Carlos Fuentes: sus palabras finales?

Un mural con el rostro de Carlos Fuentes / GETTY IMAGES

Sesenta y seis. Esos son los años que estuvo atrapado Carlos Fuentes por la verdadera pasión de la literatura. Sesenta y seis años que hay entre el descubrimiento que hizo de El conde de Montecristo, a la edad de 17 años, y la escritura de sus dos últimos libros: Personas y Federico en su balcón que dejó a los 83 años, antes de morir el 15 de mayo. El primero son unas memorias sobre los personajes que conoció y el segundo una novela en la que salda cuentas con Nietzsche.

No es solo el legado póstumo de uno de los escritores e intelectuales más relevantes del mundo hispanohablante del último medio siglo. “El significado de Federico en su balcón”, explica Pilar Reyes, editora de Alfaguara que publicará la novela a finales de año, “es que Fuentes nunca pensó que fuera el último. Pero ahora cobra una gran dimensión simbólica. Resume dos aspectos: el Fuentes ciudadano y el literario e intelectual. Es una reflexión sobre el poder y la decisión moral en las pequeñas cosas de la vida. Una especie de combate entre lo público o el poder que incide en la vida de todos y las decisiones pequeñas y privados”.

La novela empieza envuelta en la luz donde se encuentran la noche y el día, una “aurora lenta y despiadada”. Lo vive Dante Loredano, trasunto de Fuentes, que ve cómo en el balcón de al lado un hombre mira la noche “con un vasto sentimiento de ausencia”. Asomado a esa calle literaria de una ciudad que afronta una revolución social contra la oligarquía del poder económico y social, Carlos Fuentes traza el círculo de su vida.

Federico en su balcón

Carlos Fuentes

A VALENTÍN FUSTER, MÉDICO.

I De la paz el arcángel divino

Federico (1)

Lo conocí por casualidad. Era una noche más que caliente, pegajosa, enojosa, inquieta. Una de esas noches que no alivian el calor del día, sino que lo aumentan. Como si el día acumulase, hora tras hora, su propia temperatura sólo para soltarla, toda junta, al morir la tarde, entregársela, como una novia plomiza y mancillada, a la larga noche.

Salí de mi cuarto sin ventilación, esperando que el balcón me acordase un mínimo de frescura. Nada. La noche externa era más oscura que la interna. A pesar de todo, me dije, estar al aire libre pasada la medianoche es, acaso psicológicamente, más amable que encontrarse encerrado sobre una cama húmeda con el espectro de mi propio sudor; una almohada arrojada al piso; muebles de invierno; tapetes ralos; paredes cubiertas de un papel risible, pues mostraba escenas de Navidad y un Santaclós muerto de risa. No había baño. Una bacinica sonriente, un aguamanil con jarrón de agua –vacío–. Toallas viejas. Un jabón con grietas arrugado por los años.

Y el balcón.

Salí decidido a recibir un aire, si no fresco, al menos distinto del horno inmóvil de la recámara.

Salí y me distraje.

Y es que en el balcón de al lado, un hombre se apoyaba en el barandal y miraba intensamente a la gran avenida, despoblada a esta hora. Lo miré, con menos intensidad que su visión nocturna. No me devolvió la mirada ¿Quién sabe? Unas espesas cejas caían sobre sus párpados. ¿Qué decía? Unos bigotes largos y tupidos ocultaban su boca. Sólo que entre ambos –cejas, bigote– aparecía una desnudez que al principio juzgué impúdica, como si el solo hecho de ser áreas limpias las hiciese tan desnudas como un par de nalgas al aire. Lo limpio de ese rostro cubierto de cejas y bigotes conducía a una idea perversa de lo lampiño como lo impuro, sólo por ser distinto de la norma, pues la abundancia de cejas y bigote parecían, en este hombre, ser la regla.

Sólo que al verlo allí, en el balcón vecino, mirando a la noche con un vasto sentimiento de ausencia, sentí que mi primera impresión, como toda primera impresión, era falsa. Aún más: yo difamaba a este hombre; lo difamaba porque me atrevía a caracterizarlo sin conocerlo. Deducía de un par de signos externos lo que el hombre interno era. Mi vecino. ¿Cómo se llamaba? ¿Cuál era su ocupación? ¿Su estado civil? ¿Casado, soltero, viudo? ¿Tenía hijos? ¿Tenía amantes? ¿Qué lengua era la suya? ¿Qué había hecho para ser memorable? ¿O se resignaba, como la mayoría de todos, al olvido? ¿Se dejaba llevar por un cómodo anonimato de la cuna a la tumba, sin ninguna pretensión de durar o ser recordado? ¿O era este ser humano, mi vecino, portador de una vida secreta, valiosa por ser secreta, no manoseable por el mundo? ¿Una vida propia vestida de anonimato pero portadora, en su seno, de algo tan precioso, que mostrarlo lo disolvería?

