Novela Negra

El asesinato de Hoy, con las balas del ayer (I)

© Original de Antonette De León

Recién a las cuatro treinta de la tarde, del pasado viernes 26 de septiembre, tres disparos alertaron a la población del callejón del telégrafo, en el barrio san miguelito. Al explosionar los referidos truenos de muerte, las pocas gentes que caminaban o se encontraban en las afueras se refugiaron donde la providencia les permitía, solo meme, sobre quien se impactaban los proyectiles, no pudo hacer nada mas que golpear el duro y negro pavimento de la calle, aferrado a su carretón azul, con el que se mal ganaba la vida, y ahora la entregaba a la certidumbre del mas halla, según su recién restaurada fe se lo permitía entender.

Meme siempre tubo la desgracia de estar en contra de lo que acontecía, si alguien prosperaba económicamente, definitivamente él perdería mas de lo que ya no tenia; si alguien reía, él, al menos si no lloraba, si se amargaba, nunca estuvo de acuerdo con nada, en los últimos días deseaba morirse, ya hora que le visitaba la muerte, se resistía a entregarse.

Se ahogaba con su propia sangre, producto de un tercer disparo impactado justo rozando la yugular, por lo que su boca se entre abría, no escuchaba los gritos de la gente espantada de ver un casi cadáver en plena calle y a la luz del día, una sirena ya se acercaba con la premura de invadir el ambiente ya de por si dramático, con su insistente ulular. Tragaba a duras penas, la misma esencia de su vida que ahora se agolpaba por su esófago. Solo alcanzaba a ver con su ojo izquierdo, ya que el segundo y el certero disparo, le exploto en la sien derecha rompiendo instantáneamente el nervio óptico, por lo que no veía la cara lavada en lagrimas de su negra que se golpeaba el pecho al verlo sumido en un lago de sangre, a duras penas escuchaba los nombres, un zumbido en su interior le impedía identificar con claridad el llanto de su pequeño retoño, quería levantar las manos pero una fuerza extraña le impedía moverse, el primer y cobarde disparo le atravesó la espina impidiendo cualquier reflejo, ahora se desangraba, y dejaba su vida en plena calle, dibujaba en su revuelto cerebro los pocos recuerdos que se permitía en aquel instante, aun guardaba el color amarillo de la camisa del adolescente que le disparo con la certeza del mas experimentado.

La ambulancia volaba, con su ojo izquierdo visualizaba el cielo azul y las nubes apuradas, algunas ramas de cuando en cuando obstruían su visión, y el parpado que se caía para limpiar las lagrimas, no sentía dolor, solo la somnolencia y el malestar de no poder respirar por la sangre que se acumulaba en su garganta, el zumbido se disipaba, pero no podía escuchar mas que la sirena que desgarraba, su ultimo pensamiento; era  la cara de su hijito, que corría a encontrarle cuando se acercaba a casa, y que testificara involuntariamente el momento justo en que el tirador asesino halaba del gatillo hacia la espalda de su padre, su camisa hawaiana pegada a la espalda , y ver su carita por un instante y perderse al mismo tiempo de la segunda explosión en un mundo de oscuridad eterna.

La ambulancia pasaba por su antiguo barrio, al que juro nunca regresar por problemas vecinales y deudas insalvables, su nombre era relación de mala paga, en tiendas y amistades. Siempre las finanzas fueron el punto flaco,  el juego de dados y las mujeres, así como la capacidad de inventar tretas y picardías, fueron su blasón.

No hubo tiempo de nada, se cegó una vida de cuarenta y seis años, siete hijos por varias partes, doce años de servicio en el ejercito, peripecias judiciales,  años de cárcel en el extranjero, quemado con el trabajo de plomo, casado y enviudado, conocedor de mil oficios  y mil sabores, sobretodo la decepción.

Aferrado en una fe mostrada entre cuatro paredes, un evangelio de utilidad y conveniencia y un pastorado cifrado en la economía personal, antes de la verdad que enseña a Cristo como fin último. Hasta en la muerte encontró incongruencias, como toda su vida.

