Los 11 vicios en el uso de la lengua española que más me molestan

corrector de estilo, 11 vicios lingüísticos

Opiniones de un corrector de estilo: Los 11 vicios en el uso de la lengua española que más me molestan

Me llama la atención que en la España del siglo XXI denunciamos (dignamente) diversos tipos de maltratos (animal, escolar, laboral…), pero pasamos por alto otro maltrato, el que infringimos a nuestra lengua, y con el que todos, en mayor o menor medida, colaboramos.

El objetivo de este nuevo post de Opiniones de un corrector de estilo es enumerar los vicios en el uso de la lengua española que más me molestan. ¿Y cuáles son esos vicios lingüísticos? Lo diré en una palabra: todos.

No obstante, para abreviar el catálogo de vicios, le he cortado las alas al adverbio “todo” y he seleccionado once errores o vicios lingüísticos, que desde ahora declaro ciudadanos non gratus.

Sin más dilación, paso a enumerarlos.

1 Escribir los nombres y apellidos con faltas de ortografía.

Por difícil que resulte de comprender, muchas, muchísimas personas escriben en las redes sociales (Facebook, Twitter, etcétera) sus nombres y apellidos con faltas de ortografía. Aceptemos con resignación que una sintaxis y una gramática óptimas no estén al alcance de todos, pero ¡omitir las tildes en tu nombre y apellidos! Es inconcebible tanta dejadez en un espacio que –cabe pensar– supone nuestro escaparate ante el mundo.

Aunque solo sea por cuestiones de imagen, se trata de un error deplorable que desatiende lo que más nos importa: nuestra propia persona. Mi consejo es que subsanéis ese error cuanto antes. Como bien sabéis, la inmensa mayoría de las empresas exploran en las redes sociales los perfiles de los candidatos que aspiran a un puesto de trabajo. Yo os hago una pregunta: si quisierais contratar a alguien (contable, panadero, químico, informático…), ¿preferirías darle el trabajo a Raul Perez Solis o a Raúl Pérez Solís, a Maria Sanchez Rodriguez o a María Sánchez Rodríguez, a Enrique Gomez Sandin o a Enrique Gómez Sandín? (Conste que estos nombres y apellidos los he elegido al azar; no es mi voluntad señalar a nadie en concreto).

La imagen que da aquella persona que escribe incorrectamente su nombre o sus apellidos es de mayúscula desidia. No parece una buena carta de presentación, ¿verdad? Si estos usuarios de las redes sociales son tan poco rigurosos al escribir sus nombres y apellidos (algo que debieran haber aprendido a hacer correctamente en los primeros años del colegio), ¿qué nos impide pensar que son igual de desmañados en cualquier otro asunto?

Omitir las tildes en tu firma puede suponer un lastre a la hora de encontrar trabajo… Y también, quién sabe, puede quitarte puntos a la hora de entablar una relación con tu media naranja (a no ser que esta media naranja sea otro renegado o renegada del idioma).

2 La ausencia de la coma (o comas) de los vocativos

Tan difícil como enumerar las estrellas del firmamento o descifrar el genoma humano es distinguir un vocativo. Esa es al menos la conclusión a la que he llegado después de comprobar que la coma de los vocativos (antes y después, a menos que el vocativo comience o finalice la frase, en cuyo caso nos ahorramos una coma) brilla por su ausencia.

Cuando Laureano se dirige a mí con un “Hola Fran” en vez de “Hola, Fran”, no puedo evitar pensar que la frase “Laureano escribe bien” (un elogio a la buena escritura de Laureano) significa algo muy diferente de “Laureano, escribe bien” (mi petición a Laureano para que se anime a escribir correctamente).

Si queréis saber más sobre el vocativo, os remito al punto 2 de 11 recetas para escribir correctamente la coma.

3 Escribir giros, modismos y expresiones chuscas que están de moda

El ser humano es mimético por naturaleza. No es ninguna sorpresa, pues, que imite los malos usos del lenguaje. (Por qué no copia los buenos usos es toda una incógnita). Y entre esos malos usos están los extranjerismos (“el number one”), los modismos (“sin más ni más”, “mismamente”) o las expresiones chuscas de moda (“sí o sí”, “la verdad es que”, “poner en valor”, etcétera).

¿Recuerdas esas hombreras horrorosas que estaban de moda en los años 80 y en los 90? Eran horrorosas, pero entonces nadie lo sabía. ¡Pero ahora lo sabemos!

Recuerda: el buen gusto es el que perdura en el tiempo. Y las modas lingüísticas y el buen gusto suelen estar reñidos. Por algo será.

4 Escribir leísmos, laísmos y loísmos

Más que el Palacio de Oriente, más que el Parque del Buen Retiro, más que el Museo del Prado, la joya de la corona de la ciudad en la que vivo, Madrid, es el uso indiscriminado de laísmos, leísmos y loísmos: “Al perro de Mario le enterramos ayer”, “La pregunté cómo se llamaba”, o “A Juanjo lo dieron una paliza al salir del cine”.