Pensaba en mi vecino. En realidad, pensaba en mí mismo. Si estas preguntas venían a mi ánimo, ¿se referían al pensativo y ausente vecino? ¿O eran las preguntas sobre mí mismo que me hacía a mí mismo? Y de ser así, ¿por qué ahora, sólo ahora, en la distante compañía del hombre próximo, me hacía preguntas sobre él que en verdad era una manera de cuestionarme a mí mismo?

Mis preguntas fueron sorprendidas por el amanecer. De la noche que evadí en mi recámara, salí a una aurora que duraba más en mi memoria que en mi imaginación. ¿Era más breve que mi recuerdo? ¿Era más duradera que mi imaginación? Hubiese querido comunicarle estas preguntas, que no tenían respuesta solitaria, a mi vecino. La luz se avecinaba. Precedía al día. No lo aseguraba. Tuve, por un instante, la sensación de vivir un amanecer interminable en el que ni la noche ni el día volvían a manifestarse. Sólo ocurría esta incierta hora, que yo sabía pasajera, convertida en eternidad.

La jornada se avecinaba, renovada y ajena a nosotros. Vivos o muertos, estuviésemos o no aquí, despoblada la tierra y suficiente a su retorno eterno. Nada en el mundo salvo el mundo mismo. Ignoro si la tierra dejada a su propio circular, pensaría en sí misma, sabría que era “tierra”, entendería que era parte de un sistema planetario, y si el universo mismo dudaría entre ser infinito, idea inconcebible, sin principio ni fin. Otra realidad. La realidad.

Que en este momento era yo con mi vecino el bigotón, mirando el amanecer.

El eterno amanecer. La noción me llenó de pavor. Si el día no llegaba aunque la noche hubiese terminado, ¿en qué limbo de las horas quedaríamos suspensos para siempre? Quedaríamos. Mi vecino y yo. Quise adivinar su mirada, imprevisible debajo de las tupidas cejas. ¿Cerraba los ojos, dormitaba acaso, ajeno a mi presencia aguda aunque inquisitiva? O miraba, como yo, esta aurora lenta y despiadada. Sin piedad: ajena a nuestras vidas. Desinteresada en nuestra necesidad de contar con noche y día a fin de arreglar… ¿Qué cosa? ¿Necesitamos de verdad día y noche para despertar o asearnos, desayunar, salir al trabajo, frecuentar colegas y amigos, almorzar por segunda vez, leer, mirar al mundo, tener amores físicos, cenar, dormir? La vuelta impenitente –imperturbable– de nuestras vidas, dictada por un ciclo en todo ajeno a nuestros propósitos, en todo indiferente a nuestras actividades (o falta de ellas).

¿Tendría, yo, el valor de despojarme de horarios, funciones, deseos y someterme a un amanecer sin fin que me liberase de cualquier ocupación? Quizás así sería el paraíso: una aurora interminable que nos eximiese de toda obligación. Aunque, mirando al hombre silencioso en el balcón de al lado, imaginé que así, también, sería el infierno: un amanecer jamás concluido. Liberación. O esclavitud. Vivir para siempre en el amanecer del mundo. Cautiverio. O liberación. Ser un ave que sólo vive un día. O un águila eterna que vuela sin destino buscando lo que ya no existe: el día para volar, la noche para desaparecer. Ni siquiera un meteoro, a esta hora temprana, para hacernos creer que todo, muy pronto, se moverá…

Él me miró desde su balcón. Medio metro entre el suyo y el mío.

Me miró como se puede mirar a un extraño. Descubriendo, de súbito, a un reconocido. Quiero decir que el hombre mi vecino me miró primero como a un desconocido. Enseguida, descubrió una semejanza. Sus ojos me dijeron que si no me conocía, reconocía en mí una identidad olvidada. Yo hice un esfuerzo, no demasiado penoso.

¿Dónde había visto antes a este hombre?

¿Por qué me parecía tan familiar este desconocido? ¿Tan reconocible, por lo visto, como yo a él?

¿Ya leíste la prensa? –me preguntó de repente–.

No –le conteste, un poco sorprendido por el tuteo más que por la pregunta misma–.

Aarón Azar –dijo entonces, como si recordase lo previsible–.

¿Qué…? –exclamé o pregunté, no sé…–.

¿Lo mataron? ¿Logró huir? ¿Está escondido? ¿Lo escondieron? –las preguntas de mi vecino se disparaban como balas–.

No sé… –fue mi débil excusa–.

Por lo menos, ¿sabes si Dios ha muerto? –concluyó antes de retirarse del balcón–. ¿Qué sabes?

Nada ¿Cómo te llamas?

Federico. Federico Nietzsche.

