Autores en penumbras

Es un misterio y una paradoja que creadores excelentes no hayan conquistado al gran público. En España hay narradores que merecerían salir de esa sombra y tener más lectores, algunos con libros recientes como Cabré, Hidalgo Bayal, Rosa, Gutiérrez…

Ilustración de Fernando Vicente

De izquierda a derecha: Julián Ríos, Menchu Gutiérrez, Ramón Saizarbitoria, Esther Tusquets, Juan Eduardo Zúñiga y Rafael Chirbes.- ILUSTRACIÓN DE FERNANDO VICENTE

Hay un momento del amanecer, justo antes del alba, que muchos disfrutan y admiran. Es un instante celeste del crepúsculo que puede parecerse al lugar que habitan excelentes artistas y creadores a quienes los caprichos del azar les impiden ser apreciados por el gran público.

Siempre han existido y siempre existirán personas en ese punto fronterizo de la penumbra. Ahí está un grupo de escritores españoles de destacada trayectoria, con prestigio entre la crítica, respetados por las publicaciones culturales y admirados por sus colegas, pero sin la repercusión, visibilidad y el número de lectores que su nivel literario merece. Muchos de ellos con importantes premios e incluso reconocidos en el extranjero, pero que no han terminado de conquistar al público de su país. Aunque ahora es un buen momento para que los lectores desafíen ese sino discreto de varios de esos narradores que han publicado en el último año con elogiosas críticas. Desde Juan Eduardo Zúñiga, hasta Jaume Cabré, pasando por Menchu Gutiérrez. Al igual que ha ocurrido con otros autores de la misma estirpe, pero más jóvenes, que han buscado dar el gran salto recientemente, entre ellos Isaac Rosa, Marcos Giralt Torrente, Francesc Serés, Nuria Barrios, Antonio Orejudo, Joaquín Berges y Ricardo Menéndez Salmón. Un recorrido por los autores del siglo XX eclipsados por el azar lo cuenta José-Carlos Mainer en la apertura de este Babelia, en la página 2.

Y queda claro que “eso que llaman Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”, según Miguel de Cervantes.

Palabras centenarias que, no en vano, resuenan hoy porque “el consumo literario es un fenómeno viscoso y maleable por definición, incluso cuando pretende ser dirigido por campañas de marketing: lo natural es su movilidad y la provisionalidad de sus resultados. Pero es llamativo en la cultura española un fenómeno más o menos reciente: la concentración de numerosos narradores de calidad, justo por debajo de la línea de sombra que separa la celebridad popular del consumo minoritario y más o menos exquisito”, afirma Jordi Gracia, escritor, catedrático de Literatura Española y crítico de Babelia. Para demostrarlo, recuerda que “autores como Rafael Chirbes o como Fernando Aramburu parecen estar en esa zona a media luz pese a la fuerza y regularidad de su literatura y la calidad excepcional de algunos de sus libros, mientras que otros autores tan prolíficos y efectivos y en varios géneros como Andrés Trapiello y, sobre todo, Miguel Sánchez-Ostiz tampoco han atrapado un público netamente masivo, quizá abrumado por la envergadura misma de sus obras o por la heterodoxia de sus proyectos literarios. La calidad de mundo propio de ambos está lejos de su valor de mercado”. Una situación que parece garantizar su continuidad en autores más jóvenes: “A Pérez Andújar en Cataluña le leemos por las crónicas de EL PAÍS, pero su novela Los príncipes valientes es excelente y podría ser popular, del mismo modo que la estructura cortada y el laconismo dramático de Eduard Márquez delatan a un espléndido escritor con un potencial comercial que no ha alcanzado. Sigue siendo un misterio el mecanismo por el que un autor abandona la zona de sombra iluminada para quedar por fin a pleno sol”.

Nadie tiene la respuesta. Pero lo que algunos sí hacen es creer en ellos al margen de brillos populares. “No creo que puedan detectarse características comunes entre escritores de alto nivel literario y con una trayectoria prestigiosa, pero que no hayan obtenido el debido éxito de público. En cambio, sí sería más fácil encontrar factores bastante similares y comunes entre escritores de aliento literario bastante más modesto, pero sí con una gran aceptación por parte del público”, reflexiona Beatriz de Moura, editora de Tusquets. Su experiencia la lleva a bifurcar el enigma: “Lo que me inquieta son los autores de altísimo nivel, con obras también muy leídas hace tan solo 15 años y que hoy parecen haber perdido el favor del público. No creo tanto en que esto se deba a ‘caprichos injustos’, sino a profundos y poco explorados cambios sociales aún en evolución y todavía en plena confusión. Me gustaría, por ejemplo, resucitar al final del siglo XXI para saber cómo se habrán apañado los nietos de los padres de esta segunda década para dar acomodo a tanta oferta de ocio y a la lectura en cualquiera que sea el soporte”.

Hoy es el amanecer de un mundo dual, impreso y electrónico, donde sólo el 58% de los españoles dice leer al menos una vez a la semana. Donde la resonancia de los escritores tiene varias vías cuyas repercusiones entran dentro de un “enigma sociológico”, según J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario de Babelia. “Hasta Soldados de Salamina, Javier Cercas era un autor de minorías, con novelas y cuentos publicados. ¿Era mejor el Cercas exitoso que el Cercas minoritario? No me atrevería a afirmarlo, incluso creo que una novela como La velocidad de la luz es superior a Soldados de Salamina, pero el éxito no se repitió. Así que me parece que lo más sensato es seguir escribiendo al irrenunciable dictado de un proyecto narrativo y dejar que la suerte juegue su papel. Así lo siguen haciendo autores tan minoritarios como dueños de una sólida poética: Javier Tomeo, Juan Eduardo Zúñiga, Luciano G. Egido, Ramiro Pinilla, Menchu Gutiérrez, Justo Navarro, J. A. González Sainz, Julián Ríos, Gonzalo Hidalgo Bayal, Irene Gracia, Vicente Molina Foix, José Carlos Llop y Esther Tusquets. Así como su relevo en Juan Francisco Ferré, Javier Saiz de Ibarra, Marta Sanz, Manuel Vilas, Andrés Barba o José Ovejero”.

