Autores en penumbras

Es un misterio y una paradoja que creadores excelentes no hayan conquistado al gran público. En España hay narradores que merecerían salir de esa sombra y tener más lectores, algunos con libros recientes como Cabré, Hidalgo Bayal, Rosa, Gutiérrez…

Ilustración de Fernando Vicente

De izquierda a derecha: Julián Ríos, Menchu Gutiérrez, Ramón Saizarbitoria, Esther Tusquets, Juan Eduardo Zúñiga y Rafael Chirbes.- ILUSTRACIÓN DE FERNANDO VICENTE

Hay un momento del amanecer, justo antes del alba, que muchos disfrutan y admiran. Es un instante celeste del crepúsculo que puede parecerse al lugar que habitan excelentes artistas y creadores a quienes los caprichos del azar les impiden ser apreciados por el gran público.

Siempre han existido y siempre existirán personas en ese punto fronterizo de la penumbra. Ahí está un grupo de escritores españoles de destacada trayectoria, con prestigio entre la crítica, respetados por las publicaciones culturales y admirados por sus colegas, pero sin la repercusión, visibilidad y el número de lectores que su nivel literario merece. Muchos de ellos con importantes premios e incluso reconocidos en el extranjero, pero que no han terminado de conquistar al público de su país. Aunque ahora es un buen momento para que los lectores desafíen ese sino discreto de varios de esos narradores que han publicado en el último año con elogiosas críticas. Desde Juan Eduardo Zúñiga, hasta Jaume Cabré, pasando por Menchu Gutiérrez. Al igual que ha ocurrido con otros autores de la misma estirpe, pero más jóvenes, que han buscado dar el gran salto recientemente, entre ellos Isaac Rosa, Marcos Giralt Torrente, Francesc Serés, Nuria Barrios, Antonio Orejudo, Joaquín Berges y Ricardo Menéndez Salmón. Un recorrido por los autores del siglo XX eclipsados por el azar lo cuenta José-Carlos Mainer en la apertura de este Babelia, en la página 2.

Y queda claro que “eso que llaman Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”, según Miguel de Cervantes.

Palabras centenarias que, no en vano, resuenan hoy porque “el consumo literario es un fenómeno viscoso y maleable por definición, incluso cuando pretende ser dirigido por campañas de marketing: lo natural es su movilidad y la provisionalidad de sus resultados. Pero es llamativo en la cultura española un fenómeno más o menos reciente: la concentración de numerosos narradores de calidad, justo por debajo de la línea de sombra que separa la celebridad popular del consumo minoritario y más o menos exquisito”, afirma Jordi Gracia, escritor, catedrático de Literatura Española y crítico de Babelia. Para demostrarlo, recuerda que “autores como Rafael Chirbes o como Fernando Aramburu parecen estar en esa zona a media luz pese a la fuerza y regularidad de su literatura y la calidad excepcional de algunos de sus libros, mientras que otros autores tan prolíficos y efectivos y en varios géneros como Andrés Trapiello y, sobre todo, Miguel Sánchez-Ostiz tampoco han atrapado un público netamente masivo, quizá abrumado por la envergadura misma de sus obras o por la heterodoxia de sus proyectos literarios. La calidad de mundo propio de ambos está lejos de su valor de mercado”. Una situación que parece garantizar su continuidad en autores más jóvenes: “A Pérez Andújar en Cataluña le leemos por las crónicas de EL PAÍS, pero su novela Los príncipes valientes es excelente y podría ser popular, del mismo modo que la estructura cortada y el laconismo dramático de Eduard Márquez delatan a un espléndido escritor con un potencial comercial que no ha alcanzado. Sigue siendo un misterio el mecanismo por el que un autor abandona la zona de sombra iluminada para quedar por fin a pleno sol”.

Nadie tiene la respuesta. Pero lo que algunos sí hacen es creer en ellos al margen de brillos populares. “No creo que puedan detectarse características comunes entre escritores de alto nivel literario y con una trayectoria prestigiosa, pero que no hayan obtenido el debido éxito de público. En cambio, sí sería más fácil encontrar factores bastante similares y comunes entre escritores de aliento literario bastante más modesto, pero sí con una gran aceptación por parte del público”, reflexiona Beatriz de Moura, editora de Tusquets. Su experiencia la lleva a bifurcar el enigma: “Lo que me inquieta son los autores de altísimo nivel, con obras también muy leídas hace tan solo 15 años y que hoy parecen haber perdido el favor del público. No creo tanto en que esto se deba a ‘caprichos injustos’, sino a profundos y poco explorados cambios sociales aún en evolución y todavía en plena confusión. Me gustaría, por ejemplo, resucitar al final del siglo XXI para saber cómo se habrán apañado los nietos de los padres de esta segunda década para dar acomodo a tanta oferta de ocio y a la lectura en cualquiera que sea el soporte”.

Hoy es el amanecer de un mundo dual, impreso y electrónico, donde sólo el 58% de los españoles dice leer al menos una vez a la semana. Donde la resonancia de los escritores tiene varias vías cuyas repercusiones entran dentro de un “enigma sociológico”, según J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario de Babelia. “Hasta Soldados de Salamina, Javier Cercas era un autor de minorías, con novelas y cuentos publicados. ¿Era mejor el Cercas exitoso que el Cercas minoritario? No me atrevería a afirmarlo, incluso creo que una novela como La velocidad de la luz es superior a Soldados de Salamina, pero el éxito no se repitió. Así que me parece que lo más sensato es seguir escribiendo al irrenunciable dictado de un proyecto narrativo y dejar que la suerte juegue su papel. Así lo siguen haciendo autores tan minoritarios como dueños de una sólida poética: Javier Tomeo, Juan Eduardo Zúñiga, Luciano G. Egido, Ramiro Pinilla, Menchu Gutiérrez, Justo Navarro, J. A. González Sainz, Julián Ríos, Gonzalo Hidalgo Bayal, Irene Gracia, Vicente Molina Foix, José Carlos Llop y Esther Tusquets. Así como su relevo en Juan Francisco Ferré, Javier Saiz de Ibarra, Marta Sanz, Manuel Vilas, Andrés Barba o José Ovejero”.

A la bifurcación de Beatriz de Moura, sobre el misterio de los altibajos de la notoriedad, se suma otra de Ayala-Dip para convertir esto en un jardín borgeano con senderos que se bifurcan: “Veamos otro fenómeno. España es una nación con cuatro lenguas. Cada una de ellas produce su correspondiente territorio de ficción. El escritor vasco Bernardo Atxaga, por ejemplo, es consagrado dentro y fuera de su comunidad lingüística, pero no su paisano Ramón Saizarbitoria, de igual solidez y mundo propio. Hace unos años se publicó Las voces del Pamano, del escritor catalán Jaume Cabré. No recuerdo que nadie, fuera de Cataluña, pero en España (porque en Alemania, como Rafael Chirbes, es un autor consagrado), me hablara de esta novela y ya no digamos de su obra. ¿Alguien fuera de Cataluña, pero en España, me habla de Baltasar Porcel, de Jesús Moncada o de Imma Monsó? Prácticamente nadie. ¿Explicaciones ante tanto misterio? Un poco de todo. Desidia, fabricación de conflictos donde no los hay, falta de información y un Ministerio de Cultura que debería hacer algo por el conocimiento de sus propias literaturas”.

