Tomas Tranströmer, premio Nobel de Literatura

Nacido en Estocolmo en 1931, es también conocido por su labor como traductor.- La Academia sueca le premia por sus “imágenes condensadas y translúcidas”, que dan “acceso fresco a la realidad”

El poeta sueco Tomas Tranströmer es el ganador del Premio Nobel de literatura 2011 “porque, a través de sus imágenes condensadas y translúcidas, nos da un acceso fresco a la realidad”, según el dictamen de la Academia sueca. El sucesor de Mario Vargas Llosa en el galardón más importante de las letras nació en Estocolmo el 15 de abril de 1931 y, además de su obra poética, ha destacado como traductor. EL PAÍS ofrece mañana una entrevista con el premiado. Hoy adelantamos un extracto de esta charla, así como la crítica de su nueva antología Deshielo a mediodía, publicada por Nórdica.

El premiado se ha mostrado “contento” y “emocionado” tras conocer la noticia. “No creía que podía llegar a vivir esto”, ha dicho su mujer, Monica, a medios digitales suecos desde su casa de Estocolmo. Según su esposa, el poeta “se siente cómodo con todas esas personas que vienen a felicitarlo y a fotografiarlo”.

Psicólogo de oficio, Tranströmer sufrió en 1990 un ictus que le paralizó la mitad derecha del cuerpo y le produjo una afasia que le impide hablar, pero no escribir. Ni tocar el piano. De hecho, en la entrevista que mañana publicará EL PAÍS con él da cuenta de su sorpresa al descubrir la cantidad de piezas escritas para la mano izquierda. Uno de los grandes enigmas que rodea su figura procede del hecho de que en 1974 había escrito en su poema Bálticos unos versos que ahora se leen premonitorios: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, solo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas”.

El dictamen de la Academia sueca, recibido con júbilo por los periodistas presentes en el acto a las 13.00, habla de Tranströmer como de un gran creador de imágenes y su uso de la metáfora, virtuoso pero riguroso es, en efecto, una de las marcas más personales de su poesía. El galardón está dotado con 10 millones de coronas suecas (1,1 millones de euros).

Traducido a medio centenar de lenguas

La obra del nuevo Nobel, traducida a medio centenar de lenguas, contiene una docena de libros que se extienden entre 1954 (17 poemas) y 2004 (El gran enigma). En España, la editorial Hiperión publicó en 1991 la antología Para vivos y muertos, traducida por Francisco Uriz y Roberto Mascaró. Este último es el artífice de dos completísimas selecciones, publicadas una el año pasado y otra este mismo mes por la editorial Nórdica. Así, a El cielo a medio hacer -que incluía también la breve autobiografía en prosa del premiado- se le acaba de unir Deshielo a mediodía.

“Es una enorme alegría”, ha declarado Mascaró, poeta y traductor uruguayo. “Su poesía demuestra que las lenguas son barreras superables, como queda claro al ver que llega a países como el mío, Uruguay, o a El Salvador, donde estoy ahora en un festival internacional de poesía”. “Siempre he tenido la certeza de que su poesía es universal, aporta a la paz y a la comprensión de las etnias, sobre todo en esta etapa de la humanidad donde estos problemas aún no están superados. Digo esto porque me lo indica el hecho de conocerlo desde hace 30 años, cuando llegué a Suecia y me convertí en su traductor al español. Entonces lo llamé tímidamente por teléfono y me aceptó”, ha agregado Mascaró.

Tranströmer es hijo de una maestra de escuela y de un periodista, en 1956 se licenció en Historia de la Literatura, Psicología e Historia de las Religiones por la Universidad de Estocolmo. Entre los años 1960 y 1966 trabajó como psicólogo en la prisión juvenil de Roxtuna, en las afueras de Linköping, en el sur de Suecia.

El poeta leonés Antonio Colinas ha calificado a Tranströmer de “un gran y auténtico poeta”. “Algunas veces la Academia sueca nos asombra con algún premio provocador o raro, pero Tranströmer tiene una obra muy interesante atravesada por el misterio que se encuentra, en ocasiones, en el lenguaje cotidiano”, ha dicho.

Séptimo sueco nobel

Tranströmer es el séptimo escritor sueco en ganar el premio Nobel. Los últimos fueron, en 1974, Eyvind Johnson y Harry Martinson ex aequo. El poeta sueco estaba en el grupo de favoritos para este año. Le acompañaban en las apuestas el japonés Haruki Murakami, el coreano Ko Un, el estadounidense Philip Roth, el australiano Les Murray, el poeta sirio Adonis e incluso el cantautor Bob Dylan.

Entre los últimos galardonados con el Premio Nobel de Literatura figuran Mario Vargas Llosa, Herta Müller, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Doris Lessing, Orhan Pamuk, Harold Pinter, Elfriede Jelinek o John M. Coetze.

Poema ‘Allegro’

Tocó Haydn después de un día negro

y siento un sencillo calor en las manos.

Las teclas quieren. Golpean suaves martillos.

El tono es verde, vivaz y calmo.

El tono dice que hay libertad

y que alguien no paga impuesto al César.

Metro las manos en mis bolsillos Haydn

y finjo ser alguien que ve tranquilamente el mundo.

Izo la bandera Haydn -significa.

“No nos rendimos. Pero queremos paz”.

La música es una casa de cristal en la ladera donde vuelan las piedras, donde las piedras ruedan.

Y ruedan las piedras y la atraviesan

pero cada ventana queda intacta.

Del libro El cielo a medio hacer (1962), incluido en la antología Deshielo a mediodía (Editorial Nórdica). Traducción de Roberto Mascaró.

La obra de un hombre interesado por la música y la naturaleza

La trayectoria poética de Tomas Tranströmer comenzó en 1954, cuando, después de publicar poemas en diferentes revistas, salió a la luz su primer libro, 17 poemas, en el que se notaba su interés por la naturaleza y la música “que caracteriza una gran parte de su producción”, según el comunicado de la Academia sueca. Sus siguientes poemarios Hemligheter pa vägen (Secretos en el camino, 1958), Den halvfärdiga himlen (El cielo a medio hacer, 1962 y traducida al castellano en 2010) y Klanger och spar (Tañidos y Huellas, 1966) le confirmaron como “uno de los principales poetas de su generación”, prosiguió la Academia.

En 1974 escribió Östersjöar (Bálticos), que recoge fragmentos de una historia familiar de Runmarö, una isla del archipiélago de Estocolmo donde su abuelo materno trabajaba como práctico del puerto y donde Tranströmer pasó muchos veranos de niño. Otros recuerdos de su infancia y juventud aparecen en su libro de memorias Minnena ser mig (Poemas selectos y Visión de la Memoria, 1993, traducido al castellano en 2009).

La familia de Miguel Hernández pide se anule la pena de muerte contra el escritor

Presentarán nuevos documentos, como una carta de un jefe local falangista muy favorable al poeta

ABC / ORIHUELA
Apenas faltan cuatro meses para que el próximo 30 de octubre se cumpla el centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández y su memoria sigue siendo reivindicada por familiares y amigos. Así, este miércoles, varios de sus allegados y la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica de Alicante pedirá ante el Tribunal Supremo la revisión y también la anulación de la condena a muerte dictada contra el poeta en 1940.