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‘Claraboya’, novela inédita de José Saramago

El autor terminó la obra con 30 años y, al no ser publicada, decidió no entregar ningún otro escrito durante 20 años

Portada portuguesa de 'Claraboya', de Saramago

Portada portuguesa de ‘Claraboya’, de Saramago- FUNDACIÓN JOSÉ SARAMAGO

La Fundación José Saramago anunció el sábado pasado la publicación a mediados de octubre, en Portugal y Brasil, de Claraboya una novela que el fallecido nobel portugués acabó con 30 años recién cumplidos (a principios de la década de los años 50) y tras la cual mantuvo un silencio creativo de dos décadas. Ese silencio “de alguna manera, tiene su origen en la falta de respeto con que el autor se sintió tratado”, señala la institución en un comunicado. La obra está disponible en formato digital desde el sábado.

 El escritor entregó esta segunda novela a un amigo con relaciones en el mundillo editorial, relatan desde la Fundación. Durante años no sólo no recibió respuesta de la editorial, sino que tampoco pudo recuperar el original enviado.

40 años después de aquello recibió noticias de que “en una mudanza” la editorial (ahora ya sí muy interesada en publicar Claraboya) había hallado el manuscrito. El autor consideró que habían pasado demasiados años como para publicar ese texto, pero dejó manos libres a sus herederos por si querían que viera la luz tras su fallecimiento.

La obra, previsiblemente, será publicada en castellano, catalán e italiano en primavera. Mientras tanto, en su blog (El cuaderno de Saramago) se irán publicando fragmentos diarios del libro “como si de un puzle se tratase y sin llegar a contar la historia de que Claraboya narra”, indican las fuentes.

Juan Gabriel Vásquez gana el Premio Alfaguara 2011

Juan Gabriel Vásquez

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.- CRISTÓBAL MANUEL

Premio Alfaguara de novela 2011. La historia de un premio literario

VIDEO – GRUPO SANTILLANA – 21-03-2011

– GRUPO SANTILLANA

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Fragmento del ‘El ruido de las cosas al caer’, de Juan Gabriel Vásquez

DOCUMENTO (PDF – 17,97Kb)

El Premio Alfaguara ha recaído este año en uno de los jóvenes autores en lengua española cuya obra más unanimidad ha despertado en los últimos tiempos: el colombiano afincado en Barcelona Juan Gabriel Vásquez. Nacido en Bogotá en 1973, Vásquez ha obtenido el galardón por El ruido de las cosas al caer, una novela que el jurado ha presentado como “un negro balance de una época de terror y violencia”, en una capital colombiana “descrita como un territorio literario lleno de significaciones”. Para ese balance, el novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la “exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder”. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.

“Un premio como este me sirve para mantenerme firme en mi idea de la literatura”, ha señalado el galardonado por videoconferencia. El jurado de la XIV edición del Premio Alfaguara -dotado con 175.000 dólares (133.306 euros)- ha estado presidido por Bernardo Atxaga y compuesto por el escritor venezolano Gustavo Guerrero, la librera madrileña Lola Larumbe (de la librería Rafael Alberti), la actriz Candela Peña, la narradora y directora de la Casa de América de Madrid Imma Turbau, y Juan González, Director Global de Contenidos de Ediciones Generales de España y América.

Juan Gabriel Vásquez, que amplió estudios en París antes de instalarse en Barcelona en 1999, había publicado dos novelas de (extrema) juventud cuando dio a conocer su obra madura (publicada íntegramente en Alfaguara) con el libro de relatos Los amantes de Todos los Santos (2001). Le seguirían las dos novelas que le han consagrado como uno de los grandes escritores de su generación: Los informantes (2004) e Historia secreta de Costaguana (2007). Si las versiones originales cosecharon los elogios de escritores como Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Javier Cercas o Enrique Vila-Matas, sus traducciones fueron ponderadas por, entre otros, John Banville y Colm Toibin. Vásquez es también autor de la brillante recopilación de ensayos sobre literatura El arte de la distorsión (2009).

Hasta el momento han obtenido el Premio Alfaguara de Novela: Caracol Beach de Eliseo Alberto y Margarita, está linda la mar de Sergio Ramírez (ambos ganadores de la primera edición), Son de Mar de Manuel Vicent, Últimas noticias del paraíso de Clara Sánchez, La piel del cielo de Elena Poniatowska, El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez, Diablo Guardián de Xavier Velasco, Delirio de Laura Restrepo, El turno del escriba de Graciela Montes y Ema Wolf, Abril rojo de Santiago Roncagliolo, Mira si yo te querré de Luis Leante, Chiquita de Antonio Orlando Rodríguez, El viajero del siglo de Andrés Neuman y El arte de la resurrección, de Hernán Rivera Letelier.