Nada está escrito. Incluso en el momento menos pensado hay autores que abandonan esa línea de sombra. Da igual si han estado veinte años en ella, como el citado Javier Cercas, que se aproxima al tema con estas palabras: “Siempre escribes lo mejor que sabes. Que se lean o no tus libros ya no es asunto tuyo, aunque naturalmente se agradece mucho que se lean”. Su vida es un arquetipo de esta clase de escritores. En sus primeros veinte años como autor, Cercas dice que nunca se presentó a un premio literario y que creía que lo normal era tener 400 lectores, sin que por ello se sintiera marginado. Recuerda incluso, riéndose, que se publicó una antología donde se suponía que debían aparecer todos los escritores de su generación. Y aparecían casi todos, en efecto, salvo él. “Hasta que de repente, cuando casi tenía 40 años publico un libro más, o que para mí era un libro más, en nada esencial distinto de los anteriores, y empieza a venderse, y a leerse y me hacen caso. ¿Por qué? No se sabe”. Cercas aclara que ningún autor “mínimamente serio busca la notoriedad por la notoriedad. Lo que busca es hacer bien su trabajo, a ser posible sin quejarse de si tiene más o menos lectores”. Él por lo menos no tenía la menor intención de dejar de escribir. “Como tampoco han dejado de hacerlo escritores excelentes como Zúñiga, Justo Navarro, Gonzalo Hidalgo Bayal o Ignacio Vidal-Folch. Lo normal es tener pocos lectores, aunque, por supuesto, es maravilloso que lo que uno hace le guste a la gente”. Por eso quisiera que otros autores más jóvenes tuvieran más repercusión, como Gonzalo Calcedo, Ismael Grasa, Félix Romeo y A. G. Porta.

Dos de esos escritores prestigiosos que permanecen en ese crepúsculo son Rafael Chirbes y Menchu Gutiérrez. El autor valenciano y premio Nacional de la Crítica 2007 por Crematorio coincide con Cercas en que él escribe al margen del número de lectores y sin quejarse. La explicación más cómoda de la falta de repercusión entre el gran público, según Menchu Gutiérrez, autora de títulos como La mujer ensimismada y El faro por dentro, “sería decir que se debe a la creciente crudeza del negocio editorial. Digamos que los potentes focos que iluminan al libro ganador no permiten distinguir la luz de la vela que ilumina a esos otros libros, pero la razón fundamental de que determinadas obras tengan más o menos lectores depende finalmente de cuestiones más misteriosas que las de su mera visibilidad. Casi todas mis respuestas a esa pregunta llevan un “quizá” delante. No estamos hablando de un lector particular que busca una lectura acorde a un estado de ánimo particular, sino de un grupo representativo de lectores que ilustra el momento actual. Y creo que el mayor aglutinante de ese grupo tiene que ver con la forma de sentir el tiempo. Si algo retrata a nuestra época es la celeridad, y en el fondo ese foco y esa luz de vela de la que hablaba antes sirven también para explicar que los libros tienen relojes interiores que deben sincronizarse con los relojes de los lectores. En cualquier caso existe una alternancia en la manera de sentir el tiempo, en las formas que adopta la sensibilidad de una época, y también que es preciso aceptar el hecho de que muchos lectores no quieran practicar la espeleología o seguir a un autor al interior de un laberinto. Y eso es lo que la mayoría de estos libros, entre los cuales estarían los míos, demanda al lector”.

Luces, sombras, brillos y eclipses misteriosos que el autor no controla, como escribe Antonio Muñoz Molina al recordar hoy su experiencia en su columna Ida y vuelta, titulada Azares del oficio, con la cual Babelia cierra este especial. Entonces, destellan en esa línea de sombra, las palabras de Vicente Aleixandre: “Para todos escribo. Para los que me leen sobre todo”.

Lecturas

Jaume Cabré, Yo confieso (Destino). Francisco Ferrer Lerín, Familias como la mía (Tusquets). Gonzalo Hidalgo Bayal, Conversaciones (Tusquets). Justo Navarro, El espía (Anagrama). Irene Gracia, El beso del ángel (Siruela). Menchu Gutiérrez, El faro por dentro y La niebla (Siruela). Ramiro Pinilla, Cuentos (Tusquets). Andrés Trapiello, Apenas sensitivo (Pre-Textos). Esther Tusquets, Pequeños delitos abominables (Ediciones B). Juan Eduardo Zúñiga, Brillan monedas oxidadas (Galaxia Gutenberg). Andrés Barba, Muerte de un caballo (Pre-Textos) y Agosto, octubre (Anagrama). Nuria Barrios, El alfabeto de los pájaros (Seix Barral). Joaquín Berges, Vive como puedas (Tusquets). Marcos Giralt Torrente, El final del amor (Páginas de Espuma) y Tiempo de vida (Anagrama). Luis Magrinyà, Cuentos de los 90 (Caballo de Troya) y Habitación doble (Anagrama). Antonio Orejudo, Un momento de descanso (Tusquets). Javier Pérez Andújar, Todo lo que se llevó el diablo (Tusquets). Isaac Rosa, La mano invisible (Seix Barral). Marta Sanz, Black, black, black (Anagrama). Francesc Serés, Cuentos rusos (Mondadori).

¿Quién fue el niño del gueto?

La imagen del Gueto de Varsovia de 1943. | US Holocaust MemorialLa imagen del Gueto de Varsovia de 1943. | US Holocaust Memorial

  • Un libro disecciona la imagen más simbólica del Holocausto judío…Pero no consigue identificar a su protagonista principal

Sal Emergui | Jerusalén

La imagen del niño del gueto de Varsovia, apuntado con un fusil, las manos en alto y la cara aterrorizada, retrata no sólo un momento ordinario del Holocausto; retrata la extraordinaria crueldad nazi aunque no se vea ni una gota de sangre. La imagen vale más que mil palabras; vale años de investigación sobre la maquinaria asesina del Tercer Reich y sobre la angustia de los protagonistas de la foto-símbolo.

En otras palabras, ¿qué ha sido de ese niño? ¿Sobrevivió? ¿Qué pasa con las dos presas judías en primer plano y los tres soldados alemanes a su alrededor?

Preguntas que se hizo Dan Porat, profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén y especialista en la Shoa. La imagen del niño se convirtió en su obsesión. En una visita en el 2004 al Yad Vashem de Jerusalén, donde se honra y homenajea a las víctimas del Holocausto, Porat escuchó a un guía explicar que “el niño sobrevivió, estudió Medicina, se convirtió en doctor en Nueva York; hace un año emigró a Israel”.

El profesor escuchó sobrecogido. Deseaba creer ese relato para dar un nombre y apellidos a la estampa. Una historia a la cara del niño. Una biografia a la que apoyarse. Quizá, también, como lección de superviviencia al horror. Pero necesitaba algo más que palabras para calmar su curiosidad académica y personal. Conectado a los asustados ojos del niño encerrado en el infierno de 1943, Porat decidió investigar hasta el último rincón de la foto. El resultado es su obra ‘El niño: una historia del Holocausto’ (en otoño, La Esfera de los Libros lo publicará en España), donde sigue e intenta recomponer las piezas del demoledor puzzle visual.

Muchos supervivientes han dicho que son o creen ser el niño de la foto”, comenta Porat que confiesa con tristeza que no ha podido dar con su auténtica identidad. Tampoco confirmar si sobrevivió o, por el contrario, fue asesinado como el millón y medio de niños judíos en los campos de exterminio nazis.