La ambulancia entraba con ímpetu en el ala de emergencia, su cuerpo sin movimientos voluntarios, golpeo e hizo gemir la maltrecha camilla, los gritos de “herida de cuello”, resonaban y alertaban a médicos y enfermeras, que en el transcurso de las maniobras le arrancaban la ropa dejándolo completamente desnudo,  su cerebro ya no coordinaba la vergüenza y el pudor, escasamente veía con su ojo izquierdo, la lámpara blanquecina hería también eso. En un arranque de lucidez, alcanzo a escuchar el murmullo de mujeres que apuraban el paso, su cabeza cayo de lado izquierdo y descubrió entre la puerta espasmódica la figura de su negra que alzaba la cabeza investigando la suerte de su marido, la identifico como siempre con su camisa roja eterna, y sus manos cruzadas, movía los labios, quiso lanzarle un guiño de ojo, pero su cabeza fue sostenida hacia la luz hiriente y en ella centro su atención, hasta que se escucho en el cuarto, la ausencia de frecuencia, la disminución del ritmo y la carencia de presión, ya no se hacia nada, la puerta bailo de nuevo ante la salida del médico, después de catorce minutos eternos y desesperantes.

–          lo siento señora– dijo el médico, terminando de limpiarse las manos con una manta celeste – no pudimos hacer ya nada por el señor– y bajo la mirada caminando hacia el sur, dando ordenes sobre que hacer, horas y procesos a otro mas joven que se desvivía por escribir cada indicación.

La mujer se sentía en el limbo, en cada mover de la puerta veía al hombre con el compartió veintitantos años, parecía dormido, a no ser por los cables y cuerdas que caían por su cuerpo, ahora tan diminuto para el carácter de aquel que mandaba tropas y planeaba canalladas.

Un enfermera le invito a salir, ella gritaba a su Dios, no buscaba respuestas pues esas ya las tenía, buscaba fortaleza y un rumbo que tomar ahora con sus dos hijos, caminaba por aquel pasillo declinante hasta ver caras de aflicción que no eran las suyas, no había nadie, afuera de las rejas ennegrecidas de emergencia, las gentes no se inmutaban por su presencia, enfrente el parque en honor a la madre, una mujer de granito sola, sosteniendo en sus brazos una criaturita que sonreía sin ninguna pena y otra agarrada por su mano, viendo al horizonte, con el rostro de mármol envejecido,  así se sentía ella, pero sin nadie a quien abrazar ni a quien sostener, sus hijos aun no sabían de la muerte de su padre.

Afuera los vendedores y representantes de funerarias, se arremolinaban con promesas, ofertas y ayudas, su instinto les indicaba quien era potencial candidato a sus negocios, ella con la cabeza inflada, no reconocía a nadie, las caras, los ojos, las bocas que se movían, las manos que le acariciaban el hombro, la tarde que caía y se oscurecía, algunas farolas que tintiliabán  coqueteándole a la noche que descendía como manto sutil. Ella no sabía, no pensaba, solo estaba ahí, enmudecida y con la desesperanza de los cuatro meses atrasados de la casa, los seis meses de deuda del agua, la carencia de alimento y la irracional fe que aparecía combatiendo los temores y las angustias, se zanjaban con una palabra – ¡No!- negativa a manera de impulso para caminar y desandar hacia su casa, repasando la estela de la ambulancia que minutos antes llevaba la expirante vida del marido conflictivo. Caminando por su antiguo barrio al que se juro nunca regresar, por enemistades y disensiones por el dinero que nunca regreso a sus propietarios.

Algunas puertas se entre abrían sin saber de la suerte del finado, y levantaban las voces contra el paso de la mujer del deudor – ¡ahí va la mujer del mala paga!- se escuchaba como susurrado por los árboles y expandido por el aire,- esa es la mujer del mañoso– en su interior la vergüenza de la mujer se agolpaba entre su corazón y su mente, y entendía que no había amor entre el fallecido y ella, ahora ante la gente que les conocía, ella entendía todo el mal que le había causado aquel marido inservible, las vergüenzas, las carencias y las angustias no podría cobrárselas ya.