Difusión intercontinental

Todos ellos tuvieron una difusión intercontinental y presentaron sus obras en casi todos los países de habla hispana a lo largo del año de promoción. El éxito de sus obras se ha reflejado también en las traducciones contratadas a otras lenguas y en el interés que ha mostrado el cine en algunas de ellas, como la película Son de Mar, dirigida por Bigas Luna y basada en la novela homónima de Manuel Vicent.

 

James Ellroy: “A la caza de la mujer” Primer capitulo

Imagen de la cubierta del nuevo libro de James Ellroy.- MONDADORI

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Primeras páginas de ‘A la caza de la mujer’

DOCUMENTO (PDF – 77,76Kb) – 09-02-2011

Desde los 10 años, a James Ellroy le persigue la sombra de su madre, asesinada en una zona deprimida de Los Ángeles, ciudad en la que éste nació en 1948. En el valle de San Gabriel, “un destierro en unos altos hornos, de blancos incultos y espaldas mojadas empapados, un paraíso de pacotilla”, lo recuerda en A la caza de la mujer. “Escribo historias para consolarla a Ella como fantasma. Ella es ubicua y nunca es familiar”. En su madre está su origen como narrador “desde que deseé verla muerta y decreté su asesinato” después de que ésta le propinara una torta al saber que prefería vivir con su atípico padre tras su divorcio. Un progenitor de imaginación desmedida -aseguraba haber sido amante de Rita Hayworth o amigo del inexistente Perry Mason de la serie-, que el pastor de la iglesia describía como “el blanco más holgazán del mundo”, capaz de espiar a su mujer “para demostrar su relajo moral”. Una práctica que enseñó a su hijo y que éste confiesa haber repetido sin dejar marcas desde una década después. Lo ha reconocido en su último libro, A la caza de la mujer (Mondadori), unas memorias lúcidas, crudas, descarnadas y sin censuras previas de un hombre exhibicionista que se bautiza a sí mismo como “el mejor autor de novela policíaca” y “de todo menos un liberal”.

Las memorias salen a la venta hoy y Babelia ofrece sus primeras páginas. Su leitmotiv, la frase “Agarraré el destino por el cuello” de Ludwig van Beethoven, con quien se compara y a quien dedica un libro titulado en inglés The Hilliker Curse, en alusión al apellido de soltera de su madre. No recuerda sus lágrimas por su muerte, pero sí su obsesión por la lectura policíaca después de leerse todos los informes de la investigación que cayeron en sus manos.

A la caza de la mujer no es el primer texto autobiográfico de Ellroy, que abordó este título tras concluir su trilogía sobre la historia velada de Estados Unidos (América, Seis de los grandes y la última entrega, Sangre vagabunda, en Ediciones B). En 1996 publicó sus memorias Mis rincones oscuros, libro con un aire policial que contrasta con A la caza de la mujer, una auténtica autoconfesión. Pero toda su obra, como La Dalia Negra, está marcada por la violación y brutal asesinato de su madre aún sin resolver.

A la caza de la mujer nació como un serial en primera persona para la edición estadounidense de la revista Playboy, como antes hiciesen los escritores Gabriel García Márquez, Ian Fleming, Ray Bradbury, Haruki Murakami, Jack Kerouac o Norman Mailer. Pero luego tomó forma de libro. Arranca con su madre o la niñera alemana que le descubrió el sexo a los nueve años, pero hace un repaso a las mujeres que han pasado por su vida: la escritora Erika Schikel, su actual pareja (“con la que pienso pasar el resto de mi vida”), además de su ex esposa Helen Knode y otras dos que prefiere no nombrar y que fueron inalcanzables. Unas mujeres que le “dan el mundo y lo mantienen tenuemente seguro” de sí. “Novias, esposas, ligues de una noche, acompañantes de pago”, cuenta en A la caza de la mujer. “Cifras modestas al principio. Un frenesí incontable después”.

 

“El gran diseño” de Stephen Hawking

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Primer capítulo de El gran diseño

El universo según Hawking 

Portada del último y polémico libro de Stephen Hawking El gran diseño (Crítica) que ha escrito junto al científico Leonard Mlodinov.-

Venimos de la nada. De un universo que lo contenía todo, y que se crea a sí mismo continuamente, sin la intervención de un Dios. Y la filosofía ha muerto. Estas son algunas de las conclusiones de Stephen Hawking en su último y polémico libro El gran diseño (Crítica) que ha escrito junto al científico Leonard Mlodinov. Aseguran que el Big-Bang es una consecuencia inevitable de las leyes de la física y no de ninguna mente superior. Un asomo a dichas teorías lo ofrece hoy Babelia, en esta edición de ELPAIS.com, al avanzar del primer capítulo cómo el Big-Bang contiene las claves de todas las teorías desarrolladas de este esperado ensayo. Además de este adelanto de El gran diseño, que llegará a las librerías el próximo 15 de noviembre, Babelia publicará el sábado un artículo a cargo del científico y académico José Manuel Sánchez Ron.