En su trabajo, el profesor pone en duda la teoria más extendida, según la cual el niño es el doctor Tsvi Nussbaum, que hace 31 años afirmó que creía ser el protagonista de la foto. Según él, la imagen se tomó en Varsovia en julio de 1943. Sus padres habían sido asesinados antes en la localidad polaca de Sandomierz, a 125 kilómetros. Porat cree que Nussbaum se confunde. En primer lugar, sostiene el profesor, Nusbaum no estuvo en el gueto en el momento de la sublevación y posterior represión. El crío estaba refugiado con sus tíos en Varsovia pero fuera del gueto. Décadas después, Nusbaum recordó un momento de su infancia en el que fue apuntado por un militar nazi como ocurre en la fotografía. Escenas así se produjeron miles de veces sin que nunca llegaran al objetivo de una cámara.

Porat indica en su libro que si la versión Nussmbaum fuera cierta y la foto hubiera sido tomada en verano, no se entiende por qué las personas fotografiadas iban vestidas con ropa de invierno. Y otra pregunta: ¿Cómo pudo ser en julio si la imagen fue entregada el 2 de junio en un informe especial al jefe de los SS, Heinrich Himmler?

Más fácil parece reconocer la identidad del militar nazi que apunta al niño con su arma. Se trata de Josef Blosche, apodado en el gueto judío como ‘Frankenstein‘ por su extraña y cruel afición (no tan extraña en esos años) de disparar a niños y mujeres judías embarazadas.

La imagen fue tomada, seguramente, por Franz Konrad, un oficial nazi nacido en Austria y apodado ‘el Rey del Gueto’, con todo el significado negativo que uno puede imaginar. Como muchas de sus fotos, quedó registrada en el llamado ‘Informe Stroop’ en honor a su autor, el oficial Juergen Stroop. Encargado de aplastar el gueto en la primavera del 43, Stroop ordenó incendiarlo después. Hecho el trabajo, el oficial escribió unas palabras famosas e infames: “El barrio judío de Varsovia ya no existe”.

En la búsqueda del niño judío, Porat se encontró con las tres figuras del lado oscuro: El fotógrafo, el oficial y el soldado. Los tres fueron llevados posteriormente a un tribunal y ejecutados por sus crímenes.

Unos crímenes documentados en millones de papeles, datos, diarios, cartas, testimonios, libros, vestimentas, restos de zapatos, películas y fotos. Aunque pocos objetos tienen la fuerza que irradia la impotencia del niño del gueto de Varsovia. Una imagen vale seis millones de víctimas.

La huella de los libros

 

Un rincón de la biblioteca de Ernesto Sábato, cuyo centenario se celebra el 24 de junio.- Daniel Mordzinski.

LEILA GUERRIERO

Hay escritores que atesoran y acumulan libros, mientras otros les dejan de prestar atención una vez leídos. La formación de las bibliotecas particulares crea manías. Una serie de autores responde a la pregunta sobre el apego que se puede tener por ellos

Dos estantes de madera barata, amurados a la pared a los pies de la cama de la habitación de un niño que, cuando sea grande, será escritor. En los estantes, algunos cómics, libros de Mark Twain, de Bradbury, poesía.

Cinco estantes de madera barata, amurados a la pared a los pies de la cama de la habitación de un adolescente que, cuando sea grande, será escritor. A los cómics, a los libros de Mark Twain y de Bradbury, se han sumado Julio Cortázar, J. D. Salinger, Henry Miller, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez.

Seis estantes de madera barata, amurados a la pared a los pies de la cama de la habitación de un piso de soltero de un varón joven que empieza a ser escritor. En los estantes hay dos hileras de libros más varias pilas sobre la mesa de noche más cinco pilas a los pies de la cama. Los cómics, Mark Twain y Ray Bradbury se mezclan ahora con Paul Auster, Dostoievski, Henry James, Scott Fitzgerald, Flaubert, Nabokov, Barthes, Faulkner.

Diez estantes de madera de roble a los pies de la cama de una habitación matrimonial de un hombre que es escritor; varios estantes de madera de color blanco en el pasillo que comunica la habitación con el baño; unos pocos estantes de madera de nogal en una hornacina originalmente construida para ser un exhibidor de vajilla; una estructura de madera indescifrable que cubre dos de las paredes del estudio y, finalmente, la bestia demencial, la nave madre: la biblioteca de piso a techo que recorre las paredes de la sala. Y en todas partes -en la habitación, en el pasillo, en la hornacina, en el estudio, en la sala- la orgía de lomos: ensayo, literatura norteamericana, francesa, española, latinoamericana, libros propios, clásicos, poesía, diez ediciones distintas -tapas duras, bolsillo, diversos idiomas- de Suave es la noche, de El mundo según Garp, de Madame Bovary. Y, en todas partes, la bestia múltiple se relame y se declara en triunfo porque, además, el escritor es joven y eso quiere decir que éste es sólo el comienzo. Y es un gran comienzo.

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-Tengo una relación alimentaria con mis libros -dice el escritor chileno Rafael Gumucio, autor de La deuda (Mondadori)-. Quiero devorarlos, consumirlos y luego, como un pollo rostizado que se enfría en la mesa, los abandono, los olvido, los dejo ir.

-Conservar los libros es conservar las huellas de mis lecturas -dice el escritor argentino Martín Kohan, autor de Cuentas pendientes (Anagrama)-. No son objetos fetiche, no los atesoro ni los venero; los retengo para poder volver sobre mi trabajo.

-Atesoro libros pero, paradójicamente, no estoy apegado a ellos -dice el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de El olvido que seremos (Seix Barral)-. No los maltrato, pero no me importa demasiado perder algunos. Tengo con ellos una relación íntima y distante al mismo tiempo: no son parientes (no soy aprensivo con ellos), son amigos.

-Somos muy felices juntos. Y seguimos creciendo. En la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte nos separe -dice Rodrigo Fresán, escritor argentino autor de El fondo del cielo (Mondadori).

-Me he mudado muchas veces -dice el escritor peruano Santiago Roncagliolo, autor de Tan cerca de la vida (Alfaguara)- y en cada una de ellas he regalado mis libros. Siempre he creído que mi vida debería pesar menos de 32 kilos, que es el equipaje que me traje del Perú a España. Todo lo demás es innecesario y te mantiene atado al pasado.

-Tengo con ellos una relación de necesidad (no puedo estar lejos de los libros), de culto (creo en la superioridad del libro), de complicidad (confío en los libros más que en la mayoría de las personas, las artes, las tecnologías) -dice el escritor argentino Alan Pauls, autor de Historia del pelo (Anagrama)-. No veo en mi biblioteca ningún alarde, ninguna suntuosidad, ni siquiera el brillo de un capital acumulado. Mi biblioteca es mi comunidad: ahí están mis interlocutores más amigos y más radicales; ahí están los que me sostienen, me discuten, me forman, me seducen, me inspiran, me mejoran.

La biblioteca no como una colección de libros -jamás como una colección de libros- sino como una huella. Como una forma de tener o no tener, de aferrarse o dejar ir. Una autobiografía. Un mapa del pasado y un intento de dibujar, sobre las aguas indescifrables de lo que vendrá, un gesto seguro porque, como se sabe, salvo error o inundación o incendio o naufragio, los libros siempre -siempre- estarán allí. A veces por suerte. A veces no tanto.

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La biblioteca como acumulación, como manía. La biblioteca como la primera de todas las pertenencias (se compran libros propios mucho antes de poder comprar la propia ropa), la biblioteca como cultivo, como cosecha, como carga. La biblioteca como pesadilla.

-Dije “mi biblioteca” la primera vez que tuve que mudarla -dice Alan Pauls-. El sentimiento: una mezcla de orgullo y de terror. Pensé: ¿cuántas veces en mi vida tendré que pasar por esto? Cada vez que tengo que mudar la biblioteca se me ocurre que es quizás lo único que podría hacerme dejar la literatura y cambiar de vida.