A la bifurcación de Beatriz de Moura, sobre el misterio de los altibajos de la notoriedad, se suma otra de Ayala-Dip para convertir esto en un jardín borgeano con senderos que se bifurcan: “Veamos otro fenómeno. España es una nación con cuatro lenguas. Cada una de ellas produce su correspondiente territorio de ficción. El escritor vasco Bernardo Atxaga, por ejemplo, es consagrado dentro y fuera de su comunidad lingüística, pero no su paisano Ramón Saizarbitoria, de igual solidez y mundo propio. Hace unos años se publicó Las voces del Pamano, del escritor catalán Jaume Cabré. No recuerdo que nadie, fuera de Cataluña, pero en España (porque en Alemania, como Rafael Chirbes, es un autor consagrado), me hablara de esta novela y ya no digamos de su obra. ¿Alguien fuera de Cataluña, pero en España, me habla de Baltasar Porcel, de Jesús Moncada o de Imma Monsó? Prácticamente nadie. ¿Explicaciones ante tanto misterio? Un poco de todo. Desidia, fabricación de conflictos donde no los hay, falta de información y un Ministerio de Cultura que debería hacer algo por el conocimiento de sus propias literaturas”.

Nada está escrito. Incluso en el momento menos pensado hay autores que abandonan esa línea de sombra. Da igual si han estado veinte años en ella, como el citado Javier Cercas, que se aproxima al tema con estas palabras: “Siempre escribes lo mejor que sabes. Que se lean o no tus libros ya no es asunto tuyo, aunque naturalmente se agradece mucho que se lean”. Su vida es un arquetipo de esta clase de escritores. En sus primeros veinte años como autor, Cercas dice que nunca se presentó a un premio literario y que creía que lo normal era tener 400 lectores, sin que por ello se sintiera marginado. Recuerda incluso, riéndose, que se publicó una antología donde se suponía que debían aparecer todos los escritores de su generación. Y aparecían casi todos, en efecto, salvo él. “Hasta que de repente, cuando casi tenía 40 años publico un libro más, o que para mí era un libro más, en nada esencial distinto de los anteriores, y empieza a venderse, y a leerse y me hacen caso. ¿Por qué? No se sabe”. Cercas aclara que ningún autor “mínimamente serio busca la notoriedad por la notoriedad. Lo que busca es hacer bien su trabajo, a ser posible sin quejarse de si tiene más o menos lectores”. Él por lo menos no tenía la menor intención de dejar de escribir. “Como tampoco han dejado de hacerlo escritores excelentes como Zúñiga, Justo Navarro, Gonzalo Hidalgo Bayal o Ignacio Vidal-Folch. Lo normal es tener pocos lectores, aunque, por supuesto, es maravilloso que lo que uno hace le guste a la gente”. Por eso quisiera que otros autores más jóvenes tuvieran más repercusión, como Gonzalo Calcedo, Ismael Grasa, Félix Romeo y A. G. Porta.

Dos de esos escritores prestigiosos que permanecen en ese crepúsculo son Rafael Chirbes y Menchu Gutiérrez. El autor valenciano y premio Nacional de la Crítica 2007 por Crematorio coincide con Cercas en que él escribe al margen del número de lectores y sin quejarse. La explicación más cómoda de la falta de repercusión entre el gran público, según Menchu Gutiérrez, autora de títulos como La mujer ensimismada y El faro por dentro, “sería decir que se debe a la creciente crudeza del negocio editorial. Digamos que los potentes focos que iluminan al libro ganador no permiten distinguir la luz de la vela que ilumina a esos otros libros, pero la razón fundamental de que determinadas obras tengan más o menos lectores depende finalmente de cuestiones más misteriosas que las de su mera visibilidad. Casi todas mis respuestas a esa pregunta llevan un “quizá” delante. No estamos hablando de un lector particular que busca una lectura acorde a un estado de ánimo particular, sino de un grupo representativo de lectores que ilustra el momento actual. Y creo que el mayor aglutinante de ese grupo tiene que ver con la forma de sentir el tiempo. Si algo retrata a nuestra época es la celeridad, y en el fondo ese foco y esa luz de vela de la que hablaba antes sirven también para explicar que los libros tienen relojes interiores que deben sincronizarse con los relojes de los lectores. En cualquier caso existe una alternancia en la manera de sentir el tiempo, en las formas que adopta la sensibilidad de una época, y también que es preciso aceptar el hecho de que muchos lectores no quieran practicar la espeleología o seguir a un autor al interior de un laberinto. Y eso es lo que la mayoría de estos libros, entre los cuales estarían los míos, demanda al lector”.

Luces, sombras, brillos y eclipses misteriosos que el autor no controla, como escribe Antonio Muñoz Molina al recordar hoy su experiencia en su columna Ida y vuelta, titulada Azares del oficio, con la cual Babelia cierra este especial. Entonces, destellan en esa línea de sombra, las palabras de Vicente Aleixandre: “Para todos escribo. Para los que me leen sobre todo”.

Lecturas

Jaume Cabré, Yo confieso (Destino). Francisco Ferrer Lerín, Familias como la mía (Tusquets). Gonzalo Hidalgo Bayal, Conversaciones (Tusquets). Justo Navarro, El espía (Anagrama). Irene Gracia, El beso del ángel (Siruela). Menchu Gutiérrez, El faro por dentro y La niebla (Siruela). Ramiro Pinilla, Cuentos (Tusquets). Andrés Trapiello, Apenas sensitivo (Pre-Textos). Esther Tusquets, Pequeños delitos abominables (Ediciones B). Juan Eduardo Zúñiga, Brillan monedas oxidadas (Galaxia Gutenberg). Andrés Barba, Muerte de un caballo (Pre-Textos) y Agosto, octubre (Anagrama). Nuria Barrios, El alfabeto de los pájaros (Seix Barral). Joaquín Berges, Vive como puedas (Tusquets). Marcos Giralt Torrente, El final del amor (Páginas de Espuma) y Tiempo de vida (Anagrama). Luis Magrinyà, Cuentos de los 90 (Caballo de Troya) y Habitación doble (Anagrama). Antonio Orejudo, Un momento de descanso (Tusquets). Javier Pérez Andújar, Todo lo que se llevó el diablo (Tusquets). Isaac Rosa, La mano invisible (Seix Barral). Marta Sanz, Black, black, black (Anagrama). Francesc Serés, Cuentos rusos (Mondadori).

Gabriel García Márquez: Yo no vengo a decir un discurso

 

Gabriel García Márquez

A Gabriel García Márquez no le gusta hablar en público y mucho menos dar discursos. Y cuando lo ha hecho ha sido empujado por las circunstancias o por el cariño a un amigo. Algunas de esas intervenciones son conocidas y otras no tanto por el gran público que ahora podrá acceder a esa memoria oral del Nobel colombiano en el volumen Yo no vengo a decir un discurso, que editará Mondadori el 29 de octubre. El título corresponde a una de las frases que García Márquez pronunció en su primer discurso con 17 años. Como adelanto, Babelia publica hoy en ELPAIS.com la estructura y temas de dicha antología y algunos fragmentos, especialmente del titulado América Latina existe, que la revista cultural del diario publicará completo este sábado 23 de octubre.

