El ‘postcarvalhismo’ en la novela negra

Manuel Vázquez Montalbán. | Jorge MorenoManuel Vázquez Montalbán. | Jorge Moreno

  • Autores e historiadores discuten el legado del detective de Vázquez Montalbán

Marta Medina | El Escorial

Todo Conan Doyle tiene a su Sherlock Holmes, un personaje –o mejor dicho, ‘el’ personaje-, que empieza por ser un esbozo secundario y que, al final, eclipsa a sus compañeros de reparto y se adueña de cualquier historia concebida por la mente de su creador. Le tortura, le impide centrarse y le exige un protagonismo absoluto. Con todos ustedes, el Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán, el Philip Marlowe de Raymond Chandler, los Chamorro y Belvilacqua de Lorenzo Silva, los Caldas y Estévez de Domingo Villar…

“La serie Carvalho empezó en 1972 con ‘Yo maté a Kennedy'”, recordó este jueves la periodista Rosa Mora en el curso ‘Pepe Carvalho: cómo se crea un personaje en la novela negra’ de la Universidad Complutense. Pero en este punto hay división; ‘Yo maté a Kennedy’ registra la primera aparición del personaje, pero no es la primera novela centrada en él. En el libro, Carvalho aparece como un personaje inverosímil, un comunista que, harto de su mujer Muriel, viaja a Estados Unidos y recibe el encargo de la CIA de acabar con Kennedy. ¿Es ése nuestro Carvalho?

Ya en ‘Tatuaje’, aparece el Carvalho barcelonés –al igual que el Méndez de González de Ledesma-, amante de las callejuelas sórdidas y los antros de mala muerte. Porque el investigador es el antihéroe romántico, “con una galería de personajes desheredados en los que encuentra la humanidad”, razona el escritor Lorenzo Silva.

Montalbán quiso hacer una especie de justicia poética en sus libros –un arbitraje improbable en la realidad-; por eso, los derrotados son el refugio del investigador y los burgueses cumplen el papel antagonista “con un discurso totalmente ruin”, según Silva.

“Carvalho encuentra en la escoria su reducto confortable, en contra del poder, fuera quien fuera”, destacó el escritor Domingo Villar. Es fascinante “la piedad con la que Montalbán mira a sus personajes“, además de dejar espacios para la reflexión del lector y ser un dibujo costumbrista de la sociedad española, como lo fuera la Francia de Luis XIII dibujada por Alejandro Dumas.

Carvalho se rodea de unos personajes secundarios que evolucionan, envejecen y se cansan; la marcha habitual de cualquier vida vista a través de una mirilla. Su amante Charo, que busca una relación convencional imposible; su compañero Biscuter, hermano de pasiones gastronómicas; y Bromuro, el malhadado limpiabotas soplón que desaparece cuando deja de ser útil para el detective.

Pocos autores españoles de novela negra han traspasado la frontera y han influido tanto en el género como lo hizo Montalbán. Desde ‘cameos’ y encuentros furtivos con Carvalho hasta personajes nombrados en honor del autor –como el comisario Montalbano de Andrea Camilleri o el Fabio Montale de Jean-Claude Izzo-, Montalbán es un referente para los autores mediterráneos de novela detectivesca, como Petros Márkaris y su teniente Jaritos.

No tan quijotescos como los anteriores, sino que más adheridos a la realidad son el brigada Belvilacqua y la sargento Chamorro, la pareja protagonista de las novelas policiacas de Silva. No en vano, Silva ha ejercido la abogacía y se ha visto envuelto en casos complicados de sobornos, espionaje y contraespionaje, un pasado que le “ha condicionado el enfoque” en sus novelas. Los jueces, por ejemplo, figuras indispensables a la hora de llevar una investigación

La pareja protagonista de Silva es piadosa “en el sentido integral de la palabra”. Belvilacqua es un psicólogo uruguayo que acaba en la Guardia Civil por cuestiones económicas y no por vocación, pero a quien le reconforta sentirse útil para con los que sufren. Por otro lado, Chamorro tiene “un estricto sentido del deber”, eficiente en los aspectos institucionales. No son perfectos, pero son reales. Silva ha convivido mucho tiempo con agentes del cuerpo y tras un proceso de observación y de acercamiento ha podido moldear a los personajes de sus novelas. Incluso, la base de las tramas muchas veces ha salido de experiencias diarias, de conversaciones escuchadas furtivamente o de casos reales tan modificados que se convierten en imaginarios.

No tan quijotescos como los anteriores, sino que más adheridos a la realidad son el brigada Belvilacqua y la sargento Chamorro, la pareja protagonista de las novelas policíacas de Silva. No en vano, Silva ha ejercido la abogacía y se ha visto envuelto en casos complicados de sobornos, espionaje y contraespionaje, un pasado que le «ha condicionado el enfoque» en sus novelas. Los jueces, por ejemplo, figuras indispensables a la hora de llevar una investigación –«son ellos los que finalmente resuelven»- pocas veces aparecen en las tramas de la novela negra.

Por su parte, Domingo Villar ha creado una pareja –”porque los agentes de seguridad siempre van de dos en dos”- de opuestos y complementarios. Leo Caldas es otro romántico, un inspector gallego que siempre responde a las preguntas con más preguntas. Y eso irrita a su compañero, Rafael Estévez, un zaragozano vehemente y violento. Sacados a base del análisis de la calle, no son superhéroes, ni llevan el arma más novedosa, ni tienen una hacker como Lisbeth Salander. Porque, como bromea Villar, “con 40 grados bajo cero, ¿qué mejor pasatiempo que matar?”.

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