Algunas puertas se abrían como electrizadas y en combinación con los pies apurados de la mujer apenada, por lo menos así lo percibía ella. De una puerta roja salía una mujer de aspecto fornido, en sus manos un pichel anaranjado, y sus miradas se cruzaron, la apenada y la impresionada se entendieron de inmediato -¡Qué valor!- dijo la del pichel anaranjado, mientras sostenía con la mano el picaporte de la puerta -¡Cómo te atreves a regresar por aquí! ¡Sin Vergüenza!– fueron las palabras que cobraban ánimo, recordando la razón de un odio congelado y paciente justo para aquel día. La otra no respondió nada, pero sabía y conocía a su par, y era fatal darle la espalda, se quedo parada, y no bajaba la cabeza pero si la mirada, en señal de sumisión ante la que atesoraba la razón de una indignación anterior.

Juana– menciono la desvergonzada, que así le llamo alguien de otra puerta, que alertada por la voz en crescendo, salio a espiar a la calle, y reconocer aquel cuadro repetido tantas veces, y con las mismas actrices –Juana– repitió con la voz entrecortada- acaban de matar a meme– queriendo buscar alguna reacción de compasión, levanto la mirada, pero la Juana, si bien por un instante una nube le cruzo por la frente, no objeto nada, al contrario -¡así tenía que terminar, y así también vos ¡Sin Vergüenza!– fue el grito de combate, para que el pichel anaranjado se estrellara contra el rostro de la otra, que solo cerró los ojos esperando el impacto que le inundo los ojos de lagrimas, y le hizo retroceder algunos pasos, solo para escuchar los improperios de la otra vecina que se incorporaba en relevo. Entendida que era una lucha perdida, apuro los pasos al sur, dejando atrás una gritería de mujeres, hombres y perros, que describían su vida, su futuro, su pasado y el porvenir de sus hijos. También por eso odiaba al marido muerto – ¡ni para eso servias antes!– susurraba para si, mientras en su cara corría un hilo de sangre de su nariz, aun podía escuchar los perros ladrar varias cuadras atrás.

Ya las luces de la calle despejaban algunos pasos antes de llegar a su casa, la cinta amarilla que cortaba la cuadra, recordaba que ahí habían tiroteado a su marido, los policías azules flotaban entre las gentes que asomaban sus cabezas, descansaban en las cunetas o simplemente se paraban en las esquinas –ella es la viuda– le llevo un susurro a sus oídos. También allí se oían algunos perros ladrar, por lo que instintivamente volteo su cabeza.

La noche seria larga, en casa su hija esperaba noticias, vecinos y amigos trataban de hacer llevadero el momento, un abrazo entre las dos fue suficiente para entender, la gente bajo su cabeza en señal de respeto, la niña lloraba, y apretaba a su madre, que no derramaba lagrimas, veía y no sabía, pero entendía que ahora todo dependía de ella.

Aquella mañana previa, había sido reveladora, el marido, Meme el mañoso, como era titulado en sociedad, y por ende los hijos de meme el mañoso que también heredaban del padre, alcanzaban la fama reservada a aquellos remarcados de la historia de barrio y arrabal. En fin, Meme o Manuel de Jesús Acosta, como se asentaba su verdadero nombre en la alcaldía respectiva, había nacido cuarenta y seis años atrás, a varios cientos de kilómetros de aquella ciudad que había adoptado y hecha suya, a fuerza de mañas y tentativas, al menos en algunos barrios y recovecos.

Meme, se había recorrido a golpe de uñas, cada cuadra, callejón y escondrijo de aquella ciudad, y ya varios años atrás se centro en trabajar honestamente, o por lo menos bajo ciertas leyes que no podía torcer y que debía acostumbrarse para honrar la vida y las nuevas practicas entendidas en un evangelio recién adoptado.

Aquella mañana, cumplía cuatro semanas de ese su trabajo en la venta de  chucherías desde aquel carretón azul, forjado en metal y que cada mañana y tarde chirrillaba las llantas apesumbradas bajo semejante peso se quejaban en óxido y fricción. Cuatro semanas de hacer cuentas forzadas para rebuscar los centavos necesarios para el pago del alquiler ya atrasado cuatro meses, la factura vencida del agua desde seis meses, la escolaridad de la hija mayor, la deuda de la tienda y los prestamos a cuanta amistad lograba atracar, todo dependía de aquel su trabajo y la venta de sus alimentos, hamburguesas, hot dog y cuanto lograba colocar en su cocina portátil, en cuatro semanas  contaba con sus logros desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde en aquella esquina sur del cuartel.