Se trata de uno de los textos más comprometidos y clarificadores de la visión de García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927) sobre su continente. Lo pronunció en la isla de Contadora (Panamá) en 1995 cuando algunos países latinoamericanos crearon un grupo que buscaba analizar y proponer soluciones a la situación compleja que atravesaba el continente en todos los aspectos. Las palabras allí pronunciadas por el autor de El coronel no tiene quien le escriba y El otoño del patriarca es un resumen de su preocupación por su continente, al que siempre ha mirado desde dentro y desde fuera. Ha pensado el origen y las circunstancias de su tierra y del destino que ha corrido. Quince años después la situación no ha cambiado mucho. Y ese pasado y esa realidad la ha contado García Márquez a través de su imaginación convirtiendo esas historias locales en arte literario universal. Este texto América Latina existe es una especie de continuación del discurso que pronunció en Estocolmo 1982 cuando recibió el Nóbel de Literatura: La soledad de América Latina, también incluido en este volumen.

Yo no vengo a decir un discurso reúne 22 intervenciones públicas y conferencias de García Márquez donde ha abordado todos los temas: literarios, políticos, sociales, artísticos o ecológicos. La primera de ellas pronunciada en 1944, con 17 años, en la despedida a la clase un año superior a la suya, en la “nevera” del Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, en mitad de los Andes y lejos de su costa caribeña. En ella, el autor de cuentos como El ahogado más hermoso del mundo hace una breve aproximación sobre lo que es la amistad, pero, sobre todo, invita a compartir entre todos el “doloroso instante de la despedida”. Con unas cuantas pinceladas describe a los compañeros de quienes dice que “todos van en busca de la luz impulsados por un mismo ideal”

Así, García Márquez fue escuchado antes que leído. Tras esta intervención de 1944, el libro trae los siguientes discursos: Cómo comencé a escribir (reproducido por el diario El Espectador de Bogotá en 1972 y que ha servido de material a sus biógrafos y estudiosos); también está la pieza titulada Por ustedes, cuando recibió en Caracas, en 1972, el II Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por Cien años de soledad; sus reflexiones sobre el futuro en Palabras para un nuevo milenio que compartió en La Habana durante el II Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, en 1985; su preocupación por el medio ambiente queda reflejada en Una alianza ecológica de América Latina, en Guadalajara (México), en 1991; no faltan sus homenajes a amigos como Álvaro Mutis, Belisario Betancur y Julio Cortázar; su pasión por el reporterismo queda patente en Periodismo: el mejor oficio del mundo, durante al LII Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Los Ángeles en 1996; no falta su provocador discurso de 1997 en el I Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas, México: Botella al mar para el dios de las palabras; sobre Colombia habló en La patria amada aunque distante, en Medellín en 2003; y, claro, el discurso que dio en Cartagena de Indias en 2007 con motivo del IV Congreso Internacional de la Lengua Española donde se le rindió homenaje por sus ochenta años: Un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano. Todas estas piezas han sido revisadas por el autor y corregidas de manera mínima.

Son 22 textos que conforman una biblioteca y memoria oral de Gabriel García Márquez. De 66 años de escritura de un clásico de la literatura universal que antes que empezar a ser leído fue escuchado, y del que Babelia avanza hoy un fragmento elacionado con la preocupación que siente por América Latina.

La escritora del “Libro de los niños”, A.S. Byatt: “Muchos escritores infantiles maltrataron a sus hijos”

El chasquido de las tijeras de podar del marido de Dame A.S.Byatt –que se pelea en el jardín con los setos rebeldes mientras su esposa atiende a este diario– se cuela como un intruso en la penumbra del salón de la casa londinense que ambos comparten desde hace varias décadas. Nacida en Sheffield en 1936, Byatt es una de las escritoras británicas más destacadas de nuestro tiempo. Autora de clásicos como La virgen en el jardín (1978), Posesión (1990) o Ángeles e insectos (1992), acaba de publicar El libro de los niños (Lumen), novela centrada en la vida de una escritora de literatura infantil, Olive Wellwood, y de su familia. Un retrato, en primer lugar, del mundo de la infancia pero también de la labor del escritor y de la Inglaterra entre el final de la era victoriana y la primera guerra mundial.

Esta es una novela coral, de casi mil páginas y con decenas y decenas de personajes. ¿Quiso usted meter en ella un mundo entero?
¡Sí! He tardado siete años en escribirla, aunque estuve muy enferma durante un tiempo. Mi objetivo era capturar un mundo tan amplio como mi prosa fuera capaz de abastar. Quería aprehender ese universo de la clase media liberal y abierta, que intentó hacer un mundo mejor. Reflejo la atmósfera de los fabianos, sociedad de la que mi padre fue miembro. Y muestro una época en la que las calles estaban repletas de pobres. Con varios personajes alemanes, amigos de británicos, porque la guerra no debe hacernos olvidar que había otra sociedad más abierta y plural. Y la magia de las historias para niños, que eran diferentes en Francia, Inglaterra y Alemania.

Sus personajes adinerados experimentan contradicciones entre sus ideas avanzadas, solidarias, y su clase social.
Es el mundo de los cuáqueros, que si bien originalmente eran fanáticos religiosos, en la época de esta novela –finales del XIX y principios del XX– ya se habían convertido en otra cosa: eran gente de clase media con una sincera preocupación por cambiar la sociedad a mejor. Gente que no solo se preocupaba de evadirse, sino que afrontaban sus responsabilidades con la sociedad. Eran pacifistas y solidarios. Los conozco bien porque me educaron dos de ellos, mi padre y mi madre. Jamás hubo más pobres que en esa época y la gente con conciencia se preguntaba qué hacer con ellos.

Aparece como personaje J.M.Barrie, el creador de Peter Pan.
Hay una novela muy buena sobre Barrie, Jardines de Kensington, de Rodrigo Fresán. Es muy inteligente porque hace un paralelismo entre aquella época y la de los hippies en los 60. A finales del XIX se quería acabar con la rigidez de la era victoriana y se apostó por la imaginación, y una vuelta a la infancia. Acabé mi libro mientras leía el de Fresán, y su inmensa imaginación ha iluminado aspectos de mi novela.