Para ello, aportarán nuevos documentos, tal y como explicó en rueda de prensa en Madrid la propia nuera del vate de Orihuela, Lucía Izquierdo. Para Izquierdo, es “insuficiente” la Declaración de Reparación y Reconocimiento Personal de Miguel Hernández que el Gobierno entregó a la familia el pasado 26 de marzo. La sentencia de muerte fue conmutada por una pena de 30 años que nunca pudo cumplir, pues el autor de “El rayo que no cesa” murió en 1942.

Tal y como informó Enrique Cerdán, integrante de la citada Comisión Cívica, se han encontrado nuevos documentos, en concreto la existencia de otro juicio sumarísimo de urgencia contra Miguel, el número 4.487, desconocido hasta ahora.
Este proceso se desarrolló cuando el poeta, después de ser excarcelado en Madrid, regresó a su ciudad natal de Orihuela, donde fue de nuevo denunciado por diversas personas de la localidad, y se ordenó su ingreso en la cárcel de San Miguel. Sin embargo, en este nuevo proceso numerosos ciudadanos intercedieron a favor del poeta, entre ellos, incluso, el abogado y secretario de la Jefatura Provincial de la Milicia de la Falange y las JONS Juan Bellod Salmerón, que conocía al poeta desde niño.

En una carta, que nunca llegó a Madrid y por tanto no se pudo tener en cuenta en el juicio del que resultó la condena a muerte, Bellod decía sobre Miguel Hernández: “Garantizo plenamente su conducta y actuación, así como su fervor patriótico y religioso que se revela por lo demás en la lectura de su producción literaria. No le creo pues en lo fundamental enemigo de nuestro Glorioso Movimiento con cuyos principios le considero identificado por su formación y su temperamento”.

En un plazo de 6 a 9 meses, el Supremo decidirá si admite a trámite la solicitud, según señaló el asesor jurídico de la Comisión Cívica, Carlos Candela. “Creo que tenemos el material que exige la Ley para que sea admitido, se nos escuche y se consiga la anulación de la sentencia”, explicó

Esos oscuros señores ortodoxos: El Vaticano condena otra vez a Saramago tras su muerte

Le acusa de “populismo extremista” y le define como “ideólogo antirreligioso”

Las gafas y la maquina de escribir

José Saramago

FOTOS – ADRIEL PERDOMO –

Las gafas y la maquina de escribir. La vieja máquina de José Saramago y sus gafas en la sala a la que da nombre en la Fundación César Manrique de Lanzarote, con motivo de una exposición dedicada a su obra.- ADRIEL PERDOMO

Ni elogio fúnebre ni nota necrológica neutra. Fiel a su historia, el Vaticano ha dedicado hoy a José Saramago, fallecido el viernes a los 87 años en Lanzarote, un ataque denigratorio, una condena de un tono casi sarcástico, que suena casi a celebración por la muerte de uno de los intelectuales que más lúcidamente ha condenado los abusos cometidos en nombre de la religión y la hipocresía y contradicciones de la Iglesia de Roma.

El artículo dedicado al autor de ‘Memorial del convento’ por el diario oficial de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, se titula La omnipotencia (relativa) del narrador, está firmado por Claudio Toscani y mezcla reflexiones sobre su tarea de intelectual de izquierdas con descalificaciones del tipo “populista extremista”.

La pieza subraya la “ideología antirreligiosa” de Saramago, a quien define como “un hombre y un intelectual de ninguna capacidad metafísica, (y que vivió) agarrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico, alias marxismo”. Para añadir: “Colocándose lúcidamente de la parte de la cizaña en el evangélico campo de trigo, (Saramago) se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, olvidando el recuerdo de los ‘gulag’, de las purgas, de los genocidios, de los ‘samizdat’ (panfletos de la Rusia soviética) culturales y religiosos”.

Por lo que respecta a la religión, continúa la nota, “uncida como estuvo siempre su mente por una desestabilizadora banalización de lo sagrado y por un materialismo libertario que cuanto más avanzaba en los años más se radicalizaba, Saramago no dejó nunca de sostener una simplificación teológica inquietante: si Dios está en el origen de todo, él es la causa de todo efecto y el efecto de toda causa”.

La estocada posterior es durísima. “Un populista extremista como él, que se hacía cargo del porqué de los males del mundo, habría debido antes que nada aplicar el problema a todas las estructuras humanas erróneas, desde las histórico-políticas a las socioeconómicas, en vez de saltar al detestado plano metafísico y culpar, de manera demasiado cómoda y carente de cualquier otra consideración, a un Dios en el que nunca creyó debido a su omnipotencia, a su omnisciencia, a su omnipresencia”.

El artículo critica de modo especial la novela ‘El Evangelio según Jesucristo’, con la cual, dice L’Osservatore Romano, el Premio Nobel de Literatura lanzó “un reto a la memoria del cristianismo de la cual no se sabe qué se puede salvar si, entre otras cosas, Cristo es hijo de un padre imperturbable que lo manda al sacrificio, que parece entenderse mejor con Satanás que con los hombres, y que domina el Universo con poder pero sin misericordia”.

“Irreverencias aparte”, concluye la pieza, “la esterilidad lógica, antes que teológica, de tales asuntos narrativos no produce la buscada deconstrucción ontológica, sino que se retuerce en una parcialidad dialéctica tan evidente como para impedirle alcanzar cualquier objetivo creíble”.

Por qué la gente quería tanto a Saramago

Cientos de personas aguardan en la plaza del municipio lisboeta para acceder hasta el sitio en el que se halla su cuerpo.

José Saramago está expuesto desde esta tarde en el salón noble del Ayuntamiento de Lisboa, la ciudad en la que se hizo escritor. Cientos de personas aguardan en la plaza del municipio a que les toque el turno que les permite acceder hasta el sitio en el que se halla su cuerpo ya sin vida, su semblante noble y adusto, sosegado aún más por la sombra sutil de la muerte. Hay gente de todos los sectores, profesionales, obreros, campesinos como los de su origen, poetas, periodistas, gentes venidas desde distintos lugares de Portugal o de España, cronistas que le han seguido el rastro, familiares, gente que se cruzó con él alguna vez en la presentación de un libro o en un mitin. ¿Por qué le quieren tanto? Su editor, Zeferino Coelho, me dijo esta mañana, con lágrimas en los ojos, que le querían porque representaba, en el siglo XX y aún más allá, “un monumento portugués, como Pesoa”.

Cree el editor que Saramago “concibió un mundo, que le representa y nos representa”. En ese mundo el autor de El año de la muerte de Ricardo Reis reinventó los mitos civiles de Portugal a la altura del maestro de los heterónimos, Fernando Pesoa. Y, además, nunca se dejó intimidar por los convencionalismos del poder.

¿Es un monumento pues? Se lo pregunté a un gran folclorista, cantante, intelectual y hombre de izquierdas, Carlos do Carmo, confundido entre los que acudieron a contemplar de cerca el rostro sin vida de José Saramago, su amigo. Dijo Carlos do Carmo “yo diría que Saramago es excepcionalmente un extramonumento portugués. Yo tengo 70 años”, siguió diciendo do Carmo, “y es la primera vez que veo en mi vida un reconocimiento popular a alguien tan peculiar como Saramago”.