-Mudarse con los libros es una experiencia traumática -dice la escritora argentina Mariana Enríquez, autora de Los peligros de fumar en la cama (Emecé)-. Las empresas de mudanza obligan a poner los libros en canastos de mimbre gigantes. Yo suelo llenarlos hasta el tope y luego me piden que saque la mitad: en mi mente, los libros no pesan.

En un texto publicado en la revista española Eñe, que dedica una sección a que los escritores hablen de sus bibliotecas, Rodrigo Fresán relata el horror de mudar la suya. “Llego a mi casa y el pequeño ejército de mi mujer baja cajas del camión y las sube por una escalera y es como si yo contemplara el lento pero constante relleno de una pirámide: los tesoros de un faraón doméstico acumulados a lo largo de una vida”, escribe Fresán. “El peso del pasado de un escritor es, también, el peso de la biblioteca”.

La biblioteca como el rastro de una excentricidad, de una obsesión, de unos amores, de unos desamparos. La biblioteca como resguardo contra el olvido.

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Bibliotecas que se disolvieron en inundaciones o se deshicieron roídas por las ratas o fueron descuartizadas en divorcios escabrosos. Y personas. Personas que tienen pesadillas recurrentes con la última escena de la película El nombre de la rosa, en la que Sean Connery, en el rol de Guillermo de Baskerville, ve cómo la biblioteca de una abadía benedictina se incendia a su alrededor mientras él intenta salvar -infructuosamente- tres, cuatro incunables. Personas que, como Eduardo Mendoza, ante la pregunta de qué libro se llevaría a una isla desierta, responden: “Prefiero ahogarme en el naufragio”.

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Héctor Abad Faciolince. Escritor. Colombiano. Su biblioteca -unos siete mil volúmenes- cruzó el Atlántico cuatro veces en dos mudanzas. No lo une a ella una relación de orgullo porque “es como tener una casa. Es algo tan necesario como tener techo, y uno no se enorgullece de los bienes de primera necesidad”. Tiene una primera edición de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, aunque no sabe cómo llegó a sus manos porque no recuerda haberla robado. Abandona y presta libros. No le importa que se manchen con comida o se estropeen. No tiene prurito en partirles el lomo cuando no se abren con facilidad. Si un incendio o un terremoto lo obligaran a huir de su casa no pensaría en qué libros llevarse sino en sus hijos y en su vida: “Los libros son secundarios. Si se pierden estos, otros sobrevivirán. Que se jodan los libros”.

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-¿Cuál es la peor pesadilla relacionada con su biblioteca, que lo aplaste, que se incendie?

-Todas esas y alguna otra -dice Rodrigo Fresán.

-Que no entre -dice Alan Pauls.

-Mi peor pesadilla es que me mencionen este horrible tema -dice el escritor colombiano Daniel Samper Pizano, autor de La mica del Titanic (Aguilar).

-Que se me caiga encima -dice Martín Kohan.

“He llegado a tener un baño con paredes tapizadas de estanterías, lo que imposibilitaba el uso de la ducha y obligaba a bañarse con la ventana abierta para evitar la condensación -escribe Jacques Bonnet en Bibliotecas llenas de fantasmas (Anagrama)-. (…) Sólo la pared de mi dormitorio en la que se encuentra la cabecera de la cama ha quedado libre debido a un viejo trauma: me enteré, hace muchos años, de las circunstancias en las que murió el compositor Charles-Valentin Alkan, apodado el “Berlioz del piano”: lo encontraron muerto el 30 de marzo de 1888, aplastado por su biblioteca”.

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Alan Pauls. Escritor. Argentino. Subraya los libros y llena de notas las últimas páginas, pero nunca dobla las esquinas. Se desprende de varios volúmenes cada vez que se muda. Encontró un libro alemán para chicos, Der Struwwelpeter, de Heinrich Hoffmann, en circunstancias extrañas: “Tiene en la tapa a una especie de niño enano con una melena afro rubia y uñas larguísimas, vestido con calzas verdes y zapatos ballerina. Me lo leía mi abuela alemana cuando era chico. Lo gocé como un loco, lo aborrecí, lo perdí de vista. Cuarenta y cinco años después, a poco de morir mi padre (que había nacido en Berlín), lo encontré en un estante de su biblioteca cuando entré a su departamento para poner en orden sus cosas. La melena afro no podía ser más contemporánea: yo acababa de publicar una novela llamada Historia del pelo”.

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¿Qué es lo que mueve a alguien a acumular objetos pesados, analógicos, anacrónicos, que según una clasificación torpe podrían dividirse en libros que nunca se han leído y que nunca van a leerse pero que se conservan “por las dudas”; libros que ya se han leído y que probablemente nunca vuelvan a leerse pero que se conservan de todos modos; y libros que aún no se han leído y que pasarán, en breve, a formar parte de alguna de las dos categorías anteriores? En su texto Desembalo mi biblioteca. Un discurso sobre el arte de coleccionar, Walter Benjamin dice: “Cuántas cosas surgen de la memoria una vez que uno se zambulló en la montaña de cajones para empezar a sacar los libros como de una mina a cielo abierto o, mejor dicho, de la noche cerrada. La forma más contundente de demostrar la fascinación de esta tarea de desembalar es la dificultad de abandonarla. Había comenzado a mediodía y llegó la medianoche antes de que hubiera llegado a las últimas cajas”. En ese mismo texto Benjamin recuerda que, cuando le preguntaron a Anatole France si había leído todos los libros que poseía, respondió: “Ni la décima parte. ¿O usted tal vez come todos los días en su vajilla de Sèvres?”.

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Rodrigo Fresán. Escritor. Argentino. No heredó libros. Todos los que tiene son adquiridos -o robados- por él. Evita prestarlos y puede montar un escándalo si se manchan con comida. Jamás subraya, jamás dobla esquinas, jamás quiebra lomos. Tiene un hijo de cuatro años a quien sólo permite tomar alguno “bajo estricta vigilancia”. Ha transportado de una ciudad a otra más de mil kilos de papel. Tiene un ejemplar de The stories of John Cheever, firmado por Cheever, que compró a 25 centavos de dólar, y un ejemplar de la primera edición de Matadero Cinco en cuya primera página se lee “To R. from K.”. Solía comprar diversas ediciones de una misma obra y llegó a acumular quince de El mundo según Garp, de John Irving.

-Si le prestan un libro, lo lee, le gusta y sabe que es inconseguible, ¿qué hace?

-Lo miro fijo, lo sigo mirando fijo, lo miro fijo un poco más. Y así hasta que suceda un milagro.

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Andrés Trapiello, español, autor de Los confines (Destino), tiene su biblioteca en dos casas, una en Madrid, otra en el campo extremeño.

-Que esté dividida tiene una desventaja: no encuentras nunca el libro que necesitas, pero también una gran ventaja: nunca pierdes la esperanza de encontrarlo en la otra.

Pero hay casos extremos en los que la biblioteca no está en dos ciudades, ni en dos casas, sino en dos países y, a veces, en dos continentes. El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, autor de Los vivos y los muertos (Alfaguara), enseña en la Universidad de Cornell y vive en Ithaca, Estados Unidos.