Usted retrata a escritores infantiles que hicieron, sin embargo, infelices a los niños reales con quienes convivieron.
La mejor literatura en lengua inglesa que se escribió en aquella época fue la dirigida a los niños. Pero muchos de esos autores eran infelices, como Barrie, querían continuar en la infancia porque no soportaban las frustraciones de la vida adulta. Y eso no dejaba espacio para que sus niños fueran niños, porque ya lo eran ellos. Cultivaron un universo imaginativo extraordinario aunque en sus vidas privadas fueran un desastre. Ni a Hans Christian Andersen le gustaban los niños. Descubrí que muchos hijos de autores infantiles habían vivido auténticos infiernos, incluso llegado a suicidarse, y eso me interesó dramáticamente. Alison Uttley, mi escritora favorita cuando niña, llevó a su marido y a su único hijo al suicidio.

¿Qué cambio simbolizan esos autores?
La gente, antes de ellos, era muy seria, todos tenían una idea importante sobre el sentido de la vida y la religión. Y esas novelas inglesas simbolizan el final de todo eso. Antes se escribían libros para niños que eran, en el fondo, religiosos, con enfermos, sufrimiento y una idea trascendente que subyacía. Ellos empezaron a hacer otra cosa: aventuras con dragones, fantasía, diversión… Los autores alemanes, por ejemplo, me gustan mucho porque seguían enviando a sus personajes a los bosques oscuros, conectados con sus mitos y las sagas. En muchos lugares de Europa la gente tenía miedo, y ese miedo llegaba también a las historias para niños, no se quedaba solo en la política. Los cuentos franceses eran más elegantes, a mí me interesan menos.

¿Hay conexión entre las historias infantiles de hadas y la utopía política, dos mundos muy presentes en su novela?
No sé si la hay. A mí me interesan las dos cosas, y es un hecho que varios utopistas escribieron cuentos infantiles. A un profesor norteamericano le formulé la misma pregunta y me respondió: “Sí, el cuento de hadas es la forma primaria del socialismo”. Los cuentos fantásticos ofrecen un mundo diferente al establecido.

Vemos la lucha por la igualdad de las mujeres…
Mi madre estudió en Cambridge en 1927, como yo hice en los años 50. Hoy no podemos ni imaginar la lucha que las mujeres han tenido que llevar a cabo simplemente para tener derecho a recibir una educación. En mi clase había 11 hombres por cada mujer… lo que era muy agradable para nosotras, sobre todo en las fiestas.

Otro atractivo de su obra es la descripción de las relaciones privadas y sociales de la época, desde la vida de pareja a las bodas o fiestas o mítines políticos…
Trato las relaciones humanas a partir de la lectura de las novelas de la época, que intentaban describir las cosas nuevas, como las bodas modernas o las nuevas costumbres.

Su novela es más autobiográfica de lo que parece a primera vista, ¿verdad?
Es una autobiografía más intelectual que emocional. No soy especialmente cercana al universo de los niños aunque aquí introduzco algunos cuentos infantiles. En lo personal. he hablado mucho sobre mi padre, y he aprendido mucho de él escribiendo este libro, Era un socialista proveniente de Yorkshire, de familia no intelectual. Yo vengo de familia pobre, de orígenes mineros.

¿En qué se parece usted a Olive, su escritora de ficción?
Ambas somos del norte, y tenemos la sensación de ser unas outsiders en la sociedad literaria de Londres. Y ambas tenemos un hijo muerto y nos acordamos de él cada vez que llega su aniversario, y pensamos en él cada vez que escribimos. Pero yo soy feliz escribiendo, ella sufre.

Fue usted una niña feliz?
No mucho.

¿Por qué?
Por la segunda guerra mundial. Nos mudamos al campo, para que no nos pillaran las bombas. Visto desde hoy, me doy cuenta de que entonces todo el mundo tenía miedo, lo que es contrario a la naturaleza de los niños. Mi madre estaba siempre enfadada, ella era una profesora de literatura, y tuvo que dejarlo. Yo era muy pequeña pero muy inteligente y me daba cuenta de las infelicidades de los adultos que me rodeaban.

Su prosa tiene un algo victoriano acorde con el tema, pero con el brío de la modernidad…
Eso es lo que intento, insuflarle el aire de la época pero que sea bien leído por los lectores de hoy. Es un libro moderno, la narradora soy yo y hablo de los sentimientos del siglo XIX pero con una voz que debe mucho a la sensibilidad de Virginia Woolf y tantos otros autores posteriores.

¿Es verdad que en la guerra los soldados bautizaban sus trincheras con nombres de personajes infantiles?
Absolutamente cierto. Ponían esos nombres a sus trincheras: Peter Pan, Wendy, Alicia… Creo que me he inventado uno, por cuestiones de ritmo, pero todos los demás son reales y fueron como una revelación. Hay un libro excelente de Peter Chasseaud, El paseo de las ratas, que es un exhaustivo compendio de los nombres de las trincheras en el frente occidental. Mi marido colecciona libros sobre la primera guerra mundial y ha sido una enorme fuente de datos.

¿Trabaja con su marido?
Él me anima y me acompaña en coche a buscar datos. Hemos ido a Bélgica, a Munich, a museos y muchos sitios…

¿Qué le fascina de las historias infantiles?
Los mitos que contienen dentro de sí mismas. las historias dentro de historias. Me interesa que hablen de amor para eludir hablar de sexo. Me gusta la oscuridad de los mitos nórdicos, el terror para niños…

Sí, hay cuentos que dan mucho miedo…
os hermanos Grimm se basaron en la religión tradicional alemana para construir sus historias.

¿En qué trabaja ahora?
En una novela sobre los surrealistas, los psicoanalistas y la segunda guerra mundial. Quiero recuperar los tiempos en que mis padres vivían.

JOSÉ SARAMAGO: El hombre novelado

FotoFotoArriba, el escritor, en su casa de Lanzarote. Abajo, firmando un ejemplar de su novela ‘La caverna’ en 2001. | Carlos Miralles y Fernando Ruso

Sin pausa pero sin prisa, así vivió su vida José Saramago, que a los 76 años (en 1998) se convirtió en el primer escritor portugués en ganar el Premio Nobel de Literatura. Hay quien dice que fue un escritor tardío, pero lo cierto es que su primera novela, ‘La viuda’, la escribió con 24 años (en 1947). Él estaba loco por publicarla y lo consiguió, pero apareció con el nombre de ‘Tierra de pecado’, más comercial, según su editor. Muchos años después contaría siempre que en aquel momento él «no sabía nada ni de viudas, ni de pecados».