Un amigo

Carlos do Carmo nunca había visto en su vida “a alguien que fuera tan querido, que le gustara tanto, a todo el mundo y sobre todo a la gente muy sencilla”. Le pregunté por qué. “Ah, vaya preguntándolo por ahí. Lo cierto es que todo el mundo ha aprendido de él. Yo he sido su amigo, era mi amigo, era uno de los amigos de mi vida, y muchas veces he aprendido de José, hasta el último instante”. Le pregunté al ilustre folclorista qué había aprendido de Samarago. “La paciencia. Su paciencia era inagotable, y yo creo que la paciencia proviene de la nobleza. Y además tenía un humor muy particular, que la gente no conocía. Y era una persona muy generosa. Son muchas cosas que aprender de una sola persona”.

Quería añadir algo más Carlos do Carmo. Y lo hizo, a media voz dentro del salón noble del municipio. Quiero destacar su similitud con Jacques Brel. Como el cantante, José mostró siempre una total intolerancia hacia la mediocridad. Eso me encantaba”. Cerca de él, Zeferino Coelho nos dijo al oído: “Saramago decía que lo peor de la muerte es que estás y de pronto no estás. Él estará siempre con esta gente que le viene a ver”. Su biógrafo, Fernando Gómez Aguilera, director de la Fundación César Manrique y creador de la exposición sobre la vida y la obra de Saramago, estaba allí, de pie, frente a su amigo muerto. Había venido en el avión militar que fletó el Gobierno portugués. Tuvo esta reflexión poética sobre el regreso de Saramago a su patria: “Fue a Lanzarote en una balsa de piedra y vuelva a Portugal entre las nubes del aire”.

Su amigo Javier Pérez Royo, catedrático sevillano, se mostraba extrañado ante un silencio: “¿Por qué no están diciendo ustedes estos días que la mejor novela de Saramago, la más consistente entre sus metáforas, la que demostró para siempre su gran categoría de novelista, la gran novela de Lisboa es El año de la muerte de Ricardo Reis?”. Pues ya está dicho. Por cierto, esta novela, El año de la muerte…, fue la que llevó a Pilar del Río a conocer, como periodista, a Saramago, con las consecuencias sentimentales que ya todo el mundo conoce.

Miguel Hernández: Homenaje a un preso universal

El busto dedicado a Miguel Hernández e inaugurado este sábado en  Rosal de la Frontera. | EfeEl busto dedicado a Miguel Hernández e inaugurado este sábado en Rosal de la Frontera. | Efe

Efe | Huelva

La localidad onubense de Rosal de la Frontera, en cuyo calabozo pasó el poeta Miguel Hernández sus primeras noches de cautiverio tras ser detenido en Portugal, ha rendido este sábado un homenaje a su figura y su obra, coincidiendo con el centenario este año de su nacimiento.

La presidenta del Parlamento de Andalucía, Fuensanta Coves, ha participado en el evento, organizado por el Ayuntamiento de la localidad onubense, y cuyo acto principal ha sido el descubrimiento de un busto del poeta en la Plaza de España. En su discurso, Coves se ha referido al poeta como “un hombre que defendió al Gobierno democrático con todas las armas que tenía, plomo y grafito e incluyo también en el arsenal a su integridad, la que le hizo morir en prisión incapaz de aceptar que una manera de pensar era punible”.

“Hoy, el Parlamento de Andalucía en el Rosal de la Frontera, rinde culto a un genio que fue mancillado hasta la extenuación por ser antifascista”, ha señalado Coves, que ha estado acompañada por la nuera del poeta, Lucía Izquierdo.

Cinco días de tortura

La historia común del Rosal de la Frontera y Miguel Hernández comienza el 4 de mayo de 1939 cuando tras ser detenido en Moura (Portugal) -a donde huyó tras declarar Franco el final de la Guerra Civil- por la policía salazarista, fue trasladado al calabozo del puesto fronterizo de esta localidad onubense. Allí estuvo cinco días, durante los que fue torturado y compartió celda con un preso común de la localidad.

La prisión en la que estuvo es ahora la Casa de la Cultura Miguel Hernández, donde está recreada la celda y también se ha instalado un centro de interpretación de su vida y obra.

El principal acto del homenaje ha sido el descubrimiento de un busto del poeta en la Plaza de España, al que se ha sumado un reconocimiento institucional, una ofrenda de flores y la proyección del documental ‘El siglo del poeta’.

La cuarta herida de Miguel Hernández

Escritores, actores y políticos reivindican la memoria del poeta alicantino en el Teatro Lara.

Juan Diego Botto, durante la lectura. Foto: Alberto Di Lolli.

Alberto Ojeda
Tres heridas tenía Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte y la del amor. “Debemos evitar que tenga otra: la del olvido”, ha dicho Alfonso Guerra durante el homenaje ofrecido al poeta esta mañana en el Teatro Lara. Y a juzgar por la cantidad de gente que se ha sumado al tributo, ese objetivo, de momento, está cumplido. Aunque la verdad es que la reivindicación de sus versos, superada la posguerra, no ha dejado de intensificarse con el paso de los años.

Por el escenario de la sala madrileña han desfilado un nutrido plantel de actores: Marisa Paredes, Cristina Rota, Fele Martínez, Alberto San Juan, Blanca Portillo, Tina Sainz, Emilio Gutiérrez Caba… Cada uno de ellos ha leído alguno de sus poemas. Especialmente emotiva ha sido la declamación -con su característica voz de trueno- de Vientos del pueblo me llevan realizada por Juan Luis de Galiardo. Y la lectura, por parte de Juan Diego Botto, de una carta a Josefina, escrita desde la cárcel, en la que felicita a su mujer por lo buenas que están las magdalenas que le manda.

Otro momento álgido del homenaje ha sido la intervención de Alfonso Guerra. A él le ha correspondido cerrar el turno de lecturas. Lo ha hecho, entregado, recitando la Elegía a Ramón Sijé. Al terminar, Marisa Paredes le ha comentado: “Con razón querías ser actor”.

Luego, el político socialista ha departido con Luis García Montero, a vueltas ambos con la figura del autor de Perito en lunas. Para Guerra, Miguel Hernández es “el escritor que mejor representa el compromiso con el oficio de poeta, porque el escribía versos como el carpintero hace sillas”. También cree que es imposible leerle sin sentir compasión hacia él, porque es un hombre que “siempre estuvo penando” y que fue un ejemplo de entrega hacia sus ideales republicanos: “Mientras otros poetas vivían en la retaguardia organizando fiestas en palacios, él sí estaba en el frente, como zapador, abriendo trincheras…”.

Sobre esa fuerza simbólica también ha incidido Luis García Montero: “Miguel Hernández representa como nadie el deseo de transformación de España en los años 30, con la República”. Ha destacado que en su vida puede apreciarse como, paulatinamente, fue dejando atrás los valores conservadores y reaccionarios que le inculcaron en el pueblo para abrazar la civilidad más moderna y permisiva.

Junto al poeta granadino y el ex vicepresidente de Gobierno, ha terciado Pilar Cortés, de la editorial Espasa, que ha presentado las obras completas de Miguel Hernández publicadas por su sello, para el que trabajó en vida el autor de El rayo que no cesa, como ayudante de José María Cossío en la escritura de su enciclopedia taurina. La editora ha destacado que esta vez la compilación “ha prescindido del aparato crítico que tiene las que ya sacamos en el 92, para acercarlas a cualquier lector”.

Para Escritores Jovenes: Otro Cielo en internet

Otro Cielo en internet
Por Juan Manuel Candal
Si sos un joven escritor de cuentos ¿dónde podés publicar para hacerte leer?. Sale pronto un nuevo sitio web: otrocielo.com.