El nuevo libro del científico británico llega ocho años después de su anterior éxito: El universo en una cáscara de nuez (Crítica). El astrofísico escribe ahora que “dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos. Para eso no es necesario invocar a Dios”.

El profesor de Cambridge y autor de Breve historia del tiempo socava argumentos creacionistas. Afirma que el universo no sólo tiene una historia posible. Ante las preguntas que el ser humano alguna vez se plantea, como ¿cuál es la naturaleza de la realidad? O ¿de dónde viene todo lo que nos rodea? Hawking asegura contundente que la filosofía ha muerto porque “no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento. El objetivo de este libro es proporcionar las respuestas sugeridas por los descubrimientos y los progresos teóricos recientes”.

En ello juega un papel fundamental la que parece ser una teoría definitiva que acabe con el rosario de preguntas una vez que se da respuesta a una de ellas. Es la Teoría M, que “no es una teoría en el sentido habitual del término, sino toda una familia de teorías distintas, cada una de las cuales proporciona una buena descripción de las observaciones pero solo en un cierto dominio de situaciones físicas”.

Según esa teoría M, nuestro universo no es único, sino que hay muchísimos universos más que no requirieron de la intervención de ningún Dios o Ser Sobrenatural. Y entra en juego las teorías de espacio-tiempo: “Cada universo tiene muchas historias posibles y muchos estados posibles en instantes posteriores, es decir, en instantes como el actual, transcurrido mucho tiempo desde su creación. La mayoría de tales estados será muy diferente del universo que observamos y resultará inadecuada para la existencia de cualquier forma de vida. Sólo unos pocos de ellos permitirían la existencia de criaturas como nosotros. Así pues, nuestra presencia selecciona de este vasto conjunto solo aquellos universos que son compatibles con nuestra existencia. Aunque somos pequeños e insignificantes a escala cósmica, ellos nos hace en un cierto sentido señores de la creación”.

Hacia el final del libro Hawking y Mlodinov reconocen que las leyes de la naturaleza nos dicen cómo se comporta el universo pero no responde a las preguntas de por qué: ¿por qué hay algo en lugar de no haber nada? O ¿por qué existimos?. Y como saben que la respuesta de muchas personas puede ser un Dios que decidió crear todo, afirman que eso desviaría la pregunta a qué o quién creó a Dios. Es decir, volvemos a la pregunta eterna. Los científicos recuerdan, entonces, que nuestras respuestas obedecen o están limitadas por nuestra capacidad cerebral. “Tal como en nuestro universo, en el Juego de la vida la realidad depende del modelo que utilicemos”.

Gabriel García Márquez: Yo no vengo a decir un discurso

 

Gabriel García Márquez

A Gabriel García Márquez no le gusta hablar en público y mucho menos dar discursos. Y cuando lo ha hecho ha sido empujado por las circunstancias o por el cariño a un amigo. Algunas de esas intervenciones son conocidas y otras no tanto por el gran público que ahora podrá acceder a esa memoria oral del Nobel colombiano en el volumen Yo no vengo a decir un discurso, que editará Mondadori el 29 de octubre. El título corresponde a una de las frases que García Márquez pronunció en su primer discurso con 17 años. Como adelanto, Babelia publica hoy en ELPAIS.com la estructura y temas de dicha antología y algunos fragmentos, especialmente del titulado América Latina existe, que la revista cultural del diario publicará completo este sábado 23 de octubre.

Se trata de uno de los textos más comprometidos y clarificadores de la visión de García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927) sobre su continente. Lo pronunció en la isla de Contadora (Panamá) en 1995 cuando algunos países latinoamericanos crearon un grupo que buscaba analizar y proponer soluciones a la situación compleja que atravesaba el continente en todos los aspectos. Las palabras allí pronunciadas por el autor de El coronel no tiene quien le escriba y El otoño del patriarca es un resumen de su preocupación por su continente, al que siempre ha mirado desde dentro y desde fuera. Ha pensado el origen y las circunstancias de su tierra y del destino que ha corrido. Quince años después la situación no ha cambiado mucho. Y ese pasado y esa realidad la ha contado García Márquez a través de su imaginación convirtiendo esas historias locales en arte literario universal. Este texto América Latina existe es una especie de continuación del discurso que pronunció en Estocolmo 1982 cuando recibió el Nóbel de Literatura: La soledad de América Latina, también incluido en este volumen.