Saramago nació en Azinhaga el 16 de noviembre de 1922, una aldea situada al norte de Lisboa. Allí creció José de Sousa, su verdadero apellido, hijo de una pareja de trabajadores rurales. Según contó el escritor en alguna ocasión, la culpa de que le cambiaran el apellido fue de un funcionario del Registro Civil, que al inscribirle en el censo apuntó el apodo familiar en lugar del apellido real. De esta forma, José se convierte en el primer Saramago de la familia Melrinho Sousa (como apuntara en una de sus citas: «Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes»). Su padre quiso que estudiara cerrajería mecánica, parecía destinado a ser campesino u obrero, pero en el programa del oficio que iba a aprender había una asignatura de literatura que empezó a despertar al lector que había en él.

Aunque publicó algunos libros de poemas a finales de los años 60 y primeros 70 (época en la que se afilió al Partido Comunista), el éxito no le llegaría hasta 1982, con la novela ‘Memorial del convento’. Después aparecieron ‘La balsa de piedra’ (1986), ‘Historia del cerco de Lisboa’ (1989) y ‘El evangelio según Jesucristo’, publicada en 1991. Esta última novela fue muy polémica en Portugal, que decidió vetarla y no la presentó al Premio Literario Europeo de ese año. Para entonces Saramago ya había conocido a la periodista Pilar del Río (28 años más joven que él), quien se enamoró del portugués al leer en Sevilla ‘Memorial del convento’. Era el año 1986 y ella, ciega de amor, se empeñó en entrevistar al escritor. Dos años después (ella contaba 38 primaveras y él 66 inviernos a sus espaldas), se daban el ‘sí, quiero’ en Portugal, donde residían. Pero el hecho de que su patria vetara una de sus novelas provocó que ambos establecieran su residencia en Lanzarote.

El Nobel, en un aeropuerto

Desde la isla canaria continuaría su producción literaria. Allí escribiría ‘Los cuadernos de Lanzarote’, ‘Ensayo sobre la ceguera’, ‘Todos los nombres’ o ‘La caverna’. Hasta que en 1998 consiguió el Nobel. «Fue una azafata quien me dijo que había ganado el premio», confesó Saramago en una entrevista. Al parecer, él estaba en el aeropuerto alemán de Francfort, a punto de embarcar para tomar rumbo a la isla, cuando le avisaron por megafonía de que tenía una llamada. Y antes de que pudiera atender el teléfono, la azafata le comunicó la noticia.

Saramago ya había visto reconocida su labor en 1995, con la obtención del Premio Luis de Camoes, el más importante en lengua portuguesa, instituido en 1988 por los gobiernos de Brasil y Portugal. Pero ni los reconocimientos, ni su avanzada edad le llevaron a pararse en el camino. Continuó escribiendo, insistiendo en los frentes que había abierto, machacón hasta el final con sus ideas. Tras lograr el Nobel publicó obras como ‘El hombre duplicado’, ‘Ensayo sobre la lucidez’ y, más recientemente, ‘Las pequeñas memorias’, ‘El viaje del elefante’ y ‘Caín’. Sólo la muerte, el 18 de junio de 2010, cuando contaba 87 años, impidió que siguiera ampliando su producción.

No buscaba una meta, pero sin quererlo, la alcanzó. Contribuyó a difundir la literatura portuguesa y sus obras ya forman una parte inseparable de ella y un lugar al que acudir para no olvidar su nombre, para recordarle, siempre, con ‘saudade’.

Su obra

Medio siglo de culpa en Estados Unidos con John Irving . Leer primer capitulo

John Irving publica La última noche en Twisted River (Tusquets)

Portada de libro 'La última noche en Twisted River' de John  Irving

Un padre y un hijo en su huida de un crimen atraviesan los últimos cincuenta años de Estados Unidos. Es la nueva novela de John Irving: La última noche en Twisted River (Tusquets) que contiene todo el ADN literario de su autor: cruces de caminos morales y éticos y de vidas, una situación inesperada que trastoca el destino, la culpa que persigue, el derecho a cambiar y reinventarse, la obsesión, el amor y la amistad desplegadas con nobleza y con un arranque de gran ritmo. Por eso Babelia adelanta hoy en ELPAIS.com ese primer capítulo de esta historia que promete seguir los pasos de popularidad marcados por su autor con títulos como El mundo según Garp, La cuarta mano y Una mujer difícil.

Ganador de varios premios como el O’Henry, el National Book Award o el Oscar por el guión de Las normas de la casa de la Sidra, adaptación de su propia novela Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, las novelas de John Irving (1942) son de las más esperadas por el público estadounidense.

El escritor de New Hampshire (1942) vuelve a situar su historia en su tierra, esta vez en un campo maderero en abril de 1954; “no mucho después del último deshielo y el inicio de la temporada del barro”, todo un augurio de lo que habrán de vivir un padre y un hijo. Junto al drama que asalta a Dominic y a Danny, envueltos en emociones y dudas, Irving los sitúa en una época de transición en todos los sentidos: el político (la II Guerra Mundial ha terminado nueve años atrás y acaba de ocurrir lo mismo con la de Corea), la sociedad empieza a experimentar un cambio en espiral imparable y se avanza sin saber muchas veces hacia donde. Cinco décadas en continua transición pero donde la culpa, la redención, la zozobra y la venganza parecen perseguirse de manera circular.

Eso es lo que sigue a ese comienzo frenético de La última noche de Twisted River (recuerda por un instante el magistral inicio Amor perdurable, de Ian McEwan) y también arremansado de las costumbres cotidianas y de amigos en un campo maderero en Estados Unidos a orillas de un gran río. Más adelante, la novela será una corriente de tensión, retratos y emotividad a través de unos personajes y situaciones muy bien delineadas que puede empezar a leer hoy en el avance literario que ofrece Babelia en esta edición de ELPAIS.com.

Una obra en la que el propio Irving parece hablar en boca de uno de sus protagonistas que se hace escritor: “Al fin y al cabo, existía constancia de que Danny había declarado que las elecciones estadounidenses del año 2000 -las que Bush ‘robo’ a Gore- fueron de hecho un ‘pucherazo”. O cuando unas líneas más adelante afirma: “Lo que Danny había declarado a los medios era que su antiguo país, como lo llamaban, a veces lo llevaba a recordar y valorar una frase de Samuel Jonson muy citada: ‘El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

La primavera, según César Ramírez

La primavera, según  César Ramírez - La Prensa Grafica - Noticias de El Salvador

El escritor presenta su primer libro “La primavera salvadoreña recuerda España”.

Un relato-conversatorio sobre los acontecimientos sociales de El Salvador en los últimos 40 años es parte de lo que recoge el libro “La primavera salvadoreña recuerda España” en sus páginas.