Ver:
Casi ochenta años atrás, Victoria Ocampo fundaba la mítica revista literaria “Sur”, por cuyas páginas pasarían entre otros nada menos que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y José Bianco. Tuvo jefes de redacción como Guillermo de Torre, el mismo Borges, Raimundo Lida, Ernesto Sábato, María Luisa Bastos, Nicolas Barrios Lynch y Enrique Pezzoni.

Año 2010. La realidad argentina no muestra particular interés por la literatura. Pero menos por el mundo del cuento. Y menos aún, por algo que parece tan arcaico como una revista literaria. Estamos, después de todo, en la era de la imagen visual. “Una imagen vale más que mil palabras” repiten por boca de loro aquí y allá, pero como respondió un escritor alguna vez: “Sí, pero resulta que aún no han encontrado una imagen que pueda transmitir esa idea.”

En un país en el que no se lee, internet trajo grandes oportunidades, pero sobre todo, un puñado elefántico de espejitos de colores. Se leen blogs, porque se escriben blogs. Se pegan fotos de las vacaciones y se narran las vivencias más o menos mundanas de los adolescentes de una generación educada por la TV, la computadora y la Play Station. En medio de éste panorama, algún tiempo atrás, casi como pidiendo permiso, algunas revistas literarias habían encontrado un espacio en la red. Evitando así los gastos de la publicación en papel y su distribución, parecía una excelente plataforma para relanzar ésta vieja tradición vernácula.

Pero no iba a ser así. La mayoría de las revistas literarias online se encuentran hoy abandonadas, sin señales de vida. Existen algunos casos aislados: “La comunidad inconfesable”, entre cuyos responsables está Oliverio Coelho. Allí se publican textos de un máximo de 99 palabras, buscando así llegar al lector moderno, que siempre está apurado y de pasada. También la revista-blog “Axolotl”, “La Idea Fija” y “Axxon”, pero se trata de publicaciones virtuales sin una circulación demasiado previsible (algunas salen 2 veces al año, otras cuatrimestralmente), y generalmente apuntadas a un género particular como la ciencia ficción, el terror, o el relato fantástico.

Pregunta: ¿si usted es un joven escritor y tiene una amplia producción en materia de cuentos, entonces, adónde lo envía? ¿Dónde conseguirá hacerse leer? Eso mismo era lo que nos preguntábamos los que a partir de este marzo de 2010 llevamos adelante “Otro Cielo”. Se trata de, una vez más, una revista literaria online. ¿Qué hay de nuevo, entonces? Antes que nada, cada número pretende ser una suerte de “antología de ilustres desconocidos”, seleccionando y publicando cuentos (no publicamos poesía, fragmentos de novela ni ensayos) sin restricción de género, de escritores hispanoparlantes que estén escribiendo y no tengan un lugar establecido en el mundo de las editoriales. Pero también nos “apadrina” un escritor reconocido distinto cada mes, a quien le solicitamos un cuento y una entrevista. Buscamos acercar ambos mundos: el de los escritores de cajón y el de los autores de librería. En las entrevistas indagamos sobre su relación con la industria, con su obra, con la literatura en general. En el primer número contamos con Juan Terranova. Para el segundo ya entrevistamos a Gustavo Nielsen, y estamos arreglando la agenda para incluir luego a Pedro Mairal, Samanta Schweblin, Laura Meradi y Andrés Neuman. Todos ellos se han mostrado interesados en participar.

Nuestro compromiso, entonces, es el de mantener este nivel mes a mes, y fundar un espacio sólido, estable, creíble, con el que cualquiera pueda comunicarse para enviar su material. Nuestro trabajo será leerlo y debatirlo. Podrá ser publicado o no, pero procuramos mantenernos en contacto con quienes envían sus relatos, brindar una respuesta clara y en un tiempo lógico (por lo general menos de un mes), respetando a todos los que nos confían sus obras.

Hoy por hoy, nuestro espacio está en la red: en el sitio y en formato PDF imprimible y gratuito. Buscamos aportar una esquina en busca de los espacios literarios perdidos. No somos “Sur”, no está Victoria Ocampo en la oficina, ni Borges anda deambulando por la redacción, pensando en su Aleph o en sus inmortales. Pero en “Otro Cielo” está el deseo de seguir apostando por la literatura argentina y latinoamericana. Apostamos por nosotros porque apostamos por nuestros escritores y por nuestros lectores. Desde ya, están todos bienvenidos.

Sitio web: http://www.otrocielo.com/

Para envío de cuentos, consultar la convocatoria en: http://www.otrocielo.com/envios.html

Información: info@otrocielo.com

La vida breve de Miguel Hernández V

LUIS GARCÍA MONTERO

El tiempo amarillo

En Llamo a los poetas,su mejor poema escrito en tiempos de guerra, Miguel Hernández se confiesa un ser solitario, necesitado de cariño. Su poesía nunca había apostado de manera profunda por el surrealismo, pero se siente amigo de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, los autores de La destrucción o el amor y de Residencia en la tierra. Y es que los dos habían sido amables con él. Otros escritores, sin duda debido al carácter impertinente, acuciante y presuntuoso del joven muchacho de Orihuela, previamente relacionado con la derecha católica, prefirieron mantenerse lejos. Miguel Hernández dedica a Aleixandre y a Neruda sus dos libros de guerra, Viento del pueblo y El hombre acecha, pero pide amistad a todos los poetas, primero llamándoles por sus apellidos, y después, por sus nombres.

El año más feliz de la vida de Miguel Hernández fue 1937. Se puede afirmar con toda seguridad, aunque se trata de una afirmación grave, ya que hablamos de un tiempo de muerte y cañones. Pero en 1937 se casó, tuvo un hijo y, sobre todo, fue aplaudido como poeta, el poeta de la guerra, el poeta proletario, el poeta reconocido por la oficialidad, el pastor poeta que con “los cojones del alma” acude a la primera línea de fuego y después vuelve a descansar a su casa para convertir el vientre de su esposa en una “sementera” y cantar cuando “sus piernas implacables al parto van derechas”.

No tuvo suerte literaria Miguel Hernández. La mitología lo convirtió en el poeta de la Guerra Civil, y sus poemas de guerra están limitados por unas circunstancias difíciles. Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas. Más que atender a los malos poemas generalizados, conviene buscar las rarezas de lo bueno. Rafael Alberti consiguió escribir unos cuantos poemas de primera calidad, casi siempre con temas de retaguardia, que son verdaderas flores de invierno.

Cuando la mitología convirtió a Miguel Hernández en el poeta de la guerra consiguió que su nombre se hiciera popular, que llegase a algunos aficionados, pero… Para qué vamos a engañarnos, su presencia ha sido muy débil entre las últimas generaciones de poetas españoles.

Por eso conviene defender la altísima calidad y la originalidad de sus dos obras maestras: El rayo que no cesa y Cancionero y romancero de ausencias. Miguel Hernández escribió mejor en la culpa y la necesidad que en el himno y la certeza. El desvalimiento sexual y la miseria afectiva consolidan la maestría formal de su carnívoro cuchillo y de su rayo amoroso. Y la culpa que siente por su comportamiento con Ramón Sijé le permite escribir una elegía de dolor desmesurado, pero íntimo. Después de militar con Sijé en el nacionalcatolicismo y de escribir poemas y obras de teatro pidiendo que los campesinos obedezcan a Dios y a los caciques, Hernández descubre que el mundo intelectual madrileño mira hacia otra dirección y cambia de opinión y de ambiciones. Al morir Sijé se siente un traidor y escribe un poema que conmueve. Pocas veces las exageraciones retóricas alcanzan una cota de sinceridad íntima.