¡Bochornoso tributo el que le rinde la capital de España a nuestra lengua! Qué pena que dediquemos más tiempo y energías a desenterrar los supuestos huesos de Cervantes que a enterrar a esos vicios del idioma que son los leísmos, laísmos y loísmos.

(Para saber más sobre laísmos, leímos y loísmos: Centro Virtual Cervantes).

5 Abusar de los gerundios

El abuso de los gerundios denota mal estilo de escritura. El gerundio es la forma invariable no personal del verbo, y un pésimo candidato, por tanto, para articular cualquier discurso. Procura naturalizar tu prosa: si escribes muchos gerundios en un párrafo, algo debes de estar haciendo mal.

En una ocasión leí que el director de cierto periódico (de Brasil, me parece), para evitar ciertas incorrecciones, les prohibió a los redactores el uso del gerundio. Muerto el perro, se acabó la rabia. (“No es esto, no es esto”, que diría Ortega).

El gerundio merece menos prohibiciones y más respeto. Prometo escribir un post sobre el tema, pero mientras tanto, por favor, evita el gerundio de posteridad, ese que sugiere un acto posterior en el tiempo en relación con el verbo principal del que bebe.

Veamos un ejemplo:

Reagan nació en Illinois en 1911, siendo presidente de Estados Unidos desde 1981 a 1989.

En esta frase hay un gerundio de posterioridad: “siendo” narra unos hechos a posteriori, acaecidos al menos 70 años después de los datos que leemos en la primera oración (“Reagan nació en Illinois en 1911”).

Hay muchas formas de escribir correctamente esta frase. Yo aporto tres:

Reagan nació en Illinois en 1911 y fue presidente de Estados Unidos desde 1981 a 1989.

Reagan, nacido en Illinois en 1911, fue presidente de Estados Unidos desde 1981 a 1989.

Reagan (Illinois, 1911) fue presidente de Estados Unidos desde 1981 a 1989.

Nota: recuerda que las fórmulas de tratamiento, título o cargo se escriben en minúsculas [RAE, 2010]. Por tanto: “presidente”, no “Presidente”.

6 Abusar de las cursivas

Las cursivas, como las espinacas, me gustan en pequeñas dosis. Ambas son muy nutritivas, pero el exceso de unas y otras provocan gases estomacales.

Me encantan los matices que otorgan las cursivas a una palabra o a un pequeño grupo de palabras, pero cuando el texto en cursivas es muy largo (una carta, un edicto, un artículo periodístico, un prólogo…) tengo serios problemas para perseverar en la lectura.

Recuerdo la frase lapidaria de Federico II el Grande: “El que quiere defender todo no defiende nada”. Parafraseando al rey de Prusia, el que quiere resaltarlo todo no resalta nada.

El abuso de las cursivas contamina en muchos libros los pensamientos de los personajes, quizá en un ejercicio de mímesis de una costumbre propia de autores anglosajones.

Mi consejo: usa las cursivas para destacar un número reducido de palabras.

6 Escribir con demasiado énfasis

Uno de los grandes vicios a la hora de escribir es enfatizar las ideas con signos ortotipográficos: cinco o seis puntos suspensivos (en vez de tres), varios signos de admiración o de interrogación (en vez de uno de apertura y otro de cierre), escribir frases en mayúsculas, escribir negritas, etcétera. Ese exceso enfático (valga la redundancia) me recuerda a mi perra Betty, que eriza el lomo cuando se topa con algún can que no es de su agrado, tratando así de parecer más alta (y por tanto más fuerte) de lo que es en realidad.

7 Comenzar las frases con infinitivos

“Decir que todo ha salido bien”.

“Aclarar que el accidente fue fortuito” [¿hay algún accidente que no sea fortuito?].

“Informar a la población de que no hay riegos para la salud”.

Estas frases revelan la pereza del autor, y no su pericia.

Mejor así:

“Tengo que decir que todo ha salido bien” o “Diremos que todo ha salido bien” o “Afirmo con contundencia que todo ha salido bien”.

“Urge aclarar que el accidente fue [por ejemplo] resultado de un cúmulo de factores que…”.

“Es mi obligación informar a la población de que no hay riegos para la salud”.

8 Abusar de los tres puntos suspensivos

En ocasiones, para indicar el pensamiento divagante de algunos personajes o del propio narrador, el autor recurre al uso de los puntos suspensivos. Pero un paralizar una y otra vez la acción o el pensamiento de los actores en juego mediante puntos suspensivos puede ser una técnica muy cansina. A mí al menos me lo parece.

El gran escritor Louis Ferdinand Céline abusaba mucho de los tres puntos suspensivos, algo que agrada a muchos lectores y críticos. Desde mi punto de vista (y no “Bajo mi punto de vista”), Céline fue un gran escritor no gracias a la saturación de los tres puntos suspensivos sino a pesar de ellos.