Meme sabía que tardaría semanas en poner al día algunas cuentas pendientes, y la propuesta de la tarde anterior sonaba con fuerza en sus oídos y espíritu, aquel antiguo compañero de celda, que ahora ya estaba libre, se presento al puesto de chucherías, como aquel polvo que arrastra el viento tras la tormenta del medio día. Aquel hombre con el rostro tostado de trabajar el plomo, igual que meme, aquel que sabia el significado del “alacrán”, y que sin buscarlo le encontró en la esquina  sur del cuartel, aquel viejo cabo al servicio del sargento mayor, Manuel de Jesús “alacrán”, aquel que le proponía la ejecución de una cierta fechoría de las cuales arrojaban una buena suma de voluntad y valor traducida en billetes, y varias veces la cantidad que sumada en sus deudas podía honrar y aun despilfarrar, pero chocaba con aquel su nuevo evangelio encontrado en cuatro paredes, pensaba en la decima parte que podría ser entregada en las manos de aquel pastor que se impresionaba, no con oraciones, sino, con los pactos de fe que se traducía en lo mismo, verdes esperanzas.

Meme era un dechado de mañas, de ahí el nombre con que los vecinos  se referían a su persona y su descendencia, era demasiada astucia reducida en el cuerpo de uno cincuenta de altura, demasiada sabiduría para su edad, tanta experiencia acumulada en las cárceles nacionales y extranjeras.

Aquella tarde anterior se agolpaba su pasado y su presente, un antiguo compañero de andanzas de guerra y delincuencia, ver a los uniformados en sus trajes de fatiga y sus armas presentadas en torno  al pabellón y la voz de mando del sargento, aun podía ser ese, soñar con alguna guerra ajena, donde quizá tuviese oportunidad de dirigir. El himno nacional, la sinfónica, la voz de mando, y la sensación del arma golpeando al recular a cada disparo.

Los recuerdos atacaban y se confrontaban con los niños del colegio vecino que se arremolinaban en la venta, y los motes del señor y el don, con que se dirigían sin ningún respeto. La propuesta del asociado en las horas previas, reflejaba una buena suma de dinero, un secuestro o un atraco dependía de una minuciosa planificación y logística de la cual él era suficiente.

Al cerrar la tarde, con su pesado carretón, aun mas por el animo y la realidad de no alcanzar los dineros para cubrir las demandas, el sudor corriendo por la frente, y caminar por el perímetro del cuartel para llegar a casa, encontrándose con los soldados que enamoraban a cualquier mujer que se enfrentase, él era  cada hombre de verde que se encontraba, los que estaban en los garitones, en los portones, en la calle, los que corrían, los que gritaban, él era de ellos, o por lo menos se lo imaginaba.

La casa aquella noche se lleno de un ambiente ralo y desconocido, el padre no llego lleno de animo como otros días, la madre se entregaba a la cena y su preparación, la hija a sus tareas y el menor, el malcriado y desordenado, estaba especialmente pacifico. No habían gritos de exaltación, no habían suplicas ni recriminaciones, cada cual estaba ensimismado y aletargado. La televisión arrojo un par de programas que surtieron las horas para dormir y apagar las luces.

Mañana será diferente se decía cada cual. Ese mañana que se espera con impaciencia e indiferencia, ese que mantiene la esperanza y sostiene el animo. Antes de dormir, cada cual emparejado en las dos camas, las mujeres y los hombres por separado, la negra se había atrevido a hablarle sobre algunas cuentas por pagar,  ella había roto el sagrado silencio del hombre meditabundo,  sin esperar la respuesta que cualquiera pensaría normal, el grito seco y prepotente como el que carece de alguna mejor manera de proponer su verdad.

La negra se acerco sagaz, comprendía los riesgos que aquella acción conllevaba, desde varias semanas atrás el marido había regresado en su propia historia, hasta aquellos días de golpe, palo y auto sexo. Ella  le conocía bien, sabia de sus mañas y se declaraba cómplice de más de alguna, de aquellas en que el dinero era el centro de la acción, ella se anotaba en  la manipulación e imposición de ideas, era el alma del alacrán.

Desde su nueva fe, aquella que se declara sencilla y furtiva, aquella que muchas veces no le queda de otra a Dios mismo el tener que contestarle para no caer en el descredito de fallar en situaciones irremediables.