Ocurrió lo mismo con el Cancionero y romancero de ausencias. En la cárcel no sólo se duele de la derrota, sino de la realidad de las guerras, las “tristes guerras”. Leal y militante, se revuelve contra los dogmas y la violencia. En un cuaderno escolar va copiando breves poemas escritos con dificultad, maravillosos poemas que suponen una renovación originalísima del neopopularismo que tanto habían utilizado Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27. Llena de nueva vida la canción. Este libro es una cima de la poesía, de la ética y de la militancia, una lección de actualidad.

Miguel Hernández escribió: “Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía”. Más allá del mito, creo que El rayo que no cesa y el Cancionero impedirán que el tiempo se ponga amarillo sobre la fotografía poética de Miguel Hernández. Baste el ejemplo de uno de los mejores libros de mi generación, Paseo de los tristes, de Javier Egea. En los años ochenta, Javier hermanó el Cancionero de Miguel Hernández con Las cenizas de Gramsci, de Pasolini, para intentar comprender lo que estaba pasando en España, lo que nos estaba pasando a nosotros.

La vida breve de Miguel Hernández III

JOAN MANUEL SERRAT

Versos para cantar

No toda la poesía vale para ser cantada.

Cierto que a todo se le puede poner música y que todo puede ser cantado, desde la guía telefónica hasta el manual de instrucciones de un lavavajillas, pero es dudoso que textos de este calado alcancen a conmover a un auditorio como se espera de una buena canción.

Por lo general y salvo excepciones, una buena letra de canción tiene una estructura, un ritmo, una rima, un murmullo que la mece y la transporta mansamente hasta el oído, donde un argumentario manejado con sensibilidad se encargará de acercarla al corazón.

Luego está la música, pero eso ya es otro cantar.

No toda la poesía vale para ser cantada, ni todos los poetas sirven para escribir canciones.

A lo largo de más de cuarenta años de dedicarme a este oficio y de haberlo intentando de maneras varias, incluyendo tentativas de colaboración con plumas contrastadas y brillantes, en alguna ocasión me sorprendió la simpleza de los textos con la que algún reconocido hombre de letras respondió a mis requerimientos de escribir canciones en complicidad. Quizá el vate, convencido de antemano de que la canción popular no pasa de ser un arte menor mas cercano al alfarero que al escultor, cayó en el pecado que denunciaba Antonio Machado: despreciar cuanto se ignora, aunque también cabe la posibilidad de que el buen hombre no supiera hacerlo mejor. Bien sea por lo uno o por lo otro, mi experiencia me reafirma en que de la misma manera que detrás de un buen autor de canciones no hay necesariamente un buen poeta, tampoco al revés o viceversa.

Afortunadamente, también existen García Lorca y Rafael de León y Manolo Vázquez Montalbán y Mario Benedetti, por citar algunos magníficos letristas de canciones por derecho y, al tiempo, buenos poetas como muestra de que entre poesía y canción no media una frontera clara.

A este grupo de poetas manifiestamente musicales corresponde Miguel Hernández. Versos de rima clara y cadencioso ritmo que vienen de fábrica con la música puesta. Poesía escrita para ser cantada.

La mejor prueba de ello es que somos muchos los que con más o menos acierto, con mayor o menor fortuna, nos hemos atrevido a musicar y cantar sus versos, y diría yo que con el beneplácito del autor.

No me parece a mí que se le hubieran caído los anillos escuchando sus versos hechos canción a quien en el prólogo de Viento del pueblo insiste en que los poetas debían estar en el aire y pasar soplados a través de todos los poros. Probablemente no hubiese estado de acuerdo con muchas de las músicas con las que unos y otros hemos envuelto sus poemas, pero sin duda no le hubiera resultado ajena la peripecia.

De hecho, en vida del poeta, Lan Adomian, judío neoyorquino nacido en Ucrania integrante de la Brigada Lincoln, les puso música a algunos de sus poemas con su visto bueno y activa complicidad, y se sabe que trabajó en un himno oficial para la II República que debería haber sustituido al de Riego.

Si no le hubiera gustado que sus poemas olieran a canción, no existiría una Canción del esposo soldado, ni una Canción primera, ni una Canción última.

Titular un libro como: Cancionero y romancero de ausencias indica claramente que concebía esos versos como algo coral, musical y compartido.

Buena parte de sus obras de teatro incluyen pasajes explícitamente escritos como canciones en los que, junto a otras acotaciones, se indican los instrumentos que debían acompañarlos y donde coros como los de vendimiadoras y vendimiadores de El labrador de más aire recuerdan a los que suelen gastarse en las zarzuelas.

Otro ejemplo son las conocidas Nanas de la cebolla, escritas como seguidillas y que envía a su mujer diciéndole: “Ahí te mando coplillas.

Quien ensayó todo un abanico poético, desde la octava real hasta el soneto y el alejandrino, termina apostando por canciones al modo popular.

Como Miguel Hernández, creo en el placer de cantar, de cantar por el gusto de cantar, así como también creo que la canción es un buen modo de difundir la voz de los poetas, aunque confieso que ésa no ha sido nunca la razón que me ha movido a ponerles música. Si algo me ha llevado a hacerlo ha sido el descubrir en versos ajenos aquello que yo quería decir y de la manera en que el otro lo dijo. El resultado de toparme con versos que cantan y que me hicieron cantar con ellos.

Es difícil sustraerse a la simpatía que genera ese hombre que, como dice José Agustín Goytisolo: “Nace, escribe, muere desamparado”, pero, por encima del cariño a la persona y al ideario de Miguel Hernández, han sido la contundencia de su poesía, su vigencia y sobre todo su musicalidad las que me ha empujado a proponer una segunda entrega de sus versos hechos canciones, que, bajo el título de Hijo de la luz y de la sombra, supone una prolongación y también un complemento del trabajo que apareció en 1972.

Aventando sus versos, redondos y frescos como si hubieran sido escritos ayer y aquí, me uno a la celebración del centenario de su nacimiento y rindo un fraternal homenaje al poeta, al niño cabrero, al amigo desgajado, al amante exiliado, al padre huérfano, a la víctima de las cárceles de la dictadura, al hombre que cada vez que colgaba al sol los sueños, la vida le dejaba carbón, pero también me rindo homenaje a mí y a todos y cada uno de nosotros.

La vida breve de Miguel Hernández I

Tributo al genial escritor en el centenario de su nacimiento. Escriben: Antonio Muñoz Molina, Elena Medel, Luis Muñoz, Alfonso Guerra, Benjamín Prado, Joan Manuel Serrat, Eutimio Martín y Luis García Montero.

Tributo a Miguel Hernández

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Nacido para el luto

A Miguel Hernández todo le pasó en un tiempo muy breve, pero su vida es una larga cadena de esperas. Habría que sustraer, de los pocos años que vivió, todas las horas, los días, los meses que se pasó esperando algo, desesperando de que no llegara, enviando peticiones de ayuda a personas siempre mejor situadas que él que no tenían el tiempo o las ganas de contestar a sus demandas. Otros disfrutaban el resguardo de una posición social o de un privilegio literario o político: Miguel Hernández se supo siempre a la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en la cárcel y en la cercanía de la muerte. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.