El libro recoge la historia de Emilio en tres momentos diferentes y cruciales de su vida. “El primero era un joven idealista con ganas de transformar el mundo; el segundo ya entrado en más años y más maduro escribe las vivencias del primero; el tercero ya adulto mayor ve a los otros dos, los critica y se pelea con ellos”, comentó Ramírez.

Entre los aportes que pretende el libro es ser una resistencia al olvido, al olvido de parte de la historia. “Este presente es reflejo de nuestro pasado, el pasado nos da sentido, el pasado nos da una consistencia y una conciencia de lo que tenemos, por eso hay que reconocer todo nuestro pasado, aceptarlo, asumirlo, vivirlo”, comentó Ramírez.

“La primavera salvadoreña recuerda España” ha sido impreso por esfuerzo del autor, se han impreso 500 ejemplares y es distribuido por Clásicos Roxil, a un precio de $12.

Un relato-conversatorio sobre los acontecimientos sociales de El Salvador en los últimos 40 años es parte de lo que recoge el libro “La primavera salvadoreña recuerda España” en sus páginas.

El libro recoge la historia de Emilio en tres momentos diferentes y cruciales de su vida. “El primero era un joven idealista con ganas de transformar el mundo; el segundo ya entrado en más años y más maduro escribe las vivencias del primero; el tercero ya adulto mayor ve a los otros dos, los critica y se pelea con ellos”, comentó Ramírez.

Entre los aportes que pretende el libro es ser una resistencia al olvido, al olvido de parte de la historia. “Este presente es reflejo de nuestro pasado, el pasado nos da sentido, el pasado nos da una consistencia y una conciencia de lo que tenemos, por eso hay que reconocer todo nuestro pasado, aceptarlo, asumirlo, vivirlo”, comentó Ramírez.

“La primavera salvadoreña recuerda España” ha sido impreso por esfuerzo del autor, se han impreso 500 ejemplares y es distribuido por Clásicos Roxil, a un precio de $12.

Cómo conseguir el estilo literario

Por: Winston Manrique Sabogal

ManosSzymborska
“La perfección del estilo consiste en no tenerlo. El estilo, como el agua, es mejor cuanto menos sabe”, fue el consejo de Gustave Flaubert sobre un asunto tan anhelado y buscado por los escritores.

Tras el desconcierto que pudieron causar estas palabras, Jules Renard trató de aclarar el tema, años más tarde, al afirmar que “el estilo es el olvido de todos los estilos”.

Poco después, Anton Chejov daría más luz sobre dicha cuestión al invocar originalidad y estilo en la misma oración: “La originalidad de un autor depende menos de su estilo que de su manera de pensar”.

Entonces saltaron, desde más de un siglo atrás, las palabras de Goethe, cuando aseguró que “la originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubieran sido dichas por otros”.

En esa línea de pistas concretas, una de las más apreciadas es la de Paul Valéry: “El temor al adjetivo es el comienzo del estilo”.

Aunque siempre resuene la voz de Voltaire, que vuelve al principio y al final de este asunto: “Todos los estilos son buenos, excepto el aburrido”.

Foto: Manos de la gran poeta polaca Wislawa Szymborska del fotógrafo Kim Manresa que ilustran el libro “Rebeldía de Nobel” (El Aleph), de Xavi Ayén.

La cuarta herida de Miguel Hernández

Escritores, actores y políticos reivindican la memoria del poeta alicantino en el Teatro Lara.

Juan Diego Botto, durante la lectura. Foto: Alberto Di Lolli.

Alberto Ojeda
Tres heridas tenía Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte y la del amor. “Debemos evitar que tenga otra: la del olvido”, ha dicho Alfonso Guerra durante el homenaje ofrecido al poeta esta mañana en el Teatro Lara. Y a juzgar por la cantidad de gente que se ha sumado al tributo, ese objetivo, de momento, está cumplido. Aunque la verdad es que la reivindicación de sus versos, superada la posguerra, no ha dejado de intensificarse con el paso de los años.

Por el escenario de la sala madrileña han desfilado un nutrido plantel de actores: Marisa Paredes, Cristina Rota, Fele Martínez, Alberto San Juan, Blanca Portillo, Tina Sainz, Emilio Gutiérrez Caba… Cada uno de ellos ha leído alguno de sus poemas. Especialmente emotiva ha sido la declamación -con su característica voz de trueno- de Vientos del pueblo me llevan realizada por Juan Luis de Galiardo. Y la lectura, por parte de Juan Diego Botto, de una carta a Josefina, escrita desde la cárcel, en la que felicita a su mujer por lo buenas que están las magdalenas que le manda.

Otro momento álgido del homenaje ha sido la intervención de Alfonso Guerra. A él le ha correspondido cerrar el turno de lecturas. Lo ha hecho, entregado, recitando la Elegía a Ramón Sijé. Al terminar, Marisa Paredes le ha comentado: “Con razón querías ser actor”.

Luego, el político socialista ha departido con Luis García Montero, a vueltas ambos con la figura del autor de Perito en lunas. Para Guerra, Miguel Hernández es “el escritor que mejor representa el compromiso con el oficio de poeta, porque el escribía versos como el carpintero hace sillas”. También cree que es imposible leerle sin sentir compasión hacia él, porque es un hombre que “siempre estuvo penando” y que fue un ejemplo de entrega hacia sus ideales republicanos: “Mientras otros poetas vivían en la retaguardia organizando fiestas en palacios, él sí estaba en el frente, como zapador, abriendo trincheras…”.

Sobre esa fuerza simbólica también ha incidido Luis García Montero: “Miguel Hernández representa como nadie el deseo de transformación de España en los años 30, con la República”. Ha destacado que en su vida puede apreciarse como, paulatinamente, fue dejando atrás los valores conservadores y reaccionarios que le inculcaron en el pueblo para abrazar la civilidad más moderna y permisiva.

Junto al poeta granadino y el ex vicepresidente de Gobierno, ha terciado Pilar Cortés, de la editorial Espasa, que ha presentado las obras completas de Miguel Hernández publicadas por su sello, para el que trabajó en vida el autor de El rayo que no cesa, como ayudante de José María Cossío en la escritura de su enciclopedia taurina. La editora ha destacado que esta vez la compilación “ha prescindido del aparato crítico que tiene las que ya sacamos en el 92, para acercarlas a cualquier lector”.