La negra se acercaba a una distancia prudente, sabia que aquel hombre podría matar con la facilidad de una palabra al aire. Ella se acerco, y descubrió en el hombre aquella su mirada de éxtasis momentáneo, sus manos se frotaban con premura y su boca susurraba un sonido de aspiraciones cortas y aceleradas que mas detalles seria una fotografía. La mujer le sorprendió con un palmoteo, como el que se ocupa para alejar un animal furtivo que acecha arrebatar la paz.

El hombre con su virilidad descubierta en pleno proceso de liberación fisiológica, tembló su mentón y la mirada anterior de éxtasis y clavada en el cerebro, ahora se desviaba a la negra que no dejaba de aplaudir, y como ya se dijo no por celebrar, el hombre con su demonio atormentándole las vísceras, por escaparse alcanzo a suspirar el – hijuepu…- al ver aquel líquido salpicar la pared del baño.

La negra sabia que estaba en problemas, entendía que debía poner mas distancia entre el enajenado y su persona, y que mejor que la recriminación como coraza invisible que le otorgaba cierta inmunidad ante el rabioso ataque del avergonzado descubierto.

La negra se di8stancio en el patiecito, abrió la puerta de la calle buscando testigos o la oportunidad de huir en cualquier dirección esperando encontrar refugio si la necesidad así lo declaraba.

El patio no daba para mas, sabanas y ropas tendidas multicolores y multiformes, servían como telón para el drama diario. Meme salió del baño subiéndose la cremallera, y frotándose las manos, buscaba con la cara el suelo y con los ojos torcidos a la espiona que le había encontrado momentos atrás, le buscaba sin darle la cara, simplemente sabia que no estaba satisfecho y había que desahogarse, toda aquella rabia acumulada ahora en la frustración que le agolpaba el  vientre.

-¡meme!- alzo la voz la mujer detrás de una vieja mecedora coja, a amanera de escudo- ¡meme!- le repitió como conjurando al diablo visitante de aquellas horas- que bárbaro!- repetía el conjuro, que parecía tener el efecto esperado –¡no te da vergüenza!… mira las cochinadas que te haces… ya ni te importa que te vean tus hijos…– el monologo parecía ir descendiendo la ira del uno y el temor de la otra, el hombre disminuía su paso, y la mujer ya no sostenía la mecedora con las dos manos, ya con una sostenía la escoba eterna con sus tres pelos, y su mástil de madera.

-¡meme!- tomando aire y poniendo un pie delante y el otro tras la mecedora – ¡tene un poquito de vergüenza!– tomando aire y afianzando la escoba, mientras el hombre se detenía la ver la puerta abierta y la mujer desafiante, sabia que era una batalla perdida, la mujer continuaba – ¡ avergonzate meme!- fue la última frase antes que el hombre se congelara, al ver la cabeza de unos niños que se deslizaban por la puerta abierta, al oír la voz alzada de la rechoncha mujer, que sabia que había ganado aquella batalla -¡no meme! …no podemos seguir así…o te compones o te vas, pero así no tenes lugar con nosotros. No crees que te pueden ver los vecinos o los niños, y que de lio nos traes a todos a parte dela vergüenza– los niños ya se habían desaparecido entre la oscuridad de las seis de la tarde en aquel callejón.

Reacciona Sargento Acosta!- el hombre nombrado levanto la cabeza, sabia que las pocas veces que la negra le había hablado por su nombre y rango, era por que se estaba al límite o al borde del peligro. Aquella última vez, él estaba tras las rejas, y ella le había pedido que saliera, y así se había escapado de la prisión cinco años atrás, misma donde había abandonado aquel viejo compañero que ahora aparecía tras la lluvia invernal, como traído por el viento que venia del litoral. Ahora ella invocaba al nombre con el que reaccionaba y el se quedaba enajenado mirando los adobes del corredor.

Reacciona Manuel, por el amor de Dios– susurro apenas la mujer entendiendo que aquello quizá era causa perdida. El hombre alzo la mirada, esta vez con su cabeza incluida, y miro a la negra, la interpreto como el ángel de la revelación al asociar los sucesos del final de la tarde.

–          Y ¿Qué queres?– hablo por fin, dejando ver que no habría discusión por su acción.