Yo no vengo a decir un discurso reúne 22 intervenciones públicas y conferencias de García Márquez donde ha abordado todos los temas: literarios, políticos, sociales, artísticos o ecológicos. La primera de ellas pronunciada en 1944, con 17 años, en la despedida a la clase un año superior a la suya, en la “nevera” del Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, en mitad de los Andes y lejos de su costa caribeña. En ella, el autor de cuentos como El ahogado más hermoso del mundo hace una breve aproximación sobre lo que es la amistad, pero, sobre todo, invita a compartir entre todos el “doloroso instante de la despedida”. Con unas cuantas pinceladas describe a los compañeros de quienes dice que “todos van en busca de la luz impulsados por un mismo ideal”

Así, García Márquez fue escuchado antes que leído. Tras esta intervención de 1944, el libro trae los siguientes discursos: Cómo comencé a escribir (reproducido por el diario El Espectador de Bogotá en 1972 y que ha servido de material a sus biógrafos y estudiosos); también está la pieza titulada Por ustedes, cuando recibió en Caracas, en 1972, el II Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por Cien años de soledad; sus reflexiones sobre el futuro en Palabras para un nuevo milenio que compartió en La Habana durante el II Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, en 1985; su preocupación por el medio ambiente queda reflejada en Una alianza ecológica de América Latina, en Guadalajara (México), en 1991; no faltan sus homenajes a amigos como Álvaro Mutis, Belisario Betancur y Julio Cortázar; su pasión por el reporterismo queda patente en Periodismo: el mejor oficio del mundo, durante al LII Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Los Ángeles en 1996; no falta su provocador discurso de 1997 en el I Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas, México: Botella al mar para el dios de las palabras; sobre Colombia habló en La patria amada aunque distante, en Medellín en 2003; y, claro, el discurso que dio en Cartagena de Indias en 2007 con motivo del IV Congreso Internacional de la Lengua Española donde se le rindió homenaje por sus ochenta años: Un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano. Todas estas piezas han sido revisadas por el autor y corregidas de manera mínima.

Son 22 textos que conforman una biblioteca y memoria oral de Gabriel García Márquez. De 66 años de escritura de un clásico de la literatura universal que antes que empezar a ser leído fue escuchado, y del que Babelia avanza hoy un fragmento elacionado con la preocupación que siente por América Latina.

Las memorias del ‘rolling stone’ Keith Richards

Mick Jagger, Charlie Watts y Keith Richards, en una imagen de archivo. | GtresMick Jagger, Charlie Watts y Keith Richards, en una imagen de archivo. | Gtres

Afp | Londres

Parece que las memorias del ‘stone’ Keith Richards van a dar tanto que hablar como su famosa caída de un cocotero. El libro, que saldrá a la venta el próximo 26 de octubre y que llevará por título simplemente ‘Life’, recoge las relaciones entre Mick Jagger y Marianne Faithfull, la cárcel y sus amores.

Los extractos publicados por el diario británico ‘The Times’ revelan los secretos de la historia de los Rolling Stones, una de las bandas más carismáticas del siglo XX. Richards arregla sus cuentas y no se guarda para sí la descripción de las tensas relaciones que mantenía con Mick Jagger, al que llamaba ‘su majestad’ o ‘Brenda’, y al que tacha de “insoportable” a principios de los 80.

“Apreciaba a Mike, pero no he pasado por su camerino en más de 20 años”, asegura el guitarrista, que a veces echaba de menos a su amigo. También afirma que Jagger tiene un “pito pequeño”, en referencia a su órgano sexual, según le reveló Faithfull. Con ella, confiesa, tuvo una pequeña relación mientras la cantante era la novia de Jagger. En una ocasión, revela, fueron sorprendidos en “flagrante delito” y tuvo que huir por una ventana

El guitarrista también cuenta un viaje por España con Brian Jones, uno de los fundadores del grupo, y la novia de éste, Anita Pallenberg, modelo, actriz, diseñadora y habitual de The Factory de Warhol. Ella le comenzó a realizar una felación en un coche para su sorpresa. “Todavía recuerdo el olor de los naranjos en Valencia. Cuando se sale con Anita Pallenberg por primera vez, no se olvidan los detalles”. Pallenberg tuvo después dos hijos con Richards.

Otro momento glorioso de su vida fue cuando le detuvieron en Londres después de haber consumido ácidos: “Llamaron a la puerta y miré por la ventana. Vi que estaba lleno de enanos, todos con los mismos trajes. Resulta que eran agentes pero yo no me di cuenta. Parecían personas pequeñas vestidas de azul oscuro y con cascos brillantes. Les dije que entraran, que hacía frío fuera”. La noche terminó en comisaría.

Cartas a los Jonquières, Cortázar privado

 

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Capítulo de ‘Cartas a los Jonquiéres’

DOCUMENTO (PDF – 6,3Mb) – 14-10-2010

Portada de el libro 'Cartas a los Jonquières' de Julio Cortázar 

Portada de el libro ‘Cartas a los Jonquières’ de Julio Cortázar- ANAGRAMA

Cartas a los Jonquières (Alfaguara) reúne la correspondencia entre el autor de Rayuela y sus amigos de toda la vida. Babelia avanza en primicia algunas de ellas.