Elias Canetti y su Libro de los muertos

Elías Canetti

Avance de ‘Libro de los muertos’, de Elias Canetti

Dejó inconcluso un proyecto que fue la obsesión de su vida y que se publica ahora sólo en español: Libro de los muertos. Apuntes 1942-1988. Babelia analiza en exclusiva esta obra de Canetti. “Se muere con demasiada facilidad”, escribió el autor de Masa y poder

Desde hace muchos años nada me ha inquietado ni colmado tanto como el pensamiento de la muerte”, escribió Elias Canetti (Rustschuk, Bulgaria, 1905- Zúrich, Suiza, 1994) en un cuaderno que recoge apuntes realizados entre 1942 y 1948: “El objetivo serio y concreto, la meta declarada y explícita de mi vida es conseguir la inmortalidad para los hombres”. Eran años duros para el mundo, metido en el infierno de la Segunda Guerra Mundial o saliendo del mismo, de ahí que también anotara por entonces: “Se muere con demasiada facilidad. Morir debería ser mucho más difícil”. Y se impusiera como la tarea más urgente y necesaria la de acabar, de una vez por todas, con la muerte. No ceder ni un milímetro, no permitirle el más mínimo margen de maniobra.

No era una idea nueva, venía de lejos, renacería más tarde, está en realidad en el corazón de la obra del autor de Masa y poder. Cuando publicó en los años treinta su única novela, Auto de fe, se refirió ya a un nuevo proyecto narrativo que tendría como protagonista al Enemigo de la Muerte. Y, a los pocos años del fallecimiento de su madre en 1937, retoma esa antigua obsesión. El primer legajo de notas que se ha incluido en Libro de los muertos. Apuntes 1942-1988 (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) está marcado por la desaparición de aquella mujer que influyó de manera tan decisiva en su formación. Es uno de los nueve que se han recogido en este libro que tiene una particularidad: sólo aparecerá en español. Cuando la edición alemana estaba ya preparada, se descubrieron entre los papeles de Canetti nuevos materiales de este proyecto, así que la publicación se interrumpió hasta incorporar las novedades. Y eso es algo que llevará tiempo. Por eso en España se decidió seguir adelante. Por eso a ese Canetti, que declara la guerra a la muerte, sólo se podrá acceder, hasta dentro de unos años, en español.

Son apuntes de cuadernos fechados en épocas distintas: 1942, 1942-1948, 1950, 1972, 1976-1982, 1983, 1984-1985, 1987-1988. En todos ellos, la muerte es la presa, y el escritor pone en movimiento todos sus recursos para, como reconocía en una entrevista con Paul Schmid de 1974, “combatirla de forma aguda y directa”. La obsesión le venía acompañando, sin embargo, desde mucho antes. En 1912, cuando tenía siete años, murió de manera fulminante su padre, que no había llegado a los 31. Acababa de visitar a sus pequeños hijos en su habitación, y había bromeado con el menor. Luego bajó a desayunar. Al rato se escucharon unos gritos espantosos, y Canetti quiso saber qué pasaba. “Ante la puerta abierta del comedor, vi a mi padre tirado en el suelo”, contó en la primera parte de su autobiografía, La lengua absuelta.

En esas páginas confesó que, desde ese momento, la muerte de su padre se convirtió “en el centro de todos y cada uno de los mundos por los que iba pasando”. Y se refirió a otro episodio que tuvo también que marcarlo de manera drástica. Tuvo en los meses siguientes al terrible episodio que dormir en la cama de su madre, que no dejaba de llorar. “No podía consolarla, era inconsolable. Pero cuando se levantaba para acercarse a la ventana yo saltaba de la cama y me ponía a su lado. La rodeaba con mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas no se desarrollaban con palabras. Yo la sujetaba muy fuerte, y si se hubiera tirado por la ventana habría tenido que arrastrarme con ella”.

La de Canetti, seguramente desde aquellos remotos días, fue una batalla inagotable contra la muerte. Y una oposición radical, sin fisuras, al suicidio. “Por nada del mundo quisiera verme privado de mi sensibilidad frente al horror de la muerte, he pensado que si consiguiera vivir siempre con este horror acabaría adoptando la actitud más apropiada para el hombre: la que mantiene despierta la esperanza de vencer del todo a la muerte y no conduce nunca a la resignación ante ella”, escribió en una de sus notas de los años 1984-1885 incluida en este Libro de los muertos.

La idea de convertir todas sus lecturas, investigaciones, reflexiones y apuntes en un proyecto cerrado fue posterior. Tal como refiere en otra nota, la idea quedó registrada con fecha 7 de marzo de 1976. Acababan de operar de cáncer a su segunda esposa, Hera, y habló en ese momento de “la intención de escribir un libro sobre la muerte”. Pero entonces se embarcó en la redacción de la segunda parte de la historia de su vida, La antorcha al oído, y la cosa quedó reducida a lo de siempre: un sinfín de apuntes. Entre ellos puede verse que manejó la hipótesis de que debía tratarse de un texto dialogado. Y que su interlocutor tenía que ser Georg, su hermano pequeño, el que estudió Medicina para curar las dolencias de su madre y la acompañó hasta el final.

La de su padre y la de su madre. Pero también la de su maestro Sonne (1950), la de su amante y discípula Friedl Benedikt (1953), la de Veza, su primera mujer (1963), la del propio Georg (1971), la de Hera (1988)… La muerte rodeó, manchó y enfangó la vida entera de Canetti. Y si había elegido a su hermano pequeño como el interlocutor de la obra con la que se proponía liquidarla, todo se debía a un comentario que éste había deslizado en una carta que le escribió en 1953 a Veza tras la muerte de Friedl. Decía Georg: “Para mí sólo hay una posibilidad, y es mi axioma más firme: nunca pienso en personas muertas (a las que haya conocido). Cuando me vienen a la memoria, las aparto enseguida, hasta ahora con éxito. No hay ninguna resignación, sino sólo desesperación, por eso hay que expulsarlas de la conciencia”.

“Si por él fuera”, anota Canetti en uno de sus apuntes, “yo no debería haber vuelto a pensar en él desde hace más de nueve años. De esta forma, el muerto es alejado mejor todavía, del todo, completamente, jamás ha existido”. Y, enseguida, el escritor se pone furioso: “¡Qué miramientos tan profundos y de todo orden con el superviviente! Sólo él cuenta. Sólo es importante. El superviviente es rey. No es lícito torcerle un solo pelo a su alegre corazón”.

Es esa furia la que, en buena medida, alimenta este libro (y el otro que viene, cuando se incorporen los nuevos materiales). No darle ningún margen a la muerte, tenerla siempre en jaque. Ahí están, por ejemplo, las ráfagas que dispara en sus brevísimos textos que, día a día, apuntó durante dos meses en 1983: “Desde que sabe que va a morir, no mira ya a nadie a la cara” (8 de noviembre). “¿Ha vivido aquel por cuya vida nadie se ha preocupado?” (11 de noviembre). “Él me pidió que continuara la correspondencia después de su muerte y me dio (por si acaso) dos direcciones” (15 de noviembre). “Los últimos días de Haydn durante el asedio de Viena” (30 de noviembre). “Uno que se desprende de todos los muertos, ¿qué le queda?” (8 de diciembre).