-Tengo varias. Una en la casa en la que vivo, en Ithaca. Otra en mi oficina de la universidad. Otra en la casa de mi papá en Cochabamba, Bolivia. Y he dejado bibliotecas enteras. Cuando me fui de Buenos Aires a estudiar a Alabama dejé mi biblioteca y nunca la fui a buscar. En Alabama comencé otra pero, tres años después, al irme, también la dejé. No tengo una relación de posesión con mis libros. Están hechos para circular.

Daniel Samper Pizano tiene dos bibliotecas, una en Colombia y otra en España.

-Quienes hemos tenido que salir del país donde atesoramos la primera biblioteca, nos paseamos por el mundo con los recuerdos, los pesares y los conocimientos descuartizados. Yo mantengo en Colombia casi todos los libros que obtuve y leí o quise leer hasta 1986, y de 1986 a hoy he formado otra biblioteca en España. En ambas hay un número de títulos comunes sin los cuales me sentiría profundamente inseguro.

“El hogar -decía el escritor, militar, científico y explorador británico Richard Burton- está donde se tienen los libros”.

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Rafael Gumucio. Escritor. Chileno. Formó una biblioteca siendo adolescente pero empezó a viajar y la regaló para poder seguir viajando. Le gusta, después de leer un libro, “botarlo como un chocolate al que se le quita el envase”. Robó una novela de Cortázar a unas monjas que lo salvaron de unos trabajos voluntarios de ultraizquierda. No subraya porque no lo necesita: es disléxico y lee tan lento que las frases se le quedan pegadas. Dobla las esquinas de las hojas y anota números de teléfonos y direcciones en la última página.

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En Pensar, clasificar, George Perec enumeraba así las posibles formas de ordenar una biblioteca: alfabética, por continentes o países, por colores, por encuadernación, por fecha de adquisición, por fecha de publicación, por formato, por géneros, por grandes periodos literarios, por idiomas, por prioridad de lecturas, por serie. Hace años el escritor argentino Guillermo Piro -que alquilaba un departamento sólo para guardar sus libros y que, si tenía que fotocopiarlos, lo hacía sólo con su “fotocopiador de confianza”- decía que, en una época, solía clasificar por amistades y enemistades de los autores: Celine cerca de Proust porque Celine odiaba a Proust y esa era una forma póstuma de propiciar un encuentro.

-La única parte organizada de mi biblioteca es la “egoteca” -dice Santiago Roncagliolo-. Contiene mis libros, antologías de cuento con mis cuentos, traducciones de mis libros, copias pirata.

-Casi no los clasifico -dice Rafael Gumucio-, y cuando lo hago, lo hago por el peor criterio de todos, el color y la forma de sus lomos para que se vea más o menos estético.

-Agrupo así -dice Martín Kohan-: teoría y filosofía, crítica literaria, literatura argentina, literatura latinoamericana, otras literaturas, política, San Martín, otros. Los de teoría se agrupan por afinidad temática o por corrientes; los de literatura argentina, alfabéticamente; los de literatura latinoamericana, por países.

-Como todo bibliómano -dice Daniel Samper Pizano- tengo capítulos curiosos y mimados en la mía. La Gaboteca, por ejemplo, donde están todas las primeras ediciones de Gabriel García Márquez dedicadas por el propio autor y casi todas las traducciones de Cien años de soledad. O la Titanicoteca, compuesta por libros y artículos que atesoro sobre el famoso naufragio desde que tenía doce años. O la Quevedoteca, una colección de libros sobre la obra de don Francisco y el Siglo de Oro, que incluye tres libros publicados a principios del siglo XVIII.

-Mi orden es así -dice Mariana Enríquez-: argentinos, latinoamericanos, novelas gráficas, arte e ilustración, libros de viajes, libros de psicogeografía, gótico sureño, japoneses, biografías, ensayo y crónica y no ficción en general, ingleses, norteamericanos, franceses, italianos, alemanes, resto de Europa, resto del mundo, África, libros de terror, libros de rock, poesía, libros que me falta leer.

-Los clasifico en dos grandes categorías -dice Alan Pauls-: ficción y no ficción. Dentro de ficción: literatura angloamericana, literatura europea, literatura argentina y latinoamericana. Dentro de cada categoría rige el orden alfabético. Están prohibidas las clasificaciones especiales y las excepciones.

Los clasifico así, dicen, y enumeran, como si esas clasificaciones fueran un dispositivo obvio, una fuerza de la naturaleza: algo que sólo puede hacerse así y jamás -jamás- de otra manera.

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Daniel Samper Pizano. Escritor. Colombiano. Dueño de unos 10.000 libros. Tan avaro en el préstamo como honrado en la devolución. Tiene una edición primera de Cien años de soledad con una dedicatoria de García Márquez que dice: “Dámelo, que yo lo escribí”. Los subraya, los escribe, pero no les parte el lomo (“he partido el lomo de gente que se ha atrevido a partir el lomo de un libro”).

-Si hubiera invertido en finca raíz lo que he gastado en libros tendría un ático en Manhattan… pero inútil, sin libros.

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-¿Se desprende de libros cada tanto o los conserva todos?

-No -dice Martín Kohan-, pero perdí la pasión de su posesión, el gusto del atesoramiento.

-He regalado una hija mía a un mercader árabe y vendido dos nietos a familias estériles europeas, pero sólo un cirujano hábil o un escuadrón del Mosad podrían lograr que me desprendiera de un libro, aunque sepa que nunca lo leeré. Siempre flota la duda: “¿Y si llego a necesitarlo?” -dice Daniel Samper Pizano.

-De tanto en tanto se impone una purga estalinista -dice Rodrigo Fresán-. “Fuera todo libro que ya nunca volveré a abrir en mi vida y que no tenga valor sentimental”. Pero debo agregar que soy alguien mucho más sensible que Stalin y perdono muchas, demasiadas vidas.

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Un día miércoles el escritor español Andrés Trapiello responde a la pregunta “¿ha perdido algún libro que aún recuerde con dolor? ¿En qué circunstancias?” con esta respuesta:

-Sí, un libro de Fellini que éste había dedicado a mi mujer. Era una edición corriente de bolsillo, pero en ella estaba el trazo de aquel hombre maravilloso.

Cinco días más tarde llega un mensaje suyo que dice: “Te lo creas o no, después de diez años buscándolo en ambas casas, el libro de Fellini dedicado a mi mujer acaba de aparecer, se diría que convocado. Yo tengo otra teoría, a veces los libros se van de casa, y vuelven un día impensado, como los hijos pródigos. Y la alegría es mayor no por el hallazgo, sino por la vuelta a la normalidad”.

La vuelta a la normalidad. Que es, como todos saben, más y mejores libros.

 

 

La nueva Ortografía de la Real Academia Española

La i griega será ye, la b será be (y no be alta o be larga); la ch y la ll dejan de ser letras del alfabeto; se elimina la tilde en solo y los demostrativos (este, esta…) y en la o entre números (5 o 6) y quorum será cuórum, mientras que Qatar será Catar.

La nueva edición de la Ortografía de la Real Academia Española, que se publicará antes de Navidad, trata de ser, como dice su coordinador, Salvador Gutiérrez Ordóñez, “razonada y exhaustiva pero simple y legible”. Y sobre todo “coherente” con los usos de los hablantes y las reglas gramaticales. Por eso el académico insiste en que plantea innovaciones y actualizaciones respecto a la anterior edición, de 1999, pero no es, “en absoluto” revolucionaria. Gutiérrez Ordóñez se resiste incluso a usar la palabra “reforma”.