–          Bueno– tartamudeo ella, al sentirse desilusionada por la reacción en frio del violentado marido – es… es que…bueno, la Silvia necesita otros zapatos y el Walter otra camisa, y a mi me pagan hasta el sábado la lavada y planchada de hoy– la mujer se preparó para la reacción del hombre

–          Bueno, mañana en la noche te los doy–  en su mente  planeaba su golpe, el que fuese, bajo la mampara de aquel carretón de chucherías, quien podría sospechar que tramaba el golpe que le sacaría de aquella apretada situación – ¿ya no queres nada?- el silencio golpeaba a la mujer – entonces prepárame cena, y no me molestes– cerro la platica dándole la espalda y regresando al baño

–          ¡Corre la cortina al menos!– fue la sentencia de la mujer que ahora se quedaba con un mal sabor de boca al ver la tranquilidad del hombre, al que era imposible hablarle de dinero.

En ella se conjugo una serie de recuerdos, de sensaciones ya ajenas, ya lejanas, aquellos terribles días de huir de la justicia, de visitar al marido preso, de ofrecer su cuerpo a cambio de comida, de poder visitar al mismo marido preso, de las canalladas que debía soportar de los guardias y carceleros, de cómo su cuerpo fue moneda de cambio para las huidas del marido,  de cuantos, de cómo, de así no, de por aquí, de por allá, recuerdos, voces, sabores, sensaciones, dolores y vergüenzas, solo por llevar un par de tortillas y una camisa de segunda mano. De los caites, de los calzones, una simple mirada le trajo una premonición del pasado y se le presentaba con suficiente lucidez para entender que ahora sus hijos ya estaban grandes, que la protección que había buscado en los cielos contra las mañas del marido ahora se esfumaba, con una simple mirada, con una expresión del rostro.

–          ¡meme!- le hablaba al aire y humo de las cocinas vecinas- meme…pensa bien lo que haces… o lo que pensas…- la frase como voz de conciencia alquilada, se difumino rápidamente con la sorprendente respuesta del hombre

–          ¡deja de joder! ¡Ya te vua cachimbiar ¡ – la cortina del baño se movió con insolente eco de las maldiciones que ahora salían escupidas

La mujer corrió, no por los improperios, si no ya sabia en su corazón que la mañana siguiente, aquel hombre estaba dispuesto a abandonar su fe, su gracia, y caer en la vorágine de sueños de grandeza, sostenidos por los frágiles hilos de las mañas.

Apuro los huevos y los frijoles, preparo cuanto pudo, sabia que aquella noche estaría abierta su congregación, de mujeres con paños blancos, faldas largas y lenguas del mismo diámetro. Ahora podría hablarle a  su pastor, hombre calvo, su juventud quedaba de lado al escucharle manipular con finesa la palabra de Dios, de cómo calaban profundo los principios del reino, de cómo él podría presentarles en persona a un Cristo que no se conformaba con monedas, y buscaba la entrega total traducida en billetes.

La mujer, se alisto con mayor rapidez, y apuro a sus dos hijos, pues no pensaba dejarlos al acecho de aquel demonio vestido de hombre, camino cerca de un kilometro hasta el centro de la ciudad, ruidosa y escandalosa, iluminada y remarcada, atestada de gente que salía de los trabajos, apuraban compras de última hora, esperaban bus, se apretaban en las calles estrechas. La catedral en su baño de palomas dormitadas, iluminada en su blanca presencia gótica, el teatro, la alcaldía, el parque central y las vitrinas antojándose en ropas, zapatos y cuanto se podría comprar, eran la tentación del necesitado.

La mujer y sus hijos sortearon las ventas de la calle, y llegaron a la congregación “el león de Judá”, aquel viejo cine convertido en iglesia, donde en cómodas butacas y aire acondicionado se predicaba el evangelio de los nuevos tiempos. Sobre uno de los muros el rotulo “somos un ministerio de misericordia”, sobresalía por el efecto de las pinturas contrastantes y el juego de luces.