En este volumen que ahora se publica para los lectores en español se recoge una parte de los esfuerzos (tan extraños tantas veces, tan dolorosos, tan llenos de enigmas) que el premio Nobel de Literatura de 1981 invirtió en ese proyecto. Sus apuntes son aforismos propios, ocurrencias, comentarios, pero también anotaciones que proceden de las lecturas de su inmensa biblioteca: fragmentos de libros de zoología, antropología, filosofía, religión, historia…

Y todo el rato, Elias Canetti aparece como ese animal al que alude en un apunte, listo para abalanzarse y darle la dentellada definitiva a su gran enemiga: “El ininterrumpido ir y venir del tigre ante los barrotes de su jaula para que no se le escape el único y brevísimo instante de la salvación”. –

Libro de los muertos

ø “Idea de que todo es demasiado tarde. ¿También la muerte?” –

P “Tantos mitos que quedan por leer ¿lo ayudarán a conseguir una prórroga?”

ø “Más repugnante que la muerte es para él la sumisión a ella, todas”.

ø “¡Oh, edad, edad!, ¿habrías muerto con más esperanza antes?”

ø “Él pidió una prórroga a Dios. Éste le dio una hora”

Libro de los muertos. Apuntes 1942-1988. Elias Canetti. Traducción de Juan José del Solar. Texto establecido por Tina Nachtmann y Kristian Wachinger. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2010. 208 páginas. 18,50 euros. | Lee ‘Muerte en familia’, el último de post de José Andrés Rojo, sobre Elias Canetti

Para Escritores Jovenes: Otro Cielo en internet

Otro Cielo en internet
Por Juan Manuel Candal
Si sos un joven escritor de cuentos ¿dónde podés publicar para hacerte leer?. Sale pronto un nuevo sitio web: otrocielo.com.

Ver:
Casi ochenta años atrás, Victoria Ocampo fundaba la mítica revista literaria “Sur”, por cuyas páginas pasarían entre otros nada menos que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y José Bianco. Tuvo jefes de redacción como Guillermo de Torre, el mismo Borges, Raimundo Lida, Ernesto Sábato, María Luisa Bastos, Nicolas Barrios Lynch y Enrique Pezzoni.

Año 2010. La realidad argentina no muestra particular interés por la literatura. Pero menos por el mundo del cuento. Y menos aún, por algo que parece tan arcaico como una revista literaria. Estamos, después de todo, en la era de la imagen visual. “Una imagen vale más que mil palabras” repiten por boca de loro aquí y allá, pero como respondió un escritor alguna vez: “Sí, pero resulta que aún no han encontrado una imagen que pueda transmitir esa idea.”

En un país en el que no se lee, internet trajo grandes oportunidades, pero sobre todo, un puñado elefántico de espejitos de colores. Se leen blogs, porque se escriben blogs. Se pegan fotos de las vacaciones y se narran las vivencias más o menos mundanas de los adolescentes de una generación educada por la TV, la computadora y la Play Station. En medio de éste panorama, algún tiempo atrás, casi como pidiendo permiso, algunas revistas literarias habían encontrado un espacio en la red. Evitando así los gastos de la publicación en papel y su distribución, parecía una excelente plataforma para relanzar ésta vieja tradición vernácula.

Pero no iba a ser así. La mayoría de las revistas literarias online se encuentran hoy abandonadas, sin señales de vida. Existen algunos casos aislados: “La comunidad inconfesable”, entre cuyos responsables está Oliverio Coelho. Allí se publican textos de un máximo de 99 palabras, buscando así llegar al lector moderno, que siempre está apurado y de pasada. También la revista-blog “Axolotl”, “La Idea Fija” y “Axxon”, pero se trata de publicaciones virtuales sin una circulación demasiado previsible (algunas salen 2 veces al año, otras cuatrimestralmente), y generalmente apuntadas a un género particular como la ciencia ficción, el terror, o el relato fantástico.

Pregunta: ¿si usted es un joven escritor y tiene una amplia producción en materia de cuentos, entonces, adónde lo envía? ¿Dónde conseguirá hacerse leer? Eso mismo era lo que nos preguntábamos los que a partir de este marzo de 2010 llevamos adelante “Otro Cielo”. Se trata de, una vez más, una revista literaria online. ¿Qué hay de nuevo, entonces? Antes que nada, cada número pretende ser una suerte de “antología de ilustres desconocidos”, seleccionando y publicando cuentos (no publicamos poesía, fragmentos de novela ni ensayos) sin restricción de género, de escritores hispanoparlantes que estén escribiendo y no tengan un lugar establecido en el mundo de las editoriales. Pero también nos “apadrina” un escritor reconocido distinto cada mes, a quien le solicitamos un cuento y una entrevista. Buscamos acercar ambos mundos: el de los escritores de cajón y el de los autores de librería. En las entrevistas indagamos sobre su relación con la industria, con su obra, con la literatura en general. En el primer número contamos con Juan Terranova. Para el segundo ya entrevistamos a Gustavo Nielsen, y estamos arreglando la agenda para incluir luego a Pedro Mairal, Samanta Schweblin, Laura Meradi y Andrés Neuman. Todos ellos se han mostrado interesados en participar.

Nuestro compromiso, entonces, es el de mantener este nivel mes a mes, y fundar un espacio sólido, estable, creíble, con el que cualquiera pueda comunicarse para enviar su material. Nuestro trabajo será leerlo y debatirlo. Podrá ser publicado o no, pero procuramos mantenernos en contacto con quienes envían sus relatos, brindar una respuesta clara y en un tiempo lógico (por lo general menos de un mes), respetando a todos los que nos confían sus obras.

Hoy por hoy, nuestro espacio está en la red: en el sitio y en formato PDF imprimible y gratuito. Buscamos aportar una esquina en busca de los espacios literarios perdidos. No somos “Sur”, no está Victoria Ocampo en la oficina, ni Borges anda deambulando por la redacción, pensando en su Aleph o en sus inmortales. Pero en “Otro Cielo” está el deseo de seguir apostando por la literatura argentina y latinoamericana. Apostamos por nosotros porque apostamos por nuestros escritores y por nuestros lectores. Desde ya, están todos bienvenidos.

Sitio web: http://www.otrocielo.com/

Para envío de cuentos, consultar la convocatoria en: http://www.otrocielo.com/envios.html

Información: info@otrocielo.com

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