Con todo, al director del Departamento de Español al Día de la RAE no se le escapa que los cambios ortográficos provocan siempre resistencias entre algunos hablantes. De ahí la pertinencia, dice, del consenso panhispánico que ha buscado la Comisión Interacadémica de la asociación que reúne a las Academias de la Lengua Española de todo el mundo. El miércoles, esa comisión, reunida en San Millán de la Cogolla (la Rioja) aprobó el texto básico de la nueva Ortografía de la lengua española. A falta de su ratificación definitiva el 28 de este mes en la Feria del Libro de Guadalajara (México) durante el pleno de las 22 academias, estas son algunas de las “innovaciones puntuales” aprobadas esta semana y destacadas por el propio Gutiérrez Ordóñez.

La i griega será ye. Algunas letras de nuestro alfabeto recibían varios nombres: be, be alta o be larga para la b; uve, be baja o be corta, para v; uve doble, ve doble o doble ve para w; i griega o ye para la letra y; ceta, ceda, zeta o zeda para z. La nueva Ortografía propone un solo nombre para cada letra: be para b; uve para v; doble uve para w; ye para y (en lugar de i griega). Según el coordinador del nuevo texto, el uso mayoritario en español de la i griega es consonántico (rayo, yegua), de ahí su nuevo nombre, mayoritario además en muchos países de América Latina. Por supuesto, la desaparición de la i griega afecta también a la i latina, que pasa a denominarse simplemente i.

Ch y ll ya no son letras del alfabeto. Desde el siglo XIX, las combinaciones de letras ch y ll eran consideradas letras del alfabeto, pero ya en la Ortografía de 1999 pasaron a considerarse dígrafos, es decir, “signos ortográficos de dos letras”. Sin embargo, tanto ch como ll permanecieron en la tabla del alfabeto. La nueva edición los suprime “formalmente”. Así, pues, las letras del abecedario pasan a ser 27.

Solo café solo, sin tilde. Hay dos usos en la acentuación gráfica tradicionalmente asociados a la tilde diacrítica (la que modifica una letra como también la modifica, por ejemplo, la diéresis: llegue, antigüedad). Esos dos usos son: 1) el que opone los determinantes demostrativos este, esta, estos, estas (Ese libro me gusta) frente a los usos pronominales de las mismas formas (Ese no me gusta). 2) El que marcaba la voz solo en su uso adverbial (Llegaron solo hasta aquí) frente a su valor adjetivo (Vive solo).

“Como estas distinciones no se ajustaban estrictamente a las reglas de la tilde diacrítica (pues en ningún caso se opone una palabra tónica a una átona), desde 1959 las normas ortográficas restringían la obligatoriedad del acento gráfico únicamente para las situaciones de posible ambigüedad (Dijo que ésta mañana vendrá / Dijo que esta mañana vendrá; Pasaré solo este verano / Pasaré solo este verano). Dado que tales casos son muy poco frecuentes y que son fácilmente resueltos por el contexto, se acuerda que se puede no tildar el adverbio solo y los pronombres demostrativos incluso en casos de posible ambigüedad”, esto dice la comisión de la nueva Ortografía, que, eso sí, no condena su uso si alguien quiere utilizar la tilde en caso de ambigüedad. Café para todos. No obstante, la RAE lleva décadas predicando con el ejemplo y desde 1960, en sus publicaciones no pone tilde ni a solo ni a los demostrativos.

Guion, también sin tilde. Hasta ahora, la RAE consideraba “monosílabas a efectos ortográficos las palabras que incluían una secuencia de vocales pronunciadas como hiatos en unas áreas hispánicas y como diptongos en otras”. Sin embargo, permitía “la escritura con tilde a aquellas personas que percibieran claramente la existencia de hiato”. Se podía, por tanto, escribir guion-guión, hui-huí, riais-riáis, Sion-Sión, truhan-truhán, fie-fié… La nueva Ortografía considera que en estas palabras son “monosílabas a efectos ortográficos” y que, cualquiera sea su forma de pronunciarlas, se escriban siempre sin tilde: guion, hui, riais, Sion, truhan y fie. En este caso, además, la RAE no se limita a proponer y “condena” cualquier otro uso. Como dice Salvador Gutiérrez Ordóñez, “escribir guión será una falta de ortografía”.

4 o 5 y no 4 ó 5. Las viejas ortografías se preparaban pensando en que todo el mundo escribía a mano. La nueva no ha perdido de vista la moderna escritura mecánica: de la ya vetusta máquina de escribir al ordenador. Hasta ahora, la conjunción o se escribía con tilde cuando aparecía entre cifras (4 ó 5 millones). Era una excepción de las reglas de acentuación del español: “era la única palabra átona que podía llevar tilde”. Sin embargo, los teclados de ordenador han eliminado “el peligro de confundir la letra o con la cifra cero, de tamaño mayor”.

Catar y no Qatar. Aunque no siempre lo fue, recuerda el coordinador de la nueva ortografía, la letra k ya es plenamente española, de ahí que se elimine la q como letra que representa por sí sola el fonema /k/. “En nuestro sistema de escritura la letra q solo representa al fonema /k/ en la combinación qu ante e o i (queso, quiso). Por ello, la escritura con q de algunas palabras (Iraq, Qatar, quórum) representa una incongruencia con las reglas”. De ahí que pase a escribirse ahora: Irak, Catar y cuórum. ¿Y si alguien prefiere la grafía anterior: “Deberá hacerlo como si se tratase de extranjerismos crudos (Qatar y quorum, en cursiva y sin tilde)”.

Dostoievski periodista en Español

Se publica por primera vez en castellano el diario completo del escritor ruso, en el que se revela como creador de opinión y ensayista.

Dostoievski, además de ser uno de los grandes nombres de la literatura universal y un analista del alma humana, fue un agudo periodista, creador de opinión y ensayista, como refleja su “Diario de un escritor”, que ahora por primera vez se publica completo en castellano y en un solo tomo.
 

Fiódor Dostoievski
EFE
Por primera vez se publica en castellano el Diario completo de Dostoievski
Un monumental libro de más de 1.600 páginas publicado por Páginas de Espuma -con edición de Paul Viejo, experto en literatura rusa y que ha trabajado con tres traductores- que incluye más de un tercio de material inédito. El libro saldrá a las calle el 8 de noviembre en España y México simultáneamente.
Esta ambiciosa publicación, en la que los editores han invertido más de tres años de trabajo y que se basa en la edición rusa de 2005 de “Diario de un escritor”, publicada en tres tomos, reúne además en una sola pieza la obra periodística: artículos, crónicas, críticas y demás escritos que el autor de “Crimen y Castigo” firmó antes de que en 1847 se publicara este famoso diario, y los posteriores a esa fecha, junto con una amplia selección de sus cuadernos de notas.
Legado intelectual
Un legado intelectual que pone en presente la honda y crítica mirada de un Dostoievski siempre preocupado por la moral del escritor y la defensa de la libertad, y que escribía y publicaba sus reflexiones a modo de trabajo periodístico. Primero lo hizo en 1873, cuando ya era un escritor ampliamente conocido y fue nombrado director de la revista “El Ciudadano”, donde comentaba y denunciaba la injusticias y los acontecimientos de la Rusia del XIX.
Un año después, y por desavenencias con el dueño de la revista, interrumpió sus escritos y en 1976 fue él mismo quien financió un cuadernillo especial que editaba cada mes y en el que plasmaba sus pensamientos y opiniones sobre política europea, comentaba aspectos cotidianos o desarrollaba la critica literaria, como la que escribió dedicada a Anna Karenina. Así lo pone de manifiesto Paul Viejo en el extenso prólogo de este volumen.
Un libro como muchas aristas, como recuerda el director de “Páginas de Espuma”, Juan Casamayor, que advierte de que este monumental volumen es fundamental para la comprensión de la historia más reciente de Rusia. Así, este gran escritor que buceó en las profundidades del corazón, en opinión de Casamayor, entroncaría con los creadores de los actuales blogs y la nuevas tecnologías, ya que el ruso ponía su pensamiento al alcance del lector de forma inmediata.