La banda de jóvenes sonaba y arrancaba las más hermosas melodías que llevaban un mensaje directo a los ánimos de las personas de diversas clases y necesidades, los sentimientos se escondían en la parafernalia de la espiritualidad y el quebrantamiento se transformaba en lágrimas que corrían en los ojos cerrados, gritando los coros que mantenían el animo de toque esperando la entrada del apóstol con el nuevo mensaje de dios. Las luces se apagaban y penetraban los sentidos hasta lo insólito, la gente experimentaba aires, soplidos y cualquier gama de experiencias extrasensoriales. Se declaraban sanidades, liberaciones, arrepentimientos y reconciliaciones, para mas tarde bajo el examen del apóstol se dirimían si eran de validez, y el tratamiento hacia las personas, dependiendo  de las cualidades que podrían aportar al ministerio de “misericordia”.

La mujer se ubico con alguna dificultad en las butacas de atrás, junto a su hija, el menor ya había sido llevado con el resto de niños a un lugar aparte, donde se les ministraría de acuerdo a sus edades. Se ubicaron justo cuando la voz de la mujer del coro, desgarraba en agudas notas una cantico de hacia temblar las luminarias, y el ambiente era prometedor para una visitación, como lo describía el director de la alabanza.

Con las luces apagadas, solo unas cuantas luminarias sobre el podio, se veía el reflejo sobre una calva que avanzaba con propiedad hasta colocarse bajo el reflector, el hombre con su pulcro traje y orden estético, con las luces reflejadas en los lentes, y la computadora portátil, emitiendo su luz azul. El hombre sabía manejar los tiempos y los momentos, movía sus manos como dirigiendo una orquesta a la que le daba la espalda, y su voz que se confundía con el coro, y con unas octavas mas abajo le imponía un fondo de estertores angelicales.

El servicio inicio con las luces encendidas, aplausos y unas lecturas de pasajes simétricamente escogidos por el hombre, dándole el énfasis de la necesidad de ser bendecidos al lograr someter la carne a los designios divinos, traducidos en  los hombres colocados por dios para dirigirlos y que bajo su dirección se lograría llegar a los pies mismos del señor, por su puesto sin dejar de lado el área mas difícil, el dinero, que deberían saber como desprenderse de tan aborrecible pecado como el de apegarse al dinero. El público se cautivaba con el carisma y la elocuencia del predicador, al final el llamado al arrepentimiento y venir a los píes de la cruz, con las notas subliminales de la voz del coro invitando a entender el sacrificio del calvario.

La negra y su hija se habían levantado con anterioridad al llamado final para colocarse en el pasillo por donde pasaría el apóstol, y quizá, quizá con el favor de dios lograrían ser escuchadas, consoladas y fortalecidas por el hombre de dios.

Pasaron los hombres y mujeres uniformados con sus chaquetas azules y camisas blancas, cada quien con los canastos abarrotados de dinero, sobre con promesas de fe y monedas, el fruto de una noche de propagar la esperanza y confianza en su fe y su doctrina.

Ya se acercaba el momento en que el hombre de dios se salía del servicio rumbo a su oficina, ya se escuchaban los cantos finales y las luces se apagaban de nuevo para entrara en un momento de comunión con el hacedor y dador de la vida, es cuando el hombre desaparecía del escenario y le daba el toque místico a sus apariciones. Los del círculo íntimo ya se apuraban adelante del hombre para evitar cualquier intromisión en la santidad que acompañaba al siervo.

–          Hermano Joel– se atrevió a hablarle sin ninguna reverencia la negra- hermanito…me puede atender– suplico con la mirada clavada en el saco beige y su prendedor de oro, con un león labrado en la solapa. La gente de seguridad estuvieron a punto de arrojarse sobre ella y su asustada hija, cuando el santón, levanto su mano para aplacar el ataque de sus esbirros. La mujer fue introducida con rapidez a la oficina mientras tras de ella se arremolinaba un grupo de personas con las necesidades escritas en sus caras.

–          ¿En que le puede ayudar el siervo?– fueron las palabras que la negra escucho sin entender de donde venían las palabras, pero ella tenia clavada los ojos en el hombre, que ahora le despojaban de su saco y le secaban el sudor, unas manos le servían agua, otras le arroyaban las mangas, otras le acercaban la silla, otras mas conectaban el ordenador y otras  simplemente esperaban el momento en que pudiesen ser útiles.