Un hombre eminentemente privado con un mundo interior preservado como una obra de arte. Así era la imagen que se tenía de Julio Cortázar (1914-1984) hasta que apareció la colección de cartas que el autor de La vuelta al día en ochenta mundos había enviado a uno de sus amigos de toda la vida, el pintor y poeta Eduardo Jonquières, con mensajes especiales para su mujer, María, y a su hija, Maricló. Cortázar y Jonquières se conocieron en Argentina a mediados de los años treinta, cuando el novelista hacía prácticas antes de graduarse como maestro de escuela. Aquella amistad duraría toda la vida. Casi lo mismo que la correspondencia que Alfaguara publica estos días en un volumen de cerca de 600 páginas titulado Cartas a los Jonquières y que Babelia y ELPAIS.com avanzan hoy en primicia.

En una edición cuidada por Aurora Bernárdez, traductora y viuda de Cortázar, y el profesor Carles Álvarez Garriga, Cartas a los Jonquières reúne 126 cartas (117 de ellas inéditas), 13 tarjetas postales y hasta un recorte publicitario. El libro reproduce, además, las dedicatorias manuscritas a sus amigos de las obras maestras del escritor argentino: de Historias de cronopios y de famas a Rayuela.

“Además de que estas cartas ofrecen una imagen nueva de Cortázar”, dice Álvarez Garriga, “las correspondientes a los años de su instalación definitiva en Europa (1951-1955) nos informan con esmero y puntualidad casi semanal sobre un período del que apenas sabíamos nada. Estas cartas valen por el diario que no tenemos; accedemos con ellas a parte de su construcción intelectual porque, a la gran cultura literaria que ya tenía, aquí está sumando el aprendizaje de la mirada”.

En efecto, además, de asistir a la intimidad de un hombre al que todos creían reservado y aquí se muestra como un “hermano mayor” que no se calla nada, asistimos también al nacimiento de toda una obra y a una impagable colección de impresiones sobre una Europa -Italia, Suiza, España, Francia por supuesto- que entre 1950 y 1983 -las fechas de unas cartas que se cierran un año antes de la muerte de Cortázar- vivió el medio siglo más cambiante de su historia.

Mario Vargas Llosa se encuentra con su destino

J. ERNESTO AYALA-DIP

Escritores latinoamericanos

Resulta cuando menos curioso que el mejor libro que se escribió sobre la personalidad y obra del premio Nobel Gabriel García Márquez, lo haya escrito el flamante hoy también premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Hablamos de García Márquez: historia de un deicidio. Simetrías del azar y de la alta estética narrativa. Alguna vez dijo el gran escritor peruano que los únicos límites de la novela realista son la realidad, “que no tiene límites”

Dicha sentencia tenía que ver con una de las características esenciales de su novela La ciudad y los perros (1963), obra con la que el escritor adquiere su consagración y prestigio internacionales. Y con motivo de este mismo título agregó entonces que la realidad supone la existencia de las pesadillas de Kafka, el empeño psicológico hecho prodigio verbal de Proust, el orbe mítico de Carpentier, las empecinadas y tortuosas búsquedas de Dostoiesvsky, la luminosa objetividad de Hemingway. Vargas Llosa escribió muchas novelas. Algunas de ellas ya forman parte de lo mejor que se escribió en castellano. Como la citada La ciudad y los perros, donde se juntan la representación de un habla popular, inmediata, con el uso exacto del monólogo interior.

Estoy seguro que los lectores del escritor se dividen entre los que prefieren Conversación en la Catedral (1971) y los que se quedan con La guerra del fin del mundo (1981). Aunque bien pudiera haber un tercer grupo que se quedara con las dos. Como un servidor. En ambas novelas se reflejan dos maneras diferentes de enfrentarse al hecho literario. En la primera, proyecto totalizante, las corruptelas políticas peruanas (más un puntilloso detalle de perversiones) en el marco de un gran despliegue de recursos narrativos; en la segunda, con un cambio de mapa geográfico e histórico, una reinterpretación libresca de Os sertoes, del escritor brasileño Euclides da Cunha, y una poderosa metáfora de los fanatismos ideológicos y religiosos de la sociedad contemporánea. Mario Vargas Llosa se alimenta de fuentes estrictamente literarias. Fuentes decimonónicas. Flaubert garantiza el respeto por la frase, los tiempos verbales exactos para generar la sensación de tiempo íntimo, histórico y novelístico. Y Víctor Hugo, la función ética, la escritura titánica.