Elogio de la novela policíaca

Escrito por Marina, blog Inezie Essenziali
Traducido por Xurxo Ventos. Ver artículo original en italiano

Para estas vacaciones hemos seleccionado para vosotros un post de Marina y de su blog “Inezie essenziali”, que ha hecho descubrir a nuestros lectores europeos una pasión muy italiana, la novela policíaca, que Marina consume como una dulce droga…

Hay novelas policíacas y novelas policíacas, claro. Pero yo hablo justamente de esas hechas sólo de un asesinato, una caza y el descubrimiento del culpable. Ninguna ambición literaria, sólo una trama, hecha de misterio, escalofrío y revelación. Brutales, en cierto sentido. Hay circunstancias de la vida en que yo las consumo como una droga. Las Mondadori se leen en un par de horas. Dos horas de anestesia total.

Dado que después no me queda nada, su precio me parece siempre demasiado alto. Pero no se escatima con las medicinas.
De todas formas existen tienditas especializadas en viejas novelas policíacas vendidas a a mitad de precio que pasan de mano en mano desde hace treinta o cuarenta años. De hecho es posible devolverlas, dejárselas valorar y coger otras a cambio. Son frecuentadas por coleccionistas apasionadoes del género y, supongo, por gente como yo que va en busca de la potente forma de remolino mental, sin riesgo de reflexión, que sólo las auténticas novelas policíacas garantizan. Lo que hace de ellas un arma vencedora contra el ansia es su capacidad de impedir cualquier identificación con los personajes. Éstos son simples caracterizaciones. Sus sentimientos son estereotipados, personifican un vicio o una pasión sin suscitarla jamás. Son máscaras y no nos afectan. La lectura no activa ningún mecanismo que pueda hacernos penar o gozar con ellas. Nos enganchamos a la trama y ella nos lleva consigo sustrayéndonos a nosotros mismos y a nuestras tramas. Pero hace falta tener la cautela de descartar los grandes clásicos, los maestros de la novela policíaca, aquellos que al escalofrío saben dar un alma. A estos hay que evitarlos como la peste. Gran invención las auténticas novelas policíacas.
Me compraré una carretada.

La edición crítica desvela el ‘idioma secreto’ de la novela ‘Tres tristes tigres’

  • Contiene apéndices con los cortes de la censura franquista

Efe | Madrid

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En 1967 Guillermo Cabrera Infante publicó su novela ‘Tres tristes tigres’, uno de los hitos del ‘boom’ latinoamericano. Ahora, los profesores Enrico Mario Santí y Nivia Montenegro han preparado una edición crítica de esta gran obra que refleja como ninguna otra la cultura popular cubana de los 50.

Publicada por Cátedra, dentro de su prestigiosa colección ‘Letras Hispánicas’, la nueva edición de ‘Tres tristes tigres’ recuerda las numerosas vicisitudes por las que pasó esta obra y contiene sendos apéndices con los cortes de la censura franquista y los que el propio autor realizó en el ‘Bound Manuscript’ de Princeton.

Santí y Montenegro son cubanos exiliados en Estados Unidos desde hace más de 40 años y están casados. Según Santí, ‘Tres tristes tigres’, es “un monumento de juegos de palabra” que está escrita en ‘cubano’, por lo que “era indispensable facilitar un aparato filológico que permitiese entender muchos giros“.

“Lo sorprendente de esta obra es que, a pesar de ese ‘idioma secreto’ de la novela, siempre ha sido un éxito de ventas y un libro favorito dentro del ‘boom’ de la novela latinoamericana, en el que hubo otros títulos monumentales desde el punto de vista de la experimentación lingüística y de la forma”. Su publicación coincide con la de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.

Para este libro, Montenegro y Santí han partido de la edición conmemorativa que en 1997 publicó Seix Barral y que ya incluía los textos cortados por la censura franquista “por sus referencias políticas y sexuales”, aunque, a diferencia de aquella, en la de Cátedra sí se señalan los fragmentos suprimidos.

‘Tres tristes tigres’ es una obra compleja y, para facilitar su comprensión, los preparadores tratan de captar la significación del libro “en cuanto a documento arqueológico de esa cima de la cultura popular que fueron los años 50 en Cuba”.

Las revoluciones de Independencia como revoluciones políticas por Carlos Malamud

Victoria de Boíivar en la batalla de Carabobo, obra de Arturo Michelena

Se cumplen doscientos años de la independencia de la América española, acontecimiento capital que abrió el acceso a la modernidad de una galaxia de nuevas naciones. Una brillante Junta Autónoma de historiadores y americanistas ilumina hoy en las páginas de El Cultural aquel proceso insurreccional cuajado de guerras y violencias, así como su resonante eco en el presente: Carlos Malamud apunta el carácter político de la revoluciones americanas; Ramón María Serrera analiza su configuración territorial; Luis Ribot da cuenta de su contexto temporal; Carlos Martínez Shaw destaca su perfile ilustrado, y Javier Fernández Sebastián revisita sus mitos y metáforas. Y tres momentos fugaces para la creación: los microrrelatos de Alberto Ruy Sánchez, Óscar Collazos y Alonso Cueto.

En la terminología utilizada por los contemporáneos era frecuente referirse a los procesos de independencia como “revoluciones”. Fue tal el impacto del nombre que tanto los histo- riadores del siglo XIX, aquéllos que forjaron la identidad nacional de sus respectivos países, como los del XX siguieron hablando de revoluciones, como fue el caso de John Lynch o Alberto Flores Galindo, entre otros. Sin embargo, de tanto hablarse de revoluciones nadie se paraba a definir qué era lo que se quería decir. A la vista de lo ocurrido en los primeros años del siglo XIX en lo que habían sido las distintas colonias españolas de América está claro que no se produjeron ni revoluciones sociales ni económicas. Desde un punto de vista social no se encuentran rupturas importantes del orden establecido, por más que en las guerras de independencia y en las guerras civiles posteriores nos hubiéramos enfrentado con sucesos de inversión social. Es verdad que con el ánimo de reclutar soldados para los ejércitos los dirigentes de los bandos en lucha prometieron y otorgaron beneficios para los indígenas, esclavos negros y campesinos, pero nada de todo ello afectó los cimientos sociales.

Desde un punto de vista económico, las estructuras productivas se mantuvieron inalteradas, aunque en numerosos lugares del continente los enfrentamientos bélicos hubieran producido importantes destrozos en campos de labranza, yacimientos mineros o talleres artesanales. Sin embargo, en poco tiempo las cosas volvieron a la normalidad y la agricultura siguió siendo central en todas las economías regionales. Si a corto plazo la independencia supuso la interrupción de las rutas de comercio atlántico con España, aunque no con Europa, a medio plazo los circuitos interregionales se vieron más afectados, pero sin producir cambios radicales.

De modo que la única posibilidad que resta es definir a las revoluciones de independencia como revoluciones políticas. Se puede hablar de ese modo por cuanto la ruptura del orden colonial introdujo dos cambios fundamentales y profundos, con notables repercusiones para el futuro de los países que surgieron a partir de aquel entonces. Por un lado, el paso de súbditos a ciudadanos; por el otro, el de monarquía a repúblicas.