Escribía cartas y aguardaba respuestas con expectación angustiada: cartas a su novia, Josefina Manresa; cartas a los amigos, a los que pedía favores apremiantes, dinero prestado, influencias; cartas a los poetas célebres, a los que asediaba con una mezcla de orgullo insensato y tosco servilismo; cartas desde la cárcel, en los últimos años de su vida, solicitando avales políticos, gestos de clemencia, noticias sobre el hijo demasiado pequeño y demasiado frágil que tal vez acabaría teniendo el mismo destino del hijo anterior, muerto a los 10 meses, amortajado con los ojos abiertos, con el mismo gesto atónito que se le quedó a él mismo cuando velaban su cadáver: unos ojos muy grandes, desorbitados por la enfermedad de la tiroides, sobre cuyo color exacto no hay acuerdo entre los testimonios de quienes lo conocieron. Qué podemos saber de verdad sobre la vida de alguien que murió no hace tanto, en 1942, si los testigos ni siquiera concuerdan en el color de sus ojos: Miguel Hernández los tenía verdes y muy claros, o muy azules, resaltando más en su cara morena; o los tenía pardos, según dice uno de sus biógrafos, Eutimio Martín, aportando la prueba de su ficha militar y la de su filiación de prisionero.

Lo que atestiguan sin duda las fotografías es el tamaño y la expresión de los ojos, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza que es todavía más visible en el dibujo que le hizo Antonio Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel Hernández no en un hombre real, sino en un icono reverenciado de algo, de muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los pósters del antifranquismo, en nuestras galerías de retratos de la resistencia, junto a Lorca, junto a Antonio Machado, tal vez también junto a Salvador Allende, Che Guevara, Dolores Ibárruri. En ciertos bares, en ciertos pisos de estudiantes, la cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual que también incluía las reproducciones del Guernica. Era difícil pensar entonces que aquel retrato hubiera sido el de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido ya bien entrado el siglo, en 1910.

Estremece siempre hacer las cuentas de su edad: con 22 años hizo su primer viaje a Madrid y publicó su primer libro de poemas; no había cumplido 26 cuando logró por primera vez la maestría indudable de El rayo que no cesa; tres años después, la guerra ya perdida, entró por segunda vez en la cárcel y no volvió a salir de ella. Pero la rapidez de todo se vuelve más asombrosa cuando contrastamos la altura de sus logros mejores con su punto de partida. Hacia 1937, Miguel Hernández empezó a escribir poemas con una voz y un despojo que no se parecen a nada en la literatura española, y muy poco antes había alcanzado ya un dominio de lenguaje y de las formas poéticas en el que estaba comprimida por igual la disciplina de la tradición clásica y la libertad del surrealismo: pero sólo unos años atrás, a finales de los veinte, su horizonte poético era todavía el de la retórica averiada de los juegos florales, cuando no el todavía más horrendo de la poesía entre sentimental y rústica en dialecto comarcal, muy imitada, de Gabriel y Galán. El mismo hombre que publica en 1937 la Canción del esposo soldado había presentado en 1931 un Canto a Valencia a un concurso oficial en dicha provincia, en el que, bajo el lema Luz�Pájaros�Sol, se sucede una catarata de versos que incluye el siguiente pareado: Con emoción agarro?/ el musical guitarro.

Tenía desde que encontró su vocación, en la primera adolescencia, la desvergonzada capacidad de mimetismo de los grandes autodidactas, el amor agraviado por el saber de quien fue apartado demasiado pronto de la escuela. Una leyenda que él mismo se ocupó de alimentar ha exagerado la pobreza de sus orígenes, y contribuido fatalmente al malentendido paternalista y populista que hace de él un talento rústico, una especie de diamante en bruto. Es verdad que Miguel Hernández dejó la escuela a los 14 años y se puso a cuidar cabras, pero las cabras pertenecían a los rebaños de su padre, que era un hombre de cierta posición. Más que la pobreza, lo que debió de herirlo cuando tuvo que abandonar la escuela fue la vejación de verse a sí mismo pastoreando cabras mientras otros con menos inteligencia natural que él continuaban en las aulas; también la sinrazón de una brutal autoridad paterna que no por ser propia de la época era menos hiriente para su espíritu innato de rebeldía y de justicia. El padre despótico veía la luz encendida a altas horas de la noche en el cuarto del niño lector y lo castigaba a correazos y a patadas (20 años después su hijo estaba muriéndose de neumonía y tuberculosis en la prisión de Alicante y no se molestó en visitarlo).

Pero se marchaba el padre y Miguel Hernández volvía a encender la luz y recobraba el libro escondido, muy usado, alguno de los que encontraba en la biblioteca pública o en la de un sacerdote de Orihuela, el padre Almarcha, que empezó siendo su protector y fue luego uno de sus muchos verdugos. Leía de noche a la poca luz de una bombilla o de un candil, y cuando salía con las cabras llevaba el libro escondido en el zurrón y seguía leyendo, devorando toda la poesía española que encontraba, la buena y la mala, lector omnívoro a la manera de los autodidactas que no tienen más guía que su propio entusiasmo, originado quién sabe dónde. Nada de lo que a otros les estuvo siempre asegurado fue fácil para él: nada de lo más elemental, el papel, la pluma, la tinta, la mesa. Escribía versos en papel de estraza con un cabo de lápiz. Quería escribir y no tenía dónde apoyarse. Una piedra, el lomo de una cabra. Hay que leer sus poemas juveniles para darse cuenta de la penuria estética de la que partió, de la clase de talento y de furiosa voluntad que le fueron necesarios para sobreponerse a limitaciones invencibles. Entre la retórica mal digerida de la poesía barroca y de los atroces versificadores tardorrománticos y tardomodernistas, en esos poemas aparece un fogonazo de realidad observada de cerca, de naturaleza y vida animal y exasperación humana de soledad y deseo: Miguel Hernández, pastoreando cabras, copia laboriosamente los lugares comunes más decrépitos de la poesía pastoril, pero le sale de pronto una desvergüenza sexual campesina, una claridad expresiva que con el paso del tiempo será uno de los rasgos más originales de su voz poética, el arte supremo de hacer literatura llamando a las cosas por su nombre.

Tampoco tuvo vergüenza para medrar cuando le fue necesario: para cultivar un personaje que al despertar simpatías le beneficiaba en sus propósitos, pero también lo hacía vulnerable a la condescendencia, bienintencionada o malévola. Empezó jugando a ser el “pastor poeta” del primitivismo pintoresco, y en la sociedad literaria de Madrid en vísperas de la guerra siguió siendo, entre hijos de buena familia con inclinaciones izquierdistas, damas de sociedad y diplomáticos, el campesino moreno y exótico, el inocente y bondadoso que llevaba alpargatas y pantalón de pana que podía ser entrañable, pero no siempre era invitado a las reuniones de buen tono. Miguel Hernández, que persiguió con calculada adulación y sincero fervor a tantos de sus contemporáneos -la adulación y el fervor, en su caso, eran compatibles-, quizá no tuvo entre los literatos de Madrid ningún amigo de verdad salvo Vicente Aleixandre. En la intemperie de su vida había una soledad que no aliviaba nadie: Ya vosotros sabéis / lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo. / Andando voy, tan solos yo y mi sombra. Provocaba incomodidad, cuando no abierto rechazo. Rafael Alberti en verso y María Teresa León en prosa le atribuyen sin demasiados eufemismos un olor poco adecuado para las cercanía sociales. García Lorca no se presentaba en una casa si sabía que Miguel Hernández estaba en ella. Llamó por teléfono a Aleixandre con la intención de ir a visitarlo, y al enterarse de la presencia de Hernández no se contuvo: “Échalo”.