La versatilidad de Vargas Llosa es encomiable. Como lo demuestra Elogio de la madrasta (1988), una verdadera ofrenda a lo mejor de la literatura erótica. Su riqueza conceptual alcanza estratos sociales, psicológicos; en el nivel de las estrategias narrativas son estudiados y aplicados con precisión quirúrgica el espacio, el tiempo, las voces narradoras y puntos de vistas. Todo en pos de su máxima literaria: la verdad de las mentiras.

Ensaya la novela de misterio policiaco insertada en el espacio del terrorismo político del Perú de los años noventa: Lituma en los Andes (1993): una novela amarga si se atiende su desilusión por las proclamas políticas cuando conducen al sectarismo y a la deshumanización de los medios empleados para alcanzar unos fines no menos inconfesables. La fiesta del Chivo (2000), probablemente una de las mejores novelas sobre dictadores que se escribió en castellano. Soy un admirador incondicional de sus dos últimas novelas: El paraíso de la otra Esquina (2003) y Travesuras de la niña mala (2006).

En la primera convergen algunas de las pasiones literarias de Vargas Llosa: la gran novela decimonónica, el trazo naturalista, el esbozo entre folletinesco y melodramático, la fascinación histórica y la trascendencia moral. Y en la segunda descuella la capacidad del autor para crear una heroína de tanto calado irónico como humano. Las ideas políticas de Mario Vargas Llosa, su defensa de ciertas políticas neoliberales pueden que no lo hagan demasiado simpático a mucha gente. Podríamos decir, como Marx decía de Balzac, que el autor de La casa verde es políticamente conservador pero en el terreno del arte de la ficción es progresista. Yo tampoco comparto muchas opiniones de Vargas Llosa sobre muchas cosas en las que se siente obligado a opinar. Pero en la concepción que tiene de la novela y, a través de ésta, de la realidad, siempre estoy y estaré de acuerdo con él. Pero, vaya, me dejaba otra joya literaria, La tía Julia y el Escribidor (1977). La combinación perfecta de alta literatura y una deslumbrante simulación de literatura popular, además de un inestimable ejercicio de literatura autobiográfica.

*Crítico literario

“Libertad” por Amnistía Internacional, Paulo Coelho, Henning Mankell, Juan Goytisolo, Nadine Gordimer, Joyce Carol Oates, Ariel Dorfman

Kailas Editorial/ Amnistía Internacional. Varios autores: Paulo Coelho, Henning Mankell, Juan Goytisolo, Nadine Gordimer, Joyce Carol Oates, Ariel Dorfman… 500 páginas

«Libertad»

Hambre, odio, persecución, barbarie, tortura, silencio, silencio, silencio. A lo largo de los siglos, nuestra especie ha ido renqueando por este planeta, dando muchas veces palos de ciego, intentando romper cadenas y echar abajo muros de la vergüenza. Pero hoy por hoy, este género que solemos llamar humano es el único capaz de llevar al potro de la infamia, a la picana de la desolación a otro ser de su misma especie.

Todavía, en las cuatro esquinas del planeta el hombre sigue siendo el más feroz de los lobos para el hombre. Ante esta carnicería muchos callan y, por supuesto, otorgan. Pero no todos. Desde que el hombre es hombre y desde que el arte es arte, otros han levantado la voz, han dicho basta una y mil veces, han dicho alto y claro que no, incluso a riesgo de la propia vida.

Dickens denunció la explotación de la Era Victoriana, Camus metió el dedo en la llaga de la opresión viniera de donde viniera, los poetas, durante siglos, ante la injusticia, la violencia, el terror, pidieron la voz y la palabra. Como lo han hecho ahora un puñado de los mejores escritores contemporáneos en el libro «Libertad», que han puesto sobre el papel magníficos textos de ficción con los Derechos Humanos como eje, como centro y como inspiración.

Es quizá un sueño, como el de Martin Luther King. Es un sueño llamado Libertad, y como han hecho aquí estos autores vale la pena perseguirlo, seguir luchando por él

La última palabra«El hecho de que estos escritores hayan contribuido con sus extraordinarios dones a la causa de los derechos humanos es un signo de que la injusticia nunca tendrá la última palabra», señala en el prólogo el arzobispo surafricano Desmond Tutu. Y así lo han hecho en este emocionante título Juan Goytisolo, Nadine Gordimer, Xiaolu Guo, Paula Coelho, Henning Mankell («Una de las cosas más difíciles de asimilar en nuestros días y en nuestra época es que tanto sufrimiento es innecesario», escribe en el epílogo), Joyce Carol Oates y otros colegas, llegados a estas páginas dese todos los rincones del mundo.

«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Es el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos. Es quizá un sueño, como el de Martin Luther King. Es un sueño llamado Libertad, y como han hecho aquí estos autores vale la pena perseguirlo, seguir luchando por él. Palabra por palabra.

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