La monarquía absoluta imperante en España estaba también presente en América. La soberanía descansaba en el monarca y era él, o las autoridades que encarnaban su poder, quien tomaba las decisiones y disponía del destino de sus súbditos. La ruptura del orden colonial permitió el surgimiento de nuevas repúblicas. Fue en ellas precisamente donde los súbditos dejaron de ser tales para convertirse en ciudadanos. Y si en el Antiguo Régimen la sociedad se ordenaba a partir de las corporaciones, en las nuevas repúblicas llegó la hora de los individuos. Fueron ellos los titulares de la soberanía y fueron ellos los responsables de elegir a sus representantes y a sus autoridades por un período limitado de tiempo, no por toda la vida, como ocurría con los reyes.

Contradicciones, marchas y contramarchas
El proceso de construcción de la ciudadanía no se produjo de la noche a la mañana, ha estado lleno de contradicciones, de marchas y contramarchas y ha tomado demasiado tiempo. En algunos países de América Latina todavía se está completando, como se puede ver con la incorporación plena de los indígenas a la vida política. Sin embargo, ese proceso es el que lleva a hablar de elecciones, de parlamentos, de libertades y derechos, de democracia en definitiva. Téngase en cuenta que en América Latina se comenzó a votar cuando el derecho al voto era practicado en muy pocos países del planeta.

Los bicentenarios de las independencias han llevado a que estemos asistiendo a importantes debates historiográficos sobre el pasado nacional, aunque lo grave es que en algunos casos, y alentado por algunos gobiernos, se estén produciendo falsificaciones de peso, que llevan forzosamente a una reescritura de la historia con fines políticos. De ahí la importancia de insistir en los valores republicanos y en señalar la vieja filiación democrática de las repúblicas latinoamericanas. Por eso, resulta conveniente señalar frente a aquellas corrientes revisionistas que tienden a rechazar a la democracia como algo ajeno a las culturas y a las raíces históricas latinoamericanas, que su presencia en la región es tan antigua como las repúblicas. Y si el republicanismo es un valor que nadie se atreve a condenar es justo hacer lo mismo con la democracia representativa.

Carlos MALAMUD

JOSÉ SARAMAGO: El hombre novelado

FotoFotoArriba, el escritor, en su casa de Lanzarote. Abajo, firmando un ejemplar de su novela ‘La caverna’ en 2001. | Carlos Miralles y Fernando Ruso

Sin pausa pero sin prisa, así vivió su vida José Saramago, que a los 76 años (en 1998) se convirtió en el primer escritor portugués en ganar el Premio Nobel de Literatura. Hay quien dice que fue un escritor tardío, pero lo cierto es que su primera novela, ‘La viuda’, la escribió con 24 años (en 1947). Él estaba loco por publicarla y lo consiguió, pero apareció con el nombre de ‘Tierra de pecado’, más comercial, según su editor. Muchos años después contaría siempre que en aquel momento él «no sabía nada ni de viudas, ni de pecados».

Saramago nació en Azinhaga el 16 de noviembre de 1922, una aldea situada al norte de Lisboa. Allí creció José de Sousa, su verdadero apellido, hijo de una pareja de trabajadores rurales. Según contó el escritor en alguna ocasión, la culpa de que le cambiaran el apellido fue de un funcionario del Registro Civil, que al inscribirle en el censo apuntó el apodo familiar en lugar del apellido real. De esta forma, José se convierte en el primer Saramago de la familia Melrinho Sousa (como apuntara en una de sus citas: «Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes»). Su padre quiso que estudiara cerrajería mecánica, parecía destinado a ser campesino u obrero, pero en el programa del oficio que iba a aprender había una asignatura de literatura que empezó a despertar al lector que había en él.

Aunque publicó algunos libros de poemas a finales de los años 60 y primeros 70 (época en la que se afilió al Partido Comunista), el éxito no le llegaría hasta 1982, con la novela ‘Memorial del convento’. Después aparecieron ‘La balsa de piedra’ (1986), ‘Historia del cerco de Lisboa’ (1989) y ‘El evangelio según Jesucristo’, publicada en 1991. Esta última novela fue muy polémica en Portugal, que decidió vetarla y no la presentó al Premio Literario Europeo de ese año. Para entonces Saramago ya había conocido a la periodista Pilar del Río (28 años más joven que él), quien se enamoró del portugués al leer en Sevilla ‘Memorial del convento’. Era el año 1986 y ella, ciega de amor, se empeñó en entrevistar al escritor. Dos años después (ella contaba 38 primaveras y él 66 inviernos a sus espaldas), se daban el ‘sí, quiero’ en Portugal, donde residían. Pero el hecho de que su patria vetara una de sus novelas provocó que ambos establecieran su residencia en Lanzarote.

El Nobel, en un aeropuerto

Desde la isla canaria continuaría su producción literaria. Allí escribiría ‘Los cuadernos de Lanzarote’, ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘Todos los nombres’ o ‘La caverna’. Hasta que en 1998 consiguió el Nobel. «Fue una azafata quien me dijo que había ganado el premio», confesó Saramago en una entrevista. Al parecer, él estaba en el aeropuerto alemán de Francfort, a punto de embarcar para tomar rumbo a la isla, cuando le avisaron por megafonía de que tenía una llamada. Y antes de que pudiera atender el teléfono, la azafata le comunicó la noticia.

Saramago ya había visto reconocida su labor en 1995, con la obtención del Premio Luis de Camoes, el más importante en lengua portuguesa, instituido en 1988 por los gobiernos de Brasil y Portugal. Pero ni los reconocimientos, ni su avanzada edad le llevaron a pararse en el camino. Continuó escribiendo, insistiendo en los frentes que había abierto, machacón hasta el final con sus ideas. Tras lograr el Nobel publicó obras como ‘El hombre duplicado’, ‘Ensayo sobre la lucidez’ y, más recientemente, ‘Las pequeñas memorias’, ‘El viaje del elefante’ y ‘Caín’. Sólo la muerte, el 18 de junio de 2010, cuando contaba 87 años, impidió que siguiera ampliando su producción.

No buscaba una meta, pero sin quererlo, la alcanzó. Contribuyó a difundir la literatura portuguesa y sus obras ya forman una parte inseparable de ella y un lugar al que acudir para no olvidar su nombre, para recordarle, siempre, con ‘saudade’.

Su obra

Los dos ‘Migueles’ (Hernández y Delibes)

Los dos ‘Migueles’

por MARÍA JESÚS HERNÁNDEZ
vídeo: RICARDO DOMÍNGUEZ

Compartieron nombre y pasión, las letras. Uno dio una nueva dimensión al mundo de la poesía, y el otro, al de la prosa. Miguel Hernández y Miguel Delibes —del primero, se cumplen 100 años de su nacimiento, y del segundo, aún se llora su muerte— son dos de los grandes homenajeados en esta Feria del Libro.

Ambos han aumentado su demanda en esta edición en la que ‘El hereje’, ‘Camino’, ‘Cinco horas con Mario’, ‘El rayo que no cesa’, ‘El viento del pueblo’ o la reedición de la obra completa de Miguel Hernández, han plantado cara a la literatura nórdica, que amenazaba con acaparar todos los titulares.

La presentación de ‘De Valladolid’, una antología de textos del escritor castellano sobre su ciudad natal y sus gentes —al que acudió la familia del autor casi al completo—, y la de ‘Crónicas de la guerra de España’, del poeta alicantino, recuerdan a estos dos maestros de la literatura española.

Especial: Miguel Delibes (1920-2010)

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