De todo aquel grupo, sólo él conoció de primera mano el trabajo manual, sólo él pasó hambre al llegar a un Madrid en el que se le cerraban todas las puertas y en el que daba vueltas por las calles con el estómago vacío y con una carpeta de versos mecanografiados bajo el brazo, esperando a ser recibido por alguien importante, esperando a que apareciera en un periódico una entrevista prometida, a que le llegara un giro con algo de dinero que le permitiese prolongar un poco más la espera. Llegó la guerra y también fue él quien la conoció de cerca y de verdad, por decisión propia. Para entonces había empezado a disfrutar algo de lo tanto tiempo esperado, la visibilidad que le trajo la publicación de El rayo que no cesa, celebrado públicamente nada menos que por Juan Ramón Jiménez en el diario El Sol, lo cual equivalía a una consagración. En la guerra, Miguel Hernández entra en posesión de todas sus mejores facultades como poeta y como militante político, pero también en eso lo acompañan el malentendido y la leyenda, la dificultad de encajar en los estereotipos de nadie. Su evolución política no es menos chocante que la rapidez de su maduración literaria: en 1935 aún escribía poemas y conatos de autos sacramentales influidos por el catolicismo entre místico y fascista de su amigo Ramón Sijé; en septiembre de 1936 es miembro del Partido Comunista y cava trincheras recién alistado en el Quinto Regimiento. Pero tampoco cuadra, ni física ni metafóricamente, en la fotografía canónica de los poetas comprometidos con la causa republicana: vive con los soldados en los frentes, no en los despachos de la Alianza de Intelectuales. Y cuando en 1939 todo se derrumba, él se queda vagando en la intemperie de Madrid mientras casi todos los demás encuentran el camino del exilio. No hubo plaza en ningún avión ni pasaporte de última hora para quien había puesto su vida entera, su nombre y su literatura al servicio de la República; para quien no podría esperar clemencia de los vencedores ni tampoco esconderse en el anonimato.

Demasiado inocente o demasiado aturdido por la derrota, elige la peor huida posible y va a meterse él solo en la boca del lobo. Como Lorca buscando refugio en Granada, Miguel Hernández regresa con cabezonería suicida a su pueblo y a la cercanía de su mujer y su hijo, y en septiembre de 1939, ni siquiera con 29 años cumplidos, cae en la red de las cárceles y los procesos sumarísimos para no salir ya nunca. Nadie mejor que los paisanos y los convecinos de uno para abatirlo a traición con la quijada de Caín. El trato que recibe de los vencedores -civiles, militares, eclesiásticos- revela la catadura de un régimen construido expresamente sobre la venganza de clase. Miguel Hernández es el retrato robot del vencido, el enemigo perfecto.

Pero su martirio real no nos exime de la necesidad de mirar su figura completa como escritor y como hombre, que es mucho más rica que todos los estereotipos levantados sobre ella. Vivió en su tiempo, no en el nuestro. Hizo poemas a la Virgen María y también los hizo a Stalin. Cuando la cultura predominante en España era la antifranquista, Miguel Hernández fue elevado a un altar en el que convenía que destacara la parte más combativa de su obra, el estatuto de poeta voluntariamente popular que él asumió con todas las de la ley en los años de la guerra y que culmina en Vientos del pueblo; también, aunque en menor medida, en El hombre acecha, donde tan visible como la militancia política es el desaliento por la carnicería y la destrucción que ya duran demasiado, el puro espanto ante lo peor de la condición humana: Se ha retirado el campo / al ver abalanzarse / crispadamente al hombre.

Pero en la ansiosa modernidad de los años ochenta, de pronto, ya no había sitio para Miguel Hernández: los mismos rasgos que habían contribuido a su consagración ahora lo volvían anacrónico. En un país donde no hay actitud intelectual más celebrada que el desdén, nada era más fácil de repente que desdeñar a Miguel Hernández: había que ser cosmopolitas, y él resultaba demasiado autóctono; neuróticamente urbanos, y Hernández parecía demasiado rural; adictos a las modas capilares e indumentarias, y él permanecía congelado en su cabeza rapada y sus ropas de pana. En una época, los años ochenta, en la que estaba de moda despreciar con un mohín a Antonio Machado, Miguel Hernández tenía algo de antigualla embarazosa. No era un poeta: era una letra de canción anticuada.

Quizá ahora estamos en condiciones de mirarlo como fue y de leer de verdad su poesía, más allá de los pocos poemas que algunos recordamos todavía, los que se hicieron célebres en la resistencia y en la primera transición. El trabajo acumulado de los biógrafos -Agustín Sánchez Vidal, José Luis Ferris, Eutimio Martín- nos permite un conocimiento sólido de una vida demasiado breve y mucho más rica en pormenores y resonancias que cualquier estereotipo: la vida no de un inocente, ni de un buen salvaje exótico, ni la de un santo, sino la de un hombre que sobreponiéndose a circunstancias terribles logró hacer de sí mismo aquello que soñó desde que era un chaval pastoreando cabras: un poeta y un hombre en la plenitud de su albedrío.

En una literatura tan pudibunda y tan temerosa de lo sentimental como la española, él escribió sin reparo sobre el deseo sexual, sobre su ternura masculina de esposo y de padre. Su mejor poesía política conserva una fuerza de belleza y rebeldía que la hace muy superior a la de Neruda. Neruda no habría escrito jamás, por ejemplo, El tren de los heridos. Le faltaba empatía verdadera hacia los seres humanos, y no había compartido sus padecimientos. Neruda se declaró siempre maestro de Hernández, y sin duda lo fue en algún momento, pero yo tengo la sospecha de que el Canto General le debe a Vientos del pueblo mucho más de lo que el propio Neruda habría estado dispuesto a reconocer. En Miguel Hernández lo más íntimo y lo más político, la emoción privada y la arenga pública, se conjugan más estrechamente que en ningún otro poeta. Y en el Cancionero y romancero de ausencias, la hondura y el despojo provocan un estremecimiento que es el de las cimas más solitarias de la literatura, el del Libro de Job y las Coplas de Jorge Manrique y François Villon y Fray Luis de León y la Balada de la cárcel de Reading y Antonio Machado. Toda retórica ha sido abolida, todo rastro de amaneramiento. Los versos tienen a veces una impersonalidad desnuda de poesía popular, de letra flamenca o de romance antiguo; en ellos se nota la doble sombra triste de Machado y de Lorca, los otros dos poetas aniquilados por la guerra: Písame,/ que ya no me quejo./ Ódiame,/ que ya no lo siento./ No me olvides/ que aún te recuerdo/ debajo del plomo/que embarga mis huesos.

Demasiado viene durando ya la espera. Ahora que va a hacer un siglo que nació ha llegado el tiempo de leer a Miguel Hernández.

Joan Manuel serrat:«Hijo de la luz y de la sombra»

Serrat: «Ojalá los adolescentes hagan copias furiosamente»

Serrat: «Ojalá los adolescentes hagan copias furiosamente»
MANUEL DE LA FUENTE |
MADRID
Eran tiempos todavía muy difíciles, oscuros y sombríos. Al régimen de Franco le quedaban tres años de vida, casi unas horas tras cuatro décadas de tinieblas. Pero como un toro malherido aún repartía a diestra y siniestra (sobre todo a siniestra) rabiosas cornadas, derrotas enloquecidas que podían llevar a Carabanchel, a la Modelo, ante el temible TOP, el Tribunal de Orden Público.