–          Hermanita– repico la misma voz, con el apremio del tiempo- ¿En que se le puede ayudar?…el apóstol tiene una agenda apretada!-urgió ahora la misma voz acartonada, el ambiente se cubría de un sensación gélida, el salón estaba a catorce grados, y ahora el “apóstol” ya estaba cubierto con un mantón blanca con bordes dorados y el león bordado a manera de monograma, ya sentado bebía una especie de te humeante, desde una taza de porcelana, mientras alguien que no daba la cara, le cambiaba los zapatos por unas pantuflas cómodas, ahora la imagen era la de una abuela calva que se desvivía en un mundo distante donde él era imprescindible para el curso normal de los acontecimientos. Por fin la negra se animo a hablar, justo cuando alguien entraba con un papel con algunos datos estadísticos y la recolección de la noche, el hombre encogió los labios y con una mueca vio directamente a los ojos al mensajero que se sintió sobrecogido por algún sentimiento de culpa. –de ahora en adelante, se pedirá la  ofrenda al inicio del servicio– sentencio con la misma voz modulada del pulpito.

–          ¿Qué puedo hacer por usted hermana?- apuro el apóstol a la negra que sudaba a pesar de la temperatura, cuando otra persona mas le advertía al santón la presencia de las personas citadas – ahorita me encargo- respondió el santón, viendo a la negra que  con sus manos hacia nudos y los deshacía. – ¿Bien hermana? – urgió el santón, mientras la niña le apretaba las costillas a su madre.

–          Vera hermano- arranco la negra– es mi esposo…estamos bastante mal y…no se que hacer- el santón ahora se frotaba las manos con algún aceite o crema invisible, y los hombres de la puerta estaban ansiosos pues conocían los gestos de su jefe.

–          ¿Ustedes diezman hermana?- interrumpió el santón sin hacer ningún gesto– le pregunto porque son los principios básicos del reino, y si ustedes no han aprendido a desprenderse de lo que le corresponde al Señor, ustedes son ladrones y por lo mismo están fuera de la voluntad de Dios – termino la frase mientras con una mano escarbaba en la computadora buscando algo que solo él sabia

–          No hermano, mi esposo y yo apenas pasamos el día y lo poco que nos queda es para comer algunas veces solo para mis hijos– la negra conocía ese discurso que a diario lo despachaba a alguna amistad pensando conseguir algo en la lastima que se inspiraba en el interlocutor

–          Entonces ahí esta la base de su problema- continuo el santón– si ustedes no pueden someterse a una autoridad invisible como lo van a hacer con lo visible. Son bases del reino y la bendición hermanita- el hombre se levanto y se dirigió a su hermanita – pero yo le perdono y le bendigo hermana, permítame orar por usted – al instante le coloco las manos aceitosas sobre la cabeza y declaro algunas palabras y sentencias con alguna lengua extraña que constaba de arrebatos gramaticales y palabras retorcidas de raíces desconocidas, la negra cerro los ojos mas por susto y le sobrecogió el encuentro de las manos cálidas con el frio del ambiente produciéndole un estremecer de todo su cuerpo, el hombre ceso de orar por ella y coloco sus manos sobre la quinceañera que bañaba su carita con lagrimas puras de fe a lo que el santón puso especial interés, y con la misma formula sentencio bendiciones y desato propósitos para ella.

–          Qué su hija nos acompañe a partir de mañana en la preparación de discípulos- el hombre regresaba a su silla y despedía de esa forma a la negra que estaba impresionada del poder que desprendía de aquel hombre, se levantaron y agradecieron a todo cuanto encontraron al salir de la oficina, una señora enfundada en una estola de piel entraba en aquel instante.

La caminata de regreso se hacia lenta, ya era entrada la noche cuando ellos subían por aquellas otras calles que conducían a su casa, cuando bajaban venían de sur a norte y venían por las calles principales, ahora regresaban por el lado donde abundaban las cantinas, los clubs nocturnos y los asaltantes de aquéllos desprevenidos noctámbulos, la policía de cuando en cuando aparecía y desmotivaba cualquier ataque fortuito.

A la negra nada la detenía, sabia que ahora no estaba sola, se ideaba como apartar el diez por ciento de nada, para traducirlo en la compra de su bendición del reino de los cielos prometida por aquel ángel encarnado. A sus hijos les apretaba la tripa del hambre, ya sonaba la campana de la iglesia marcando las diez de la noche cuando sus pasos alcanzaban a llegar a la esquina norte del cuartel, ya estaban a pocos pasos de casa.

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