de la muerte…, fue la que llevó a Pilar del Río a conocer, como periodista, a Saramago, con las consecuencias sentimentales que ya todo el mundo conoce.

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1 comentario

  1. mayo 6, 2015 a 3:13 pm

    es raro


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