Herido pero astifino, el morlaco franquista decretaba el silencio, y a la vuelta de cualquier esquina podían aparecer los sociales, y uno, con cara de bueno, con el carné en la boca. Corría el año 1972, por ejemplo, y una cantautor de Barcelona iba a poner cantando unos cuantos puntos sobre otras tantas íes, las de la poesía de Miguel Hernández, aquel pastor rojo, aquel poeta yuntero que había muerto encarcelado en la prisión de Alicante.

El cantante era Joan Manuel Serrat, y aquel disco recuperó para los españoles el verbo y la palabra de Miguel, convirtió sus desoladas pero también combativas rimas en una colección de grandes éxitos. Serrat y Miguel Hernández consiguieron que la poesía fuera el pan de cada día, poesía necesaria como el aire que respiramos trece veces por minuto. Tantos años después, tantas idas y venidas de la vida por la vieja España, enterradas más o menos las tinieblas, Serrat vuelve a Orihuela, su pueblo y el nuestro, y vuelve a la poesía de Miguel, con “Hijo de la luz y de la sombra”, trece canciones preñadas de emoción, de ternura, de belleza.

“Miguel es un poeta extremadamente musical, y somos muchos los que con mayor o menor fortuna hemos probado a ponerle música a sus versos. Creo que las canciones del disco del 72 siguen en la memoria de la gente, y como es el año de su centenario pensé que sería raro que en mis conciertos no apareciera alguna de sus canciones. Pensé en retomar aquéllas y añadir alguna pieza nueva, pero al emprender de nuevo el camino de sus versos fueron destilándose historias, y poco a poco me encontré con un material de calidad, y el proyecto fue creciendo hasta llegar al disco, a la gira, y a los cortos que un puñado de directores, generosamente, porque no hay un duro, han rodado basándose en las canciones”. Garci, Bigas Luna, Gutiérrez Aragón, José Luis Cuerda, Imanol Uribe, David Truena son algunos de ellos.

Trabajar con textos ajenos no es más “difícil” que hacerlo con los propios, comenta el Noi del Poble Sec, al final siempre se trata de buscar “lo que te conmueve”. Y conmoción es lo que tanto tiempo después siguen produciendo aquellas canciones de entonces, y cómo no también éstas de ahora. ¿La música, maestro, es emoción por encima de todo? “Las canciones están fuertemente ligadas a los recuerdos. Cuando suena una canción suena también un despertador y suenan imágenes, incluso vuelven olores, el otoño, el verano, rostros… la música dispara todas tus sensaciones, te devuelve paisajes, y hasta recuerdos con nombre y apellidos”.

La vigencia de Miguel HernándezA Joan Manuel, por encima de todo, le sigue llamando la atención, “la vigencia de la poesía de Miguel. Ése es el argumento central para que yo sacara este disco, la razón fundamental por la que he vuelto a meterme de cabeza en su obra es porque su poesía es intemporal, no depende del tiempo ni de las circunstancias. Sus versos, las canciones, funcionan en cualquier tiempo y lugar”. Y tanto: “El hambre es el primero de los conocimientos…”, cómo resonará este verso en los hogares de nuestros cuatro millones de parados. Y qué pájaros no volarán en las alcobas cuando escuchen: “Pide que nos echemos tú yo sobre la manta / tú yo sobre la luna, tú yo sobre la vida”. Cómo no se estremecerán los voluntarios recién vueltos de Haití, nuestros soldados en son de paz, mientras les llegue a los oídos: “Uno de aquellos / si hay hombres que contienen un alma sin fronteras / tú eres uno de aquellos / tú eres uno de aquellos / las patrias te llamaron con todas sus banderas”. Versos a la medida de cómo dice Serrat “los que descargan camiones, los que están cogiendo olivas, los que bajan a la mina”.

Ha sido un reencuentro. “Hijo de la luz y de la sombra” ha sido el abrazo de dos viejos amigos, la caricia de dos viejos compañeros del alma. “He trabajado los poemas en absoluta libertad, sin meterles faja, sin presionarlos, sin darles prisa, sin exprimirles. Si una canción no salía, bien, me decía, pues otro día te veré. He dejado que las palabras se soltasen, que ellas solas dijeran lo que tenían que decir, al natural”.

Gracias a artistas como Serrat, mucha gente supo que la poesía era algo más que nenúfares, rosas marchitas, silencios y ceniza. “Nunca pretendí expresamente que la gente se acercara a la poesía con mi música, nunca fue un argumento prioritario de mis canciones, aunque si lo he conseguido estoy muy satisfecho. Lo más importante es la conmoción que sientes al leer algo, emocionarte, mirar para los lados ver que nadie te mira y robarlo para escribir una canción”.

Con la música a otra parte

Joan Manuel cambia de tercio, y no tiene inconveniente en irse con la música a otra parte, la de la crisis de la industria, la piratería. “Nuestro mundillo lo veo bien en cuanto a los músicos y la música que se hace. Pero veo con mucha preocupación lo que envuelve a este mundo. La industria musical está sumamente debilitada por muchas razones. Primero y seguramente por problemas propios y no haber sabido gestionar sus activos ni ver el mundo que venía, sentados en su torre de marfil, esperando. Además, lo que debería ser un escaparate de difusión cultural ha quedado limitado a un simple escaparate de venta”.

Un catalán cabal, sencillo, un músico de los pies a la cabeza, un cantor hasta las cachas, y un poeta pastor, un cabrero que apacentaba endecasílabos han vuelto a colaborar, alguien diría incluso que han vuelto a amancebarse. Y el fruto es un “Hijo de la luz y de la sombra”, un disco del que Joan Manuel espera que sirva, entre otras muchas cosas, “para que los amantes se enamoren con él, para que la gente mayor llore, abrazados los unos a los otros, para que los adolescentes hagan copias furiosas de él y se las pasen por debajo de los pupitres”.
Serrat, al quite: «Nadie puede quitarle a nadie su espacio de libertad»
Hace años, muchos años, Joan Manuel Serrat aparecía en una revista con una muleta en la mano gustándose, en el Central Park neoyorquino. Hace algo más de un par de años, en junio de 2007, se le pudo ver en la Monumental barcelonesa acompañado por Joaquín Sabina, dispuestos a extasiarse ante José Tomás. Los antitaurinos la emprendieron entonces con los discos de los dos artistas. Recientemente, Joan Manuel ha sido una de las voces de la cultura catalana que se han alzado en defensa de la Fiesta a través de una manifiesto. Con su temple (al fin y al cabo eso es también el seny), y su fino manejo al natural, entra al quite de la polémica. “Pues mire, la vivo tratando de quitarle todo el hierro que puedo al asunto. Porque creo que en esta vida los espacios de libertad de cada quien son los espacios de libertad de cada quien. Cada uno puede hacer lo que quiera sin negarle al otro lo que desee hacer”. ¿Acaso el adjetivo de “nacional es el problema? “Sinceramente, no lo creo. Es algo que también sucede en otros lugares de España, también hay gente que no está de acuerdo con los toros. Aunque se llamara Fiesta Catalana habría gente en contra. Lo que sucede es que siempre hay algún grupo determinado que se puede aprovechar de estas situaciones para ponerle comillas a la Historia”.

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