9 Abuso injustificado de culturalismos

Un escritor puede ser culto y no culturalista, de igual manera que puede ser culturalista sin ser realmente culto. Un esteticismo que desemboca en el abuso de latinajos y voces extranjeras (citar mucho en francés, inglés o en latín es chic) puede ser igualmente cansino. El autor suele hacerlo para epatar al lector. ¿Y qué significa “epatar”? Pues aunque el DRAE lo defina con otras palabras, “epatar” viene a ser algo así como “aburrir con engreimiento”.

Fuera de los estrechos márgenes de un ensayo, una tesis o un diario intelectualizado, abusar de los culturalismos se lee, ya digo, como un exceso.

10 Sucumbir a los préstamos idiomáticos

Imaginemos esta escena de los mundiales de fútbol: Inglaterra se enfrenta contra España en un partido decisivo. Cinco mil españoles han viajado al país organizador para presenciar el partido y celebrar efusivamente los goles… ¡de Inglaterra! Si lo prefieres, cambia Inglaterra por Estados Unidos y España por Argentina, Ecuador, Colombia, México o Paraguay. ¿Te parece surrealista que los aficionados de un equipo deseen el triunfo del rival? A mí, también.

Una situación que en el fútbol consideraríamos extraña e intolerable tiene triste aceptación en el terreno del idioma. Los hispanohablantes celebramos exultantes de alegría los goles que los anglosajones le meten una y otra vez a nuestro querido idioma. No es que yo sea un purista lingüístico (acepto y uso con agrado expresiones anglosajonas comoparking, jazz, blog o incluso fútbol, que es un calco idiomático de football), pero me parece excesivo la cesión que hemos hecho a la lengua inglesa en ciertas materias, por ejemplo en la tecnología. Deberías indignarnos (aprovechando que está de moda) y rebelarnos contra este exceso de préstamos idiomáticos, calcos y neologismos que hemos adoptado de lengua de William Shakespeare (y también la de David Beckam y Bobby Charlton). Basta ya de tanto self-service (en vez de “autoservicio”), brainstorming (en vez de “reunión creativa” o “lluvia de ideas”) skyscraper (en vez de “rascacielos”),online (“en línea”), weekend (“fin de semana”), software (“programa informático”), babysitter (“canguro” o “cuidadora de niños”), “soporte” (“ayuda”), “reportar” (“comunicar” o “notificar”), “autenticación” (“identificación”), (“medios de comunicación”) o after hour (que muy libremente podríamos traducir como “la hora de los borrachuzos”).

11 Abusar de las apócopes

El palabro “apócope”, procedente del griego apokopé < apokopto, es decir: “cortar”, es definido en Wikipedia con más palabros:

En gramática, una apócope (del griego apokopé < apokopto, “cortar”) es un metaplasmo donde se produce la pérdida o desaparición de uno o varios fonemas o sílabas al final de algunas palabras. Cuando la pérdida se produce al principio de la palabra se denomina aféresis, y si la pérdida tiene lugar en medio de la palabra se llama síncopa. Es una figura de dicción según la preceptiva tradicional.

Aunque a veces se presta a confusiones, el género de esta palabra es femenino.

El origen de “apócope”, más que femenino, es peregrino. La raíz de tanto recorte está en la pereza: preferimos escribir “bici” en vez de “bicicleta”, “tele” en vez de “televisión”, “cole” en vez de “colegio”, “finde” en vez de “fin de semana”.

En la conversación oral todos tendemos, en mayor o menor grado, a acortar las palabras (eso nos concede unos minutos extras para hablar de temas importantes, como el de la climatología), pero creo que un autor serio no debe abusar de las apócopes sin un motivo justificado (por ejemplo, para reproducir de manera mimética la expresividad oral de un personaje).

¿Por qué las palabras citadas han sido recortadas y no otras miles que forman parte de nuestro léxico? ¿Por qué recortamos “fotografía” (“foto”) y no “armario”? ¿Por qué “Álex” (Alejandro) y no “sardinas”? ¿Por qué “Fran” (Francisco) y no “literatura”? Para estas preguntas, como para tantas cosas, no tengo respuestas.

En el Manual de Estilo del diario El País, en el apartado de las abreviaciones, leemos:

9.2. Se admiten las formas apocopadas o abreviamientos que han adquirido carta de naturaleza en el idioma, como ‘cine’, ‘foto’, ‘metro’, ‘moto’, etcétera, los cuales se escribirán en redonda. En cambio, aquellos más propios del lenguaje coloquial, como ‘cole’, ‘depre’, ‘seño’ o ‘profe’, entre otros, sólo podrán usarse puestos en boca de los protagonistas de una noticia, como notas de color. Y en todo caso, escritos en cursiva.

Sin embargo, yo no noto esas diferencias entre unas palabras y otras. ¿Qué es lo que hace que unas hayan “adquirido carta de naturaleza en el idioma” y otras no?

Basta ya de recortes injustificados: la lengua no está en crisis. Y el exceso de apócopes denota un estilo demasiado coloquial.

Francisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blogNarrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down.

Email: info@narrativabreve.com

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